Relato de un adiós anunciado, esta crónica cristaliza los últimos momentos de un ser querido y encara las dificultades de narrar la muerte al rememorar los hechos ínfimos, únicos y banales de una vida. Un justo medio donde no hay máscaras, sentimentalismos ni frialdades impostadas.


Murió un lunes, pero supe de su muerte cinco días antes, cuando llegué a verla y ya no podía sostener la mandíbula. Me recibió en pijama, en un camisón largo y floreado que la hacía verse como si siempre estuviera cayendo. Su alacena estaba vacía, así que encargué una pizza y me pidió sacar una vajilla que nunca usábamos y que desentonaba con la caja de cartón y su comedor largo y negro. No comió, a lo sumo cortó con los dedos un pedazo de orilla que se llevó a la boca temblando. Mientras masticaba, vi sus brazos cubiertos de una piel muy delgada, casi transparente pero llena de manchas cafés; pequeñas isletas que llegaban hasta su cuello, cubriéndole el pecho. Su esternón siempre fue muy pronunciado, parecía que estaba conteniendo algo a costa de su propio cuerpo. Pero conforme fue envejeciendo no sólo eso sobresalía, sino un pequeño bulto en la espalda alta. Un montón de huesos apelmazados. Como si su columna se hubiera anudado para mantenerla erguida a cualquier precio. Yo heredé esa deformación en el pecho que ella siempre consideró muy distinguida; no sé si a mí también se me arremolinará la espalda. Cuando me salió mi primera mancha bajo el ojo, me alegré, parecía que el archipiélago continuaba. Fuera de eso no luzco en lo absoluto como mi abuela. Sus ojos los tiene mi hermano. No sé dónde habrá quedado todo lo demás.

A pesar de estos y muchos otros cambios, nunca enloqueció, ni un poco. La demencia en ninguna de sus torsiones se insinuó jamás. Era demasiado pudorosa para padecer algo así. Mi madre se encerró con ella en su departamento los días anteriores a su muerte, como si se tratara de una refriega de película. Yo no podía imaginar qué acontecía ahí dentro. Mi madre mencionó después que pusieron en orden deudas, fotos y papeles. Ni un secreto de familia.

Mi padre, mi hermano y yo interrumpíamos ese encierro un par de horas al día cuando íbamos a visitarla. Encontrábamos a mi abuela desperdigada en la cama y a mi madre contemplándola desde el marco de la puerta; sólo se movía de ahí para abrir las ventanas y orear un poco ese silencio. Tu abuela apenas acabó la primaria, pero creció con mayordomo y nana en la colonia Roma. Estudiaba en el Franco Español, un colegio de monjas al que asistía la gente de alcurnia, me contaba mi madre siempre con las mismas frases. Hasta que José se fue con una gringa; y tu abuela con su madre, su hermana y la nana, fueron a dar a la bodega de la peletería que tenía José en el centro, en República del Salvador. Ahí vivieron varios años de milagro. No sólo porque tu bisabuela no sabía hacer nada, sino porque lo único que sí supo hacer fue cerrar todas las ventanas, abrazar a sus hijas y abrir las llaves del gas.

Mi hermano veía la televisión y mi padre jugaba solitario en su celular. A ella nunca le gustó el juego. Disfrutaba de cosas muy puntuales: pintarse el cabello, el pan dulce, los discos de Javier Solís, y el tequila reposado. Fumó durante su juventud, pero decía que nunca le daba el golpe; le gustaba raspar los cerillos para encender el cigarro, la hacía sentirse elegante. La nana María había llegado a tiempo para abrir las ventanas y sacudir a las niñas aquel día del gas. Un cerillo en esa bodega habría volado todo por los aires. Después de eso, la nana y las niñas organizaron un comedor dentro del almacén para ganar dinero alimentando a los trabajadores de la cuadra. Tal vez mi abuela fumaba para fingir, entre tanto hombre encimoso del comedor, que tenía el valor para elegir sus propios males. Dejarlos entrar y salir como a ella le viniera en gana.

