De planos, maquetas y arquitectura

En algunas muestras arquitectónicas, maravilla que tantos planos y maquetas preliminares, garabatos y apuntes crudos de la concepción de una obra arquitectónica, estén bajo escrutinio público. Aun con un mirar poco educado, los planos y maquetas expuestas ofrecen el privilegio de serpentear alrededor de un proceso creativo en ciernes, identificar los ensayos y las disputas de ciertos elementos, acercarse a la concepción particular del espacio y la manera personal que tiene el arquitecto al trabajar con distintas escalas y materiales. Las últimas maquetas, modelos de la realidad en miniatura, se parecen en cierto modo a un guión teatral o una partitura. Ante planos y maquetas, la experiencia de un edificio conocido o la construcción imaginaria de lo apuntado deslizan la arquitectura al campo de las artes escénicas.  

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Construir a partir de planos, maquetas y renders implica un esfuerzo colaborativo gigantesco. Los arquitectos o el despacho parecen compositores que coordinan al equipo involucrado en la ejecución de la pieza. El desarrollo de un proyecto es costoso. Sin embargo, el paso del modelo a la realidad en cierto modo es igual de difícil que la etapa previa. Pasar de la idea a su manifestación en el plano o la maqueta tal vez sea menos riesgoso y más económico, pero conlleva una dosis de frustración considerable. Solicita coherencia de una serie de intuiciones y nociones inspiradas, amorfas y desperdigadas. Busca entrelazar el pensamiento con la realidad sin demasiadas fisuras palpables. Observar cada una de las etapas preliminares permite constatar los titubeos, las negociaciones incesantes entre lo imaginado y las condiciones del terreno, el programa arquitectónico, los requerimientos estructurales, las fechas de entrega. 

Los planos y las maquetas son instrumentos de indagación y comprenden una serie de descubrimientos, en muchas ocasiones, desechables. Tienen finalidad práctica, espíritu indeciso y multiplicidad inherente. Estos objetos funcionan como un laboratorio. La arquitectura es un arte colaborativo que supone intervenciones continuas y violentas a los modelos. La disponibilidad del primer recurso, el espacio mismo, y el factor económico se confrontan perpetuamente con las funciones del edificio, las necesidades de las personas y la idea en la cabeza. La arquitectura requiere de negociar con ahínco con el entorno. La mirada del arquitecto se entrena para analizar cómo se pensó el espacio y su mano aprende que un trazo, un doblez o un recorte pueden dar el giro necesario para transformar la idea extravagante en un proyecto viable.

En exposiciones arquitectónicas o con personalidades como Zaha Hadid, las maquetas y los planos se valoran casi como arte por sí mismo. Aún sin haber sido elaboradas por arquitectos con tal renombre, el toque personal y sensibilizado que involucran los vuelve herramientas con cierto valor artístico. Dan fe de las didascalias de cada arquitecto. Son referencias muy personales a la manera de pensar el espacio, la elaboración de los modelos, el grado de detalle, el uso de la perspectiva y la comprensión de la función e importancia de todo lo anterior. Enseñan cómo crear y jugar con el espacio. Enmarcados en la teatralidad propia del museo, es relativamente sencillo verlos como algo más que meras referencias para una constructora o evidencias para pasar una materia.

Los planos son apuntes múltiples y no pueden eludir la cualidad de lo fragmentario. Siempre de un edificio habrá muchos: planos por plantas, planos de distintos tipos, planos a mano y otros en AutoCad. En ellos se diseñan y coreografían recorridos distintos, varios de ellos no humanos e incluso inaccesibles, senderos de instalaciones, tuberías o cableado. Los planos contienen un elemento artificial, apelan a la irrealidad. La expresión reside en el grosor de una línea, la calidad del trazo. Aunque uno fuera un pájaro, no habría forma de ver lo que ahí se plasma. En ellos la perspectiva fallece continuamente.

Las maquetas, por su parte, no sólo describen el espacio, sino lo  imaginan materialmente y tal vez lo que mejor hacen son promesas. Promesas que ojos ingenuos imaginan con más facilidad que el levantamiento de un plano. Son volumen a escala con potencia. En ellas, sin embargo, las texturas propias de las diferentes superficies se homologan al material en el que se elaboran. El papel aplana las sustancias. Las maquetas invitan  a una colaboración tridimensional, a recrear mentalmente pequeñas marionetas de las personas que habitarán el edificio. Son objetos que ofrecen un repositorio más sólido al desplazamiento de una idea al plano, al volumen a, ultimadamente, la realidad.

Planos y  maquetas no son hechos consumados, se encuentran en potencia y quizás ahí se halla su encanto. Son las primeras representaciones de construcciones que se pueden o no emprender, utopías en el sentido de ser literalmente no lugares. Lo inacabado las convierte en semblanzas que le dan un presente perpetuo a un proceso. En las muestras, muchas veces plasman lo que pudo haber sido, desmantelan el pensamiento, analizan la creación, y dialogan con bocetos, estudios y fotografías. El detenimiento y el asombro permiten observar cómo se crean los espacios humanos. Cuestionarlos es válido y necesario para entender la versatilidad de un modelo y la omnipotencia implícita del arquitecto creador sobre los proyectos en papel.

Cuando las maquetas y los planos se ejecutan es más claro identificar lo que comparte la arquitectura con las artes escénicas, la performatividad implicada. Una vez construida, la obra arquitectónica tendrá una interacción constante con diversos elementos tanto atmosféricos y naturales, como múltiples referentes culturales. La obra es activa y dinámica. Incidirán sobre ella categorías tan automáticas como adentro y afuera, arriba y abajo. Los sedimentos en la superficie y las imprecisiones crean dramas arquitectónicos. Poco a poco se completa la obra y se da pie a que la arquitectura realice su primera labor–resguardarnos de la intemperie. Conforme pasa el tiempo, los edificios se adaptan para mejorar la calidad de vida de las personas que los habitan, que los utilizan.  

Designar espacios es tarea tanto de la arquitectura como del teatro. Los edificios actúan ya que significan prácticas. La arquitectura genera un sentido de pertenencia y forja la memoria cultural al ordenar, nivelar y mejorar las condiciones del espacio. La articulación propia de un edificio se resiste a ciertos movimientos, facilita otros y nos seduce en áreas específicas a detenernos, a darnos cuenta de lo que implica la experiencia arquitectónica. Una vez realizado, el edificio también está abierto a cierta improvisación. Vivir un espacio implica repeticiones que se convierten en experimentos tan banales y placenteros como caminar por un piso con zapatos de suelas distintas o sencillamente descalzo.

El cuerpo en contacto con el espacio construido invita a participar en una puesta en escena. Esa experiencia arquitectónica está inscrita en el tiempo y no es fácilmente parafraseable. ¿Qué tanto se puede describir la apertura de las alas del museo de Calatrava a la orilla del lago Michigan o del beso que se dan los extremos del puente de Thomas Heatherwick? ¿De la temperatura fresca de un sótano a la mitad del verano? ¿De la sensación que tiene el piso de madera debajo de las rodillas mientras uno se asoma a un recoveco en una casa vieja? ¿Del sonido de eco en el centro de las escaleras en el Museo de Arte Moderno? La arquitectura marca un lugar como único, define como humano un punto dentro de lo infinito del espacio. La experiencia individual y reflexiva enriquece la calidad del albergue, ayuda a volver realmente nuestro el espacio y sentirse en casa. Para habitar este mundo, necesitamos de casas y, sin duda, de palabras.

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Publicado en: Curadero