
¿Quién se hubiera imaginado que Bad Bunny terminaría de salsero? Tal vez nadie, quizá ni él mismo. Pero el concierto que ofreció en Río Piedras, Puerto Rico, el 15 de enero de 2025, marcó el epítome de una sorpresa que, en realidad, no debería serlo. Analizando fríamente el éxito de su nuevo disco, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, el que Bad Bunny terminara de salsero era lo más obvio que podía pasar. El dembow, trap y reggaetón al que nos tenía acostumbrados Benito Antonio Ocasio Cortez ahora suenan como salsa flow, un nuevo subgénero musical. Esto desata el pretexto perfecto para cuestionar los mandatos musicales tradicionales.
El nuevo disco de Bad Bunny tiene como portada la foto en apariencia inocente de dos sillas blancas Monobloc y una planta de plátano de fondo. Pero hay algo que va más allá: es un espacio vacío y despersonalizado que nos invita a llenar de recuerdos y de nostalgia la potencia política del vacío en un jardín caribeño. Es una invitación a desempolvar la culpa y las fotos que “debí tomar cuando te tuve”. Pero el disco no es el único producto que pretende representar al Caribe y América Latina, también hay un cortometraje del mismo nombre que critica la gentrificación en Puerto Rico. Un llamado de atención frente a locales comerciales que, además de vender comida tradicional más cara y en dólares, la venden en inglés.
DeBÍ TiRAR MáS FOToS abre con un sampleo de El Gran Combo de Puerto Rico, una agrupación boricua que hace 50 años lanzó “Un verano en Nueva York”. Se trata de una salsa tradicional que hoy se escucha arcaica, pero que regresa y se aviva al ritmo caribeño característico de la “isla del encanto” con una mezcla de trap y dembow. ¿Por qué entonces regresar al pasado? La respuesta es sencilla: es una consecuencia lógica de la evolución cíclica que ocurre en la música caribeña.
Hace tiempo escribí este artículo en el que hago una revisión bibliográfica de la evolución de la música caribeña, en especial de Puerto Rico y República Dominicana. Ahí describo cómo la doctrina Monroe tuvo mucho que ver con un ritmo de origen militar que se popularizó en Nueva York, gracias a la migración latinoamericana, y se extendió por el Caribe. Entre aquellas personas migrantes había músicos haciendo lo que mejor saben hacer: sacar los instrumentos, conocer a otros músicos migrantes latinos o caribeños y hacer música. Por eso, la salsa nace por la confluencia de migrantes nostálgicos que le cantan a sus países. Cuando Elvis Crespo lanzó Suavemente en 1998 representó un hito, pues, en un país acostumbrado a escuchar salsa, que veía con recelo a los migrantes dominicanos cuyo ritmo era el merengue, que un músico estadounidense de padres puertorriqueños lanzara un éxito mundial que invitara a bailar merengue en Puerto Rico, sentó las bases para que esa confianza hacia el género se asentara en la isla.
Esta hipótesis, en realidad, la plantea el escritor cubano Leonardo Padura en Los rostrosde la salsa (2019), usando como base otro de sus libros: Los rostros, de 1997. Padura expone a más de una decena de músicos que fueron parte de la Fania All-Stars y otros combos y agrupaciones icónicas, a quienes les preguntó si la salsa existía y más de uno le respondió que nada llamado “salsa” existe en realidad, que es un mero invento mercadológico. No podemos saber su origen, pero lo que sí conocemos de la salsa es que fue la confluencia cultural en Nueva York de tres cosas: la base musical del son cubano, percusiones caribeñas y orquestaciones del jazz. Durante la década de los sesenta y setenta, músicos cubanos, puertorriqueños y de otros países latinoamericanos, se encontraron en Manhattan y el Bronx para convivir y embriagarse de nostalgia que después traducirían en música.
Bad Bunny no está haciendo nada diferente. Por el contrario, se encarga de despertar los recuerdos caribeños de una infancia rodeada de imperfección, candela y locura; tres valores que caracterizan a cualquier sociedad latinoamericana. Benito se deja conmover por la distancia y una culpa fortuita que empuja su nostalgia mientras vivió entre Nueva York y Los Ángeles. Por ello, DeBÍ TiRAR MáS FOToS es una mirada al pasado que nombra lo que algunos músicos no querían decir (o sea, “salsa”); más allá del acto performativo de las palabras, lo que hacían aquéllos —como hoy hace Bad Bunny— es mirarse entre sí, sacar las trompetas, la clave y los timbales, y hacer música. Daba igual cómo le llamaban, eso era lo de menos.
La única diferencia entre entonces y hoy, es que ahora sí hay una decisión consciente de nombrar las cosas, de generar una interlocución ya no sólo con músicos. Hoy el sector turístico y publicitario están en complicidad con las canciones que rescatan elementos puertorriqueños, los que sean. El que la gira del nuevo disco de Bad Bunny sea exclusivamente en Puerto Rico es una jugada maestra, por ejemplo. Algunos medios locales reportaron más de treinta mil habitaciones reservadas de turistas de todo el mundo que quieren ir a escuchar en vivo el nuevo disco de Benito. “¡Descubre Puerto Rico!” ha sido el eslogan tradicional de la oficina de Turismo de Puerto Rico, hoy Bad Bunny les regaló uno mejor: “Yo soy de P fucking R”.
