Este breve recorrido por las obras de pintores claves nos muestra por qué la enfermedad y el aislamiento consiguiente han sido determinantes en la historia del arte occidental.

Ilustración: Jonathan Rosas
Ha pasado más de un mes de distanciarnos de quienes más queremos. Lo que este tiempo ha demostrado es que en el aislamiento puede florecer la creatividad y que el arte puede incluso ayudarnos a superar la angustia de la soledad. De esta crisis han surgido iniciativas que nos inspiran a usar la cultura para salir adelante. No es nada realmente nuevo tampoco. A lo largo de los siglos la enfermedad ha sido un detonador de expresiones artísticas. Tan sólo si tomamos el caso de la pintura, el aislamiento permitió que algunos de los pinceles más destacados produjeran obras que transformaron la historia del arte.
Como la crisis sanitaria actual, la epidemia de la influenza española llevó a muchos al aislamiento, pero la debilidad de la fiebre y las alucinaciones que generaba no permitieron que aquella epidemia nos legara una gran producción artística, a diferencia de otras, como la peste bubónica, que llevaron a un florecimiento de la plástica. De las pocas obras surgidas de esa experiencia, destacan dos retratos de Egon Schiele. En octubrxe de 1918, el artista vienés se encontraba en la cúspide de su vida y su carrera; apenas comenzaba a disfrutar las mieles del éxito comercial y su primer hijo con Edith estaba en camino cuando la influenza española tocó a su puerta. A los pocos días moriría, pero no sin antes inmortalizar los efectos de la enfermedad en los rostros moribundos y desahuciados de su maestro, Gustav Klimt, y de su esposa, Edith. Con tan solo unos cuantos trazos, Schiele nos ofrece una impactante mirada a lo que fue vivir con influenza española: con los ojos cerrados y los cachetes sumidos, Schiele nos muestra a Klimt en el momento en el que la vida escapa de su cuerpo, mientras que la mirada febril de Edith evoca el cansancio de alguien que se aferra a sobrevivir. Ambos retratos fueron realizados en sus respectivos lechos de muerte. El propio Schiele fallecería el 31 de octubre de 1918, tres días después que su esposa embarazada.

Retrato de Gustav Klimt, Egon Schiele, 1918. Dominio público.
Una de las comunidades artísticas y culturales más devastadas por la influenza española fue, precisamente, la vienesa, donde cobraría algunas de sus víctimas más famosas y destacadas del cambio de siglo; Sigmund Freud, por ejemplo, perdió a su hija Sophie a causa de la epidemia. A su vez, la influenza española segó todo un movimiento artístico de la capital intelectual del momento, la secesión vienesa. Además de Klimt y Schiele, otros personajes fundamentales del grupo como Kolo Moser, diseñador, y Otto Wagner, arquitecto, también murieron por esa enfermedad.
A pesar de asolar al centro de la vida cultural de Europa, sorprende la poca resonancia de la influenza española en las artes en general. Uno pensaría que la muerte de una generación tan fructífera como la secesión vienesa hubiera sacudido al mundo, pero lo cierto es que nadie retomó el tema. La gripe española no elevó monumentos ni inspiró grandes lienzos, tampoco suscitó importantes reflexiones literarias y esto se debe, en parte, a que fue una enfermedad ante todo personal e íntima; se sufría, y se moría, en soledad. Los millones de muertos de aquella epidemia quedaron tan solo como un espectro en la memoria del siglo XX, sin nadie que les rindiera homenaje, unidos acaso a la tétrica estadística de la Primera Guerra Mundial.
La soledad de quienes se contagiaban de influenza española quedó representada en dos obras de Edvard Munch, las cuales, junto con los bocetos de Schiele, quizá sean las únicas que reflejan cómo fue la experiencia de la epidemia. Munch contrajo el virus en 1919 y documentó su propio tránsito por las etapas de la enfermedad en dos autorretratos. En Autorretrato con la influenza española el artista se nos presenta sentado en una silla al pie de su cama, en una imagen que evoca precisamente el aislamiento de quienes se contagiaban. Las facciones de su rostro son apenas perceptibles, salvo por su boca, que se abre en una expresión escalofriante reflejando la desesperación de quien batalla por respirar, o quizá sea también la cara de un enfermo perdido en sus alucinaciones febriles. A diferencia de los artistas vieneses, Munch no sucumbió al virus, y se volvió a retratar una vez recuperado; aún aislado, pero ahora de pie, el pintor nos observa con los ojos sumidos y exhaustos, su expresión aún de debilidad, pero ya con las mejillas recuperando su color. Al comparar este retrato con el resto de su producción, este cuadro presenta una visión casi esperanzadora. Aquí no hay familiares en duelo ni muerte, como en el resto de su obra, lo que vemos es un retrato íntimo de quien tuvo que luchar en la soledad y sobrevivió.

