Carlos Monsiváis recurría al término “causas perdidas” para referirse a la defensa de los marginados sin voz en la sociedad, de las personas LGBTQ+, las comunidades indígenas, y las luchas por la justicia social y los derechos humanos. Así, “causas perdidas” se convirtió en el significante de las luchas vivas por la visibilidad y reconocimiento de la izquierda, de los setentas en adelante.
El año 2018 marcó el advenimiento de una nueva hegemonía cultural y política en México. Una nueva élite política llegó al ejecutivo con una manera particular de reproducir el poder, con lenguajes y maneras de legitimación propios, centrados en el resarcimiento de la deuda histórica con las causas perdidas y el legado cultural de los pueblos prehispánicos. La toma de Los Pinos, su transformación en centro cultural y epicentro del megaproyecto del Bosque de Chapultepec es emblemática de la política de recentralización y de la promoción de la democratización del espacio público y la accesibilidad cultural.
Desde aquel año, la cultura ha servido como una herramienta fundamental en los procesos de cambio social, para sustentar los discursos del régimen y reformatear la identidad de lo nacional erigida sobre la glorificación de las causas perdidas. La cultura también ha sido indispensable para el devenir hegemonía de la suma de casi todas las causas perdidas, el culmen de una lucha de cuarenta años de la izquierda, de la cual Monsiváis y los productores culturales estuvieron en la vanguardia.


Sin embargo, los productores culturales nos hicimos redundantes. Habíamos fracasado en nuestra función de ser espejos de la realidad violenta, de generar lugares de encuentro y diálogo accesible para todos o bastiones de la libertad de expresión, de traer la paz a través de sus expresiones culturales. Deseábamos el cambio social, mas no lo logramos. Se demostró que productores culturales e investigadores académicos habían sido, todos por igual, unos privilegiados individualistas que “nomás extendían la mano y les caía dinero sin ningún esfuerzo de su parte”.
El relato clasemediero de denuncia, libertad de expresión y oposición al poder, reflejo de la lucha por la disidencia en el 1968 y del pensamiento de Monsiváis de cuatro décadas, se transformó en el relato plebeyo de la democracia posneoliberal mexicana. En el momento en el que las dinámicas estéticas para la reproducción de lo social, las expresiones del lenguaje y el pensamiento crítico, la idea que el arte es políticamente influyente fracasaron en su promesa de cambiar la realidad, el virus del fascismo comenzó a expandirse.
En el ocaso de la transición a la democracia y en la instauración de la hegemonía de las causas perdidas, artistas, escritores, cineastas y teatreros, junto con espacios culturales y museos que florecieron en los últimos treinta años, nos hicimos obsoletos por la hegemonía de las causas perdidas. En 2018 fuimos llamados a abandonar el ego y las ambiciones personales para convertirnos en siervos a la nación, a llevar al cabaret al senado, promover ediciones accesibles de clásicos de izquierda para despertar al pueblo, a condonar los recortes presupuestales masivos en cultura para fomentar una “paz comunitaria”, a trabajar en semilleros con jóvenes construyendo el futuro, a reconstruir espacios públicos y apoyar políticas y programas para disminuir la violencia con funciones de títeres, adoctrinación de cuadros y promoción del turismo cultural (por ejemplo: la transformación de la Cárcel Tres Marías o la infraestructura de turismo arqueológico en la península de Yucatán gestionada por el ejército).
Hoy, la cultura neoliberal está siendo sustituida por dinámicas estéticas para la reproducción de lo comunitario y nuevos espacios para celebrar la creatividad del pueblo, para exhibir formas de vida comunitarias vigentes de los pueblos originarios, y mostrar los remanentes de las culturas prehispánicas en nombre de las cuales el actual régimen ha construido infraestructura y políticas de desarrollo para ¡por fin! incluir a los rezagados de la expresión cultural, del consumismo y de la modernización.


Los productores culturales de la revolución en curso son los representantes idealizados de un pueblo desaparecido; la “persistencia de lo nativo” se ajusta a la mitología de la política económica actual: el discurso del desarrollismo para abajo legitima la intensificación del extractivismo económico y cultural. Ya no se trata de producir cultura pedagógica “para las masas” como en el realismo socialista, sino una cultura “hecha por las masas”. Que son humanistas liberales natos que se redimen o logran escapar de destinos violentos convirtiéndose en fotógrafos, escritores, artistas comunitarios, yendo a talleres de cultura. Regresa el pueblo, no aguerrido para liberarse del yugo del poder, sino arropado por el romance de la comunidad perdida reunida en espacios que el sistema nos ofrece: las utopías que deseábamos, que soñábamos para los marginados.
Poco a poco, la cultura nacional se va purgando de su sensibilidad neoliberal (lo “fifí” en cultura equivale a lo “tecnócrata” en el gobierno), de sus representaciones de los dos Méxicos a través de la mirada de El Artista que contempla con desinterés la realidad para filtrarla a través de su individualidad nostálgica del mandato de destilar la esencia de lo nacional. Desde hace rato que la identidad se transformó en individualismo extremo y self-exposure puesta en venta a través de sofisticadas estrategias de marketing digital.


