Cuatro instantes en el cine mexicano actual

Sección de largometraje mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia

Una de las ventajas de asistir a un festival de cine es la oportunidad de observar el fenómeno cinematográfico nacional a nivel humano. La experiencia no se reduce a un par de horas frente a una pantalla de cine, sino que permite un vistazo al interior de la industria que no sólo consta de directores y actores, sino de un gran número de personas que han decidido dedicar su vida a la creación, producción, exhibición y difusión de cine en nuestro país. Los festivales son un espacio indispensable, tanto para ver cine nuevo, como para conocer todo lo que existe detrás de esta industria creciente.

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Este año, la selección oficial en competencia constó de diez largometrajes de ficción de realizadores mexicanos o en coproducción con México, cintas que esperemos que lleguen a las salas comerciales a lo largo del próximo año, y doce largometrajes documentales, además de una nutrida selección de cortometrajes de ficción y documental. Resulta imposible abarcar la totalidad de la selección de manera más o menos profunda, es por eso que me limitaré a destacar cuatro películas de ficción que a mi parecer aportan algo nuevo a la oferta cinematográfica nacional.

El placer es mío

Elisa Miller, graduada del Centro de Capacitación Cinematográfica, en 2007 recibió la Palma de Oro a mejor cortometraje en el Festival de Cannes (tras ser premiada en la edición 2006 del FICM) por “Ver llover”. Este año regresó a Morelia con el largometraje El placer es mío, protagonizado por Edwarda Gurrola y Fausto Alzati. Este filme aborda una atípica relación de pareja de manera íntima a través de escenas explícitas que plantean al disfrute sexual como el eslabón que une a dos personas que comparten poco más allá de un deseo carnal mutuo. A diferencia de muchas películas que ponen al sexo al centro de su narrativa, en El placer es mío Miller presenta cuerpos alejados de los estereotipos de belleza que comúnmente vemos en pantalla grande. Como ejemplo basta mencionar una de las películas más controversiales y esperadas de la 13ª edición del festival, Love del director Gaspar Noé, ciento treinta y cinco minutos (aunque parecen muchos más) de sexo explícito entre cuerpos perfectos que, a pesar de venderse como una cinta transgresora, plantea una visión conservadora y moralizante del amor. Por el contrario, El placer es mío retrata las inseguridades de una relación informal, el proceso interno de dos personas en busca de algo distinto, la imposibilidad de transformar al otro y la necesidad de aferrarse a una relación condenada al fracaso. La película, galardonada con el Premio a Primer o Segundo Largometraje en el FICM, no es para todo público, pero la representación franca del amor y sus dinámicas de poder merece una mención.

 

Sopladora de hojas

Con antecesoras como Club Sándwich y Temporada de patos, ambas de Fernando Eimbcke, Alejandro Iglesias presenta en su ópera prima una historia mínima que es transformada en una épica de amistad y crecimiento. Esta comedia ligera narra un día en la vida de tres amigos que atraviesan ese momento incómodo entre la adolescencia y la adultez, ese tiempo extra concedido a los estudiantes universitarios para decidir quiénes son y a dónde van. La película, una historia sencilla del tipo coming of age, utiliza una estructura episódica y dinámica para retratar con humor e ingenuidad la búsqueda de identidad de tres personajes cuya simpleza resulta familiar para el público mexicano. Aunque en algunos momentos las actuaciones se notan un tanto acartonadas, el efecto en general es de espontaneidad y frescura (los tres actores, Fabrizio Santini, Francisco Rueda y Alejandro Guerrero enriquecieron los diálogos con sus propias experiencias y expresiones). Que una comedia sobre tres jóvenes que se pasan un día entero buscando unas llaves en un montón de hojas secas sea proyectada en un espacio como Morelia es afortunado, pues es prueba de que en este género existen propuestas distintas a las realizadas por los grandes estudios con una fórmula copiada del cine estadounidense. Si algo es evidente en esta cinta es la necesidad de contar una historia propia, no sólo íntima para el director y los guionistas (está basada en hechos reales), sino también identificable para esta generación de clasemedieros instalados en la comodidad del nido.

 

Un monstruo de mil cabezas

Una de las mejores cintas de la competencia, el más reciente largometraje de Rodrigo Plá – director galardonado en múltiples festivales internacionales con su película La demora (2012)– es una historia de tensión narrada con una fluidez casi coreográfica. A pesar de su brevedad, construye un personaje cuya complejidad sólo podía ser capturada a través de una actuación impecable. La actriz Jana Raluy, quien recibió el premio a Mejor Actriz en esta edición del FICM, interpreta de manera extraordinaria a Sonia Bonet, una mujer que se niega a ser otra víctima pasiva de la burocracia y corrupción aleatoria de las empresas aseguradoras. El guión de Laura Santullo es un entramado de varios presentes finamente tejidos, con un énfasis en las miradas de quienes atestiguan el camino de una esposa y madre dispuesta a arriesgarlo todo en pos de la justicia. A diferencia de muchas películas sobre temas sociales cuyo propósito principal es plantear alguna problemática sin proponer un lenguaje verdaderamente cinematográfico, Un monstruo de mil cabezas es una cinta donde fondo y forma se integran para transmitir la desesperación provocada por la indiferencia del sistema hacia el individuo. La historia de una heroína que se enfrenta a una criatura incorpórea, al monstruo corporativo que, como las Moiras, puede cortar el hilo de la vida en cualquier momento. Definitivamente la nueva cinta de Rodrigo Plá lo posiciona como uno de los cineastas que no hay que perder de vista.