Edvard Much, Autorretrato con la influenza española, óleo sobre tela, National Gallery of Norway, 1919. Dominio público.
El fin de la Primera Guerra Mundial pudo haber opacado la epidemia en la memoria de las naciones. Mientras millones agonizaban a puerta cerrada, las emociones en torno a la guerra corrían por las calles. Una de las víctimas más famosas de la epidemia, por ejemplo, fue velada en pleno festejo por el triunfo aliado de la guerra. Cuando el féretro de Guillaume Apollinaire desfilaba por las calles de París hacia el sitio de su entierro, el cementerio de Père-Lachaise, la procesión fue interrumpida por la celebración del fin de la guerra. Nadie le rindió homenaje al poeta. Apollinaire murió sin saber que había terminado el conflicto armado en el que luchó como voluntario, ni que la nación por la que había recibido una herida en la cabeza se coronó con la victoria.
El cruce de estos dos acontecimientos está representado en La bandera de Georgia O’Keefe. Creada durante la epidemia, esta obra es una reflexión sobre el contexto bélico de la época y, más aún, sobre la presencia de Estados Unidos en la Gran Guerra. En 1918, O’Keefe contrajo el virus de la influenza española y decidió aislarse en el rancho de un amigo en San Antonio, Texas. Era un momento complejo en su vida, pues no solo se enfrentaba a una enfermedad desconocida y mortal, sino que su hermano había sido enviado al frente francés. O’Keefe, como muchos estadunidenses, se oponía a que su país se involucrara en la guerra y le angustiaba el destino de su hermano en un campo de batalla dominado por máquinas de guerra de cuya letalidad tecnológica aún se sabía poco. La bandera de O’Keefe es una representación poco patriótica y nada optimista; de un tono rojo que alude a la sangre, se quema en una nube con los colores de un hematoma. Su contenido subversivo no pasó desapercibido y fue censurada hasta 1968, cuando se expuso por primera vez.
Experiencia vital o simple interés temático, la enfermedad ha sido un actor fundamental en la historia del arte. En algunos casos, la enfermedad y el aislamiento que ésta genera incluso han detonado la creatividad de algunas de las carreras artísticas más memorables, o inspirado cuerpos de obra que han marcado el rumbo de la plástica. Es probable que dos artistas hoy entrañables y mundialmente admirados no hubieran llegado a las artes sin haberse enfrentado al aislamiento: Henri de Toulouse-Lautrec y Frida Kahlo, para quienes los padecimientos infantiles y juveniles significarían el inicio de sus primeros experimentos artísticos. Tanto Toulouse-Lautrec como Kahlo tuvieron infancias duras, enfermas y en soledad, con libertades muy restringidas, actividades al exterior y con otros niños seriamente limitadas.
De padres aristócratas, Toulouse-Lautrec heredó una enfermedad en los huesos que se ha atribuido a la endogamia practicada por su familia, descendientes de la nobleza desde la Edad Media. Si bien esto no se ha podido confirmar, se cree que padecía picnodisostosis, también conocido como “Síndrome Toulouse-Lautrec”. A esto se debía probablemente su enfermiza infancia y su corta estatura. El pequeño Henri sufría constantes dolores de piernas que lo obligaron a requerir de apoyo para caminar a los siete años. Pasó largas temporadas en el hospital recibiendo diversos tratamientos, como balneoterapias y masajes. Sus dolores y limitada movilidad lo aislaron del juego con otros niños. Aunado a esto, la muerte prematura de su único hermano, que falleció con tan solo un año, profundizó la soledad de su infancia. Más adelante, en la adolescencia, se fracturó ambos fémures. Jamás sanarían bien, resultando en la deformidad de sus piernas y al uso, ahora permanente, de un bastón. Pero del aislamiento y la discapacidad nacería su talento, pues desde muy pequeño Toulouse-Lautrec se volcó en el dibujo para echar a volar su imaginación infantil. Sus padres rápidamente reconocieron sus dotes artísticos y fomentaron su incursión en el dibujo y la pintura. Pero su historia con la enfermedad no termina ahí, en su vida adulta contrajo tuberculosis y sífilis. En sus últimos años fue enviado, además, a un hospital psiquiátrico para tratar su alcoholismo.

