Héctor Aguilar Camín presentará su nuevo libro hoy en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En esta entrevista, el autor conversa sobre los temas de Plagio, una novela llena de juegos librescos sobre los celos, el mundo cultural mexicano y lo inestable de la originalidad literaria.
Nicolás Medina Mora: Uno de los aspectos de Plagio que más me sorprendió es que, fuera de los artículos periodísticos que el protagonista se fusila literalmente, los “plagios” de los que es acusado no son, estrictamente hablando, plagios. El personaje principal de tu novela confiesa haber tomado al Quijote como punto de partida para una novela sobre un hombre obsesionado con las telenovelas y haber usado la estructura de La sombra del Caudillo como andamiaje para una historia de narcotraficantes. A mi ver, ninguno de los dos ejercicios es realmente un “robo”; se trata, más bien, de adaptaciones literarias que abrevan, como todos los libros, de las lecturas de su autor. Así, quisiera preguntarte si el protagonista de Plagio no es en realidad un escritor bastante más original de lo que sus detractores mantienen. ¿Será que toda literatura —salvo aquella producida por el puñado de genios que son genuinamente originales— es, de algún modo, un plagio?
Héctor Aguilar Camín: Me gusta la pregunta. Plagio es un libro lleno de guiños. El mayor de esos guiños es que el plagiario de Plagio no es un plagiario vulgar. Nada tiene que ver con las historias de escritores que copian textualmente. Eso debería separar la lectura de la novela de cualquier noción de denuncia o de relatoría de casos reales, como me preguntó un muy buen reportero cultural de un diario. No hay ningún plagiario en el mundo reconocible reciente que se parezca literariamente al plagiario de Plagio. El plagiario de Plagio es un escritor que roba, pero que roba con originalidad. En la misma novela queda claro, por su propio dicho sardónico, que el ignorante mundo literario donde vive lo ha reconocido como un artista de la “escritura intertextual”, es decir, como una de las más refinadas categorías de escritor que circula por el mundo: el “escritor intertextual”. Con eso, el narrador de Plagio ha hecho una carrera de escritor, una carrera de burócrata cultural y una satisfactoria vida de mujeriego y bon vivant. Nadie lo descubre, de hecho, como plagiario. Ni siquiera el talentosísimo escritor joven que va a denunciarlo. Quien denuncia y pone al descubierto su plagio, su elaborada manera de robar, es él mismo. Lo hace en un momento de debilidad amorosa y de arrogancia literaria, cuando le cuenta a su mujer, con minuciosidad irrebatible, cómo se ha robado la trama de La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán y cómo ha dejado a la vista, por arrogancia otra vez, las líneas textuales que prueban su robo. Son esas líneas textuales, esas pruebas de agua, que él confía amorosamente a su mujer, las que su mujer confía amorosamente al escritor joven que denunciará el plagio. El plagiario de Plagio cava su propia tumba al compartir sus secretos. Es él quien convierte su espumosa fama de “escritor intertextual” en la seca y vidriada realidad de un plagiario vulgar. El plagiario de Plagio se denuncia a sí mismo en todo su refinamiento. Pero el mundo que lo rodea, del que él ha abusado sin medida, cae sobre él sin refinamiento alguno. Le cobran todo a precio alzado. Esto que digo no es en defensa del personaje de Plagio, es en explicación del guiño que está puesto ahí sobre su condición de escritor refinado quemado en la plaza pública como un escritor vulgar. No es un escritor vulgar, pero sí es un ambicioso vulgar, un burócrata abusivo, un mujeriego cínico. Es mejor escritor que persona, cosa no tan rara en los buenos escritores, y en los malos. Consecuencia: el plagiario de Plagio paga como escritor los pecados de su persona. No lo defiendo, respondo a la pregunta: sí, el escritor que hay en el plagiario de Plagio está más cerca de la manera como se hacen los escritores, copiándose e influyéndose entre sí, que del plagio vulgar, el plagio del que roba quitando las comillas.
NMM: Esta reflexión sobre los precursores y los límites borrosos entre la inspiración —o el homenaje— y el robo me lleva a mi siguiente pregunta. ¿Qué autores o textos te sirvieron de inspiración a la hora de concebir Plagio? El falso epígrafe menciona a Conrad y Borges, pero me pregunto si no habrán, además, otras fuentes en las que hayas abrevado.
