David Huerta: poesía para estar en el mundo

En homenaje al poeta mexicano fallecido el 3 de octubre de 2022, el autor de este ensayo encuentra en sus versos una forma de habitación poética, un señalamiento de que la poesía, en realidad, está en todo lo que nos rodea si queremos verla.

Quiero buscar en la poesía de David Huerta (1949-2022), en su pensamiento estético, en las hipótesis de su retórica, otras formas de encontrarme con él. Hoy, luego de accidentadas y veloces lecturas, mis conjeturas salen volando, picando de aquí y de allá, moviéndose entre las hojas, entre los versos, las estanzas, los párrafos, posándose a veces por largos ratos en palabras que son flores o ramitas, raíces o frutos o todo junto. Pero no quisiera hacer remedos de poesía, sino hablar de la voz de Huerta que creó otros espacios con su poesía y desde ahí nos acompañará siempre, porque nos ha dejado, entre otras cosas, imágenes para caminar la ciudad. Y, en cierto sentido, poemas para estar en el mundo.

Ilustración: Alberto Caudillo
Ilustración: Alberto Caudillo

Hace unos días vi un camión de la basura y comprobé una hipótesis que formulé leyendo a David: que su escritura nos da otros ojos para ver las cosas que nos rodean, para entenderlas como parte de nuestra historia, porque para Huerta la poesía está en lo cotidiano, nos acompaña siempre, es cuestión de saberla ver; por ejemplo: noten cómo en el siguiente pasaje de El ovillo y la brisa (2018), nos hace pensar en las lejanías del alma y, así, lo micro- o lo milimétrico —entresacando lo sublime de un acto cotidiano— nos conduce a lo fugaz. Nuestro personaje aquí —¿será El Civilizado?— es alguien que está pensando en escribir y debe interrumpir su labor intelectual por una faena física. Veamos cómo se despliega y se ensancha la temporalidad del instante para que, por un arte de relojería léxica, de anáforas, de paralelismos, de lítotes y una adjetivación sorprendente, entren, y quepan en un instante, dos grandes temas universales de la poesía: la fragilidad y lo humano.

 Aquella mañana de noviembre iba él por la mitad de la calle llevando en las manos dos enormes bolsas negras de plástico llenas de basura. Su calzado no podía ser peor para esa diligencia basurera, o para cualesquiera otra: sandalias desvencijadas y un número más grande de lo debido, razón por la cual parecía bambolearse levemente al dar largos pasos. Estaba constreñido a dar pasitos cortos, como de viuda china. Enfundado en una bata  enorme de color verde y portando unos temibles lentes oscuros -redondos, breves, con una vulgar montadura de plástico imitación de un carey de dandi o de cinturita-, se sentía portador de un microclima moral más allá de imaginaciones novelescas en torno de la “construcción de personajes”. Aquello no podía durar. El final debió ser cataclísmico pero fue apenas tristón. Vio a lo lejos el camión de la basura, espantoso navío lleno de servidores municipales de una jovialidad inexplicable. Lejos, lejos: “También el alma tiene lejanías”, recordó. Luego olvidó el versito obsesionante y con decisión avanzó sobre el asfalto impuro. Creyó ver un movimiento inesperado, micrométrico,  del camión de la basura: ¿arrancaba, se iba, se despedía, lo abandonaría esa mañana como si esa mañana fuera un “para-siempre”.

Ladeó la cabeza en un intento de ver mejor: no era posible ver nada bien con esos lentezuelos sombríos, cegadores. Sintió la brisa a sus espaldas. El borde de la bata se levantó sin gracia un par de centímetros: la levísima ráfaga se llevó con ella toda huella de poema. Aceleró el paso y en cuatro segundos, ya con las piernas lo llevaban a un trote discreto, casi cómico, ineficaz. No era posible discernir si el camión de la basura estaba inmóvil, se movía, daba vuelta sobre sí mismo, se sumergía en la cinta bituminosa, se elevaba como en un vuelo místico. Él ya estaba corriendo, muy despacio. En ese preciso momento lo olvidó todo pues el mundo dio una voltereta. Vio cómo las bolsas negras lo rodeaban y luego se movían rápidamente hacia sus hombros y vio, además, otro ámbito: un plano gris, abrupto, granulado, vio cómo la calle lo rodeaba. Y no era eso, claro: él rodaba. De había caído en pleno trotecillo. Su cuerpo débil, enfermizo y despiadado, severamente sujeto al imperio de diversos medicamentos, diagnosticado con fervor y exactitud milimétrica por un galeno (así lo había llamado) aquejado por esa misma enfermedad, se había derrumbado sin estrépito, escorado con lasitud y despojado de toda arboladura, de toda verticalidad y de todo resto de orgullo y, diría uno, de dignidad.1

