“De la naturaleza de sus cosas”

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Julio Trujillo
El acelerador de partículas
Almadía
México, 2017
88 pp.


En Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica sola, el filósofo francés Michel Onfray asevera lo siguiente: “Cuando  la  filosofía  se  vuelve  popular produce efectos en lo real, se simplifica, abandona su complejidad, su delicadeza, en provecho de una patente rusticidad. Lejos de la letra, el espíritu sopla donde puede…”. Vuelvo a cuestionarme, de manera un tanto ingenua, cuál es el problema de la complejidad. Lo sé, pero me cuesta trabajo aceptarlo. Esta es una pregunta obvia que tiene una respuesta necia: la complejidad tiende a dramatizar lo que toca. Los poemas de El acelerador de partículas se alejan de un carácter trascendente. Es notorio desde la primera composición que abre (y da también título) al libro:

no sé medirme contra el cosmos pero intuyo,
con esta risa íntima,
como guiñándome a mí mismo el ojo,
mi fértil nadería,
mi espléndido guarismo ante una cifra kilométrica.

En entrevistas anteriores, Julio Trujillo, el autor, ha declarado que “Ya pasaron los días en que se decía poesía con ‘p’ mayúscula, y poeta, con respeto y en forma caso religiosa”. En el poema “Metaformosis” indaga en la capacidad transformadora de una palabra que también inicia con ‘p’: paternidad.

Hablo con la mujer que alguna vez
cargué con una mano.
Y no es que se haya transformado de un día a otro,
como por arte de poesía.

Otra palabra con ‘p’ es Platón, quien en la Apología de Sócrates recuenta el examen de su maestro a los poetas, quienes no hacen por sabiduría lo que hacen “sino por ciertas  dotes  naturales  y  en  estado  de  inspiración  como  los  adivinos  y  los  que  recitan  los oráculos”. La poesía, en estos términos, es una manifestación que surge de una “intensa posesión divina”. No sé si Julio Trujillo estaría de acuerdo con lo anterior. El acelerador de partículas continúa con la propuesta de Julio Trujillo de acercar la poesía a la gente común y corriente. O de acercar a la gente común y corriente a la poesía.

Es así que Julio Trujillo es un poeta justo. No se excede en palabras innecesarias a pesar de que gravita entre mundos que parecen lejanos entre sí: los objetos y el poder estético. Ser atinado, entre el imperante caos, es una virtud que sale a relucir en fragmentos de poemas como “Llegar”, que aborda una situación cotidiana para reflexionar acerca del aquí y el ahora:

No hay diferencia entre este paso y la conquista
de la luna:
clava tu pica en esta cumbre,
es el instante que se abre,
es el presente y su crepitación,
caliéntate en la lumbre de lo que sucede;

En “Eucalipto” hay una serie de símbolos detrás del sentido del olfato:

El diminuto puño de un aroma
ensimismado,
de un néctar del planeta,
golpea el pecho del día
–que se transporta,
por vía del cloroformo,
hacia su propio nacimiento.

O “Selfie”,en la que recupera un objeto actual para indagar en la comprensión del yo:

Las dos palabras más extrañas para mí,
si las combino, son Julio Trujillo,
casi un ruido,
una fricción desconcertante,
a contrapelo,
como imponerle un flujo absurdo a la corriente
natural,
tasar el agua
o contenerla en una red.

En esta supeditación de la poesía a lo más cotidiano, se entiende el sentido que tiene el pensar en un acelerador de partículas como un emulador de la realidad mediante el ejercicio poético. Los versos de Julio Trujillo se cargan a altas velocidades como los de “Blues del súper” (“Y de repente en el pasillo de cereales, / bajo una realidad de luz blanquísima, / sin filtros, / despiertas como un buda artificial / a un mundo tétrico de Tetra Pak”) que colisionan con otras partículas, cuya cadencia es más lenta (por no decir, tradicional o diálogo con el canon): el poema “Íncipit” es una prueba de esto (“El tiempo es menos cruel en marzo / porque brilla / y se deja tocar. […] Todo es comienzo en marzo, / brote, / y el mismo tiempo está naciendo / sin noche y sin memoria”). Hay más todavía. Las terceras partículas, generadas a partir del constante oficio poético de Julio Trujillo me hablan de un destiempo: son revelaciones súbitas en medio de la vida ordinaria. Esa depurada lírica es la que permea poemas como “Las dos orillas”:

Iba y venía:
el movimiento de sus ojos era rápido,
el movimiento de sus ojos era lento.
Allá se agigantaba,
era un poder elástico que aún
podía estar a sus anchas como un magma.
Aquí tenía que despertarse ya,
pasear al perro y alcanzar la cita
de las nueve.
[…]
Era una aguja loca que giraba,
sobre el pivote de la cama,
magnetizada por las dos orillas
las dos orillas

Y “Si”

Si una persona es una cosa
una idea no lo es.
[…]
Si es una cosa el universo no
lo es el infinito.
[…]
Si este vacío es una cosa
la nada no lo es.
Si el sol es una cosa
una palabra como sol
no lo es.

Julio Trujillo suele expresar su preocupación acerca del lugar, al parecer bastante rezagado si no es que último, de la poesía dentro de la sociedad mexicana. En varias entrevistas el también editor ha llamado a las nuevas generaciones a despojarse de prejuicios que tienen acerca de este género ya que considera que el ejercicio poético “como escuchar música, pues tiene rimas, metáforas y ese poder de transmitir sentimientos a través del ritmo”. Esta invitación, también permea sus libros más recientes. En su anterior poemario, La burbuja, publicado por esta misma editorial en 2013, encontramos unos versos inspirado en Bob Esponja (“Vendrá la angustia de mirarse en una espora o en el espejo eléctrico/ de las medusas, / pero ahora es sólo nítida inocencia/ “y esponjada.”), en perros (“En todo el cuerpo hay perros azuzados”) y hasta en una mosca (“Aspira el vapor denso / de las cacas, / responde a la llamada del calor nutriente / –jugos y ácidos aderezaron / la deyección / que es un imán para sus patas).

La poesía de Julio Trujillo, que también ha publicado los libros Una sangre (1998), Proa (2000), El perro de Koudelka (2003), Sobrenoche (2005), Bipolar (2008), Pitecántropo (2009), y Ex profeso (2010), objeta y objetifica. Yo lo pensaría a él como un poeta radicalmente realista. Lo imagino recitando de memoria la “Oda a las cosas” de Pablo Neruda: “Amo las cosas locamente / Amo / todas las cosas, / no porque sean / ardientes / o fragantes, / sino porque / no sé, / porque / este océano es el tuyo, / es el mío”. Hay un proyecto hedonista ético que subyace en El acelerador de partículas. La sublimación es esencial para un poeta, pero también está la cotidianidad. Hacia ahí Julio Trujillo nos llama a voltear. Lo advierte el fragmento de Lucrecio con el que abre (en el libro en físico) y cierra (en la mente del lector): “Su unión no es un compuesto heterogéneo sino simplicidad eterna.”

 

Karen Villeda

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña