
Después de ver The Substance, Sharbel, un amigo traductor, y yo, coincidimos en que nos gustó la película. Incluso disfrutamos las escenas llevadas al extremo, cuando el monstruo explota deformándose hasta deformar la película misma. Antes de que terminaran los créditos, Sharbel se levantó de las butacas y me dijo: “éste es el tipo de películas que le gustan mucho a tus amigos millennials”. ¿Cómo?, pregunté. “Tremendamente obvias y explícitas para que nadie se vaya a ofender”.
Mi amigo pertenece a una generación diez años mayor y en broma le gusta recalcarme las particularidades de la gente nacida en mi época, entre ellas las ganas de señalar cualquier resabio de violencia en algún chiste, post, comentario de sobremesa, etc. Podríamos argumentar en defensa de aquello, pero ese no es el punto y en general me pareció que tenía razón. Mientras veía la película pensé en lo tremendamente explícita que era en su mensaje, insistiendo una y otra vez en la moraleja del cuento.
Pocos días después, la escritora zambiana Namwali Serpell (por cierto, de la misma generación que Sharbel) escribió un texto para The New Yorker explicando a detalle eso que intuimos en el cine. Serpell achaca este fenómeno a varias películas y lo llama “New Literalism”, es decir, una propensión de las ficciones contemporáneas a enunciar lo evidente. Un ejemplo sería el monstruo que explota frente a un escenario y huye rumbo a las calles donde al final se desvanece, (mira qué puntada) justo encima de la estrella de la actriz que quiso recuperar la juventud por culpa de una industria que bla, bla, bla… En suma, lo que ya sabíamos desde los primeros veinte minutos.
En lo personal no me molesta lo predecibles que pueden llegar a ser los argumentos, eso nunca es importante. Sino lo predecibles que son sus intenciones pedagógicas.
Un ejemplo. Este año leí La educación física de la escritora española Rosario Villajos, una novela que ganó el famoso Premio Biblioteca Breve. Ahí conocemos a Catalina, una adolescente que camina sobre una carretera en espera de que algún desconocido le dé un aventón. Mientras eso ocurre la narradora nos cuenta sobre todas las ataduras, agresiones y exigencias que una mujer padece en este mundo heteronormado.
La realidad de Catalina es abrumadora, por supuesto. No quiero imaginarme la cantidad de adolescentes que han sido acosadas por los padres de sus amigas. Y de seguro muchas jóvenes se verán reflejadas en Catalina, y quizá algunos hombres podrían comprender, por fin, con ejemplos muy puntuales lo que quiere decir la palabra patriarcado. El asunto es que, aunque terminé de leerla, tuve ganas de detenerme en la página 50, cuando ya eran muy claras las intenciones de la novela.
No me parece menor el hecho de que cada episodio de la novela esté dividido con un reloj cuyas manecillas cambian según la hora. La intención es que los lectores no se pierdan en las digresiones narrativas. Francamente, ese recurso me pareció un insulto a todos los lectores. ¿Tan estúpidos creen que somos?
Dice Serpell que el punto de estas ficciones es parecer familiar: “A veces, artistas y audiencias defienden este tipo de legibilidad como democrática, una manera de llegar a todos”. Como espectador, un camino predecible brinda tranquilidad, y como creador, ese mismo camino te evita la pena de ser incomprendido, malinterpretado y luego, cancelado. Si antes se pensaba que la literatura está en lo que no se dice, hoy parece que está en lo que se dice y se recalca. El paradigma narratológico de nuestra época parece estar a favor de lo explícito y contra las sutilezas. ¿Será por eso que el horror y el terror han sido géneros tan exitosos en tiempos recientes? Tema para otro más experto.
Lolita me ayuda a pensar este asunto. La novela de Nabokov es lo contrario al paradigma actual. Cualquiera que conozca algo de este escritor aficionado a atrapar mariposas sabe que estaba lejos de ser un criminal. Pero Nabokov, que inició su carrera siendo un escritor ‘decimonónico’, se cansó en algún momento de esos narradores tradicionales que todo lo saben y que dan la falsa sensación de ser moralmente superiores o ajenos a los eventos que ocurren. Entonces se planteó un reto.