Veamos cómo esta viñeta, que podría ser también el guion de un cineminuto, nos da mucho en qué pensar; por ejemplo que: toda caída, además de tirarnos al suelo, nos priva de la dignidad y nos surte de dolor, nos puede provocar fracturas físicas y morales, malestares existenciales, pero sobre todo nos deja una sensación duradera de la fragilidad. Y nos obliga a ser más modestos, nos saca de nuestro “microclima moral” dentro del que nos pensamos superiores o mejores que otros. Sólo Huerta, con la mirada aguda que se expresa en esta prosa, logra convertir un momento así en una experiencia estética.

Su poesía hace que lo cotidiano sea simultáneo a lo trascendente. Los versos de Huerta son micro conexiones entre la realidad y lo invisible para otros pero evidente para él, las cuales conviven en sus poemas como redes complejas de sentidos.2 Por ejemplo, en el poema  “Hablo” (Canciones de la vida común, 2008):

Hablo desde ceniza, desde colocaciones
y guirnaldas de espanto,
desde cajones resonantes que guardan
un trazo de pellejo ensangrentado,
un miligramo de espuma fugitiva,
una tela directa de lágrima y zumbido.

Hablo con esta boca de mortales dibujos,
Con estos labios que en el insomnio brillan,
Con esa lengua de trapo y llamarada,
Con este paladar fugaz hecho de musgo y nieve.

 

Hablo con estos dientes que sellan
Un dinamismo vertebral y una sílaba muerta
Y hacen sonar zonas hundidas
del esqueleto y de los sueños
y que el tiempo destruye.

Hablo, en fin, recordando: débil
Protagonista del olvido, y clavo de escándalo,
Tabla de rechinido, nudo, yerto caudal
De curvos vocabularios que desaparecieron
Y de léxicos formidables, calcinados,
Pobres tesoros que flotan entre escobas y hornos
Que la memoria inventa y desfigura.

En esta última estrofa figuran los temas que traigo a este sencillo homenaje: memoria, léxicos formidables y emociones derivadas de lo vivido estéticamente.

Para Antonio Damasio en Looking for Spinoza: Joy, Sorrow and the Feeling brain (2003),  las emociones son fuente de conciencia. Damasio distingue entre las emociones primarias —el miedo, la sorpresa, la ira, la tristeza o la felicidad— y las secundarias, también llamadas sociales —la simpatía, la vergüenza, el orgullo, la culpabilidad o la admiración—, y en estas últimas encuentra todo un conjunto de reacciones regulatorias, las cuales, junto a elementos presentes en las emociones primarias, pueden identificarse con subcomponentes de las emociones sociales en una variedad de combinaciones.3

Lo anterior es también una proposición para estudiar en la “conciencia del yo lírico” la manifestación afectiva del sujeto, pero concebida no sólo como la expresión de una emoción individual y privada, sino como elemento que da forma a aquellos sentimientos universales que denominamos “afectos”. El estudio de la emoción literaria es un campo de interacciones que debemos abordar quienes leemos, quienes enseñamos, quienes sentimos en la poesía una manera de conocernos. El llamado de Huerta, en este sentido, es a ver el mundo estéticamente, no para contemplarlo, sino para actuar desde una conciencia altruista. Eso ocurre, por ejemplo, en “Vuelve en ti” (Canciones de la vida común, 2008):

Vuelve de ti, mira los mundos
escarba en la alta fantasía. Vuelve
a donde la lluvia se prepara, esa nube,
esos ojos que ríen antes de quebraduras
y fracturas de cielo, esa mano
que suelta con desdén
una monedas pordioseras.

