Conservacionismo y espectáculo: sobre Amazônia de Sebastião Salgado

Ilustración: Víctor Solís

Amazônia, del fotógrafo franco-brasileño Sebastião Salgado, es una exposición grandilocuente, ambiciosa. Quizás no pueda ser de otra manera tratándose del proyecto de un autor con la celebridad de Salgado, quien ha conocido la cima del ámbito fotográfico global. Pero empecemos por los números: un proyecto de siete años, con cincuenta y ocho expediciones al terreno, más de doscientas fotografías, un acumulado de millón y medio de espectadores, un recorrido que lo ha llevado a trece ciudades del mundo (París, Aviñón, Roma, Londres, Manchester, Los Ángeles, São Paulo, Río de Janeiro, Milán, Zúrich, Madrid, Trieste y Barcelona). Ahora, contrastemos esta métrica del éxito con la numerología de la tragedia: una pérdida de ochenta y ocho millones de hectáreas de selva en los últimos treinta y nueve años, es decir, 12.5 % de su extensión geográfica, una expansión en el uso del suelo del 598 % para agricultura y 298 % para ganadería, casi cuatro millones de hectáreas de territorios indígenas perdidas en el mismo lapso de tiempo: la Amazonía se encoge y estamos por llegar al punto en el que ya no podría regenerarse. La exposición, entonces, busca hacernos conscientes de dos cosas. Primero, de la belleza, majestuosidad y relevancia para el equilibrio mundial del complejísimo ecosistema que es la Amazonia. Y segundo, del peligro inminente que corre, con el afán de que tomemos acción en su defensa.

¿Cómo se traduce esto al espacio expositivo? De acuerdo con Lélia Wanick, curadora de la exposición y pareja de Salgado, las imágenes han sido distribuidas para hacer sentir al espectador al interior de una selva tropical. Así, colgando de los techos nos encontramos impresiones de gran formato de tomas, aéreas en su gran mayoría, de la enormidad de la jungla. Estas imágenes confrontan al espectador, se le plantan de frente mientras traza su recorrido por las salas (de la misma manera en la que uno no deja de encontrar árboles en su paso cuando cruza algún campo silvestre), pero también nos enfrentan con su intensidad visual. La destreza de las fotografías es desbordante, una voluptuosidad técnica sólo comparable a la del follaje que retrata. Por supuesto, uno ve lo que esperaría ver en las tomas de Salgado: una nitidez que no deja escapar pormenor alguno y que, junto a contrastes de dramatismo tremebundo, las dotan de textura y profundidad que recuerdan a los escenarios de la ópera.

Ya que la Amazonia es habitada por diversos pueblos originarios, que son también de sus defensores más aguerridos, la exposición les ha dado su lugar. La solución es curiosa por lo teatral y pedagógica. Distribuidas en la sala, hay mamparas delimitando espacios cóncavos que replican las chozas en las que viven estos pueblos. En esos muros hay retratos de los miembros de las etnias Suruwahá, Marubo, Yawanawá, a veces posando para la cámara en un estudio improvisado o imbuidos en sus tareas cotidianas. Al interior de las chozas, además de más retratos, hay videos con entrevistas a algunos personajes. Gracias a estas imágenes vemos una amplia variedad de ornamentos, diseños con gran sofisticación decorando pieles de todas las edades, complejos tocados y vestimentas, cosmogonías tan intrincadas como cualquier invención borgiana. 

Una composición sonora a cargo de Jean-Michel Jarre, que utiliza sonidos de la naturaleza amazónica, completa la experiencia inmersiva, tan recurrida por proyectos en los que artes visuales y espectáculo convergen sin pudor. Sin embargo, no sé si las demás personas en la sala se sintieron atravesando una selva. Yo sólo pude ver artificio, recursos humanos buscando reproducir la naturaleza. Pero esto bien podría ser una objeción fácil, una demanda por encontrar la cosa tal cual es —la selva, la naturaleza— que me impide apreciar las sutilezas de este esfuerzo de representación. Si tanto demando la selva, ¿qué hago buscándola en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional de Antropología? ¿Sólo saldría conforme con lodo en los zapatos, la ropa empapada y la malaria incubando en mi torrente sanguíneo? Siendo maliciosos, podría decir que es también una protesta falsa pues, en efecto, teníamos árboles frente a nosotros, ya que todas las impresiones están bellamente enmarcadas por madera y ¿de qué bosques los habrán tomado?

Me cuesta trabajo saber si estoy siendo justo con esta exposición. A veces siento que la manera de relacionarnos con las artes, aquella de quienes más o menos nos dedicamos a gestionar y pensar la cultura visual, está irremediablemente cifrada por un reflejo crítico que raya en lo ingenuo, donde la crítica se entiende como objeción plana y llana. El disfrute a secas está mal visto. Leo en una nota sobre la exposición: “Mientras que en la naturaleza se nota una admiración, en los retratos de las comunidades indígenas se nota una mirada externa. Una cámara extractivista que les ve con curiosidad pero que no les entiende, sólo los observa”. Me cuesta trabajo entender el criterio para distinguir la mirada aplicada para la naturaleza de aquella aplicada a los pueblos originarios.