Supongamos –y esto seguro ha pasado en México– que un criminal tan detestable como Humbert Humbert toca la puerta de tu despacho para exigirte que lo defiendas ante la justicia. De manera natural quisieras negarte, pero el criminal te amenazó y no tienes escapatoria. A sabiendas de que es culpable, aceptas el caso. Nabokov se preguntaría: ¿cómo armar una defensa de tal manera que el criminal se sienta satisfecho al mismo tiempo que el jurado logre descubrir lo que en verdad ocurrió? La única respuesta posible, entendió Nabokov, es sembrar con sutileza las pistas que inculpan a tu cliente.
Una pista en la novela: Humbert Humbert (que usurpaba la figura del padre) nos cuenta que para el cumpleaños de Lolita le regaló una bicicleta y un libro sobre la historia de la pintura norteamericana. “Pero mi intento por refinar su gusto pictórico resultó un fracaso. Lo que quiso saber si el tipo que dormía la siesta en la parva de Doris Lee era el padre de la chiquilla seudo voluptuosa que figuraba en primer plano”, cuenta Humbert Humbert para luego olvidar la duda de la menor y hacer un comentario sobre varios pintores norteamericanos. Un jurado suspicaz se daría a la tarea de buscar cuál era esa pintura que tanto interesó a Lolita. Descubriría que se trata de Noon y de golpe caería en cuenta de la terrible realidad que el criminal quiere encubrir.
Lolita está repleta de esas pistas, y tal vez valdría la pena enumerarlas sin pasar por alto la cantidad de guiños hechos a Madame Bovary. No se trata de una tarea fácil, incluso uno de los críticos más avezados la consideró una novela de amor; incluso escritoras brillantes la han considerado una apología a la pedofilia. Ambas lecturas, me parece, son un error.
Si Nabokov viviera en esta época se vería presionado a escribir esa novela desde el punto de vista de Lolita, lo cual sería un reto ético, pero no narratológico. Porque entonces la abogada de Lolita se daría a la tarea de defender lo que en efecto debe defenderse. En su tarea de hacer evidente lo obvio, creo que abandonaría a las pocas páginas esa hipotética novela.[1] Y si su hipotético autor me recriminara que lo importante es el testimonio de la víctima, yo preguntaría: ¿entonces no sería más urgente hacer periodismo?
En una entrevista para El Universal, Eduardo Antonio Parra acusa a la nueva literatura de estar invadida por la ideología. Ya le señalaron su error y no vale pena ahondar en lo que ya se sabe: no hay literatura sin ideología. Sin embargo, me gustaría creer (con ingenuidad, no con pruebas) que lo que en verdad molesta al escritor es el paradigma del “New Literalism”, que, como dice Serpell, es condescendiente.
Desde un punto de vista narratológico, “los malos” plantean un reto más entretenido. Tony Soprano nos mantiene al filo de nuestros sillones, primero como sus apóstoles y por último como sus apóstatas. David Chase no estaba preocupado por educar a los espectadores con Los Soprano, sin embargo la serie es una cátedra sobre la masculinidad.
En el fondo, ambos paradigmas poseen sus virtudes. De hecho, Vince Gilligan, escritor de las series Breaking Bad y Better Call Saul, dijo que hemos abusado de inventar ficciones repletas de tipos malos y lanzó una invitación a crear más personajes buenos. La educación física de Rosario Villajos, por ejemplo, me pareció un libro pertinente para leer en los colegios. En cambio, la virtud de narraciones como la de Lolita es recordarnos que la realidad no es una clase didáctica donde nos tomamos de las manos y cantamos al unísono, sino una bestia camuflajeada de amor.
Daniel Melchor
Escribe y hace periodismo. Ha publicado en medios como The New York Times, Gatopardo, Vice y EstePaís. Es coautor de Ídolos (UDP, 2023).
[1] La novela ya existe: El diario de Lo (1995) de Pia Pera.
Ningún jurado se tomaría tantas molestias, o quizá terminaría devorado por la esfinge. La habilidad de sugerir sin decir es una habilidad de sobrevivencia en sociedades con amenaza constante de violencia y no debiera ser necesaria en sociedades abiertas.