De profundis
(traducción de José Emilio Pacheco)

Es ejemplar el cuidado que puso José Emilio Pacheco en su aproximación a De profundis. Epistola: In carcere et vinculis y a las notas que junto con Cristina Pacheco nos informan sobre la vida de Wilde, las condiciones de su encarcelamiento, su persecución, el desarrollo de su obra, culminante en el éxito de 1895, tras la puesta en escena de An Ideal Husband y The Importance of Being Earnest. Pero ese mismo año empieza su descenso a los infiernos. En abril, tras demandar al marqués de Queensberry por difamación, los tribunales emiten una orden de arresto contra él. “Al parecer —apunta José Emilio Pacheco— el gobierno decidió acabar de una vez por todas con el ‘esteticismo’, que era un estorbo para las necesidades imperiales de Gran Bretaña. Se ha dicho también que durante las investigaciones los nombres del primer ministro, lord Rosebery, y el mejor general inglés, lord Kitchener, aparecieron entre los homosexuales. La Labouchère’s Criminal Law Amendment Act de 1885 había logrado que se considerase la homosexualidad un delito; en aras del prestigio victoriano se decidió hacer un escarmiento general en la cabeza de Oscar Wilde. Con todo, no puede omitirse el hecho del rencor acumulado contra él porque sus obras teatrales caricaturizaron con verdadera hostilidad a la clase dominante; algunos de sus cuentos fueron claras denuncias de la opresión y la injusticia”. El 26 de abril lo sentencian a dos años de trabajos forzados. Una penitencia bestial. Cerca del final de su encarcelamiento, Wilde escribe la famosa carta a Alfred Douglas, Bosie,1 el hijo de Queensberry. Hubo que esperar hasta 1962 (The Letters, ed. de Robert-Hart Davis) para reconstruir la carta a partir del manuscrito original y remedar sus distintas partes y ediciones. En 1975 José Emilio Pacheco vertió al español la versión definitiva, de la cual publicamos aquí un fragmento con sus respectivas notas, pues pronto estará a la venta en una nueva edición de Era.


A LORD ALFRED DOUGLAS
Prisión de Su Majestad
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[Enero-Marzo 1897]

Querido Bosie:

Tras larga y vana espera, me decido a escribirte por tu bien y por el mío. Me desagrada pensar que he pasado dos largos años de encarcelamiento sin recibir jamás una línea tuya, ni siquiera noticias o al menos un recado, excepto aquellos que me causaron dolor. Nuestra desdichada y lamentable amistad terminó para mí en la ruina y la infamia pública. Sin embargo el recuerdo de nuestro antiguo afecto me acompaña a menudo, y me resulta muy triste la idea de que odio, amargura y desprecio deban ocupar para siempre el sitio que en mi corazón perteneció una vez al amor. Y creo que tú también sentirás en tu corazón que sería mejor escribirme mientras yazgo en la soledad de la vida carcelaria, en vez de publicar mis cartas sin permiso o dedicarme poemas sin consulta —aunque el mundo nada llegue a saber de las palabras de pena o de pasión, de remordimiento o indiferencia que puedas enviarme como respuesta o súplica.

