
Vivimos en una realidad llena de medidas. Podemos saber cuánto tiempo dormimos, los pasos para llegar al supermercado y la cantidad de vehículos que cruzan una frontera. El futbol, por supuesto, se ha sumado a esta vorágine de los números. Ahora, jugadores, cuerpos técnicos y aficionados traducen noventa minutos de juego en estadísticas de todo tipo: mapas de calor, distancias, oportunidades de gol, posesión, pases acertados. Después de los números viene la interpretación, no sólo para los expertos, sino también para los aficionados que vemos el partido a través de la televisión.
Hay estadísticas y estadísticas, pero una de las más memorables es la del Bofo Bautista con la Selección Mexicana. En el partido contra Argentina, Javier Aguirre lo puso de titular. Era una decisión arriesgada, pero si el Bofo salía tan inspirado como cuando le metió dos goles a Boca Juniors con Chivas en la Libertadores, hoy habría una estatua suya en Reforma. La realidad fue que en Sudáfrica 2010 la fórmula no funcionó, pero el Bofo sí logró algo sorprendente: según las cifras, corrió menos que el portero. En su defensa, el balón estaba lejos del área argentina. Él fue el menos culpable.
Me pregunto qué sería de mí si mi desempeño se midiera como el de un futbolista. Quizá no estaría de acuerdo. En muchos casos, los procesos y habilidades de las personas están en un ámbito intangible. No todo puede estar en una dimensión matemática. ¿Cómo se mide la imaginación, si no a través de sus efectos? No es tanto que midamos la creatividad de alguien, sino que quedamos maravillados con una acción que tal vez se esfuma mientras pasa. Esos destellos no se traducen en nada más y nada menos que una emoción y la confirmación de saber que el mundo todavía tiene secretos.
En el partido de cuartos de final entre Brasil y Argentina en 1990, los brasileños dominaron todo el juego: atacaban con cinco jugadores, lanzaban centros, remates y tiros. Era el joga bonito. Maradona, por su parte, tomó el balón en media cancha, giró, gambeteó a tres para atraer a la defensa brasileña y, en el momento justo, dio un pase perfecto a Caniggia que regateó al portero y la clavó en el ángulo. ¿Cómo se mide eso sino por sus efectos?
El Mundial de Francia 1998 es el primero que recuerdo. Pienso en cuando estaba sentado con mi papá viendo a Ronaldo y en mis ganas de imitar ese corte de pelo. En medio de todo eso, había un nombre que sonaba todo el día en casa: Davor Suker. Nadie podía olvidar ese uniforme a cuadros rojiblancos y el número nueve azul en su espalda. El delantero croata tuvo grandes momentos: venció a Alemania, metió el primer gol a Francia en semifinales y pintaba para llevar a los croatas hasta la final.
Un momento inolvidable fue cuando en el partido de octavos de final entre Croacia y la Rumania de Hagi, se marcó un penal a favor de los croatas. ¡Increíble! Este nuevo país estaba cerca de lograr una hazaña. ¿Quién iba a cobrar si no su número nueve? La esperanza de toda una nación tenía el mismo nombre: Suker. Este momento era la posibilidad de consolidarse ante el mundo a través del futbol. El delantero del Real Madrid colocó el balón, tomó distancia y, mientras clavaba la mirada en la portería… se tomó el pulso. ¿Por qué Davor Suker decidió colocar sus dedos en la yugular antes de cobrar el penal?, ¿era acaso un extraño ritual de buena suerte? No, ¿era alguna técnica para distraer al portero? Nadie es tan buen actor; ¿sería que un momento así es algo que sólo aparecía en lo más profundo de su imaginación; será que Davor Sucker quería asegurarse que no estaba soñando?
