Durante el último fin de semana de mayo, la exposición Casts de la artista danesa Nina Beier desató una fuerte polémica. La exhibición, que duraría hasta septiembre de 2024 en el Museo Tamayo, se pensó como un puente entre escultura y performance e involucraba a una decena de participantes, entre los cuales había un grupo de canes. La polémica empezó cuando usuarios de redes sociales condenaron esta participación argumentando que los perros estaban siendo maltratados.
El asunto escaló de tal forma que fue necesario cancelar la mayoría de los performances involucrados, incluyendo mi propia participación pues fui contratada para llevar a cabo uno de estos, junto a mi hermana gemela. Nuestro papel requería dar un paseo continuo entre las piezas de manera coordinada, en pareja.
Por todo esto no puedo dejar de preguntarme ¿qué supuestos existen hoy sobre el arte y la crítica como para cancelar una obra tras las presiones desde redes sociales? Veamos el caso más de cerca.
Durante la mañana del 25 de mayo tuvo lugar el breve performance Tragedy 2011 que involucró a cuatro perros entrenados para reposar durante diez minutos cada uno sobre una pila de alfombras persas. La primera queja provino de una usuaria de X que acudió como espectadora. En su publicación aseveró que aquellos canes estaban “sometidos, con miedo y estresados” a causa del performance. Denunció a la actual jefatura de gobierno de la CDMX por autorizar recursos para aquella finalidad, así como la violación expresa de la Ley de Protección y Bienestar Animal de la Ciudad de México. La usuaria cuestionó la calidad artística del acto mediado por lo que, decía, era maltrato animal: “un perro que traga saliva y muestra una extrema incomodidad mientras permanece inmóvil rodeado de desconocidos”.

Esta denuncia pareció prueba suficiente para que en la red social se alzara una turba de voces enfurecidas que exigían al unísono: cancelar el performance, la exhibición completa e, incluso, la renuncia de la actual directora del museo. Sin que ninguno de estos denunciantes reparara en la veracidad del evento.
Hacia el final del día, la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México (PAOT) anunció que investigaría la exhibición y el Museo Tamayo refrendó su voluntad de colaborar con ésta. Finalmente, en la noche del domingo 26 la institución confirmó el cese total del performance Tragedy 2011, entre otros.
La polémica anterior, a mi parecer, se debe a un nuevo estado del discurso sobre el arte que, al interactuar con las redes sociales, se amplía y cambia de dinámica. En ese sentido, la polémica sobre maltrato animal resulta sólo un síntoma de algo mayor: la crítica de arte ha sido sustituida por una especie de observancia política que, como consecuencia, genera un abandono de la propuesta artística.
De entrada, las redes sociales son un medio óptimo para que el público se acerque al arte y participe en la discusión sobre éste. Sin embargo, esto supone algunos riesgos, precisamente porque la actual dinámica de las redes amplifica algunos discursos de cancelación. Sumado a lo anterior, hay una atención cada vez mayor a las redes, paralela al grado de participación de usuarios en este espacio, de manera que las instituciones gubernamentales a su vez se encuentran más involucradas.
Ahora bien, la crítica de arte no es un fenómeno estático, sino que cambia según el contexto histórico y social del circuito artístico. Sin embargo, las tendencias generales han sido, a grandes rasgos, al menos dos: por un lado, una crítica que privilegiaba el sentido del arte, es decir, su contenido y un canon técnico, ya fuera pintura, escultura, entre otras. Esta forma volvía inaccesible, para un público amplio, el arte, destinado a una cierta clase social específica, y ratificaba una división entre artistas y espectadores. Así, esta forma de crítica también se desvinculaba de la vida cotidiana.
La otra tendencia, preocupada por desarticular los discursos elevados del arte llamado “burgués”, volteó a ver, más bien, a los soportes materiales, los medios concretos de expresión, utilizando incluso objetos cotidianos para tender un puente entre la vida ordinaria y el momento creativo. Sin embargo, ese intento de volver accesible la cuestión artística también fracasó, pues hoy se relaciona con el llamado “arte contemporáneo”, asociado a un circuito difícilmente comprensible y con aires igual de “elitistas”. Algunas posturas críticas dirían que la revolución del arte contemporáneo no se produjo puesto que no logró poner en entredicho la división de actores del circuito artístico: quién produce el arte, quién lo legitima y quién habla sobre éste desde un discurso autorizado —el crítico del arte sería este último actor.