Sin duda habrá muchas cosas que hieran vivamente tu vanidad en esta carta que debo escribirte respecto a tu vida y la mía, el pasado y el futuro, las dulces cosas trocadas en amargura y las cosas amargas que pueden convertirse en alegría. De ser así, lee y relee mi carta hasta que aniquile tu vanidad. Si encuentras algo de lo que te sientas injustamente acusado, recuerda que uno debe sentirse agradecido si hay una sola falta de la que puede ser injustamente acusado. Si algún párrafo hace brotar tus lágrimas, llora como lloramos en la cárcel, donde día y noche están reservados para el llanto. Es lo único que puede salvarte. Estarás completamente perdido si te quejas —como hiciste a causa del desprecio que mostré hacia ti en una carta a Robbie— para que tu madre te adule y te sosiegue hasta devolverte tu egolatría y engreimiento. Si encuentras una sola falsa disculpa muy pronto hallarás otras cien y serás lo que eras. ¿Aún crees, como dijiste en tu respuesta a Robbie, que te “atribuyo motivos indignos”? No, en tu vida no existen motivos: solamente apetitos. Un motivo es un fin intelectual. ¿Que eras “muy joven” cuando empezó nuestra amistad? Tu defecto no era saber tan poco de la vida sino saber tanto. Para ti ya estaba muy atrás la alborada de la infancia con su delicado florecimiento, su clara y pura luz, su alegría de inocencia y esperanza. Con pies ligeros pasaste del romanticismo al realismo. El arroyo y las cosas que pululan en él habían empezado a fascinarte. Éste fue el origen del problema para el que me pediste ayuda. Te la di por compasión y por bondad, de un modo que la cordura de este mundo juzgaría imprudente. Debes leer esta carta de principio a fin, aunque cada palabra se vuelva para ti como el cauterio o el bisturí del cirujano que abrasa o hace sangrar la carne delicada. Recuerda que no es lo mismo un insensato ante los ojos de los hombres que ante los ojos de los dioses. Puede estar lleno de la sabiduría más encantadora un hombre por completo ignorante de las formas del arte en su revolución, o los estados de ánimo del pensamiento en su progreso, la pompa del verso latino o la mayor riqueza musical del vocálico griego, la escultura toscana o la poesía isabelina. El verdadero insensato de quien los dioses se burlan o al que destruyen es el que no se conoce a sí mismo. Durante mucho tiempo fui uno de ellos. Y tú también lo fuiste durante mucho tiempo. Deja de serlo. No temas. El vicio supremo es la limitación de espíritu. Todo lo que se comprende está bien. Ten presente que si leer esto te hace sufrir más me duele escribirlo. Los Poderes Invisibles fueron benévolos contigo. Te permitieron ver las formas extrañas y trágicas de la vida como sombras a través de un cristal. Te fue dado mirar, nada más en un espejo, la cabeza de Medusa que petrifica a los vivos. Paseas libre entre las flores mientras que a mí el hermoso mundo del color y el movimiento me ha sido arrebatado.

Comenzaré por decirte que me hago los más terribles reproches. Confinado en esta celda sombría, vestido con uniforme de presidiario, en la ruina y en la deshonra, me reprocho. En las perturbadas y espasmódicas noches de angustia, en los largos monótonos días de dolor no hago más que reprocharme a mí mismo. Me reprocho por haber permitido que dominara enteramente mi vida una amistad no-intelectual cuyo primer objetivo no era la creación y contemplación de las cosas bellas. Desde un principio se abrió entre nosotros un abismo inmenso. Habías sido indolente en la escuela, algo peor que indolente en la universidad. No comprendiste que un artista —especialmente un artista como yo, en quien la categoría de la obra depende de la intensificación de la personalidad— requiere para el desarrollo de su arte ideas compartidas, atmósfera intelectual, quietud, paz y soledad. Admirabas mis obras al verlas terminadas. Disfrutabas del éxito brillante de mis estrenos y las espléndidas cenas que se daban después. Te sentías muy orgulloso, como es natural, de ser el amigo íntimo de un artista tan distinguido; pero no podías entender las condiciones que se requieren para producir una obra artística. Al recordarte que durante el tiempo en que estuvimos juntos no escribí una línea no hablo con exageración retórica sino en términos de absoluta verdad y basándome en hechos reales. Mi vida, mientras permaneciste a mi lado, fue completamente estéril, no-creadora, en Torquay,2 Goring,3 Londres, Florencia y en todas partes. Y lamento decir que, excepto en algunos intervalos, estuviste siempre a mi lado.

Recuerdo, para citar sólo un ejemplo, que en septiembre de 1893 alquilé un piso exclusivamente para trabajar sin molestias pues John Hare me urgía a cumplir el contrato por medio del cual me comprometí a entregarle una obra nueva. Durante la primera semana te mantuviste lejos. Habíamos discrepado, lo que no tiene nada de raro, a propósito del valor artístico de tu traducción de Salomé.4 Te limitaste a mandarme cartas estúpidas acerca de esto. Durante esa semana comencé y terminé en todos sus detalles, tal y como fue representado, el primer acto de Un marido ideal.5 A la siguiente semana regresaste y de hecho tuve que abandonar mi obra. Todos los días a las once y media llegaba a Saint James Place para tener oportunidad de pensar y escribir sin las inevitables interrupciones de mi casa, por tranquila y pacífica que fuera. Mis intentos resultaron inútiles. Aparecías a las doce y te quedabas a fumar cigarrillos y charlar ociosamente hasta la una y media, hora en que tenía que llevarte a almorzar al Café Royal6 o al Berkeley.7 El almuerzo, con sus licores de sobremesa, se prolongaba por regla general hasta las tres y media. Durante un rato te ibas al White’s Club.8 Regresabas a la hora del té y permanecías hasta que llegaba el momento de vestirte para la comida que tomabas conmigo en el Savoy9 o en Tite Street.10 No nos separábamos hasta la medianoche, cuando la cena en Willy’s11 era el remate de la jornada fascinante. Ésta fue mi vida cotidiana durante aquel trimestre, salvo los cuatro días en que estuviste en Francia. […]

