Mientras escribía este texto, hice una pausa para estirarme, miré a través de la ventana y allí estaba el paisaje de siempre: calles, cables, azoteas, personas y perros. Pensé en cuántas veces había mirado por ese hueco en la pared durante el encierro de la cuarentena y qué tanto habían cambiado las cosas en sesenta o setenta días.
Hay algo en mirar por la ventana que parece comunicarnos y conectarnos desde siempre, pasando por la cultura popular —“Detrás de mi ventana, veo pasar al destino disfrazado de asesino”— hasta un momento revelador para un filósofo como el que apunta Jean Paul Sartre en su ensayo El ser y la nada: “ese hombre que pasa por la calle, el mendigo que oigo cantar desde mi ventana”.1 Mirar a pie de aquellos huecos en la pared parece ser un gesto humano por excelencia. ¿Cuántas películas podemos recordar con una escena en la que el protagonista mira desde una vidriera?, ¿cuántos lugares comunes podemos traer a la mente cuando hablamos de uno de los sitios más cotidianos del hogar occidental?
Jan Van Eyck, Francois Boucher, Caspar David Friedrich, Remedios Varo, Edward Hopper , Andrew Wyeth: como fondo o motivo, como ornamento o alegoría, el ventanal ha atravesado modestamente toda la historia del arte y la cultura. Del mismo modo que la vestimenta o los alimentos han sido representados prácticamente desde el origen de la imagen, no es extraño que algo tan universal y aparentemente atemporal como lo que aludimos tenga también un sitio primordial dentro de las representaciones.

Ilustración: José María Martínez
Pero esta idea provoca cierta duda: ¿hablamos de un objeto o un espacio? Lo que argumentaré aquí es que más que esas dos nociones, la ventana es (también) concepto y epistemología de la imagen. Podemos pensar que esos huecos, generalmente cuadrados, modernamente protegidos por vidrios de todos tipos y colores, han estado allí desde inicios de la cultura. Sin embargo, según el filósofo Ernesto Francalanci2 esto no es del todo cierto: fue hasta entrada la Edad Media que el concepto moderno de ventana terminó por tener sentido. ¿Por qué? Debido a que no fue hasta esa época que ideas como el interior y el exterior, lo privado y lo público, lo natural y lo artificial tuvieron un impacto social masivo. Y, por supuesto, cabe aclarar que aquí hablamos únicamente de lo que implica una ventana para nosotros, es decir, no es que no existieran oquedades en los edificios, sino que significaban otra cosa o nada en lo absoluto.
La ventana, a diferencia de otros huecos arquitectónicos, tiene una función estética, permite el paso de luz (y aire en algunas ocasiones), pero es también el umbral que conecta algunos opuestos: espacio privado y público, luz artificial y natural, la ficción de lo construido y lo “natural” del paisaje encontrado. La ventana no sólo ilumina, sino que está pensada para comunicar, para mostrar e invitar a mirar; sus límites contienen paisajes que lentamente irán cambiando, también exponen o revelan al exterior la naturaleza de nuestra intimidad.
Más allá de un sitio o concepto poético, ver por la ventana es una pedagogía del mirar. Si tal como afirma Marta Segarra, en su Teoría de los cuerpo agujereados, “todo agujero físico o imaginario (…) se relaciona siempre con los orificios del cuerpo humano”,3 aquellos huecos en nuestras edificaciones corresponderían a los ojos. Si el cuerpo es un templo, entonces los ojos son las ventanas que permiten la entrada de luz y paisaje, son los orificios que nos comunican visualmente con lo que hay más allá de los muros.
Otra idea que vale la pena enunciar es la del teórico del arte Victor Stoichita, quien a propósito del origen del cuadro/pintura como objeto y su irrupción en el ámbito doméstico o cotidiano nos dice: “El cuadro como superficie pintada y el cuadro como abertura practicada en el muro son dos acepciones (…) que no se excluyen, sino que se complementan”.4 En su texto el autor nos hace notar que una imagen recortada por sus cuatro lados es curiosa y no casualmente similar a una ventana, y que existen razones por las cuales en el siglo XVI uno de los géneros preferidos del pintor y del consumidor de imagen fuera los trampantojos que simulaban ventanas u hornacinas: “el marco separa la imagen de todo lo que es no-imagen”. Y abunda: “Es el rectángulo de la ventana lo que transforma el exterior en paisaje”. Parafraseando la célebre máxima de Wittgenstein, los límites de nuestras ventanas parecieran ser también los límites de nuestras imágenes.
La ventana enmarca realidad, mirar a través de ella es también crear una imagen fugaz, encuadrar y confeccionar entre cuatro límites (generalmente) de una forma casi intuitiva. En una sociedad que da cada vez mayor importancia a los contenidos visuales, no es extraño pensar que una “buena vista” puede ser también un producto y plusvalía para algún inmueble; la “mejor vista”, el “panorama inigualable” o cualquier sitio de turismo estético enmarcado en un ventanal se convierten en mercancías de alto valor comercial. En una sociedad estetizada el valor de lo bello e instagrameable es cada vez mayor.
