Montones: manera informal de designar grupos de cosas
Metáforas: manera formal de designar grupos de palabras
Yo llamo a este libro:
Montones de metáforas.
–Ulises Carrión, 1972
Una biblioteca es, quizás, una semilla. También es un bosque. Es el puerto de entrada y de salida. Un lugar en donde convergen diversas formas de mirar, y cada línea llena un párrafo, una página, un libro, un estante. Las bibliotecas trabajan para los “usuarios”; las librerías, para los “clientes”. En la biblioteca la economía del libro se juega en otro nivel: no es ya el de la compra y la venta, sino el de la posibilidad del saber, que propicia, produce y despliega realidades materiales. Los usuarios toman un libro que puede conducir a una siguiente lectura, y esta a otra, y a otra, ad infinitum. Los libros son nodos en una red de sistemas de pensamiento. Las actividades dentro de las bibliotecas –como los talleres de encuadernación, los ciclos de cine o las lecturas de cuentos– también, pues permiten que las personas entablen relaciones con otras personas, que se expandan y generen ideas, intercambios, afectos más allá de los muros bibliotecarios y de la lectura en silencio.
Debo confesar que, para escribir este ensayo, entrevisté a Daniel Goldin, quien fue director de la Biblioteca Vasconcelos por más de cinco años (2013-2019), y ha escrito sobre su amarga experiencia ante el sistema mexicano de bibliotecas. Su voz es la de alguien que conoce desde dentro la burocracia gubernamental y ha analizado críticamente las estructuras que impiden una mejor gestión de los recursos disponibles, en especial las adversidades que enfrentan los bibliotecarios. En un ensayo para nexos señala que, al no existir una carrera formal para su formación profesional, muchos bibliotecarios no tienen un verdadero interés por los libros y ocupan sus cargos debido a circunstancias casi kafkianas. Cuando hablé con él, me aconsejó leer lo menos posible sobre bibliotecas y, en cambio, ir a ellas y escribir sobre mi experiencia. Así fue como decidí visitar con recurrencia una biblioteca pública, la Biblioteca de México; una privada, la Biblioteca Benjamin Franklin; y un proyecto comunitario, Casa Gallina. Las primeras dos están situadas en la colonia Juárez de la Ciudad de México, mientras que la última está en Santa María la Rivera y es exclusiva para los vecinos de la colonia.

Cada espacio nace de ideas de mundo muy diferentes entre sí, pero todas tienen usuarios activos, quienes son los que realmente terminan de dar sentido a estos lugares. Estas son las tres experiencias que recolecté:
Al terminar la licenciatura, Jimena atravesó un periodo de incertidumbre en su carrera profesional y se refugió en la oferta cultural de Casa Gallina situada a unas cuadras de donde vivía. Participó asiduamente en actividades como la siembra de semillas de cempasúchil en las jardineras del Kiosco Morisco, los talleres de cocina y asistió a distintas charlas. Ahora, casi seis años después, no frecuenta tan seguido el espacio porque tiene un trabajo demandante, pero me cuenta que la última vez que fue a la Casa había un taller de foto álbum, en el que las participantes –casi todas de la tercera edad– llevaban trabajando durante semanas en sus proyectos. Dice que sentía una atmósfera de amistad y complicidad.
En la Biblioteca de México, hace una década Clemente se formó como lector de poesía y literatura. Era estudiante de ingeniería, pero había reprobado el semestre, entonces decidió asistir a la biblioteca desde temprano para que en su casa creyeran que seguía tomando clases en la universidad. Su intuición le decía que ahí podría aprender lo que no había logrado en el aula. Lo curioso fue que en vez de volverse mejor en cálculo y probabilidad, poco a poco, se convirtió en el escritor que es hoy. Las largas jornadas que vivió en la biblioteca lo pusieron en contacto con exposiciones temporales; recuerda en particular una sobre el exilio español en donde descubrió que la palabra “desterrado” capturaba tanto el sentimiento de estar aterrado como el de haber perdido la tierra. Actualmente, además de ser un poeta que ha ganado fondos privados y públicos para desarrollar su escritura, también es profesor de creación literaria en el Instituto Politécnico Nacional y ha creado, con donaciones, un acervo literario para alimentar la biblioteca del centro de estudios, que contaba únicamente con libros relacionados a las materias técnicas que ahí se enseñan. Clemente apuesta por la “inutilidad” de la literatura como una línea de fuga. No cree que la biblioteca le va a cambiar la vida a los estudiantes, pero sí cree que esos libros que no cumplen con una utilidad tan obvia como las ciencias pueden generar experiencias valiosas en los alumnos. Quién sabe si alguno de ellos se convierta en poeta.