 

Te prometo anarquía

En un festival como el FICM se navega de una función a la siguiente en cuestión de minutos, por lo cual el proceso de digestión fílmica es apresurado. La programación de la treceava edición no carecía de películas extraordinarias; como ejemplo basta mencionar The Lobster de Yorgos Lanthimos, sin duda una de las favoritas y de las más comentadas en las filas y fiestas, Anomalisa, el último proyecto de Charlie Kaufman, o la multipremiada El hijo de Saul de László Nemes entre muchísimas otras cintas que han arrasado en los festivales más importantes del mundo. En este sentido, cuando se tiene la misión de ver la mayor cantidad de películas posible en el puñado de días en que una puede desaparecerse de su vida normal para sumergirse en una sala de cine, pocas veces hay alguna que resulte tan excepcional que mantenga tu mente cautiva por el resto del día, de la semana, y te haga salir del cine temblando por sentimientos encontrados de angustia y alegría tras ver en pantalla grande un retrato cercanísimo del México que, por lo menos yo, conozco y vivo. Te prometo anarquía es, en mi opinión y con todo lo que eso implica, una de las mejores películas mexicanas de los últimos años. No es tan fácil que una cinta toque tantos nervios de manera tan exquisita: una historia de amor narrada en tono de comedia con personajes, por un lado nunca antes vistos, y por el otro, dolorosamente familiares. La última película de Julio Hernández Cordón, quien recibió el premio a Mejor Largometraje en el 8ª edición del FICM por Las marimbas del infierno (2010), es también un coming of age, pero interrumpido, una historia que escapa toda categorización fácil, pues aunque en términos de temas y géneros puede colocarse bajo diversos rubros, ninguno consigue describirla por completo.

Miguel (Diego Calva) y Johnny (Eduardo Martínez, aka Pelucaz) se conocen desde la infancia. Desde que Johnny tiene novia, su relación pasa por un momento incómodo, pues además de amigos y socios, son amantes. No obstante, esta cinta trasciende por completo la temática del coming out film (o sea, la típica historia de maduración de jóvenes homosexuales) y se vuelve una película compleja con personajes secundarios entrañables, reconocibles y auténticos. Esto se logra en gran medida gracias al trabajo actoral de los protagonistas. En una fiesta antes de ver la película le pregunté casualmente a Pelucaz cuál era su papel (otra ventaja de ir a un festival de cine). Lejos de responder con el orgullo de quien se sabe parte de la industria, me dijo con toda sinceridad: “Yo sólo soy un patineto”. Y aunque, en efecto, este no actor es principalmente un patineto, la película es suya en muchos sentidos. La espontaneidad de los gestos, los chistes, los insultos y los diálogos, se debe al extraordinario reparto y al trabajo de dirección y entre actores con más experiencia (Diego Calva, por ejemplo, ya había actuado en varias películas y, en sus propias palabras, su tarea más importante era guiar a otros actores).

Te prometo anarquía parte de un amor intenso para mostrar la vida en las calles de un grupo de gente voluntariamente marginada, personas que optan por vivir al borde de la ilegalidad y deslizarse por la ciudad sobre sus tablas, surfistas de asfalto. Pero lo que realmente puede sacudir a la audiencia es el retrato crudo de una realidad constante, la violencia que vemos por el rabillo del ojo y preferimos no nombrar, eso que pensamos está muy lejos y de vez en cuando se asoma desde un departamento de la Narvarte, en la carretera que lleva a ciudad, o afuera de un antro en la Zona Rosa. La película toca este nervio y lo hace de manera directa (no es una referencia tangencial), pero jamás pierde su esencia lúdica, su humor, su autenticidad. Nada en esta película apela al shock value que tantas veces hemos visto en el cine nacional reciente en donde se demuestra también una conciencia del contexto en el que vivimos.  

 

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Para el Festival Internacional de Cine de Morelia trece años no son pocos, pues en este tiempo se ha consolidado como una de las plataformas más importantes para quienes se dedican al cine en México. Ha generado alianzas con festivales de gran importancia a nivel mundial, incluyendo la exhibición de cintas de las secciones paralelas del Festival de Cannes en salas morelianas y de cintas mexicanas en las secciones paralelas del Festival de Cannes. Este año el FICM también incluyó un taller de distribución en colaboración con el Festival de Locarno, entre muchas otras alianzas que evidencian un esfuerzo por posicionar a México como participante clave en la industria cinematográfica internacional. Por supuesto, la selección en competencia del FICM cumple un propósito importantísimo en un país que suele mirar su propio cine con cierta indiferencia. En este contexto, las nuevas películas mexicanas, proyectadas de manera simultánea a las obras más destacadas del circuito festivalero en el mundo, adquieren una relevancia y presencia mucho mayor.

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Publicado en: Cine