La pandemia de covid-19 provocará cambios culturales, sociales y económicos. Enfatizo el orden: hay un debate bastante aciago sobre el futuro económico de México. Pero los cambios que vendrán no sólo van a ser producto de la calamidad financiera. Es la articulación social la que determina las formas de la actividad financiera, no al revés. Y son los lenguajes, símbolos y discursos que llamamos “cultura” los que permiten la articulación de “la sociedad” y la manera en que ésta se articula con “la naturaleza”. Pero el virus SARS CoV-2 ¿es parte de la sociedad o de la naturaleza? Habrá nuevas utopías y propuestas que tratarán de reformular esa relación, y es en este punto donde falta mucho.
El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) albergaba, cuando lentamente se organizó la cuarentena, una exposición que permite pensar en este problema. Expediente seropositivo. Derivas visuales sobre el VIH en México, curada por Sol Henaro y Luis Matus es un proyecto oportuno. Tiene textos de los propios curadores, Olivier Debroise, Rosamaría Roffiel, Alfonso Morcillo y Alejandro Brito.1 Se incorporó documentación que terminaba por constituirse en el “expediente” de un “archivo” organizado desde el activismo y no por las oficinas gubernamentales y su normatividad. Incluía obras importantes de los años ochenta y noventa; entre otras las del Taller de Documentación Visual y el códice Icnocuicatl Sidaids (Cantos de angustia al sida), de Rolando de la Rosa (1996). De la Rosa dibujó el códice con su sangre e incorporó una variedad de imágenes de la cultura de masas a las formas y el relato de los códices nahuas, para referir a la migración trasnacional, al contagio y a los peligros concretos que se ciernen sobre el cuerpo. El recurso a las formas del códice establece un relato desde una triple marginalidad (la de la enfermedad, la de las identidades indias negadas, la del pasado frente al presente). La obra es estupenda, pero ese buen juicio y oficio no es el centro del ejercicio curatorial, que no es ni pretende ser una selección excluyente de “obras maestras”, sino la actualización de un conjunto de materiales que fueron—y siguen siendo—significativos.

Rolando de la Rosa (México, 1952). Sin título, de la serie ‘Icnocuicatl Sidaids’ (Cantos de Angustia al Sida) —1996, 13 dibujos, plumilla y sangre humana sobre pergamino. Cortesía Yamina del Real y Rolando de la Rosa / Archivo SidArte.
Aquella otra pandemia, la del sida, requirió un ajuste mayor en la cultura y, por ende, en la ética. Numerosos colectivos y gestores culturales presionaron al gobierno, pero también a la sociedad, para que aceptaran la opinión de los médicos —aunque en forma dialógica y no unilateral. Organizaciones como el Frente Nacional de Personas Afectadas por el VIH-sida, el Círculo Cultural Gay, Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, Lambda y Oikabeth en México, atentas a las acciones de otras fuera de México, como la muy importante Aids Coalition to Unleash Power (Act Up), llevaron a cabo iniciativas proactivas y plurales para apoyar a las personas enfermas y a quienes las acompañaban, promover el aumento en la investigación y exigir medidas concretas de atención. Fueron cruciales para dar una dimensión simbólica que permitió a largo plazo que un campo de investigación especializado, la inmunología, se convirtiera en asunto de controversia política y social más allá de la clínica y el laboratorio. Aunque esta traducción fue cualquier cosa menos pasiva, atinó a establecer los argumentos para distinguirse de los negacionistas y derrotarlos.
