Covidiario plus, un año después

Hace un año publiqué mi colaboración para el Covidiario de nexos, ahora editado como libro electrónico (Covidiario: 99 días, 99 autores, Cal y Arena, diciembre de 2020). Estábamos en el primer confinamiento y recién habían iniciado las clases en línea, el home-office a todo lo que daba. De Italia llegaban noticias que documentaban un pesimismo más que justificado. Sólo las mentes más informadas (y entonces denostadas por los políticos) tenían idea de la catástrofe que se venía. De entonces a acá, pese  a la vacuna, en no pocos países ha llegado una tercera ola de contagios y muertes; la tendencia apunta a que ocurra también en México y, sin embargo, no se advierten medidas para prevenirla y enfrentarla. Pero no voy a hablar de eso. Seguiré, mejor, en la tesitura de este diario reloaded.

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En estos días imparto un curso de historiografía contemporánea. Preparo clases, leo a Kosselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, y me pregunto si un concepto clave de este tiempo será el de pandemia. Los historiadores del futuro tendrán la palabra, pero puede ser. Acaso la pandemia cambiará nuestra experiencia del mundo y, por lo tanto, difuminará una expectativa existencial y abrirá otras posibilidades de futuro, más conscientes, quizá, de nuestra condición finita. Marx vio lo sólido desvanecerse en el aire, Bauman postuló que los tiempos se volvieron líquidos, puede que la percepción de que cada día la vida se juega gaseosamente, en aerosol, se quede ya con nosotros.

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Hubiera querido titular este breve escrito “Poscovidiario” y no “Covidiario plus”. Eso no es posible, la pandemia seguirá, por lo menos, todo lo que resta del 2021. El martes 6 de abril, Ana y yo recibimos la primera dosis de la vacuna (fuimos-inoculados-con-el-biológico-en-nuestra-biología) y debo confesar que me dieron ganas de arrancar a cualquier lado: a un café, a un bar, a la playa, a cualquier lado. No lo hice, Ana se constituyó en previsor principio de realidad. En cada mínima frontera se juega un volado, la moneda sigue en el aire, o mejor, en el aerosol.

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Hoy es lunes, y este sábado, después de más de un año, vino la señora que nos ayuda en casa. No lo soportaba, mis manos temblorosas ansiaban empuñar a Excalibur, mi escoba favorita, la escuchaban convocándolas desde su lago des-encantado de trapos sacudidores y bandejas recogedoras de basura. Afortunadamente, por lo pronto será sólo un día a la semana, no habrá tiempo para el síndrome de abstinencia.

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Qué fácil es perder la perspectiva de lo que ha pasado. Hacer a un lado el doloroso recuerdo de las muertes de amigos cercanos, de lo mal que se vio un hermano, de tanto conocido con negocios quebrados y sin empleo, del sacrificio de más de doce meses de mantenerse a buen resguardo. Después de vacunarnos, somos como los Yahoos de Borges: perdemos la memoria reciente, nos abandonamos a la adivinación, aligeramos la retrospectiva. Tallamos la pesarosa memoria con el gel del olvido súbito. Esa es, tal vez, la activación del más viejo instinto que precede a la evolución del homo sapiens: sobrevivir. Y es también la puesta en acto de un instinto propiamente humano: conservar no sólo la vida, sino seguir buscando su sentido.

Ilustración: Sergio Bordón

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El confinamiento me disciplinó. Pude terminar un libro sobre la obra de George Steiner en el que trabajaba desde hace rato. Releo el apartado dedicado a Céline y visito de nuevo la novela mayor del autor francés, Viaje al fin de la noche. Topo entonces con los pensamientos del protagonista, Ferdinand Bardamu: “Tienes que atiborrarte rápido de sueños para atravesar la vida que te aguarda fuera, a la salida del cine, resistir unos días más esa atrocidad de cosas y hombres”. No deja de sorprenderme la semejanza con la analogía que Steiner utiliza en su conversación con Laure Adler: “A veces vamos a ver una película a mediodía —lo he hecho estando de viaje, para pasar dos o tres horas—, y cuando salimos del cine, a plena luz del día, hay momentos de náusea de irrealidad”. Y yo pienso que he sido tremendamente afortunado por poder vivir, (casi) todo este año, en la mitología íntima de mi casa. Aunque no tanto. Céline y Steiner, opuestos en casi todo, coincidían en que salir del cine te confronta con una cierta náusea de irrealidad. Eso me pasa ahora, pero diríase que a la inversa, con la tele: sintonizó canales, noticieros y programas de opinión por doquier: náusea de irrealidad.

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Desde abril del 2020, quedan tres confirmaciones: han ocurrido muchas más muertes y contagios de las que el gobierno previó, hemos constatado la realidad de nuestra insolidaria desaprehensión y la violencia doméstica golpeó literalmente a las mujeres en el seno de la familia, “la primera institución de asistencia social” para el presidente López Obrador.

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Mis días han cambiado. Salgo inevitablemente a hacer presencia en alguna oficina, las clases virtuales dejaron de ser novedosas y, tristemente, he visitado más funerarias que nunca antes. Asisto a conferencias del Colegio Nacional en Youtube y participo en actividades académicas a distancia. No faltó al principio cierta paradoja, cierto entusiasmado pesimismo en los coloquios de humanidades: necropolítica, biopolítica, control social, la tecnología puesta al servicio de la dominación simbólica, administrativa y material: un extrañamente gozoso anuncio de la distopía. No pocos nombres de filósofos emergentes que vendieron muy bien los primeros pandémicos meses. Los programas de opinión inundando los medios electrónicos y las redes. Hemos padecido la infodemia, es cierto, pero también la opinodemia. Lo que yo advierto es más básico, más sencillo y elemental. Puedo percibir la fatiga mental de mis estudiantes tras las pantallas y seguramente ellos pueden advertir la mía. Sin el performance del aula, las cosas no son iguales. Hemos tenido más de un año para comprobarlo: la dramaturgia escolar requiere del cercano performance con escenografía física y no de la remota proyección de voces e imágenes en el cátodo.

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Iniciaron las campañas electorales. Ni los candidatos ni los partidos acatan las disposiciones de salud. Si bien son escasos los actos de masas, abundan los muy concurridos. Como el diablo del que hablaba Mairena, no tienen razón pero tienen razones: el virus es un riesgo en las “campañas de tierra”, pero hay otros virus en las “campañas de aire”. La polarización en redes sociales y medios electrónicos, la chabacanería, el balconeo y el chismorreo, esos virus se mueven en otro aire: en el “tiempo aire” de los partidos en la radio y la televisión, en los rumorosos circuitos electrónicos y la indiscreta tecnología inalámbrica. ¡Benditas redes sociales!

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En el más reciente informe de la comisión de la OMS, se determinó que el virus no provino de un laboratorio chino. La pandemia es como el insomnio o como algunos pecados: uno no los comente, le ocurren. Como hace un año, cierro el día arrepintiéndome de no haber iniciado este diario como aquel de Kafka: 26 de abril de 2021. Se anuncia una tercera ola pandémica. Por la tarde vi una serie de Netflix.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Próximamente aparecerá su libro George Steiner: entrar en sentido, editado por Prensas de la Universidad de Zaragoza.

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Publicado en: Covidiario, Registro personal