El pasado 6 de enero, en vivo por todas las cadenas de televisión, y después de una fase preparatoria bastante intensa en distintos sistemas de internet, una multitud de simpatizantes de Donald Trump se concentró frente al Capitolio y tomó por asalto esa sede legislativa para evitar la validación de las elecciones en las que triunfó Joseph Biden. Aparentemente convencidos por la difusión de noticias en internet —o bien por sus propias expectativas— de que el presidente estadunidense había sido víctima de un fraude electoral, entraron por la fuerza al edificio, rompiendo puertas y ventanas, y asesinaron por lo menos a un guardia de seguridad. Murieron otras cuatro personas, entre ellas una veterana de la fuerza aérea que recibió un balazo de la policía mientras intentaba romper una puerta.1
Esa misma mañana, la multitud había escuchado una arenga del presidente. Esto fue un poco inusual. En México estamos acostumbrados a la figura del presidente que se dirige a las multitudes en el Zócalo. Los presidentes, incluso los menos proclives a esa forma de comunicación social, están obligados a salir al balcón por lo menos una vez al año para personificar al cura Hidalgo, ondear la bandera y gritar vivas a la Independencia. No es desconocido el discurso del presidente en funciones ante la multitud.
En cambio, es poco frecuente que los presidentes de Estados Unidos salgan de la Casa Blanca para dirigirse directamente a los ciudadanos, incluso cuando se trata de sus partidarios. Trump había roto esa regla en enero de 2020, cuando decidió apersonarse y hablar a la manifestación anual contra el aborto que se realiza en el aniversario de la decisión que lo despenalizó, en el juicio de Roe contra Wade. Desde los años ochenta, los presidentes de Estados Unidos habían optado por comunicarse desde la lejanía: Reagan sí dijo un discurso para los antiabortistas, pero por teléfono; otros más enviaron mensajes grabados previamente. Usualmente fueron discursos conservadores, pero vagos y sin compromisos. Hablar frente a la multitud, fuera de la Casa Blanca —pero en el National Mall de Washington—, fue visto por los asistentes como una muestra de apoyo sin precedente.2 De hecho, Trump convirtió el evento en uno de sus actos de campaña. En ese sentido, fue un gesto que no salió de lo imaginable: todos los presidentes que buscan la reelección tienen eventos de campaña; aunque es muy raro que utilicen la arquitectura ceremonial de la capital para organizarlos. El discurso de Trump un año después tuvo lugar en el parque al que llaman la Elipse, en el exterior de la Casa Blanca. Se trata de un espacio que no se utiliza demasiado, salvo para la búsqueda anual del huevo de Pascua. Las fotografías de la manifestación muestran a Trump dirigiéndose a la multitud, con la fachada posterior de la Casa Blanca al fondo y flanqueado por dos hileras de banderas.
Las similitudes con rituales políticos semejantes en todo el mundo pueden crear la impresión de que es lo mismo. No es lo mismo. En la retórica política de las pequeñas ciudades estadunidenses —de donde proceden numerosos partidarios del expresidente—, una puesta en escena así puede significar, por sí misma, el desconocimiento de la autoridad institucional. La literatura especializada sobre los linchamientos en Estados Unidos permite situar esa práctica violenta, a la que podríamos describir como una especie de reivindicación espuria de la soberanía, como parte de un largo debate sobre la pena de muerte. En especial —pero no sólo— en el sur de Estados Unidos, y después de la Guerra Civil, se instauró una larga época de violencia contra la población de origen africano recién liberada. Acusados sumariamente de toda clase de crímenes, los ciudadanos negros eran ejecutados por sus vecinos blancos sin derecho de defensa ni argumentación que valiera. También los mexicanos y otros grupos minoritarios fueron víctimas de esta práctica contraria a la ley, aunque tolerada en los hechos por las instancias judiciales. Un aspecto de la práctica del linchamiento fue la profusa toma de fotografías. Hasta donde ha podido averiguarse, la mayoría de las fotos de los linchamientos fueron tomadas por gente que participó en los mismos o que por lo menos fue aceptada por los perpetradores. Lo más frecuente es que los verdugos improvisados posen para la cámara en forma multitudinaria y sin miedo alguno a ser reconocidos y castigados. Como señala Goldsby, las fotografías se imprimían en un papel fotográfico especial que comercializaba Kodak, cuya peculiaridad era que llevaba impreso, en el reverso, el formato obligatorio para una tarjeta postal. Es dudoso que las imágenes circularan por el correo —después de todo eran ilegales—, pero su difusión por este medio abre preguntas importantes sobre el carácter semipúblico de estos ejercicios de violencia racial, cuyo desenfreno y salvajismo se estructuraba sobre un sistema simbólico bastante preciso.3
Prácticamente todas las fotografías de linchamientos tienen lugar en el espacio público: en las plazas, en las calles, a veces en las afueras de los poblados. Los bajopuentes y los árboles frente a las cárceles y tribunales fueron usados frecuentemente como dispositivos para el asesinato. La multitud que se organiza así reclama una forma de soberanía primitiva (la reunión de los cuerpos) y rechaza las formas legales, las mediaciones y los obstáculos del debido proceso. El árbol se convierte en símbolo del supuesto “derecho natural” a matar, sobre todo a las personas de un origen distinto al que se supone “normal” o “americano”. El edificio institucional, la corte o la cárcel, simboliza la impotencia del sistema legal y su fracaso. La imagen del linchamiento representa una nueva legitimidad apoyada en el derecho sobre la vida y la muerte. La cercanía de estas imágenes con los rituales del carnaval daría mucho de qué hablar.4
