
Ilustración de Gala Navarro
Nunca he podido decirle tiempo al clima. Ya sé que tiempo es el término adecuado para hablar de la temperatura, la luz diurna, si va o no a llover o si hará frío, pero tengo tan poco que no quiero malgastarlo usándolo para lo que realmente es. Además, preguntar por el tiempo me resulta almidonado y tedioso, de forma que termino, como en tantas otras cosas, por elegir equivocarme. Decir que hace mal tiempo, por ejemplo, tiene un viejo resabio shakespeariano. Ni que fuéramos Macbeth de media tinta. Ni que hubiera sinónimos de espada. Desde hace tiempo vivo en una ciudad que no conozco. Las estaciones abren y cierran su puño. La lluvia habla en su lengua callada de erosión y pequeñas cicatrices. Paso frente a la iglesia y nunca está abierta. A media avenida, en contra del lago, bajo la lengua, se pone el sol como si el mundo se estuviera acabando. Lo miro a través de una rejilla, una mirilla, un francotirador. El año es un tren de cobre y humo. A veces es otoño junto al río, los huesos de mis pies hablan entre ellos, zumban en monosílabos. Increpan a las pequeñas piedras redondeadas por el agua. Quieren cambiar de giro, deben cambiar su vida. Por Zoom una amiga entrecortada me pregunta: ¿cómo está el tiempo allá? Miro las líneas de mi mano, mi huella torpe de carbono. No sé cuánto queda, respondo. Cada minuto se abre y cae, maduro, pudriéndose. Cada minuto: recogí manzanas. En otro tiempo, estación diversa, eso hicimos. Algunas se habían caído sobre la tierra y nadie quería tocarlas. Obedecían las leyes sordas de la gravitación universal. Creo distinguir todavía su sombra breve sobre el pasto. Recogí alguna, por pena, la llevé conmigo. No recuerdo qué hice con ella. En la boca, bajo el paladar, ese sabor apagado. A veces pienso que el tiempo pasa, para nosotros, porque somos capaces de olvidar. Intento consolarme con esa idea pero persiste una duda: la sospecha de que el pecado no fue tomar la fruta sino olvidar qué se hizo con ella.
Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Su libro El reino de lo no lineal ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020.