Si el arte moderno dibujó a los liberadores del pueblo y al pueblo liberándose, el arte neoliberal puso al frente la violencia que asedia al país sin tregua y el arte posneoliberal le da voz a las causas perdidas —una versión despolitizada del pueblo. El arte posneoliberal formatea la identidad nacional: la ficción del mestizaje toma un giro repudiando a lo criollo o whitexican para volvera las raíces prehispánicas de la nación y hacer una división fascista entre nosotros, los injuriados, y ustedes, los privilegiados. Los productores culturales internalizan al partido y pasan a pensarse de luchadores sociales a víctimas y odiadores activos. Internalizar al partido implica desdén contra la argumentación, el conocimiento, años de investigación, los principios morales, la ambivalencia.
Pasamos de la apreciación mutua y respeto de las diferencias sin solidaridad, a la sobreidentificación con la impotencia. Esta última se convirtió en una forma de capital cultural y una manera de purificarse por los muchos o pocos privilegios que se detenten. Esto da lugar a expresiones culturalizadas de incontinencia emocional que enuncian, sin cansancio, la hostilidad del mundo en su contra, transformándose en formas de toma de poder en el mercado literario y en la hegemonía política de las causas perdidas, a través de la acusación, la extorsión y la queja. Y ya que prevalece la impotencia —porque instituciones, oligarcas y políticos permanecen intocables—, se ejerce la “funa”. Se genera una forma de policía intelectual que hace metástasis en un coro de desconocidos listos para atacarte no sólo por tu trabajo sino por tu apariencia, tus lazos sociales y familiares, tus marcadores demográficos, étnicos y orígenes y si osaste fungir de intermediario entre el espacio cultural y alguna población marginada fuera de los marcos aprobados o generados por el Estado.
Las instituciones (plataformas digitales, corporativas y gubernamentales) consolidan su poder disciplinario sobre críticos, creadores estudiantes, disidentes, productores culturales lúcidos que repudian en público los discursos fascistas. Se instituye la supresión de la autonomía del arte, y el poder descansa en la autocensura. Esto es impensable sin considerar el contexto de la eliminación de la autonomía de los poderes, del IFT, el INAI, el FONCA y Conahcyt.
Por supuesto, las industrias culturales no son homogéneas sino que, dentro de ellas, operan distintos regímenes. Ante la crisis brutal de fondos públicos para la producción cultural en México, florecen arte y literatura instituidos al ser validados por el mercado y la iniciativa privada generando un campo cultural regido por la precariedad, la ambición desmedida por la visibilidad y las ventas. Es decir, en este régimen de producción cultural, artistas, escritoras, cineastas dejan de retar a las instituciones, los valores y las narrativas que sustentan la falsa la autonomía de la cultura,haciéndose cómplices en encubrir las bases machistas, elitistas, clasistas, patriarcales, coloniales, eurocéntricas de dicha autonomía vanguardista. Dichas bases se renacionalizan con sensibilidad de derecha y tufo de siervo de la nación evacuado de un proyecto o visión política, más allá de gestos formales indispensables para el entronamiento por el mercado y los circuitos culturales globales.

Como lo diagnosticó Monsiváis en 2006, el circuito de novedades se instituye como por encima de la tradición. La sucesión de modas, al igual que las nuevas tecnologías, empieza a desplazar las tendencias que estaban vigentes el día de ayer. Antropoceno, el micelio, la descolonización, redes autónomas de producción comida de preferencia interactuando con productores de Xochimilco o Milpa Alta, el autocongrulatorio y sin fin tsunami feminista, la autoetnografía de la violencia de género y los daddy issues, la sobreexaltación de la sonoridad, la self-exposure del trauma, los espectros y espíritus mágicos ancestrales que acechan la realidad violenta de la ruina de la modernidad, la recuperación de lo perdido del patrimonio intangible y tangible de los pueblos originarios. Todas en modo “sálvese quien pueda”, repitiendo hasta el cansancio las formas modernistas, ideologías y comportamientos proscritos con tal de vender. En cuanto a las ideologías instituidas, vemos el retorno de Ojitos, el desgarrador y entrañable personaje que encarna el arquetipo del joven indígena que migra a la ciudad de Los Olvidados de Buñuel como Sujo, un joven del campo atrapado por el narco empoderado por la educación. Sujo se convierte en el emblema de la cultura por la paz, la figura histórica del presente que se salva con la educación universitaria y que se identifica con el trauma de los sobrevivientes de tortura de las dictaduras sudamericanas. Y es que ¿de qué otra manera entender la crisis de violencia en el país y la violencia subcontratada de Estado que asedia a las poblaciones redundantes?
Mientras se acelera la desigualdad, el genocidio, la limpieza étnica, devastación medioambiental y crisis del cambio climático (México, por cierto, se está calentando el doble que el resto del planeta), se cambia la forma de interpelar al espectador-consumidor. De decir la verdad, indignar, conmover, shockear para iluminar, provocar, denunciar, exhibir a gustar y seducir con el brillo de lo instagrameable. Entre el pánico de la autocensura y el frenesí de la autoexplotación, la obligación de venderse —Monsiváis ya lo había predicho también: marketing, branding y producto cultural se hacen indistintos. Se percibe un tufo de puritanismo evangélico: se prohíben los narcocorridos. Un operativo militar en conjunto con la policía capitalina cancela un concierto pro-Palestina en el Multiforo Alicia. Se cierne un nuevo autoritarismo basado en operaciones psicológicas ligado al genocidio en Gaza condonado por el statu quo que defiende la democracia y la libertad de expresión sionista.