La multitud que se reunió frente a la Casa Blanca, y que luego se encaminó hacia el Capitolio para tomarlo, llevaba varias horcas hechizas.5 Si no hubieran llevado además un arsenal de armas de asalto, si no hubieran dejado bombas caseras cerca de las sedes de los dos partidos dominantes, alguien podría haber pensado que se trató de una mera exageración retórica. El problema en Estados Unidos es que cuando una multitud que se adhiere a una identidad parroquial supuestamente blanca, supuestamente impoluta, y que además evoca los rituales de la ejecución, es muy probable que lo haga en serio. El discurso de Trump elogió a la multitud, denunció a los congresistas republicanos que no quisieran cambiar los resultados de la elección, defenestró a Mike Pence y exhortó a los manifestantes a ir al Capitolio con el fin de “apoyar” a los republicanos “débiles” para que “hicieran lo correcto”. Pero en este contexto la exhortación no era ambigua. Se trataba de una multitud reunida afuera del edificio institucional, con el orador dando la espalda al edificio y con las macabras siluetas de las horcas asomando entre las cabezas, con la finalidad específica de recuperar la legitimidad, supuestamente escamoteada por los políticos “débiles”. Cuando los manifestantes entraron por la fuerza al Capitolio, iban coreando: “Cuelguen a Mike Pence”; el tono festivo que empleaban y los disfraces patéticamente ridículos no deben confundir a nadie: es precisamente ese tono carnavalesco el que vuelve identificable el ritual violento de la ejecución. Sus perpetradores siempre lo han concebido como una especie de día de fiesta, un carnaval al que asiste toda la familia. Aunque los fiscales estadunidenses decidieron omitir los cargos que hablaban del proyecto de “capturar y matar” a los funcionarios electos, el idiota vestido de bisonte que se hizo famoso en las fotografías dejó una nota en el escritorio del vicepresidente Pence: “Es sólo una cuestión de tiempo, viene la justicia”.
No hubo, como en otras acciones semejantes a lo largo de la historia, un intento de tomar el poder. La historia de la reunión de esta multitud de ultraderecha recuerda bastante la de la marcha sobre Roma: la secuencia de acciones muy violentas con que los fascistas tomaron el poder en Italia, tanto a nivel central como regional. En cierta medida, pudiera pensarse que esto no ocurrió porque la ideología de estos grupos es rabiosamente parroquial; pero sería un error desestimar las declaraciones públicas de los amotinados, que a semejanza de los camisas negras italianos describieron los hechos como “una revolución”.6 Sin embargo, pese a las fantasías de ideólogos como Steve Bannon, que expresamente toma su inspiración en esos remotos antecedentes europeos, los amotinados parecen haber satisfecho su protagonismo histórico mirando su propia imagen en la pantalla del teléfono móvil. Por ahora.
Finalmente, cabe hacer una reflexión estrictamente mexicana. Es bastante difícil explicar el mal humor de la izquierda en el poder, que no es toda la izquierda, frente a la derrota de este proyecto de consolidar el Estado racista, restaurar sus rasgos más violentos, aplicar la pena de muerte lo más posible, linchar a los otros, anular los derechos reproductivos de las mujeres, prohibir el islam, disminuir la representación de las minorías étnicas y utilizar al Estado mexicano como agente migratorio contra los centroamericanos. Las alianzas y declaraciones del presidente de México podrían explicarse por motivos meramente pragmáticos. En cambio, las medias palabras, los silencios y las expresiones ambivalentes con las que esta (no tan) nueva clase política quiso reivindicar las decisiones de su dirigente se adentraron en un terreno sumamente cuestionable. No tenían razón los comunistas alemanes cuando aseguraron que los socialdemócratas eran iguales o peores que los nazis, un precedente ominoso al que podría sumarse la cauda de inconsecuencias, traiciones, arbitrariedades y errores que pueden acreditarse al estalinismo. Tampoco tuvieron —ni tienen— razón los estadunidenses que pensaron, como en la novela de Sinclair Lewis, que “eso no puede ocurrir aquí”. La única obligación real que tienen los intelectuales, cuando se suman a un proyecto político, es contribuir a la educación de los militantes o simpatizantes, a la construcción crítica de nuevas identidades ciudadanas. Como fue notorio, lo que hicieron fue confundirlos.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Miembro de la Academia de Artes.
1 Healy, J. “These Are the 5 People Who Died in the Capitol Riot”, The New York Times, sección U. S., 11 de enero de 2021.
2 Dias, E.; Karni, A., y Tavernise, S. “Trump Tells Anti-Abortion Marchers, ‘Unborn Children Have Never Had a Stronger Defender in the White House’”, The New York Times, sección U. S., 24 de enero de 2020.
3 Goldsby, J. A Spectacular Secret : Lynching in American Life and Literature, University of Chicago Press, Chicago, 2006.
4 Algunas imágenes, bien organizadas y con comentarios que permiten su interpretación, pero con un formato que evita un preciosismo que estaría fuera de lugar: JournalE, “Without Sanctuary: Lynching Photography in America”, consultado el 3 de abril de 2011. El sitio Whitout Sanctuary está ligado a un proyecto editorial que contó con la colaboración del legendario congresista John Lewis.
5 Algunas imágenes pueden consultarse en: Stetson, P. (@PaulStetson13 ), “They Came Prepared for a Lynching!”, Twitter, 14 de enero de 2021.
6 Albanese, G. La Marcia su Roma, Laterza, Roma, 2006.