Pero siempre tuvo miedo. Su madre se encargaba de recordarles a ella y a su hermana su tragedia a base de gritos. Las niñas la dejaban seguir llorando mientras trabajaban, la dejaban seguir temblando en una esquina de la cama mientras decía ver muertos pegados a las paredes del almacén. Alguien tenía que llorar.

Todo esto me lo contaba mi madre en frases sueltas de vez en cuando. Ella se había enterado por sus tías, que cuando se mantenían despiertas hasta la madrugada soltaban una que otra cosa. A mí nunca me contó nada mi abuela. Parecía que yo nunca tendría la edad para escuchar lo que le había pasado. Quizás para ella nadie tendría la edad para eso nunca.

En la bodega de la peletería había un piano, uno que sobraba de los buenos tiempos. Un maestro de música que ocasionalmente iba al comedor les pidió el espacio y el instrumento para dar clases particulares a cambio de una pequeña renta. Cuando no trabajaban, las niñas cantaban con el pianista. Vivían al día. Con las comidas corridas y la música.

En esos años mi abuela padeció una fiebre reumática que le produjo la estenosis mitral que acabaría con ella 70 años después. Ese diagnóstico se lo dieron apenas nací, porque rara vez aceptaba ir al médico, y únicamente se disponía a responder las preguntas en las que no tuviera que explicar demasiado. Su historial clínico era más una sospecha que un registro.

Ilustración: Kathia Recio

Mi abuela no hablaba de lo ocurrido en la bodega; en general, casi no hablaba de nada. En sus últimos meses, había pasado tanto tiempo callada que tosía apenas iniciaba una oración. Pero tenía un gran oído. Solía seguir a la vez varias de las conversaciones de los extraños que la rodeaban; a veces, mientras comíamos fuera, me pedía guardar silencio un momento para saber en qué terminaba la historia de quienes ya habían pedido la cuenta.

Me reunía con ella todos los domingos. Cuando tenía suerte, me platicaba de sus amigas en las vecindades cercanas; lo común era escucharla hablar de las noticias de las que se enteraba con Gutiérrez Vivó; o de algún día en sus más de 40 años trabajando en una fábrica de trajes sastres en la calle de Isabel la Católica. Nunca habló de la tienda que llevaba su nombre, y que puso su padre en uno de sus tantos regresos para congraciarse con su esposa, y de paso, vaciar la caja. Tampoco hablaba de lo que cocinaban para los obreros, mucho menos de su madre y las voces que decía escuchar cuando se iban todos los clientes.

En la sala del departamento siempre hubo una foto que mostraba a mi abuela abrazando a su madre; un abrazo torcido e incómodo en el que mi abuela parece observarla de reojo. Nunca fue una de esas ancianas de misa y rosario, aunque esporádicamente mencionaba a dios en sus cortas intervenciones. Durante unos meses dio clases de catecismo en una iglesia cercana a la bodega para hacerse de dinero extra. Más que por temor a dios, mi tía decía que mi abuela rezaba para dejar de escuchar los gritos de su madre y de los borrachos que golpeaban las cortinas de aluminio del almacén ¡Abran! ¡Sé que están ahí! Ella y su hermana lanzaban piedras desde el tragaluz para que aquellos hombres se fueran, porque rezar nunca funcionó. Desde que lograron mudarse de la bodega, tu abuela y su madre no pudieron volver a vivir juntas. Cuando tu abuela creció, tenía la cara de su padre.

Al cumplir 13, un comerciante que vivía cerca de la bodega les ofreció a las niñas llevárselas a trabajar a su supermercado, primero, como cajeras y, después, como vendedoras; un talento al que se dedicarían, de una forma u otra, todos los años que les dio el cuerpo. Entre sus turnos de trabajo, José volvió, pero su estancia en la bodega duró poco, apenas embarazó de nuevo a tu bisabuela se fue. La bebé nació sietemesina. Era pequeñita. La envolvieron en un suéter y la metieron en una caja de zapatos rodeada de botellas de agua caliente. Afortunadamente, para entonces tu tía ya tocaba un poco el piano y podía dormirla sin la ayuda de su madre. Esa historia se repitió dos veces. Se necesitaron cuatro hijas para sostener a tu bisabuela. Como un ritual, a cada hija le siguió el abandono. Yo no sé qué tenía mi abuela en la cabeza, pero jamás se lo perdonó a sus hijas. Nunca se sobrepuso a la vergüenza, y se aseguró de que ellas tampoco pudieran hacerlo.

