De Nauta

Ilustración: José María Martínez

Último de abril

Ese día llegó mi madre a casa
con los ruidos de la calle
tallados en la cara
y los gritos de mi padre
atropellado ardiendo en la garganta.

Me dijo: “Quita el disco”,
previniendo que la música
indolente de mis tardes
acallara la muerte que traía,
viuda ya, aferrada a las palabras.

Dos días después, en el panteón,
el día del niño, mi niñez desembocaba.
Vi que te apilaban en el pecho
plancha absurda sobre plancha
y al final, paliando los rigores del cemento,
un túmulo perfecto de tierra blanca.

Será que daba miedo
que alguno te alcanzara,
o quizá que al mundo vuelvas
vomitando cual venganza
el fango que te abona esas astillas
que llevas por entrañas.

Yo sí temo que regreses
observando las promesas,
no porque estés muerto
sino porque hoy, vivo,
arderías más que nunca
de impaciencia inacabable,
ofendido por el alba.

*

Urbe

 

El mármol es tu siervo igual que el tiempo,
tú, dueña de números y epítetos
fundidos en las armas y en los libros.

No he llegado a ti por la perfección
de tus caminos, ni ha sido el Álbula
de Livio el que a tu invierno me ha traído.

Fue el deseo de hallar tu cuerpo antiguo,
desmembrado en confusos laberintos
de piedra, de reliquias y de olvido.

Fue el ángel anacrónico del Elio
fincado en la negrura de tu frío:
perdió él en tus colinas mi delirio.

Tus domos puestos como alfileteros
ven al cielo, esperando a golpe y grito
los discretos punzones de los siglos.

 

Te apagas como incendio en agonía,
crepitas en los arcos de la noche
severa y agotada por los pasos

apurados que tientan con la planta
las ruinas escondidas en tus miasmas,
aullidos soterrados de tus hijos.

Qué serio vengo, Roma, a visitarte,
qué tarde tu latín me ha recibido.
¿Qué herida inflige ahora, o qué suplicio

el eco de tu hierro, la andanada
luminosa de tu historia o el embuste
eterno, abrasador, de tu martirio?

*

Batalla

 

He leído
sobre las fortalezas
del mundo,
de torreones y murallas,

de alminares que intentan
morder el cielo,
tarascando de cabeza
y para arriba.

Muchas de ellas
se han llamado,
bautismo del texto y de la historia,
inconquistables.

También he visitado
algunas, satisfechas de sí
mismas, como perras cobijadas
en el hueco de su cola.

 

He visto ahí,
en infelices ocasiones,
a pesar de la palabra
escrita y obstinada,

troneras hoy ociosas,
remotas rasgaduras, resquicios
en la piedra por donde
entran las partículas

del mundo, venciendo sin esfuerzo
albarranas con el golpe de los vientos,
del tiempo los fragores y, al final,
el ariete de la nada. 

*

Vistazo de la isla (desde La Habana)

 

Hay que pisar tus pétalos de arena
blanca para entender por qué
el sol con saña endulza,
isla, tus ruinas de palacios sosegadas
con rayos que gotean
como jarabe hirviente.

Hay que oír tu viento gris y saborear
el filo de tu sal, ésa que avasalla
tus herrajes, los cimientos de tus casas,
y ver con ojos de amor tibio
la belleza peligrosa de tus hombres,
los espacios ardorosos que, temprano,
detentan los pechos conquistados
de tus niñas, la bacante extremidad
de tus mujeres, la cólera precaria de tu vientre.

Hay que beber tus aguas luminosas,
tu espuma de color de acero,
para poder adivinar por qué tu amigo
es loba (como aúllan tus grafitis),
por qué desconoces el denuedo
de androginias que, envidiosa,
ni otorgas ni concibes ni acomodas.

Si fuiste la orgullosa balsa roja, apenas
eres hoy el barco-mausoleo de tu centro,
bastión borrado de memorias prodigiosas,
la nota avejentada de la trova,
la virgen del fragor y el atropello.

 

*

 

Málaga

(Habiendo comprado apenas
un ejemplar anotado de la
Fábula de Polifemo y Galatea.)

 

El último día malagueño aparece
en libro el cuerpo y el clamor de Polifemo
que de Córdoba ha mandado el Góngora
desde su mármol craquelado, eterno.

En el hostal dice un conserje
sobre el tal volumen negro,
al verlo entre mis manos:
“Ese poema e’ de sole’ blanco’,
de nue’tro’ y otro’ mare’, y de amore’”.

El sol en Málaga no brilla
por fuera sobre el viento;
sale lento entre alfombras y metales,
entre muros, páginas y pecho,
desde adentro.

 

Mario Murgia

Es poeta, traductor y profesor de tiempo completo de literatura inglesa, traducción y literatura comparada de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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Publicado en: Florilegio