 

• Oscar Wilde. De profundis. Epistola: In carcere et vinculis, introducción y aproximación de José Emilio Pacheco, notas de José Emilio y Cristina Pacheco, México, Ediciones Era, 2022, (2020, edición electrónica), 248 p. En preventa hasta el 30 de junio aquí.

 

Oscar Wilde
Autor de El retrato de Dorian Grey y de La importancia de llamarse Ernesto, entre muchas otras obras.


1 Es el nombre afectuoso que dio su madre, lady Sybil Montgomery, a lord Alfred Douglas, tercer hijo del marqués de Queensberry. Variación de boysie (“niñito”), tiene un matiz que lo aproxima a bossy (“dominante”). Alfred Bruce Douglas (1870-1945) nació en Ham Hill, cerca de Worcester. Estudió en Winchester y en Oxford, donde fue director de la revista The Spirit Lamp. En 1891 el poeta Lionel Johnson (1867-1902) lo relacionó con Wilde. Lo sucedido entre entonces y el final del encarcelamiento está narrado en De profundis. Bosie y sus defensores sostienen que fue leal a Wilde y se arriesgó para protegerlo, y la culpa de todo hay que ponerla en la cuenta de los celos y el despecho de Robert Ross. Pero la apologia pro vita sua que bajo diferentes títulos publicó Bosie y la conducta entera de su vida lo presentan bajo un aspecto mucho más negativo del que aparece en De profundis; según Douglas, “fárrago de maligna imbecilidad […] ponzoñoso torrente de salvajes mentiras y grotescas acusaciones”. La autodefensa iniciada en Oscar Wilde and Myself (1914) —que provocó que su mujer, Olive, se divorciara de él, y su suegro, el coronel Frederick Cunstance, le entablara proceso— continuó en Autobiography (1929; publicada en Estados Unidos como My Friendship with Oscar Wilde), Without Apology (1938) y Oscar Wilde: A Summing-Up (1940), aunque retractándose de la mayoría de los cargos y sin el tono obsceno que su verdadero autor, T. W. Crosland, impuso al primer libro. Lo único que puede decirse en favor de Bosie es que en realidad no le impidió escribir a Wilde: desde el encuentro hasta su muerte todas sus obras están redactadas en presencia de Douglas, excepto De profundis, que a la postre es una carta dirigida a él.

Bosie fue autor de algunos libros de versos: Poems (1896), The City of the Soul (1899), reunidos en dos compilaciones de 1935: Lyrics (que incluye “Two Loves”) y Sonnets (donde se recoge “In Praise of Shame”) y Collected Satires (1926), entre ellas una violenta caricatura de su padre: “The Duke of Berwick”. Como director de la revista The Academy y del semanario Plain English, Bosie exhibió la misma capacidad para la injuria y la difamación que había mostrado en su correspondencia. No obstante, sus armas predilectas fueron el telegrama y la tarjeta postal. Acabaron por volverse contra él, como un cable que dirigió a W. B. Yeats cuando éste lo excluyó de The Oxford Book of English Verse, acto de justicia crítica que según Bosie revelaba la envidia del poeta menor contra el grande (Douglas, considerado por él mismo el único here dero de Shakespeare).

Fue abiertamente nazifascista, procolonialista, antisemita, antinegro y antiirlandés. Sus calumnias lo hicieron reo de muchos juicios, pero sólo Churchill logró encarcelarlo durante seis meses en 1923. Bosie había publicado un panfleto contra Churchill titulado “El asesinato de lord Kitchenery la verdad sobre la batalla de Jutlandia y los judíos”. En la cárcel escribió la serie de sonetos In Excelsis, respuesta a De profundis, donde considera a Wilde “la mayor fuerza del mal abatida sobre Europa en los últimos siglos”.