Vuelve a ver estas cosas
con su cara de azufre,
leves infiernos
que nimban los objetos
y resplandecen un segundo
antes de desaparecer
en los labios de la calumnia

Vuelve  con un atado de números
Bajo el brazo: las cantidades
De tu vida vivida, adelgazados
Guarismo de existencia, mendrugos
para el festín de las estadística…

En The Meaning of the Body (2007), Mark Johnson afirma que la dicotomía entre lo emocional y lo cognitivo impide valorar el peso que tiene la experiencia emocional en la generación del sentido; según él “no existe cognición sin emoción” y desde este argumento elabora su teoría del “significado encarnado” que va a contracorriente de la noción de que el significado se fundamenta en el entrecruzamiento consciente de conceptos y proposiciones que siguen secuencias de complejidad lógica o lineal. Se interesa, más bien, por los aspectos no conscientes, mediante las cuales las personas damos sentido a diversas dimensiones de la existencia. Sostiene que las emociones están en el mundo y en nosotros, y que a través de ellas mantenemos contacto con el medio que nos rodea: una relación entre el sujeto y el mundo mediante la experiencia emocional. Gracias a la capacidad de esta última para hacernos reaccionar a los estímulos, a su cualidad de agente de evaluación de contextos y a su capacidad de transformarnos, las emociones se convierten en una fuente de sentido.4 David Huerta sabe muy bien que la emoción, la experiencia y el sentido están unidos. Leamos “Sentido” de  Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990):

Ver el acontecimiento
Surgir de las manos vivas
Es ver desplegarse activas
La imagen del movimiento
Y el agua del pensamiento
Ver el dibujo viviente
Es ver la materia ardiente
Y el espacio desasido
Es contemplar el sentido
Del mundo siempre naciente.

Este poema apela tanto al lector como a la propia conciencia del escritor: decirse para decir a los demás es también un guiño a la forma colectiva de la poesía en Huerta. Las emociones sociales que antes aludimos se comparten por medio de un llamado a la acción: pensar estéticamente es pensar políticamente. Leamos ahora “En donde estés” de La calle blanca (2006):

En donde estés oye la desgarrada boca
Del tiempo. No dudes, avanza
Contra la montaña de espejos. (Luego
podrás dudar. En donde estés
aprende a dudar
para servir a la vida.) En donde estés
mira los rostros del dolor
y abraza las espigas, desaprende
el agobio, observa el rostro de tus hermanos
y el tuyo. En donde estés
recuerda y olvida. En donde estés
como con un estoicismo místico.
En donde estés acércate con deseo
y aléjate con repugnancia,
como quería el Lince.
En donde estés piensa en cada cosa
Como si ella misma pensara. En donde estés
Aprópiate del mundo
y olvídate de las finalidades. En donde estés
Inventa las finalidades y juega con ellas
hasta el hartazgo trágico y cómico.
En donde estés, ejerce tu política.

En el acto de creación literaria, el escritor se embarca en la multiplicidad no para negarla, sino para escucharla, pues el lenguaje no es objeto de creación, está ya creado. Son sus combinaciones y sus efectos de cúmulos dialógicos los que determinan el valor literario de este acto creativo. El trazo de este acto debe ofrecer una experiencia estética con el lenguaje a través del lenguaje. En el proceso de creación, el reconocimiento de esta experiencia está determinado por el escritor quien está a la escucha de sus propias emociones vinculadas con la experiencia estética. El poeta “siente el lenguaje en sí mismo, mide la precisión, ajusta su dirección y dialoga con la materia lingüística de manera empática. Ya que la mente no puede abstraerse del cuerpo, es precisamente con el cuerpo como el escritor escribe una emoción, un sentimiento a la vez”.5 Veamos algunos ejemplos para ilustrar lo anterior, ambos de Canciones de la vida común (2008):

“Hablo”  
Hablo para saber lo que está dentro
de la palabra nunca y para conocer
lo que la tristeza numerosa deposita en el polvo.