Pese a este diagnóstico, concedo que sí puede haber un debate en las redes sociales sobre el arte y su circuito, es decir, una especie de crítica en la que todos podemos participar, en la que todos somos críticos. Sin duda, el medio permite el acercamiento de los usuarios al tema debido a su dinámica particular: las noticias se propagan rápidamente y los espacios, antes cerrados al público en general, hoy son más cercanos.
Por lo mismo, creo que la polémica sobre Casts nos permite identificar un nuevo momento de la crítica. Una que, preocupada por problematizar las condiciones sociales de producción del arte—¿quién lo hace?, ¿en qué condiciones políticas, culturales, económicas?—, se ha cerrado sobre estos elementos “estructurales” y desatiende otros. Así, la excesiva preocupación por la ética de producción oscurece también esa ética, convirtiéndola en una compulsión de corrección política y en una serie de imperativos difíciles de practicar.
El abandono de la crítica desde la óptica holística que mencioné antes ha convertido el contenido del discurso artístico en una indagación sólo sobre los lugares del artista y la obra. Sin embargo, en lugar de reflexionar seriamente sobre los deberes éticos de la o el artista y su obra —pensar en torno a la ética de producción— parece más sencillo resolver cualquier dilema por medio de la legalidad; es decir, para que una obra sea ética debe meramente cumplir con la ley.
En el caso de Casts, la discusión ética sobre el uso de animales en obras artísticas se redujo a pensar que el uso de animales en espectáculos significa maltratarlos. De manera que lo que el público asumió en redes fue el maltrato y la calidad de “espectáculo” del performance.
Así, es fácil caer en un discurso que no se pregunta en profundidad por la ética de una obra, sino que resuelve todo por medio de la legalidad que precisamente ensailla y limita el “fenómeno artístico” a un mero “espectáculo”, contenido en las leyes locales en este caso.
Que un performance se adecúe a la noción de espectáculo revela mucho del diagnóstico sobre el arte y su crítica, sobre todo, porque sus críticos, detractores o espectadores no negocian la categoría con su adecuación legal. Más bien la asumen plenamente.
En el marco de un nuevo deber ser del arte (una ética mal ejecutada) la controversia sobre maltrato animal aparece como la confusión entre dos prohibiciones distintas: por un lado, el maltrato y, por el otro, la falta administrativa al artículo 25 de la Ley de Protección y Bienestar de la CDMX. La primera es materia de investigación por las autoridades correspondientes; a la segunda corresponde una infracción. El primer caso sólo podría resolverse por medio del dictamen de la PAOT y, el segundo si una parte de los involucrados asumen las sanciones correspondientes.
Sin embargo, una vez resuelto el asunto legal, ¿qué queda por decir sobre la obra? Poco o nada. Así, el público sólo pone en tela de juicio las obras cuando no se ajustan a parámetros de legalidad, no por una crítica al fondo y soporte de la obra, ni siquiera por la ética de su autor o autora. De manera que el ajuste a los parámetros de legalidad se instala como el objeto del discurso crítico en torno al arte. Y esto porque, en mi opinión, no hemos logrado crear un debate o una crítica real al respecto.
El público se vuelve incapaz de comprender o determinar lo que es o no el objeto del arte sin recurrir a una serie de ideas preconcebidas sobre lo que debe cumplir (una especie de lista sobre su moralidad, legalidad y buena conciencia). Se trata de un nuevo canon, no estético o político, sino legalista. Un nuevo tipo de “fetichismo”. No resulta entonces descabellado proponer que el clima de esta “crítica” sea correctivo, amplificado, como ya señalé,por ese espacio sin límites: las redes sociales.
Esta actitud tiene el riesgo de banalizar algo tan grave como el maltrato o enceguecer el sentido común, haciendo de la crítica un mero espacio para el espectador indignado o, peor, de retornarlo a una posición de observador pasivo. ¿No sería más deseable reivindicar nuestra participación del aspecto ético y práctico del mundo creativo sin que por ello dobleguemos nuestro juicio a un nuevo dogma?
Sofía Garnica Esteva
Estudió la licenciatura en Antropología y lingüística en la UNAM.