La transmisión del VIH, atípico igual que el covid-19, era sexual. Su eficiencia era muy alta y el índice de mortalidad también. Los enfermos no se atrevían a explicar el motivo de sus numerosas afecciones: el prejuicio homófobo que los rodeaba era más nocivo que el virus mismo. La acción cultural cambió radicalmente esa cultura de represión. Había que llamar a las cosas por su nombre, pues la prevención exigía, como el método más eficiente, el uso del condón. Hablar con anfibologías dejó de ser sólo hipócrita, se volvió peligroso. La ñoña televisión mexicana comenzó a transmitir expresiones como “pene”, “vagina”, “lubricante”, “ano”, “sexo oral”, “semen”, “orgasmo” y “condón”. Lo que provocaba el contagio era el sexo sin protección o el uso compartido de jeringas hipodérmicas —marginalmente, también la transfusión de sangre no verificada. Cualquiera, gay o buga, podía contraer la enfermedad o transmitirla si no se cuidaba. La reacción y la lucha contra el VIH ampliaron el espacio de las libertades personales, y también la noción de responsabilidad: tu obligación es cuidarte y cuidar a las/os que quieres; en realidad debes cuidar a todas las personas. Fue esa presión cultural la que obligó a que los gobiernos emprendieran campañas de publicidad progresivamente menos idiotas, más científicas y más atentas al dolor de quienes sufrían una pérdida.2 Hoy es de risa loca la consigna gubernamental en tiempos de Miguel de la Madrid: “Haz el amor sólo con tu pareja”; parece increíble que decir “tu pareja” y no “tu esposo” o “tu esposa” fuera un pequeño avance en aquel contexto victoriano e hipócrita. Para que los medios y las instituciones aceptaran los argumentos de la ciencia se emplearon, como en muchas cosas de aquellos años, los símbolos de la cultura de masas. Como ahora, se diseñaron carteles inspirados en la Mujer Maravilla. El lenguaje de la cultura de masas era propicio para atacar los prejuicios que intentaban legitimarse en un supuesto machismo primigenio del pueblo.

Asamblea de Barrios de la Ciudad de México (activa desde 1987). SIDA no —1989, serigrafía sobre papel. Fondo Melquiades Herrera, Centro de Documentación Arkheia, MUAC, UNAM.
La nota muy negativa es que también hubo tendencias negacionistas, por fortuna derrotadas en México. Decían que la enfermedad no existía, que era el resultado de una combinación de infecciones completamente normales, no atribuibles al VIH. Que el virus, si acaso existía, no justificaba los recursos aplicados en su combate, pues había causas de muerte con mayor impacto.3 Y la más nociva de todas: que el condón no servía para la prevención. Esta infamia fue expresada una y otra vez por la jerarquía católica mexicana —la misma que defendió hasta el final a Marcial Maciel. Por ejemplo, en 1997 el entonces arzobispo Juan Sandoval aseveraba: “¡Es una mentira decir que el condón peviene el contagio del sida! Es tan riesgoso que promoverlo es como instar al pueblo a jugar a la ruleta rusa”.4
Contra todo pronóstico, la curia mexicana perdió el debate de manera contundente. La vencieron una constelación de colectivos y organizaciones no muy grandes o poderosas, que además estaban sometidas a la represión del Estado, la desconfianza de la sociedad y la incomprensión de las izquierdas. Es un logro impresionante. Para el disgusto de los prelados, las libertades se ampliaron en forma considerable. El matrimonio igualitario con adopción era impensable en México al iniciar la década de 1980. Lo seguiría siendo si aquella cultura de resistencia no hubiera cambiado completamente la definición de lo “normal”, al hacer patente que la normalidad burguesa es fluida y transitoria (esto es: que no es normal en lo absoluto, que no hay nada “normal” en ninguna sociedad). La organización y la producción político-cultural contra el VIH generaron un espacio que en México era y es bastante escaso: una esfera pública. Esto propició un cambio en la sociedad, las leyes y las emociones: cambió la vida. Como lo señala Lucas Núñez, es riesgoso suponer que han concluido la pandemia o el proceso de ampliación de las libertades y los derechos; sin embargo, los avances son claros.5 Volvamos al presente.