¿Qué hacemos ante un gesto tan humano del superhéroe? Ese acto de Sucker suele pasar desapercibido pero demuestra los límites de la métrica. En la estadística solo queda: “Gol de Davor Sucker. Minuto 45”. ¿Eso es realmente todo? El partido por el tercer lugar va en contra de esa lógica de lo medible, del mundo como una escala, porque su valor reside en algo más allá de sus estadísticas. La clave es su poder simbólico. El tercer lugar no trasciende por lo que es, sino por su significado. Es un recordatorio de que el contexto importa, los personajes cuentan y el futbol es una historia. Sucker cobró cruzado y… el sueño de la selección croata duró hasta semifinales, tras ser eliminados por el futuro campeón, Francia. Sin embargo, en el partido por el tercer lugar lograron vencer a la Holanda de Dennis Bergkamp.
El partido por el tercer lugar es una curiosa y necesaria excepción. Mientras que en la final sólo hay dos realidades: ganadores y perdedores. En la vida, por fortuna, hay más opciones. Quienes juegan la final llegan con el viento a favor del triunfo , mientras que el partido por el tercer lugar es el de dos equipos provenientes de la derrota. El mundo tiene pocos ganadores, pero está lleno de personas que desean probarse a sí mismos que pueden recuperarse de la derrota. El partido por el tercer lugar conecta con nosotros porque es la oportunidad de redimirse. Creo que no vemos futbol por aquello que se puede medir, sino por la posibilidad de cambiar una circunstancia, la prueba de que las cosas no están escritas. Cada partido es una oportunidad de vencer a la lógica de lo previsible, la pesadilla de los psíquicos. Eso nos dice algo sobre nosotros mismos: no necesitamos más estadísticas, necesitamos creer en algo. Es una cuestión de fe. Un limbo entre la realidad y el deseo. Ese gancho, esa dinámica existe en pocos lugares: el cine, un libro, la cancha.
Pocos equipos han encarado la adversidad con esa fe cinematográfica como la de quienes seguimos a la Selección Mexicana. Siempre con una esperanza injustificada, con la promesa de algo cerca de cumplirse pero que termina por desvanecerse, ya sea por un penal en contra al último minuto o porque “dejamos a Hugo Sánchez en la banca”. Aún así, a pesar de todo, mientras algunos miran con desdén a los derrotados, en México, adquieren un simbolismo como de niños héroes. La derrota, siempre y cuando haya sido digna, es heróica. Como consecuencia de un romanticismo por la derrota, elegimos creer que estamos ante la excepción. Al diablo los números y las estadísticas, no se trata de eso. Nos basta con la posibilidad de la ficción, aunque la realidad no cambie, habitamos ese espacio a través del futbol: “sí se puede”.
Nunca tan bien descrito ese aspecto como por Juan Villoro: “El ser humano necesita cosas en las cuales ilusionarse. No podemos vivir solo en el mundo de los hechos. La realidad nos queda a deber… necesitamos compensar un mundo imperfecto ilusionándonos”.
Cuando pienso en por qué me gusta tanto el futbol, no es realmente porque mis equipos ganen, pierdan o empaten, sino por las historias que acompañan esos momentos. En el Mundial de Corea y Japón 2002, los partidos de la Selección mexicana se volvieron ritual nocturno: preparar la alarma, ver la televisión como una chimenea que alumbra la casa, los partidos en la madrugada. Recuerdo un partido entre México vs Ecuador. La Selección remontó 1 a 0 en contra. Junto a nuestra casa al sur de la ciudad de México, vivía la familia de Gerardo Torrado, que se convirtió esa noche en héroe nacional anotando el segundo gol de México a más de diez mil kilómetros de distancia. Al terminar el partido a las 2 de la mañana poco a poco empezamos a escuchar un ruido que iba aumentando de forma gradual: Too…Tooorrraa…Tooorrradoo Tooorrradooo. Se corrió el rumor, y la ocasión finalmente encontró su momento.
La serenata improvisada a la señora Torrado es ejemplo de que siempre hay una dimensión oculta en el futbol. Su mayor aporte es recordarnos que lo fundamental está más allá del cálculo inicial, que lo más simple como un juego no deja de tener expresiones de ensueño, que la vida es más fantasía que realidad.
Emilio Posadas Certucha
Ensayista