HAC: Bueno, todo lo que diga sobre las fuentes en que he “abrevado” será en mi contra por simple comparación. Pero juguemos esa casilla. El primer inspirador de todo fue Jorge Luis Conrad, quien dijo al pasar, en una entrevista que publicó con otro nombre, que “el plagio es la forma más sincera de la admiración”. Yo entendí que aludía al principio de toda vocación literaria: admirar lo que se lee. El problema con los plagiarios es que luego de admirar lo que leen, quieren robárselo. Pero el inicio de su tentación es genuina, es verdadera. Son lectores deslumbrados. Otro abreve de Plagio: durante un tiempo, el título de la novela fue “Confieso que he plagiado”, en alusión a las memorias de un poeta que escribió unos poemas majestuosos sobre las cordilleras y los ríos y los caldillos de congrio de la América Latina. Aquel poeta, como mi plagiario, era también mejor poeta que persona. Otro plagio: el mecanismo narrativo de Plagio, que presenta en la primera página las líneas que serán después desarrolladas en los capítulos, es la muy modesta imitación de un desaforado académico, material de manicomio, llamado Charles Kimbote, que escribió una glosa desaforada de un poema llamado Fuego pálido. Su obra maestra de estructura narrativa fue robada o expropiada años después por un escritor ruso que cazaba mariposas y daba clases en Cornell, y que dedicó todos sus libros a una mujer llamada Vera. Este ruso loco decía esta cosa notable de sí mismo: “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido, hablo como un niño”. Hay muchos otros abreves, otros plagios en Plagio. Es un libro que honra su título. Desde luego fue un placer plagiarme y transfigurar un pasaje de Martín Luis Guzmán, ante los ojos de los lectores, en un capítulo de Plagio. Un plagio invisible: cada vez que tenía dudas sobre el tono que debía tener el plagiario al escribir su historia, leía el código civil que escribió Jorge Ibargüengoitia. Hay un plagio directo en Plagio, casi textual. Es la comparación de la prosa barroca de Lezama Lima con su gula. El hallazgo es de un alumno de un maestro cubano que enseñaba el Quijote en Yale, en inglés. Ahora creo que ese muchacho es editor en una revista cultural de México. Oiremos mucho de él. Hay muchos otros plagios en Plagio. Podría ir página por página. Pero íntimamente, personalmente, toda la novela para mí es un homenaje privadísimo al mayor trader de la tradición literaria que conozco en persona y que ha podido poner en su poesía todo lo que ha leído con admiración y ha transfigurado con genio. Omito su nombre por razones familiares. Diré sólo que se llama Luis Miguel Aguilar.
NMM: Tu novela es, entre muchas otras cosas, una crítica mordaz al mundo cultural mexicano, pero después de leer Plagio dos veces no puedo evitar preguntarme si el verdadero villano de la historia no es el plagiario sino Voltaire, su principal acusador. ¿Quién es el malo aquí? ¿El escritor que recibe premios con textos que no son enteramente suyos o el mundo cultural de envidias y querellas personales que termina por destruirlo?
HAC: Bueno, Voltaire es tan mala persona como el plagiario de Plagio. Pero es mejor escritor, es un escritor de genio. También es un competidor precoz, implacable, por el poder literario y cultural. Además es un potente, cuasi involuntario, imán erótico. Hay al menos un gran escritor mexicano muerto que compartió esos dones. Puedo decir el nombre, pero cualquiera puede adivinarlo. No es Ramón López Velarde. Respecto del mundo cultural, los premios y lo que sigue, hay que decir que padecemos ese mundo y lo deseamos. El escritor que dice que no quiere premios ni reconocimientos es como el político que dice que no quiere poder o el inversionista que dice que no le interesa el dinero. Yo intenté una cosa interesante en Plagio. Inventé un premio literario de alto prestigio, mostrando sus entretelones financieros, sus secretos constitutivos, sus astucias cenaculares. Traté de que ese premio tuviera algo en común con todos los premios que conozco y que al mismo tiempo no se pareciera cabalmente a ninguno de ellos. Es como la idea platónica de los premios, un menú de la falsedad y la verdad que hay en todos ellos. Intenté hacer lo mismo con la descripción de las canonjías que el plagiario administra, otorga y ejerce desde su puesto de gran burócrata cultural. Creo que ni el premio ni las canonjías de Plagio espejean mal los premios y las canonjías culturales de nuestro medio. Por lo demás, más allá de nuestro medio, creo que fue Henry Kissinger quien dijo de la competencia académica en las universidades gringas lo siguiente: “Demasiado pleito para tan pocas ganancias”. Bueno, las ganancias pueden ser pocas, pero los pleitos son grandiosos.