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Hay una nueva pandemia. No se presenta con los tintes de castigo moral con que se pretendió explicar la anterior y su transmisión es más veloz. A pesar de las semejanzas, y de su gravedad, el debate sobre el covid-19 no ha tenido la misma precisión, no ha derivado en una formulación cultural novedosa. Los periodistas e intelectuales han revisado de manera superficial la literatura científica y la controversia sobre las estadísticas se ha convertido en un arte esotérico. La comparación es terrible. Es como si las lecciones se hubieran olvidado; Sol Henaro y Luis Matus hacen notar que “de cara a la pandemia provocada por el covid-19, se recupera información sobre la gripe española y no tanto sobre el VIH”, tal vez porque los prejuicios conservan una vigencia mayor de lo que nos gustaría.6 Aunque el México de 2020 tiene mecanismos democráticos que ya hubiéramos querido cuatro décadas atrás, el debate cultural parece pálido si se compara con el de aquellos años. Se pueden ensayar muchas explicaciones, pero es ineludible referirse al uso pasivo, acrítico y poco informado de las llamadas “redes sociales”, que imitan la estructura de la opinión pública pero no generan el mismo compromiso en las comunidades, las sociedades, las personas o los gobiernos. Al final del siglo XX los escritores y artistas hicieron un esfuerzo impresionante para que todos pudiéramos reflexionar sobre la pérdida y la impotencia que provocaba aquella catástrofe. Fue un sistema cultural que replanteó los extremos del gozo y el luto, el dolor y el placer, lo prohibido y lo aceptable, promoviendo una forma crítica de responsabilidad social y personal, además de renovar las políticas del Estado. En contraste, los grandes sistemas monopólicos de comunicación digital pueden dirigir toda la atención mundial hacia un solo problema: quién debe gobernar, a quién hay que castigar, quién es más ridículo o está más gordo; pero el código de esas plataformas divide esa atención en forma sistemática, inmediata, sisífica, para facilitar los estudios de mercado y la explotación de los datos personales.
Es peligroso que la mayor parte de la interacción pública tenga sólo uno o dos canales monopolizados mundialmente. Deberíamos estar muy preocupados por otras cosas y diversificar nuestros medios de reflexión y discusión. Tenemos problemas. Todas las ciudades se organizan alrededor de las calles, las oficinas, los cines, los museos, los parques, los estadios, los autobuses, los trenes, los cruceros, los gimnasios, los mercados; y todos esos espacios se han vuelto peligrosos. El tamaño de los cambios que pudiera traer la pandemia, de prolongarse o repetirse, es imprevisible y exige un intenso trabajo cultural. ¿Cómo van a ser las ciudades si la aglomeración es hoy su característica más importante? Un par de voces han recordado que el funcionalismo arquitectónico del siglo XX, ese arte edificatorio de grandes ventanales, gigantescos espacios vacíos y generosa circulación del aire, puede entenderse como respuesta a las obsesiones higienistas del siglo XIX, muy fortalecidas por la gripe llamada “española”.7 Ojalá hubiera un desarrollo análogo, pero desprovisto del carácter represivo y puritano de aquel movimiento arquitectónico, que en sus franjas radicales simpatizaba con la eugenesia y otros proyectos semejantes.8 Se puede organizar el espacio, que es a priori una abstracción geométrica, utilizando alguna metodología arquitectónica; pero es muy distinto cuando se trata de compartir el aire, una mezcla gaseosa cuyo movimiento es más difícil de controlar de lo que imaginaron Mies o Le Corbusier, Barragán u O’Gorman. Los edificios, símbolo por excelencia de las instituciones y empresas, podrían ser reemplazados por veloces redes de comunicación inalámbrica. No es inimaginable: las grandes construcciones públicas y privadas, con su voraz necesidad de energía y mantenimiento, se han vuelto difíciles de financiar y habitar. Pero esta opción será limitada. Frente a los veredictos que declaman la muerte de la civilización urbana, deberíamos responder como lo hicieron los activistas que, al principio de los años ochenta, exigieron mejores remedios, más investigación, más imaginación, más generosidad y menos retórica.