 

“Ante un manuscrito inconcluso”

Cuando llegue el momento de concluir,
Eso es algo que ignoro. Un maestro dijo que los poemas no se concluyen:
Se abandonan. Debe tener razón. […] No comercio con ideas Sino con el arte de plasmas (me gusta la palabra plasmar: es directa y bisilábica, pero bisilábica, ¡qué horrenda palabra!), digo, el acto de plasmar emociones. Y sentimientos. Pero debo comenzar, debo comenzar, comenzar.

 

Y con respecto a la experiencia estética, esta se manifiesta en el cuerpo, que es el lienzo donde se traban todas las fibras con las que se teje el ser, porque al ir leyendo la poesía de Huerta, pasamos por momentos de desconcierto, de profunda alegría, de sorpresa y nos deja una sensación de conciencia más amplia de estar en el mundo y en uno mismo:

“Sobre sus trajes”
Creo que debajo de la tela
Estoy desnudo. ¡Es una experiencia
formidable! Este traje me hace sentir
La desnudez diferente
De la del otro. Pero, claro, el otro
Es el otro. Mi desnudez no cambia:
Yo soy mi mejor traje.

La poesía de Huerta nos hace declaraciones de principios y de formas de estar en el mundo, como ésta:

“Declaración de antipoesía”

Ya no quiero escribir acerca de la ciudad-tendida-a-mis-pies ni de una clase de luz que nada más yo puedo percibir y entender. Preferiría hacer versos donde los rechinidos y las crepitaciones que me circundan algunas noches, no demasiadas, -ruidos y sombras cuyo significado ignoro-, tengan un lugar y les den a los lectores esa sensación de inquietud semejante a los de sueños inolvidables por razones ignotas. Quisiera un poco de claridad en el misterio y un poco de misterio en el paso de una palabra a otra.

Y así lo hizo el poeta mexicano: nos dejó sensaciones como de sueños inolvidables, emociones que son sentimientos, reflexiones con el lenguaje sobre la poesía en todo lo que nos rodea, visible o no en este mundo.

 

Obras citadas

Bermúdez , Víctor E. ”Trans-disciplinas de la emoción literaria”, en Nodos, Gustavo Ariel Schwartz y Víctor E. Bermúdez (editores), Pamplona: NextDoor Publishers, 2017.

Damasio, Antonio. Looking for Spinoza: Joy, Sorrow and the Feeling brain, Boston: Mariner Books, 2003.

DesRochers, Jean-Simon, “El sentimiento de escribir (perspectiva biocultural)”. Traducción de Víctor E. Bermúdez. Nodos, Gustavo Ariel Schwartz y Víctor E. Bermúdez (editores), Pamplona: NextDoor Publishers, 2017.

Huerta, David. El desprendimiento. Antología poética 1972-2020. Edición del autor y de Jordi Doce. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2021.

—. El ovillo y la brisa, México: Era. 2018.

—. “Envoltorios”, en Periódico de poesía, núm. 15, Universidad Autónoma Metropolitana / UNAM.

Johnson, Mark. The meaning of the body. Aesthetics of Human Understanding, Chicago: The University of Chicago Press, 2008.

 

Nota editorial: una versión de este texto se leyó en el “Homenaje a David Huerta”, que organizó Sara Poot Herrera en la Universidad del Claustro de Sor Juana, el 23 de noviembre de 2022.

 

Roberto Domínguez Cáceres
Profesor de literatura en la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey e integrante de UC Mexicanistas.


1 Huerta, D. El ovillo y la brisa, México, Era, 2018, p.350. Los subrayados son del autor de este texto.

2 Schwartz, G. A., Nodos, 2017, p. 37.

3 Bermúdez, V. E. “Trans-disciplinas de la emoción literaria”, en Nodos, “emoción”, p.351

4 Idem, p. 352.

5 DesRochers, J. S. “El sentimiento de escribir”, 2017, p. 358.

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Publicado en: Ensayo literario