De hecho, lo que encontré en la exposición fue la vieja identificación de los pueblos no-occidentales con la naturaleza, en una versión invertida. Si durante el auge del colonialismo del siglo XVI las poblaciones indígenas eran equiparadas con lo natural para justificar la explotación sin escrúpulos de ambos, en la exposición de Salgado parecen encontrar la igualdad en su vulnerabilidad, en la necesidad de protección. Es decir, bajo argumentos bien intencionados se termina proponiendo que, así como la selva, los pueblos originarios requieren ser preservados en sus condiciones actuales, libres de la contaminación de Occidente y su modernidad. Con ello, se espera, lograríamos mantener la diversidad de estilos de vida y cosmogonías que estos pueblos encarnan, sabidurías que no han sido afectadas por la escisión humanidad-naturaleza que nos hace verles como parte del medioambiente. Que mantengan sus formas simples, sencillas, para que nosotros podamos conservar las nuestras, híperconsumistas, sin sentir que estamos destruyendo al planeta.

También ver arte político se ha convertido en un ejercicio de estimulación de la culpa. Pero cuando se trata de la catástrofe climática, hay una consecuencia que encuentro más lamentable. El año pasado, cuando visitaba una de las sedes de la Bienal FEMSA, me encontré con dos videos que evidencian cómo el aumento de la temperatura en el mundo ha dañado tanto a la isla Rey Jorge, en la Antártida, como al poblado de El Bosque, en Tabasco. La pieza se llama La marcha del liquen (2024), y es de la artista Tania Ximena. Las imágenes se acompañan con una narración en lengua yokot’an, también conocida como chontal de Tabasco. Aunque en el trabajo de Ximena el área natural muestra ya las transformaciones que amenazan con ponerle fin (recordemos que en las fotos de Salgado el Amazonas se muestra en su aún patente esplendor), mientras estaba tumbado en los cojines de la sala de proyección no dejaba de pensar en cómo este amplio espectro de denuncias y llamados de atención sobre lo que estamos perdiendo puede redundar en un mero acto estético. Si el gesto fundacional del arte es sustraer de la vida cotidiana un objeto para destinarlo a su mera contemplación, en esta operación su efectividad en el mundo práctico queda cancelada. Me da temor que el arte ecológico no haga más que ésto, extrayendo del mundo los pocos fragmentos de naturaleza que quedan, conservándola para nuestra contemplación mientras en el mundo práctico la consumimos para, quizás, enmarcar tan sólo algunos recuerditos de ella que atesoraremos en los museos.

La tendencia económica global es una reindustrialización, el regreso desafiante de la modernidad, y no sé qué podamos hacer los espectadores del arte para intentar suavizar su impulso extractivista. Los gobiernos progresistas tanto de Brasil como de México, que se coordinaron para traer esta exposición a nuestro país, se han subido a este nuevo tren desarrollista. El mes pasado Lula respaldó la autorización de perforaciones de exploración en la desembocadura del Amazonas, una de las zonas más biodiversas del planeta. A su vez, el régimen morenista fue duramente criticado por el desaseo ecológico del Tren Maya, cuya construcción todavía no concluye. Entre la vasta información que ofrece Amazônia en sus muros, se encuentra el recuento del intercambio entre el pueblo asháninka y los incas, registrado en los mitos de los primeros. Según este relato, ambos pueblos comparten origen, la selva, sólo que los incas en algún momento decidieron migrar y hacer intercambios comerciales con los asháninka. Dejé Chapultepec pensando en cómo podemos hacer para que, hoy en día, el mundo occidental pueda tener una relación con los pueblos del Amazonas que se parezca a esa narración, ni aniquilación ni contemplación; intercambio horizontal, beneficios para todos.

Gustavo A. Cruz Cerna

Editor, crítico e investigador independiente. Estudió Filosofía e Historia del Arte en la UNAM.

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Publicado en: Curadero

Un comentario en “Conservacionismo y espectáculo: sobre Amazônia de Sebastião Salgado

  1. Con respecto a este tipo de exposiciones tengo dos cuestiones:
    ¿no sería mejor instalarlas en el zócalo para que más personas las visiten?
    ¿no se está predicando a los conversos, de qué manera estas exposiciones pudieran influenciar las decisiones de políticos, empresarios y partidos políticos?

    Respecto a los pueblos indígenas, se les debería ofrecer una educación formal y que ellos decidan sobre la mejor manera de conservar sus herencias.

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