NMMP:Mi última pregunta versa sobre otro de los temas fundamentales de Plagio: los celos, que aparecen en tu libro tanto en su vertiente literaria como erótica. El protagonista de tu novela está celoso de Voltaire no sólo por los talentos literarios del último, sino también porque su mujer se ha convertido en la amante del genio. ¿Cuál es la relación entre estos dos tipos de envidia? ¿Son espejos uno del otro? ¿O son más bien dos impulsos diferentes que se confunden en la mente del protagonista? ¿Podríamos decir que la envidia literaria es una especie de envidia erótica?
HAC: Sí, desde luego. El plagio y los celos son dos vertientes de la pasión de poseer. El plagiario quiere hacer suyo el texto de otro, el celoso quiere que la persona amada, que se pertenece a sí misma, le pertenezca en exclusiva a él. Hay algo de coleccionismo en ambas pasiones. El protagonista de Plagio tiene la doble pasión de coleccionar textos y mujeres. Es un plagiario y es un mujeriego. Plagio se trata de que su personaje/narrador pierde en unos días lo que ha coleccionado en años. Pierde su prestigio de “escritor intertextual”, su poder cultural y la joya de la corona de su vida mujeriega: su esposa Dalia. En el despeñadero de sus pérdidas, baja a los infiernos. Una vez ahí, las llamas que lo queman de veras son las de los celos. Lo vuelven al revés, le queman las entrañas. Los celos le revelan, atormentadoramente, la calidad de su mujer, una mujer preciosa, codiciable como la que más. Para el momento en que el derrumbe empieza, Dalia es para el narrador algo así como una parte del mobiliario que prueba el éxito de su vida. Cuando la ve, literalmente, en brazos de su rival, lo quema la llama del amor, un amor que quizá no había tenido nunca. Quizá ella había sido para él una vanidad, más que un amor. Pero no después de verla en brazos de Voltaire. A partir de ese momento, Dalia es la pérdida mayor del incendio. En ese momento Plagio deja de ser una novela sobre el plagio, sobre la literatura, y empieza a ser una novela sobre el amor, y sobre su pasión inversa, los celos. Después hay un homicidio en la novela y aparece un detective llamado Saladrigas. Saladrigas es uno de los mejores apellidos que conozco, es el de un muy buen escritor catalán, Robert Saladrigas. Creo que el detective de Plagio que lleva su nombre no lo desmerece. Es el detective que le dice al plagiario de Plagio, una vez que lo conoce: “¿Usted por qué no se pone a escribir lo que le pasa, en vez de lo que han escrito otros?”. Gran consejo para cualquier autor, aunque venga de un detective de novela. Eso es lo que hace el narrador de Plagio: escribir su historia sin impostarse, sin copiar a otros ni esconder sus pillerías. Y es contando sus miserias sin concesiones como se vuelve al fin un escritor, luego de toda una vida de simularlo. La novela termina con el narrador reencontrando a un amor de sus años de pillo. Es una dentista sevillana de apellido Rancapino. Uno más de los plagios de Plagio. El apellido Rancapino viene de una famosa familia de cantaores sevillanos. Pude oírlos una vez en una fiesta en las proximidades de Madrid. Me enteré ahí de que se habían quejado una vez, famosamente, con el ayuntamiento de Sevilla por el recargo de unas multas por impuestos prediales. “Nunca nadie nos dijo que debíamos eso”, dijo el jefe de familia a la autoridad sevillana, la cual respondió: “Le han llegado por correo, señor, todas las notificaciones debidas desde hace dos años”. A lo que el gran jefe de la familia respondió: “Ah, no, yo todos esos sobres del correo que entran a escondidas por debajo de la puerta de la casa los rompo, porque creo que son publicidad de cosas que no me interesan”.
Nicolás Medina Mora Pérez
Ensayista y editor.
