Otra forma de acompañar las habituales ofrendas del Día de Muertos es enfrentar la realidad fúnebre del país. La violencia exacerbada y la pandemia extienden su manto de duelo. Las pérdidas acumuladas apelan al recogimiento y nos interpelan ante la justa necesidad de la última despedida, muchas veces negada a las miles de familias que buscan todavía a sus desaparecidos o que no pudieron dar el adiós definitivo por las restricciones sanitarias. “Una época ya oscura se oscureció inexorablemente”, apunta la escritora nigeriana más leída en la actualidad. Con un destello de empatía y otro más de lucidez, Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Nigeria, 1977) explora las tonalidades y texturas del dolor después de la repentina muerte de su padre durante la pandemia, suceso que la obligó a vivir un duelo a la distancia. La autora logra desentrañar su experiencia del duelo de manera honesta, precisa y universal. A continuación, presentamos una selección de su ensayo más reciente: Sobre el duelo.

~. La noticia me desarraiga sin piedad. Me arranca de golpe del mundo que he conocido desde la infancia.
~. Nuestra llamada por Zoom sobrepasa el surrealismo, todos lloramos y lloramos sin parar desde diferentes lugares del mundo, contemplando sin dar crédito al padre adorado que yace inmóvil en una cama de hospital.
~. ¿Es esto el shock, que el aire se convierte en pegamento?
~. La bata, mi prenda básica del confinamiento, está tirada hecha un guiñapo en el suelo. Más adelante, mi hermano Kene me dirá en broma: “Más vale que no recibas malas noticias en público, porque reaccionas arrancándote la ropa”.
~. La pena es un tipo de enseñanza cruel. Aprendes lo poco amable que puede ser el duelo, lo lleno de rabia que puede estar. Aprendes lo insustancial que puede resultarte el pésame. Aprendes lo mucho que tiene que ver la pena con el lenguaje, con la incapacidad del lenguaje y con la necesidad del lenguaje.
~. ¿Por qué noto los costados tan cansados y doloridos? De llorar, me dicen. No sabía que llorásemos con los músculos.
~. El dolor no me sorprende, pero sí su componente físico: un amargor insoportable en la lengua, como si hubiera comido algo que aborrezco y no me hubiera cepillado los dientes; un peso horrible, enorme, en el pecho; y dentro del cuerpo, una sensación de disolución eterna.
~. El corazón ––el físico, no hablo en sentido figurado–– se me escapa, se ha convertido en un ente aparte, late demasiado rápido, a un ritmo ajeno al mío.
~. Durante semanas tengo el estómago revuelto, tenso y encogido por la aprensión, la certeza constante de que alguien más morirá, de que vendrán más pérdidas.
~. Otra revelación: hasta qué punto las risas forman parte de la pena. La risa está estrechamente ligada a nuestro argot familiar, y ahora nos reímos recordando a mi padre, pero en algún lugar al fondo asoma una bruma de incredulidad. La risa se aleja. La risa se transforma en lágrimas y se transforma en tristeza y se transforma en rabia.
~. Siempre respondía a mi: “¿Qué tal estás, papá?” Con un “Enwerom nsogbu chacha”. No tengo el más mínimo problema. Estoy perfectamente. Y lo estaba. Hasta que dejó de estarlo.
~. Llegan mensajes y los miro como a través de una neblina. ¿Para quién es este mensaje? “Por la pérdida de tu padre”, dice uno. ¿El padre de quién? Mi hermana me transmite un mensaje de una amiga suya que dice que mi padre era humilde pese a sus logros. Empiezan a temblarme los dedos y aparto el teléfono. Mi padre no era; mi padre es.
~. Hay un video de gente entrando a nuestra casa para el mgbalu, para dar el pésame, y quiero agarrarlos a todos y echarlos de nuestro salón, donde mi madre ya se ha acomodado en el sofá en una plácida pose de viuda.
~. Mi rabia me asusta, mi miedo me asusta, y en algún lugar también siento vergüenza: ¿por qué siento tanta rabia y tanto miedo? Me da miedo acostarme y despertarme; me da miedo el día de mañana y todos los que le seguirán.
~. ¿Cómo es que un mundo sigue adelante, respirando inmutable, mientras mi alma sufre una dispersión permanente?
~. La pena me obliga a mudar de piel, me arranca escamas de los ojos.
