Hace diez años se publicó un ensayo fundamental para ponerle un dique y una cara más crítica al tsunami de escrituras del “yo” que, entre otras cosas, inundó el ensayo. Una recomendación de lectura luminosa en tiempos de auto-absortos.
Desde que Montaigne inauguró el género (es un decir), el “yo” es el espacio en el que confluyen todos los asuntos del mundo, los altos y bajos, sin que aparezca jerarquía alguna; es también un punto en donde los límites del tiempo se borran, entremezclan o difuminan: se le abre la puerta al pasado, el presente, y se fantasea o imagina el futuro. Ese “yo” es, a su vez, el lugar, o forma en que tienen cabida de manera más libre las incursiones y merodeos por la poesía, la narrativa y la dramaturgia (así sea como “puesta en escena” de un monólogo o diálogo, véase si no al Oscar Wilde de Intentions). Es lo mismo duda que propuesta, seria reflexión que juego, elogio y diatriba, paseo exterior o retorno introspectivo; nunca simple estatismo. Con todo, el ensayo que a mí me gusta rara vez muestra ese yo. Me explico: no lo muestra de forma obvia, narcisista, obscena, repetitiva. Es más bien la música de fondo, el paisaje fuera de foco; es el acento, no la palabra completa. Por eso es una dicha encontrar todo ello en los ensayos de Leonard Michaels.
En esta época de escritores obsesionados con verse los lunares, contarse las canas y hablar de anécdotas triviales (con ellos de protagonistas), el ejercicio ensayístico de Michaels es toda una lección de estilo, inteligencia y creatividad. Son cinco ensayos, seleccionados y traducidos con buen tino por el poeta Hernán Bravo Varela, que dan cuenta de las obsesiones y temas del trabajo de Michaels (narrador y dietista también). Resuena en ellos una forma de ver el mundo emparentada, por ejemplo, con la de Sontag y la del propio Wilde: la crítica ha de ser creativa.
Empieza por ocuparse de su oficio principal, el de narrador. Así, nos invita a seguirlo en la pesquisa por la pregunta de qué es una historia. Su respuesta habla del dominio que tiene como lector: una historia se trata no tanto de sucesiones, (series lógicas del tipo: y luego paso esto, y luego lo otro), sino de transformaciones. De eso que queda oculto cuando contamos algo, y que puede ser entrevisto por medio de metáforas desperdigadas. Su ejemplo es prodigioso, un aforismo de Kafka: “Una jaula salió en busca de un pájaro”. No es sólo la inversión de los elementos, sino la transformación del paisaje: esto es aquello.
Su segundo ensayo parte de un equívoco milenario, el desencuentro entre filósofos (“sistemáticos del lenguaje) y poetas (quienes “vuelven erótico al lenguaje”). Es un ensayo divertidísimo pues, entre otras cosas, toma a Wittgenstein por filósofo y a su famosa proposición número 7 —“De lo que no se puede hablar es mejor callar”— como toda un Ars Poetica. De nuevo se nota el juego y la obsesión del ensayista: encontrar por vía negativa el significado que las palabras no dan. Así, burlándose de Freud, que no se explica por qué no se consideran bellos los órganos genitales que producen la excitación, Michaels ironiza: “¿De veras vale la pena comentar esto?”
El más logrado en cuanto a su contención es el tercer texto (o quizá sólo es el que más me gusta). Habla del único tema importante desde que la palabra es palabra: del amor. Arranca con un poema de William Blake que ya había tenido algunas apariciones en los ensayos anteriores y que parece ser el corazón de lo que intenta exponer a cada rato: no trates de decir las cosas, el silencio (la ausencia) proveerá. Michaels entiende al amor básicamente como un misterio y a su opuesto, la exhibición, como una miseria pornográfica: “la pornografía representa el deseo de comentar, imaginar o exhibir un sentimiento de manera exhaustiva, lo que acaso constituye el estado que mejor conoce el mundo moderno en relación con cualquier tema: amor, sexo, comida, etcétera”. Ahí hay una lección sobre el amor y sobre el arte que podría resumirse en que un artista habla también por medio del silencio, de lo que insinúa o se vislumbra apenas.