Lord Alfred Douglas murió al terminar la Segunda Guerra Mundial, pálido fantasma de “the yellow nineties”, triste sobreviviente de un pasado abolido. Auden, que niega las pretensiones de Douglas para ser considerado poeta, dice en cambio: “Bosie fue un horror y el responsable de la ruina de Wilde. Con todo, si al final de su vida le hubieran preguntado a Wilde si lamentaba haberlo conocido, acaso hubiera contestado que no, y sería vano lamentarlo por nuestra parte. No podemos saber qué hubiera escrito Wilde si no hubiese conocido a Bosie o se hubiese enamorado de otro. Sólo podemos observar que durante los cuatro años transcurridos entre su encuentro con Bosie y su caída, Wilde escribió la mayor parte de su obra literaria, incluso su única pieza maestra. Tal vez Bosie no tuvo nada que ver con esto o tal vez sí, cuando menos porque obligó a Wilde a ganar dinero para mantenerlo”.

Acerca de Douglas hay dos libros favorables: The Life of Lord Alfred Douglas: Spoilt Child of Genius por William Freeman (1948), Bosie por Rupert Croft-Crooke (1962), y uno en contra: Oscar Wilde and the Black Douglas, escrito por su sobrino, el marqués de Queensberry, ayudado por Percy Colson (1950).

2 Puerto de Devonshire sobre el Canal de la Mancha. Wilde escribió Una mujer sin importancia en Babbacombe Cliff, la casa prerrafaelita —diseñada por Ruskin y decorada por Morris y Burne-Jones— que lady Mount-Temple tenía en Torquay.

3 Aldea a orillas del Támesis, donde Wilde alquiló un cottage y pasó el verano de 1893 con Bosie. Allí redactó la mayor parte de Un marido ideal.

4 Salomé (1894)fue escrita originalmente en francés y revisada por Pierre Louÿs, Marcel Schwob y otros amigos. Sarah Bernhardt no pudo representarla en Londres. Lugné-Poë la estrenó en París a fines de 1895 cuando Wilde estaba en prisión. Max Reinhardt la escenificó en Berlín en 1903 y en 1905 Richard Strauss llevó a escena su ópera en Dresde.

Entre otras cosas Salomé heredó al teatro de variedades la llamada danza de los siete velos.

Wilde rechazó tanto la versión inglesa de Douglas como la de Aubrey Beardsley (1872-1898). Al parecer el texto que conocemos es casi íntegramente obra de Wilde aunque esté firmado por Bosie. Vyvyan Holland publicó una nueva traducción en 1957.

Gracias a las ilustraciones que hizo para Salomé, la posteridad ha unido los nombres de Beardsley y de Wilde y suele creerse que fueron grandes amigos. De hecho, a Wilde nunca le gustaron sus dibujos y Beardsley, molesto por el rechazo de su traducción, caricaturizó brutalmente a Wilde y lo hizo aparecer en The History of Venus and Tannhäuser como la manicurista Priapusa. Aparte, difundió que su presencia atraía la mala suerte. Por esta razón, el más célebre escritor en lengua inglesa de fin de siglo no colaboró en las típicas revistas de Beardsley: The Yellow Book y The Savoy.

5 An Ideal Husband se estrenó en 1895 y se publicó cuatro años después dedicada a Frank Harris.

6 El restaurante en que almorzaba Wilde casi diariamente y era un sitio público de reunión para sus admiradores. Estaba en Regent Street, cerca de Piccadilly Circus.

7 Situado en Piccadilly, era otro restaurante de lujo y de moda en el Londres de la época.

8 El club más antiguo y al que ansiaban pertenecer todos los jóvenes elegantes. Era propiedad de Algy Bourke, primo de Bosie.

9 El restaurante del gran hotel de ese momento.

10 La casa de Wilde estaba en el número 16 de esa calle de Chelsea, el barrio que por entonces reunía a los artistas y escritores de Londres.

11 Willy’s Room, en King Street, Saint James; en su día el mejor y el más elegante de los lugares para comer en Londres.

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Publicado en: Ciudad de libros, Fragmentos