~. Lamento certezas pasadas: “Deberías pasar el duelo, hablarlo, encararlo, superarlo”. Las certezas petulantes de una persona que todavía no ha conocido una pena profunda.
~. He llorado pérdidas en el pasado, pero sólo ahora he tocado el corazón de la pena. Sólo ahora aprendo, mientras palpo sus bordes porosos, que no hay forma de atravesarla. Estoy en el centro de este torbellino y me he convertido en una constructora de cajas, dentro de cuyas paredes férreas encierro mis pensamientos. Retuerzo con firmeza mi mente hasta reducirla a su mera superficie.
~. No puedo pensar demasiado, no me atrevo a pensar en profundidad, de lo contrario me derrotaría no sólo el dolor, sino un nihilismo asfixiante, un no dejar de pensar que nada tiene sentido, para qué, nada tiene sentido.
~. Quiero que haya un sentido en ello [en la muerte de mi padre], aun cuando no sepa, por el momento, cuál es ese sentido.
~. Es un refugio, esta negación, este rechazo a mirar. Por supuesto, el esfuerzo conlleva su propio dolor, y por tanto estoy mirando de reojo en la sombra oblicua del mirar, pero imagina la catástrofe de una mirada directa, inquebrantable.
~. ¿Cómo sigue funcionando la gente en el mundo tras la muerte de un padre querido? Por primera vez en la vida, me aficiono a los somníferos y, en mitad de una ducha o una comida, rompo a llorar.
~. La culpa me corroe el alma. Pienso en todas las cosas que podrían haber pasado y en todas las maneras que podrían haber cambiado para evitar lo que ocurrió.
~. Cuidado, enemigos: ha ocurrido lo peor. Mi padre ha muerto. Mi locura va a desatarse.
~. Qué rápido ha cambiado mi vida, qué despiadado es el cambio y, sin embargo, con qué lentitud me adapto.
~. Evito los pésames. La gente es amable, tiene buenas intenciones, pero saberlo no hace que sus palabras duelan menos. “Desaparición”. Una de las favoritas de los nigerianos, evoca para mí oscuras tergiversaciones. “Ante la desaparición de tu padre”. Detesto “desaparición”.
~. “Está descansando” no me aporta consuelo, sino una mofa que dibuja el camino hacia el dolor.
~. “Está en un lugar mejor” asombra por su presuntuosidad y tiene algo de inapropiado. ¿Cómo vas a saberlo tú? ¿Acaso no debería ser yo, la que ha perdido a su padre, quien tuviera antes acceso a esa información? ¿De verdad debo enterarme por ti?
~. “Tenía ochenta y ocho años” irrita profundamente porque la edad no es relevante para el dolor: no se trata de lo viejo que era, sino de cuánto lo queríamos.
~. “Ha pasado, así que celebremos su vida”, escribió un viejo amigo, y me indigné. Qué fácil pontificar sobre la permanencia de la muerte cuando, es la permanencia misma de la muerte la fuente de la angustia.
~. Ahora me estremecen las palabras que les dije en el pasado a amigos en duelo. “Busca consuelo en tus recuerdos”, solía decirles. Que te arranquen el amor, sobre todo de manera inesperada, y que luego te digan que recurras a los recuerdos. Más que auxilio, los recuerdos me traen elocuentes puñaladas de dolor que dicen: “Esto es lo que nunca más volverás a tener”.
~. Lo que no me parece un hurgar deliberado en las heridas es un simple “Lo siento”, porque en su banalidad no implica nada. Ndo, en igno, me conforta más, una palabra que es “Lo siento” con un peso metafísico, una palabra que abarca más que el mero “Lo siento”.
~. La pena no es diáfana; es sólida, opresiva, una cosa opaca. Pesa más por las mañanas, después de dormir: un corazón plomizo, una realidad terca que se niega a moverse.
~. Valoro la manera igbo, la forma africana, de lidiar con la pena: el duelo hacia fuera, expresivo, performativo, donde contestas a todas las llamadas y cuentas una y otra vez lo que ha pasado, donde el aislamiento es anatema y “Para de llorar” la cantinela.
~. ¿Es posible volverse posesiva con el propio dolor? Quiero llegar a conocerlo, quiero que me conozca. El vínculo con mi padre me era tan preciado que no puedo exponer mi sufrimiento hasta que haya delimitado su contorno.
