¿Qué tanto dicen sobre nosotros mismos las citas que sabemos de memoria, los autores que nos han marcado? Demasiado, y más todavía, cuando se trata de citas insertas en discursos públicos y políticos. Quizá, como plantea este texto, las citas pueden traer una carga ideológica más pesada de lo que queremos aceptar.
Cuando un libro, un autor o una cita impactan es común que procuremos sacarlos a relucir ya sea en nuestras intervenciones públicas o en las conversaciones con colegas, amigos o familiares. Uno de mis profesores citaba con frecuencia a Chesterton, San Juan de la Cruz y Francisco de Asís. A nadie extrañaban estas referencias por ser un exjesuita dedicado a la docencia y, tal vez, uno de los mejores maestros de la institución.

Ilustración: Víctor Solís
En cuanto a los escritores es común que recurran a referencias literarias y a quienes admiran. Borges nombraba constantemente a James Joyce, Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Franz Kafka, entre otros tantos. Julio Cortázar, por su parte, centra sus influencias tempranas en Julio Verne y Poe. Hay que recordar que tanto Borges como Cortázar tradujeron a este último autor. Sobre los maestros de Juan Rulfo la lista sería infinita: desde William Faulkner, Fiodor Dostoievski, Rainer Maria Rilke hasta el noruego Knut Hamsun. García Márquez contó infinidad de veces el impacto que tuvo Pedro Páramo en su carrera literaria.
Por mi parte, cada vez que hablo con un estudiante que escribe le recomiendo que lea y relea a Rulfo porque aprenderá (entre muchas otras cosas) a despojar sus textos de tanta adjetivación innecesaria, tentación común entre quienes se inician en la escritura. Recomiendo la obra de Rulfo no sólo porque me impactó al punto de que le debo mi viaje a México sino por la maestría con que retrata la calamidad latinoamericana que parece no tener fin, sujeta hace décadas a caciques encaramados en el poder.
¿Recuerda usted el discurso del político que llega después de un temblor en el cuento “El día del derrumbe”? Dígame si ese charlatán sin una pizca de coherencia no se parece a los de carne y hueso actuales que se pasean por foros, conferencias e incluso cumbres internacionales. O aquella frase extraordinaria de “Luvina” cuando se dice que conocen al gobierno pero de lo que no saben nada es “de la madre del gobierno”. Y usted concluirá conmigo la idea: es que el gobierno no tiene madre. Quizá también venga a su memoria aquel momento en que Pedro Páramo cuestiona a su caporal y cómplice: “¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros”. ¿Le recuerda a alguno de esos gobernantes cuya palabra es la ley? (valga la redundancia). Y así podría escribir páginas y páginas sobre la extraordinaria obra de Rulfo. Pero ese no es el tema de este escrito.
Por si no se ha dado cuenta intento hablar aquí de las huellas que han dejado en cada uno de nosotros los grandes hombres de la historia, sus obras, sus frases. Cuando remitimos a cierto personaje o repetimos su pensamiento damos por sentado que tanto uno como otro nos han influido.
El expresidente Obama remitió más de una vez a Martin Luther King y Nelson Mandela como referentes de su formación; podríamos enlistar un sinnúmero de líderes que dejan ver sus lecturas e influencias. Es por ello que resulta difícil entender que un presidente que se dice demócrata cite en plena asamblea de la ONU a Benito Mussolini y que su frase favorita —reiterada tantas veces como lo aconsejaba su autor— pertenezca al jefe de propaganda nazi Joseph Goebbels para quien “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad”. Principio número seis de los once que se le atribuyen al macabro personaje. El primero de la lista, hay que recordarlo, es el “Principio de simplificación y del enemigo único” que consiste en “adoptar una idea, un único símbolo; individualizar al adversario en un único enemigo” (¿la corrupción? ¿el neoliberalismo? ¿el imperialismo yanqui?).
Si los nombres o frases que han marcado la memoria de un jefe de Estado y a las cuales apela asiduamente remiten a los personajes antes mencionados, los habitantes de ese país deberían —si no preocuparse— al menos poner mayor atención al aparato propagandístico gubernamental. Quizá no sólo identifiquen allí un “inocente” parafraseo, sino, todo un manual desglosado a pie juntillas.
Sonia Peña
Doctora en Letras por la UNAM, donde recibió la Medalla Alfonso Caso al Mérito Universitario. Premio Ensayo José Revueltas 2013. Fundadora y directora de la revista cultural La oveja negra (2001-2010).