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¿A quién deberíamos recurrir para pensar en este problema?¿ Qué podríamos leer para concebirlo? Por lo pronto, pienso en dos autores. Ciudades Muertas, de Mike Davis, parece una lectura obligatoria para este año de calles abandonadas y lúgubres. En esa lúcida colección de ensayos post-9/11, el crítico californiano reseñó la literatura apocalíptica que, desde el siglo XIX, imagina el fin de las ciudades europeas y estadunidenses (casi siempre a resultas de alguna epidemia devastadora).9 Davis hace un llamado a la reformulación de una ciencia que pueda entender los procesos urbanos de manera integral, para recuperar su sentido utópico. La ecología de las ciudades tiene un equilibrio dinámico, pero también fácil de modificar. Los incendios en los barrios obreros estadunidenses de los años setenta, que perseguían fines de especulación inmobiliaria, redundaron en un aumento de la mortalidad por VIH. ¿Qué pasaría si una calamidad extinguiera a todos los habitantes de Nueva York, Shangái o México? Los procesos de deterioro conviven con nosotros sin necesidad de que ocurra semejante cataclismo. Así pasa en México con innumerables construcciones, abandonadas por las personas después de los terremotos e invadidas por la vegetación que terminará por destruirlas; con las colonias de perros en las reservas ecológicas, parques y baldíos; con el indiscriminado aumento de las ardillas. Así ocurrió hace un par de años, cuando un torrente subterráneo destruyó los cimientos y derribó un edificio en construcción en el Periférico. Esta realidad acompaña a las ciudades desde el principio, y a la menor provocación emerge entre las grietas de los grandes monumentos. Toda ciudad en auge ya es la ruina en la que acabará convertida.
Es lo que de distinta manera observó otro autor cuya relectura parece prudente, aunque con un enfoque crítico que merecería un texto aparte. Lewis Mumford señaló en los años sesenta la importancia de la ciudad de los muertos para la ciudad de los vivos. “Así que la invención colectiva más valiosa de la civilización, la ciudad, que sólo está después del propio lenguaje en la transmisión de la cultural, se convirtió desde el principio en un contenedor de fuerzas internas disruptivas”.10 En último término, esas fuerzas mediaban entre la vida y la muerte. Fue esa conciencia la que hizo de la resistencia, controversia y reflexión sobre el VIH todo lo que necesitamos ahora.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Miembro de la Academia de Artes.
1 Henaro, S. y Matus, L. Expediente seropositivo: derivas visuales sobre el VIH en México = Sero-positive files : visualizing HIV in Mexico, Folios 83, 2020.
2 Hernández Cabrera, P. M. “La construcción de la identidad gay en un grupo gay de jóvenes de la Ciudad de México. Algunos ejes de análisis para el estudio etnográfico”, Desacatos. Revista de Ciencias Sociales, núm. 6, 3 de julio de 2014, pp. 63–96. Hernández Cabrera, P. M. “La dimensión performativa de los eventos antisida de la Ciudad de México”, Andamios 9, núm. 19, agosto de 2012, pp. 309–35.
3 Nattrass, N., y Bergman, J. “La creciente amenaza de los que niegan el sida”, Actualizaciones en SIDA 15, núm. 57, septiembre de 2007, pp. 106–114.
4 Cobián, F., y Vera, R. “Exhorta la Iglesia a rechazar la campaña contra el sida. Desafío del Cardenal Sandoval Iñiguez: Promover el sexo seguro no es función del gobernante”, Proceso, 19 de octubre de 1997.
5 Núñez Saavedra, L. “Sol Henaro y Luis Matus sobre ‘Expediente Seropositivo. Derivas visuales del VIH en México’”, Revista, Artishock (blog), 18 de junio de 2020.
6 Ibid.
7 Pisano, C. “Strategies for Post-COVID Cities: An Insight to Paris En Commun and Milano 2020”, Sustainability 12, núm. 15, enero de 2020, 5883. Chang, V. “Cholera Outbreaks and the 1918 Flu Transformed Architecture. The Coronavirus Will Do It Again”, Slate, 19 de abril de 2020.
8 Taller 1932, Utopía – no utopía : la arquitectura, la enseñanza y la planificación del deseo, Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, México, 2005.
9 Davis, M. Ciudades muertas: ecología, catástrofe y revuelta, trad. Marta Malo de Molina et al., Traficantes de Sueños, Mapas, Madrid, 2007, pp. 211–49. Todo indica que esta traducción está disponible en internet, a través de las reglas de Creative Commons que se mencionan en las primeras páginas, sin restricción ni cobro —aunque los editores llaman a la donación solidaria para financiar su labor.
10 Mumford, L. The City in History : Its Origins, Its Transformations, and Its Prospects, Harcourt, Brace & World, Inc., New York, 1961, p. 53.