La novela más reciente del poeta Luis Felipe Fabre pone en alto la alquimia del lenguaje literario en detrimento de la acción para conducirnos a un punto exacto del siglo XVII español, cuando fallece San Juan de la Cruz. Asombra que con estas características Declaración de las canciones oscuras sea de lo más vigente y actual.
Por cuanto esta Declaración de las canciones oscuras, pernicioso lector, parece ser escrita con algún fervor de amor al español que su autor, un tal Luis Felipe Fabre —poseedor de obras como Leyendo Agujeros: ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura (FETA, 2005), Cabaret Provenza (FCE, 2007), La Sodomía en la Nueva España (Pre-Textos, 2010), Poemas de Amor, Terror y de Misterio (Almadía, 2013) o Escribir con caca (Almadía, 2017)— resulta ser un versado en las artes de la poesía de quien fuera el padre Juan de la Cruz, considerado místico por unos, santo por otros y, ante todo, poeta de altas loas en un tiempo en el que nuestro idioma era joven, apenas mezcla de lenguas romances y algo más.
Esta Declaración de las canciones oscuras saca provecho, pues, en abundancia, de glosar los versos del famoso Cántico Espiritual, cuya primera edición data del año del Señor de 1622 y que se publicaría más tarde para ser reconocida por los estudiosos de la poesía mística como el Cántico B (Manuscrito de Jaén), y donde el padre de la Cruz no sólo agrega una estrofa, sino que elabora a petición de las carmelitas descalzas una explicación con fines pedagógicos para tocar desde un fin hasta el otro, los símbolos y recursos de los que se sirve para articular su muy particular estilo.
Y es así, con aparente glosolalia, que el autor de la Declaración de las canciones oscuras cuenta la historia de un alguacil y dos compinches llamados Ferrán y Diego, que, allá por el 1592, tienen por noble misión transportar la osamenta del santo místico a través de los oteros de una España recién conformada en un solo reino, para un señor y su señora de muy alta nobleza que anhela los amorosos versos con los que surgen las aventuras amatorias del esposo y la esposa, que a saber por el propio Fray Juan son un encandilado diálogo poético que se establece entre Dios y el alma pero que, al entender de Luis Felipe Fabre, y de muchos otros estudiosos, es también poesía amorosa y erótica sin más ni más.
No pienso yo ahora declarar la anchura y copiosa labor que el espíritu irreverente lleno de sorna e ironía del que se sirve Luis Felipe Fabre o Luis Filipo —según conste en las diferentes actas—, pero basta con señalar que, en otras ocasiones, el susodicho autor se ha referido al Barroco como la época más arriesgada para la lengua española y su experimentación. Pecaría en ignorancia pensar que lo dicho en inteligencia mística por el carácter del escrito que nos acomete se pueda bien explicar; porque como dice el espíritu de la lectura —que nos resguarda de nuestra flaqueza en la que caemos unos y otros en estos tiempos actuales de explicárnoslo todo de buenas a primeras sin dejar paso a la interpretación, los correlatos y las sugerencias— muchas veces una novela, ensayo o poema, una vez morando en nosotros, pide por nosotros con silenciosos gritos inefables lo que nosotros no podemos bien entender ni comprender para manifestarlo. Porque ¿quién podría pensar que aventurarse en una historia de la Madre Patria situada en el siglo XVII traería tan hasta nuestros días, a ojos de buen entendedor, un relato tan actual como el de los tiempos aciagos que nos acontecen ahora? ¿Y cómo es que Luis Felipe Fabre, engolosinado por lo extraordinario que resulta el lenguaje en algunas historias del amor cortés y de la forma en que están contadas —ejemplos hay en La Celestina, el Amadís, o incluso en el Quijote—hace acopio de las mismas para transfigurarlo todo en un relato novedoso?
Aunque cierto es, lector meditativo, que el autor de estas Declaraciones Oscuras si no cumple de cabo a rabo con dar respuesta cabal a estas preguntas, al menos nos presenta un barrunto para quienes andamos a palos de ciego buscando un libro que nos devuelva más lenguaje y meditación que puras acciones. Quiero decir que con figuras, comparaciones y semejanzas, Luis Felipe Fabre rebosa en el sentir de los deseos de sus personajes y de la abundancia de lo humano que vierten en su peregrinar. Como a continuación sucede:
“¡Ferrán, Ferrán!”: escuchó Ferrán a Diego llamarlo desde el abismo de aquella boca que reconoció de Filomela incluso antes de que la oscuridad emergiera el resto del rostro de la pastora. “¡Ferrán!”, lo llamaba aquella boca sin lengua como si prestada robada la lengua de Diego hubiera. Pero no era la lengua de Diego ausente ni la ausente lengua de Filomela, sino su propia lengua la que así hablaba. Y al llamado de su propia carne que desde aquella otra carne así le hablaba, acudió Ferrán. Y se llegó Ferrán a Filomela de extrañas ansias inflamado, como si, más que por su propio cuerpo, llamado fuera por el cuerpo del fraile, y a Filomela se abrazó. Quiso besarla o quiso hallar con su lengua la lengua de Diego al fondo de aquel abismo.
O aquella otra parte donde el poeta se deja arrastrar por la música de las palabras para tratar de entender la abundancia de su sentido pero que, al ser éstas insuficientes, habla al fondo de misterios en extrañas figuras y mismas semejanzas para dar cuenta de fray Juan, su cuerpo y la Noche oscura,poema filosófico del místico y que es también o más famoso que el propio Cántico:
Desapareció fray Juan en la “Noche” pues qué es aquel poema sino una salida de sí: fugas del yo, fugas del sentido, fugas del decir: unas cuantas palabras amorosas abolidas en los gemidos del orgasmo: un espasmo del lenguaje donde el poeta desaparece y aparece nadie.
Habrá quienes reprochen la falta de movimiento en el relato. Y esto puede atribuirse a dos cuestiones más que conocidas: la una, porque hay para quienes forzosamente A tiene que llegar a B pasando por C; y porque hoy la gente parece encontrar en el género de la novela más motivo para la acción y delegar a la poesía el trabajo del lenguaje, olvidando que hubo otros, en otro tiempo, que se dedicaron a la copiosa tarea de contar grandes artificios o artefactos de la lengua mediante el largo aliento de este género burgués.
Así espero que, aunque se describan aquí algunos puntos buenos sobre la Declaración de las canciones oscuras —y dando un voto de confianza— sea el lector quien vaya confirmando si lo que aquí se ha declarado tenga, al menos algo de razón, o son perogrulladas de un diletante, en las cuales ve fantasmas donde no los hay o fantasías.

• Luis Felipe Fabre, Declaración de las canciones oscuras, México, Sexto Piso, 2019, 160 p.
José Pulido
Poeta y ensayista. Su libro más reciente se titula: Tigre (Cuadrivio, 2020).