En la Benjamin Franklin conocí a una chica recién egresada de la licenciatura, quien acaba de recibir la Beca Fulbright García Robles. Asiste a la biblioteca al menos una vez por semana para trabajar en sus solicitudes a programas de maestría. Además, ha obtenido asesorías dentro de la biblioteca con los encargados de la oficina Education USA. De esta forma, la biblioteca le ha servido como punto de contacto entre México y Estados Unidos, además de ser un espacio acogedor y cómodo para trabajar. Hace unas semanas, en la Franklin se celebró el Mes de la Herencia Hispana, lo que me llevó a pensar qué aportará (culturalmente) esta joven estudiante a los Estados Unidos una vez que inicie su carrera académica allá. El puente cultural entre ambos países se mantiene, entre otras cosas, por personas como ella, que cruzan la frontera y dan cuenta de la porosidad del muro que nos divide.
Digo que las bibliotecas son como semillas porque creo que las lecturas y actividades que proporcionan estos espacios tienen el potencial de germinar en las personas y crear un bosque en su mundo interior. Las ideas que vienen de otros lugares o momentos históricos obtienen una nueva vida cuando alguien las adapta a su propio contexto, permite que se arraiguen, se expandan, mezclen y propaguen. A veces nos compartimos las semillas entre nosotros.
Un día, en la Biblioteca de México, un amigo me prestó por un momento Hombres que son como lugares mal situados de Daniel Faria, y leí:
Comprobemos la transformación de un hombre por tierra
Su naturaleza tan diferente de la lava, su manera mineral
De dormir.
Lo que más interesa es ver su lugar cuando rueda para entender el eje
Que lo mueve en el mundo
O cómo puede su posición orientar a las aves y los astros.
Las ideas compartidas nos orientan y alimentan el “eje que nos mueve en el mundo”. Así es como personas que se forman entre libros llevan a cabo sus propias propuestas de acervo. Un ejemplo es la biblioteca temporal que instalaron durante octubre Marisol García Walls y Roberto Cruz Arzabal en El Entusiasmo Libros, en Xalapa. Partieron de la premisa de compartir durante un mes ejemplares de su colección personal, relacionados con el archivo (ya fuera de manera teórica o literaria). Este ejercicio ha sembrado semillas en sus visitantes permitiéndoles descubrir algunas posibilidades de lo que el archivo puede significar dentro y fuera de la literatura latinoamericana. Algunos de los libros de su selección son valiosos porque ya no se encuentran en librerías, como los de Ulises Carrión, otros lo son por la forma en la que se vinculan con los demás, lo que permite resignificarlos con relación al concepto de archivo.
La biblioteca es un gran contenedor, dentro de ella se encuentran libros, personas, películas, exposiciones, el huerto, las computadoras… Los libros, a su vez, contienen otros libros, historias e ideas que se remontan a tiempos tan lejanos como la Antigüedad griega o reflejan temas tan cercanos, como los paradigmas contemporáneos de la ciencia. La pregunta por la vida (o por la muerte) es una de las fuerzas más poderosas que llevan a la lectura. Buscamos formas de darle sentido a nuestra experiencia y muchas veces son los libros los que van trazando posibles respuestas o nuevas preguntas. Leer va más allá del libro en sí; implica una forma de ser y estar en el mundo. La lectura es, incluso, una herramienta que nos permite “leer” contextos y personas, hacer preguntas a la realidad en la que vivimos, y a veces nos posibilita responder a esa misma realidad de maneras creativas. Nos permite usar conocimientos colectivos, muchas veces anteriores a nuestro presente o de sitios remotos, provenientes de otras lenguas o de la nuestra. Las amistades suelen surgir de esas curiosidades compartidas, y es por eso que la biblioteca crea también redes humanas, ya sea a través de las lecturas o de las actividades culturales que allí se gestan.
Es verdad que la red nacional de bibliotecas, como lo ha comentado Daniel Goldin, está limitada desde muchos flancos –recursos, personal, reconocimiento, presupuestos, la lista es larga–, pero la suma de bibliotecas privadas, públicas y proyectos emergentes muestran que, a pesar de ello, gracias a la gente que trabaja en ellas y las frecuenta aún hay algo muy valioso en estos lugares como punto de encuentro –de montones de cosas, de montones de metáforas. Con todo esto no quiero decir que las bibliotecas sean una respuesta absoluta a las múltiples crisis de nuestra época o de nuestro país, pero sí son lugares en el que más de un punto de vista o cultura convergen, en el que, a la vez, hay conflicto y armonía, y es justo ese estado excepcional de los libros el que permite un proceso amplio y continuo de creatividad y formación para quienes asisten a ellas.
Hice una muy breve lista de algunas bibliotecas para seguir pensando desde lugares compartidos:
Bibliotecas públicas:
Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz de la Universidad de Guadalajara
Biblioteca Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León
Biblioteca Ex Convento de Culhuacán, en la Ciudad de México
Biblioteca Sor Juana Inés de la Cruz en la Casa de los Mascarones, Ciudad de México
Sala de Lectura Infantil en el CECUTI, Tijuana
BIbliotecas privadas:
Biblioteca Museo Jumex, Ciudad de México
Centro Cultural Pedro López Elías, Tepoztlán
BS Biblioteca Infantil de Oaxaca
Proyectos independientes en línea:
Gusanos de la memoria
Jardín Lac
Carla Cohen
Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Actualmente es investigadora en la División de Humanidades de la Universidad Iberoamericana.