~. Mi padre me enseñó que nunca se acaba de aprender. No tenía la arrogancia de muchos padres igbo de su generación, ese derecho a exigir el tiempo, el dinero y el esfuerzo de sus hijos… que sospecho que de todos modos nos habría perdonado. Pero que respetara tanto nuestro límites y agradeciera tanto los detalles más pequeños no tenía precio.
~. Parte de la tiranía de la pena es que te priva de recordar las cosas que importan.
~. “Nunca” ha llegado para quedarse. “Nunca” parece un castigo demasiado injusto. Durante el resto de mi vida, viviré tratando de alcanzar cosas que ya no existen.
~. Los mandatos de la cultura igbo, este salto inmediato desde el dolor a la planificación. El otro día mi padre nos hablaba por Zoom y hoy, en otra llamada por Zoom, se supone que debemos hacer planes. […] Lo más importante es la “liquidación”, eso que llaman en inglés clearance.La liquidación da fe de lo fuerte y profundamente que persiste la cultura comunitaria igbo. Implica pagar todas las cuotas pendientes al grado de edad, a la asamblea local, al pueblo, al clan, el umunna; de lo contrario, boicotearán el funeral. Hacer el vacío a un funeral supone una amenaza grave. Para la mayoría de los igbos, al menos para los de la generación de mi padre, verse privados de un funeral como es debido despierta un miedo casi existencial.
~. Hay mucha belleza en la cultura igbo, y también mucho sobre lo que discrepo, y no es el carácter festivo de los funerales igbos lo que me desagrada, sino lo pronto que se celebran. Necesito tiempo. De momento, quiero sobriedad.
~. Una magia me manda una cita de una novela mía: “La pena era una celebración del amor, quienes sentían auténtica pena habían tenido la suerte de amar”. Qué extraño que me resulte exquisitamente doloroso leer mis propias palabras.
~. Hemos tenido tanta suerte, de ser felices, de vivir protegidos en una unidad familiar intacta, segura, que ahora no sabemos qué hacer con esta ruptura. Hasta ahora, la pena era de otros. ¿Quizá el amor, aunque sea inconscientemente, conlleva la arrogancia engañosa de creerse a salvo de la pena?
~. La felicidad se convierte en una debilidad porque te deja indefenso frente al dolor.
~. Mi madre dice que algunas viudas han ido a verla para explicarle lo que dicta la costumbre. Primero, la viuda se afeitará la cabeza… y, antes de que pueda seguir, mis hermanos se apresuran a decirle que es ridículo y que no puede ser. Yo añado que nadie les afeita la cabeza a los hombres cuando muere su mujer; nadie les obliga a comer platos sencillos durante días; nadie espera que el cuerpo del hombre lleve impresa la huella de su pérdida. Pero mi madre insiste en que quiere hacerlo todo: “Haré todo lo que hay que hacer. Lo haré por papá”.
~. El virus acercaba la posibilidad de la muerte, la normalidad de la muerte, pero subsistía una apariencia de control, si te quedabas en casa, si te lavabas las manos… Con la muerte de mi tía, esa idea de control se esfumó. La muerte podía alcanzarte cualquier día y en cualquier momento, como le había pasado a ella.
~. Una época ya oscura se oscureció inexorablemente.
~. Las capas de pérdidas hacen que la vida parezca fina como el papel.
~. Tengo que ocultar la fuerza con que oprime la pena. Por fin entiendo por qué la gente se tatúa a los seres que han perdido. La necesidad de proclamar no solo la pérdida, sino también el amor, la continuidad.
~. “Soy hija de mi padre”. Es un acto de resistencia y rechazo: la pena te dice que se ha acabado y tu corazón la contradice; la pena intenta reducir tu amor al pasado y el corazón te dice que todavía está presente.
~. No importa si quiero cambiar, porque he cambiado. Una voz nueva se abre paso en mi escritura, cargada de la cercanía que siento con la muerte, la conciencia de mi propia mortalidad, finalmente enhebrada, aguda. Una premura nueva. Una impermanencia en el aire. Tengo que escribirlo todo ahora, porque ¿quién sabe cuánto tiempo me queda?
• Chimamanda Ngozi Adichie, Sobre el duelo, Literatura Random House, México, 2021, 112 p.
Melissa Cassab
Editora