Al tercer día perdió la conciencia. Se había rehusado a ir a un hospital. Desconfiaba de todo el mundo y nos había prohibido internarla. Le hablamos a un doctor que estaba de guardia y nos envió una receta con las inyecciones que debíamos suministrarle. “Para que se vaya sin dolor”, dijo. Yo era la única en ese departamento que sabía inyectar, así que sin mediar palabra asumí la tarea: un obús de midazolam, buprenorfina y varios otros fármacos que sonaban a un frenón cardiaco, cada tres horas. Me apoltroné en una silla a lado de su cama y le puse la primera inyección en el brazo. No se inmutó. Mi madre y yo la lavamos, la peinamos y le pusimos crema. Podía imaginar a mi abuela odiar cada minuto de este proceso. Detestaba incomodar, implicarle un esfuerzo a quien fuera. Nunca pedía favores; aunque de vez en cuando aceptaba un ofrecimiento que le permitiera mantener distancia y no generar deudas.

Le puse la segunda dosis. La tercera. La cuarta. Cuando comencé a inyectarla olía a ella, a crema de cuerpo y spray de pelo; después fue emergiendo un olor a carne cruda, a órganos a medio descongelar y a medicamento. Le puse la quinta inyección.

Pensé que todo eso sería más rápido, pero nadie sabe lo que puede un cuerpo. Continuamos así dos días más, en silencio, viendo de repente los reflejos descontrolados de mi abuela que la hacían lanzar una patada, torcer el cuello o la quijada. Preparé una nueva ampolleta, entonces le vi la boca seca, gris y agrietada. Pensé que cualquier roce podría seccionarla fatalmente. Mojé una toalla con agua y se la pasé por los labios, no parecía ya hacer ningún cambio. Entre el montón de papeles que se apilaban a lado de su cama, encontré una foto del padre de mi madre, que también se había ido sin avisar; una instantánea en la que aparecía tan lejos que era imposible distinguirle la cara. Sus rasgos, como el resto de los de mi abuela, también están perdidos.

Preparé de nuevo la jeringa, ahora necesitaba inyectarle las piernas; sus brazos estaban ya atestados de moretones. Levanté el camisón. Pude ver sus muslos llenos de minúsculos ríos rojos y negros. Volví a pensar que ella condenaría todo eso. Le habría gustado morir sin importunar a nadie. Morir sin más. Morir solamente. Cuando clavé la aguja, su pierna se contrajo y estiró el cuello hacia arriba torciendo la boca de nuevo. Imaginé que era lo más parecido al grito de un muerto. El único grito que creí escuchar de mi abuela en toda su vida.

Murió el lunes por la mañana, mientras salí a buscar más cajas de medicamentos. Mi madre me marcó por teléfono. Ya no los busques, fue todo lo que dijo. Supongo que una nunca está ahí. Cuando pasa, nadie puede verdaderamente estar ahí.

Regresé al departamento y entré a su cuarto. Mis padres salieron a la sala y comenzaron a hacer los arreglos llamando por teléfono a no sé cuántas personas. Me senté a contemplarla, la sentía abotagarse, como si volviera a agarrar fuerzas. Pero no. La rigidez parece el último reducto de un cuerpo para agazaparse a la vida. Pero no, tampoco. Mientras le cerraba la boca y le doblaba los brazos sobre el estómago, recordé lo que me habían dicho que hacen los de la morgue cuando reciben cadáveres rígidos y retorcidos y no pueden meterlos en los refrigeradores:les hablan, los calman, y poco a poco van perdiendo rigor, hasta que pueden acomodarlos en la caja. Yo no le dije nada a mi abuela. Creo que ella lo hubiera preferido de esa forma.

 

Valeria Villalobos-Guízar
Ensayista y editora de nexos

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Publicado en: Registro personal