Si bien hace un año me aventuré a decir que el reggaetón ya estaba muerto, que lo que estaba de moda era el merengue urbano de artistas como Rosalía, Omega, Manuel Turizo, Maluma, Becky G. y Daddy Yankee, lo cierto es que el gusto me duró 365 días. Más allá de la muerte de las cosas (en especial, la de los géneros musicales), lo que ocurre es la sedimentación musical que posibilita transformaciones en lo que hoy escuchamos. Así, pensamos en acordes que evolucionan constantemente y en la relación social de la música con cada uno de los artistas, músicos, bailarines y fans.
Porque no teníamos idea de la bomba ni de la plena, géneros musicales puertorriqueños, que tampoco suenan tan alejados de los boleros y la música de nuestro Veracruz (el estado más caribeño de México). A final de cuentas, la música caribeña, la que sea —bachata, guaguancó, latín jazz, mambo, merengue, reggaetón, rumba—, viene desde y va hacia la salsa. Y más que pretexto o condición, es maestría, es nostalgia; es Latinoamérica en toda su expresión. Así, el reggaetón le debe todo a la salsa, y ahora el reguetón y Bad Bunny, le dan un empuje poniéndola de nuevo en el escenario global. En palabras del propio Padura: “El reggaetón y su estética no son causa, sino consecuencia”.
¿Más ejemplos? Hay dos, ambos de Puerto Rico: Ozuna y Rauw Alejandro. De éste hay una canción de su disco Cosa nuestra que vuelve a validar esta hipótesis del ciclo sin fin de la salsa. “Tú con él”, en realidad, es el cover de uno de los éxitos de la salsa romántica de 1985 musicalizada por Frankie Ruiz, norteamericano e hijo de puertorriqueños. Si bien Rauw Alejandro no le hizo ningún cambio a la armonía ni a la melodía, lo que resalta al final de todo es que, viniendo de hacer pop urbano y reggaetón, él también “le entró” a la salsa.
En la historia de la salsa se han categorizado tres grandes etapas: la “salsa afroantillana” con Celia Cruz, Héctor Lavoe, Johnny Pacheco e Ismael Rivera como sus máximos exponentes; la “salsa brava o dura”, con Willie Colón y Rubén Blades; la “salsa romántica” entre los ochenta y noventa con Jerry Rivera, Eddie Santiago, Gilberto Santarosa, Marc Anthony, Maelo Ruíz y el mismo Frankie Ruíz. Aunque ha habido otras fusiones menos populares —como la “salsa jazz” con Jerry González y Eddi Palmieri—, estamos presenciando la cuarta transformación de la salsa que mezcla el amor romántico con los sonidos del barrio: “salsa flow”, “salsa dembow” o “salsatón”. Tres nombres posibles para una misma cosa.
Se acabaron las categorías, las subdivisiones y esas cómodas críticas desde el sillón. Estamos ante un ciclo sin fin de la música, y el origen y destino es la salsa. Hoy tenemos una juventud que abraza su pasado y se lo reapropia con todo lo que tiene: en más de una entrevista tras DeBÍ TiRAR MáS FOToS, Benito ha insistido en que fueron estudiantes de la Escuela Libre de Música Ernesto Ramos Antonini en San Juan, Puerto Rico, quienes compusieron las salsas de “BAILE INoLVIDABLE” y “LA MuDANZA”. Ya no son sólo canciones del pasado, ahora son productores como MAG, Big Jay, Julito, Elikai y La Paciencia los que se suman a sampleos de piezas de Tainy, Wisin & Yandel, Alexis & Fido, Novia & Yor y Héctor & Tito. Todo en el mismo disco. Y también son ahora personas jóvenes quienes acaban de marcar un hito musical al poner al mundo a bailar con este nuevo boom de la salsa.
Bad Bunny desaparecerá en algún momento, lo dejaremos de escuchar tarde o temprano y pasará a la historia. Así ha pasado con otros artistas y, con certeza, pasará con él. También vendrán otros géneros musicales y tendremos que nombrarlos como lo que son. Sin embargo, lo que nos queda es saber que personas jóvenes están bailando el género que escuchaban sus papás o sus abuelos. Además de Benito y Rauw Alejandro, están otros colombianos, puertorriqueños y estadounidenses de origen latino que venían de hacer otras cosas y ahora también son salseros: Ryan Castro, Luis Figueroa, incluso Camilo, en el dueto que hace con Carín León en “Una vida pasada”. Lo único que nos queda es escuchar, bailar, divertirse con encanto y con primor, y si se puede, vivir un verano en NUEVAYoL.
Ulises Vera
Doctor en comunicación por la Universidad Iberoamericana, melómano y amante del café de especialidad.