La educación se reduce a la alfabetización básica, mientras que áreas de conocimiento y erudición son borrados en aras de alfabetismo funcional enfocado en expandir capacidades de navegación en la comunicación digital. Disminuye aún más el vocabulario que hace veinte años que lo diagnostica Monsiváis (“los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”), se pierden los matices y las anotaciones psicológicas, sociales y culturales, la crítica en redes sociales se ajusta a los patrones lingüísticos y formatos que el mercado de la comunicación digital aprueba. Los comentaristas que suplantaron a los intelectuales, funcionan como cajas de resonancia de opiniones sobre lo que tuitean Trump o Musk, lo que dice la presidenta en la mañanera. Se normaliza la violencia, el escarnio público, el pensamiento binario, la obsesión por el castigo sin reparación, la supremacía racial, de género y clase.
Como si tuviéramos tatuada en el inconsciente la memoria del único país del mundo que erigió una cárcel sólo para intelectuales, preferimos invertir energía en estrategias de visibilidad. Además de la autocensura, el régimen de la 4T florece en la disociación entre la acción política simbólica y el discurso, y las luchas reales por la equidad, justicia, defensa del territorio, solidaridad transcultural, intersecciones y de clases. Hay pocos ejemplos, pero el acompañamiento a las buscadoras o de defensoras del territorio está casi fuera del campo cultural. Al mismo tiempo, en aulas y conferencias académicas se proclama rebeldía, insumisión, acción. La dominación culmina en la seducción de la autoexplotación y de la cultura del rendimiento y del éxito, en la hipermediatización y transaccionalidad de las relaciones personales y asuntos vitales, en el hiperconsumo, automercantilización, ansiedad y depresión generalizadas. Percibimos al mundo a través de la información, se va perdiendo la vivencia presencial.
Al subordinar al arte a la lógica de la complacencia y del marketing, acotarlo al formalismo y al intimismo, nos hacemos cómplices de la expansión del fascismo. Estamos infectados. La apreciación del arte y cultura no debiera generar conversión ideológica, sino echar la chispa de la simpatía por una perspectiva distinta sobre el mundo. La imposición de un programa cultural ideologizado y polarizante, implica un llamado a disentir. El régimen cultural anterior sobrevive con 30 % del presupuesto de antaño y subsidios corporativos y privados. El incremento de violencias y desapariciones equivale a los recortes récord en presupuestos de cultura, y se entrecruzan en los sitios arqueológicos en Chiapas (Yaxchilán, Bonampak, Toniná) donde el INAH perdió el control por la incursión del crimen organizado. Mientras se deterioran estos sitios, grupos armados cobran piso y comunidades enteras de la Sierra Madre de Chiapas son desplazadas por despojos ilegales.
La solidaridad con los oprimidos y las iniciativas de organización autónoma se transforman en semilleros, imprimiendo la marca de la 4T a redes de solidaridad y proyectos comunitarios a través de la centralización y subsidio. La política de captura de dispositivos autónomos y la sospecha de la mediación, realizan la disociación absoluta entre representación estética y política. Tengo en mente la carta del Subcomandante Moisés leída por María Minera en la Cátedra Inés Amor en marzo de este año, en la que denuncia la indolencia de los productores culturales ante la desaparición forzada, la falta de empatía y el hecho de que el país ya está blindado ante el horror, la muerte y el cinismo. Dice: “Los ausentes son de todos y los productores culturales están ocupados con vacaciones, giras, compromisos, bodas, cumpleaños, el clima. Hermanos y hermanas de las artes y el pensamiento, si ustedes callan, nadie podrá encontrarles”.
Irmgard (Gardi) Emmelhainz
Escritora e investigadora independiente. Su más reciente publicación es la segunda edición de El cielo está incompleto. Cuadernos de viaje en Palestina (Siglo XXI, 2025).