“Mi padre”, cuarto texto de la selección, es un ensayo de la misma forma en que lo es “Invierno en los Abruzos” de Natalia Ginzburg: es un relato de un lirismo excepcional que atrapa un tiempo y nos hace parte de una sensibilidad contenida, minimalista. Sin adornos ni artificios Michaels delinea el perfil de su padre, un barbero judío originario de Polonia y su relación con él. Hay en el ensayo dos elementos que justifican su presencia junto al resto: por un lado, es la puesta en marcha del principio narrativo de la transformación (tema del primer ensayo); por otro lado, el autor avanza en la confección de su estampa sólo por medio del recuerdo llano de momentos escogidos por su sencillez, sin la grandilocuencia que hace estatuas de sal de los muertos.
Durante algún viaje por Polonia el autor tuvo la oportunidad de ir al pueblo de su padre, sus anfitriones le advirtieron que ahí no habría nada, salvo nuevos edificios. “Y no fui. Hubiera sido una experiencia sentimental, vacía en esencia”. Al decir esto el autor carga de nuevo, en medio de su ensayo más personal, contra toda una forma de hacer de nuestras penas y memorias —imaginadas o exageradas— motivo de escritura. En efecto, cuando la experiencia no está cargada de una inmersión psicológica y narrativa lograda, acompañada de inteligencia para conferir a cada dato, lugar y persona de un aura, de una profundidad que vaya más allá de lo que pueda significarnos personalmente, el resultado es bastante pobre, vacío en esencia.
El librito (bello objeto para sostener en las manos) cierra con el ensayo que le da título. Si alguna vez tuviese la tentación o la suerte de dictar un curso sobre escritura ensayística no dudaría en hacer de este un texto clave. Leonard Michaels no teme ni rehúye a la primera persona del singular; sencillamente no necesita escribirla para que esté ahí: “Escribes virtualmente tu nombre, por así decirlo, antes de firmar con él cada vez que escribes”. Pareciera una obviedad decir que el estilo es el hombre, como alguna vez declaró Buffon. No lo es. Escribir es una revelación de uno mismo, de otra forma se está, a lo sumo, juntando palabras. Y de ahí toda la valía de lo que nos regala el autor: la capacidad de crear de forma orgánica un tratado sobre la escritura, una confesión (à la San Agustín) y una diatriba contra los modos y formas de la obscenidad ensayística (pero no sólo: véase la autoficción tan en boga).
Michaels sigue: si todo tiende hacía el nombre, escribir es descubrir el que tenemos. Y para ello vale lo mismo que Shakespeare no sea Shakespeare (sino alguno de los múltiples nombres a quienes se les atribuye su obra) o que Spinoza haya querido despersonalizar su escritura al imprimir su Ética en latín (lengua en desuso): de cualquier manera se nota una presencia que no admite intercambio. Es el modo en que nos movemos por el mundo, tocamos un timbre, hablamos al contestar el teléfono o estornudamos: en todo eso se encuentra contenido ese maldito yo que tanto obsesiona a la escritura contemporánea.
Vuelvo a lo mío, o sea, a jalar agua al molino del ensayo como arte del yo que no se anuncia a los cuatro vientos. Los ensayos de Michaels son de una actualidad insospechada. Cuando dice que “algunos escritores no conocen otro modo de estar más que presentes de cuerpo entero. Nunca antes ha habido una franqueza y un candor tan extraordinarios” habla de sus contemporáneos, pero también de los nuestros. No es sólo una patología narcisista, o una moda literaria, es todo un clima de época: dicen “yo yo yo”, porque quizá en el fondo no pueden decir nosotros, no logran volver su intimidad una ocasión para ensayar un arte que conecte con más personas, para hallar un suelo común a la experiencia humana. Leonard Michaels tiene una lección para todos ellos: “Cuando escribo sobre mí, me doy cuenta de que estoy más interesado en el valor expresivo de la forma y su relación con lo personal que en las revelaciones particulares de mi vida individual”. El ensayo como una búsqueda del nombre, como un trabajo de la forma, como una forma de hablar de uno mismo sin tener que anteponer siempre el “yo”.

- Leonard Michaels, Escribir sobre mí. Cinco ensayos, trad. Hernán Bravo Varela, México, UNAM, 2014, 76 pp.
Julio González
Ensayista y editor de nexos