Henri de Toulouse-Lautrec, Un examen en la Facultad de Medicina, óleo sobre lienzo, Musée Toulouse-Lautrec de Albi, 1901. Dominio público.
La relación de Toulouse-Lautrec con la medicina se ve reflejada a lo largo de su obra. La atención, cuidado y amistad cercana de los médicos produjo retratos como el del Dr. Henri Bourges (1891) o Un examen en la Facultad de Medicina (1901). Con el Dr. Bourges el artista francés compartió departamento durante varios años. El médico presentando su examen en el último cuadro que pintó en su vida en 1901 es Gabriel Tapie de Céleyran, su primo y médico de cabecera. La experiencia del paciente también aparece en su obra, particularmente en La inspección médica (1894), un cuadro que nos muestra una fila de prostitutas durante una examinación, posiblemente tras haber contraído una enfermedad venérea. Su fascinación por el oficio médico es también visible en la obra El Dr. Péan operando (1891-1892), en el que vemos al famoso cirujano francés Jules-Emile Péan en plena acción. Péan fue maestro de Céleyran, así que es probable que Toulouse-Lautrec asistiera con su primo al Hospital de St. Louis a observarlo trabajar; incluso, se ha sugerido que el asistente del doctor que vemos en el cuadro es el propio Céleyran.1
La historia de Toulouse-Lautrec resuena en la biografía de la artista mexicana más reconocida a nivel mundial. Frida Kahlo también padeció una infancia solitaria, en su caso debido a la poliomielitis que contrajo en alguna de las epidemias de principios de siglo XX. La artista usaría su obra para reflexionar sobre su infancia enfermiza más adelante en su vida, pero fue otra experiencia médica la que la llevó al arte. El 17 de septiembre de 1926, en su camino a la Escuela Nacional Preparatoria, Frida sufrió el conocido accidente a bordo de un camión que le causó múltiples fracturas. Su recuperación fue larga y dolorosa, limitando sus movimientos al mínimo. Forzada a quedarse en casa, Frida recurrió a la pintura para expresar su realidad. A partir de entonces, el dolor y la enfermedad serían los motivos principales de su obra, tanto pictórica como literaria, dejando un legado artístico que no solo representa las preocupaciones propias de su época, sino que tiene enorme interés médico. Prótesis, yesos, intervenciones quirúrgicas y heridas conforman el universo visual de la pintora y han quedado como huella de lo que significó habitar un cuerpo enfermo durante la primera mitad del siglo XX.
Al hablar de la enfermedad como punto de inflexión en la vida y obra de un artista dejamos para el final al más importante: Francisco de Goya. Tras una larga convalecencia de dos años, la estética del afamado pintor español jamás sería la misma, dando inicio a una etapa oscura, pero a la vez prolífica, y quizá la más memorable de su carrera. En 1792 Goya enfermó y pasó una temporada de aislamiento en la casa de su amigo Sebastián Martínez en Cádiz. Sus síntomas no podían ser atribuidos a ninguna afección conocida. Las consecuencias fueron devastadoras: el pintor quedó irremediablemente sordo. Martínez describió el padecimiento de su amigo como un “mal que le hace a su cabeza, que es donde tiene todo su mal”,2 pues le afectaba el equilibrio y le generaba alucinaciones. No es de sorprender que de esta experiencia resultaran las series de “Los caprichos”, con sus Sueños de la razón, y de las “Pinturas negras”. De éstas últimas resalta en particular Saturno devorando a su hijo. Uno de los posibles diagnósticos a la enfermedad de Goya era conocido como saturnismo y se debía a la intoxicación por plomo, frecuente entre pintores y artesanos de la época al ser un material de uso común. Hoy atribuida al Síndrome de Susac, la enfermedad de Goya transformaría su obra, y ésta, a su vez, a la historia del arte.
De la actual experiencia de aislamiento seguramente surgirán interesantes reflexiones en las artes visuales al verse trastocados todos los ámbitos de la vida. No sabemos cuál será su legado artístico, pero podemos estar seguros de que el encierro inspirará a más de un creador, a pesar de los dolores y las soledades.
Veka Duncan
Historiadora del arte y conductora de El Foco en Adn40. Twitter: @VekaDuncan.
1 Jeffrey K. Aronson y Manoj Ramachandran, “The diagnosis of art: Dr. Péan’s operation” en Journal of the Royal Society of Medicine, agosto 2008.
2 Francisco Goya, Cartas a Martín Zapater, Madrid, Ediciones Turner, 1982.
Excelente paso por la emfermedad y el arte