La ventana también ha crecido y se ha desmaterializado, no sólo porque nuestras técnicas de construcción permiten que el vano crezca hasta llegar a ser totalmente un muro de cristal, o porque la arquitectura contemporánea dé un peso tan grande a la luz “natural”, a la transparencia y al paisaje; también se trata de que la ventana ha sido despojada de su cualidad material para convertirse en un concepto clave del entorno digital, como un espacio que pone entre sus límites cualquier imagen, conexión o actividad posible.
El hito que fue Windows,como sistema operativo, se debió en gran medida a la facilidad con la que podían ejecutarse tareas dentro de él. Fue bautizado con este nombre porque a toda acción le correspondía una ventana digital, cuyos márgenes de código y pixeles contenían a la perfección cada tarea ejecutable. Hoy en día la aplicación, conversación, fotografía, texto, interacción, información se abren en ventanas, como un caleidoscopio de posibilidades casi infinitas. De la computadora de escritorio y portátil pasamos a celulares que renuncian a sus márgenes para ser mucho más imagen y menos límites, con resoluciones dieciséis veces más nítidas que cualquier paisaje real.
La ventana es también el espacio abierto para el voyeur o fisgón. En el mundo digital nos seduce mirar la vida cotidiana de los otros, sus errores y quiebres, también sus ficciones y lenguajes particulares; lo cotidiano se ha convertido en el espectáculo digital por excelencia.Como en los cuadros de Edward Hopper, nosotros nos convertimos en morbosos espectadores que miran través de las vidrieras. Actualmente una de las mercancías más valiosas es lo que pasa de ambos lados de esa ventana simulada, todos nuestros hábitos, temores y errores están abiertos para ser analizados, de forma individual o colectiva. Podríamos decir que no abrimos la caja, sino las ventanas de Pandora.
La actual pandemia de coronavirus ha dejado una serie de videos virales, donde personas de otros países (recuerdo especialmente Italia y España) interactuaban mediante cantos, brindis, gritos y gestos variados a través de sus ventanas. Parecía que el aislamiento y la incertidumbre que esta nueva enfermedad trajo consigo los había llevado a querer conectar con los otros, a desear que el paisaje exterior tuviera cabida en sus sitios privados. La necesidad era el contacto y, a falta de puertas que permitieran el ingreso total de los cuerpos, se abrieron la ventanas que permitían observar y pertenecer. El porqué podría ser que, como afirman Jean Chevalier y Alain Geerbrant en el Diccionario de los símbolos, las ventanas significan receptividad hacia el mundo exterior.
Y el encierro abrió aún más ventanas: hubo peregrinaciones masivas hacia Zoom, Google Hangouts, Instagram, WhatsApp, Houseparty y otras herramientas de videoconferencias en tiempo real. Todos estos huecos sin marcos físicos se convirtieron en puntos de reunión, trabajo, estudio, debate, sexualidad e interacción para millones de personas. De igual forma que sus contrapartes del mundo real, estos ventanales cambiaron los espacios de privados a públicos. La edición del paisaje en tiempo real, los fondos de conferencia, la realidad aumentada (pienso en Instagram) se convirtieron pronto en herramientas de lo más socorridas para añadir un toque de complejidad visual a aquellas imágenes.
La ventana digital es un paisaje que existe en mundos que son posibles, pero sólo en las reglas y leyes de la oquedad digital. Nos asomamos a ficciones y realidades que no comprendemos. Por primera vez en la historia de la humanidad, el paisaje se transforma más deprisa que la vista del espectador y no hay manera de frenar estos cambios o de adaptarse al mismo tiempo que todo cambia.
La cuarentena nos recordó la importancia del gesto de mirar a través de la ventana, lo vital que es ese espacio de conexión entre realidades distintas y espacios opuestos. Parece que lo único que no cambia es el acto de contemplar el mundo desde una ventana, en pantalla o en un hueco en la pared. Ante la nueva realidad que se avecina, hay que observar y comprender a dónde van nuestros paisajes, a dónde vamos nosotros.
Alberto Martínez Fernando
Maestro en comunicación y humanismo digital.
1 Sartre, J. El ser y la nada, Iberoamericana, Buenos Aires, 1978, p. 162.
2 Francalanci, L. E. Estética de los objetos, Machado Grupo de Distribución, Madrid, 2010.
3 Segarra, M. Teoría de los cuerpos agujereados, Editorial Melusina, España, 2014, p. 10.
4 Stoichita, V. La invención del cuadro: Arte, artífices y artificios en los orígenes de la pintura Europea. Ediciones del Serbal, Barcelona, 2000, p. 9.