Claudio López Lamadrid es un modelo humano y profesional para muchos. Eso demuestra la siguiente reseña de Una vocación de editor, ensayo que indaga en la formación y en la experiencia de uno de los mayores editores en lengua española del último medio siglo.
Claudio López Lamadrid es uno de los culpables de que me haya iniciado en el oficio de la edición. Quizá por eso, cuando salió a la luz Una vocación de editor, bajo el sello de Gris Tormenta, lo que sentí fueron celos —de los buenos, de los que siente un editor cuando un colega conecta un jonrón—, así como una alegría grandísima: al fin podría conocer los recovecos profesionales de un editor histórico como él.
Mi acercamiento a la figura de López Lamadrid se limitaba a las entrevistas que conseguía leer en internet, casi todas citadas en el libro, y, por supuesto, de manera más indirecta, con aquellos autores que él había editado. Juan Marsé, por ejemplo, o Philip Roth, ambos amores inculcados por mi padre, eran una forma tenue de estar cerca de la mente de López Lamadrid; pocas veces, o quizá nunca, expresé al leer uno de sus libros aquella pedante frase: “A este libro le faltó un editor y le sobró intención”. La labor de López Lamadrid, como bien apunta Ignacio Echevarría —crítico literario, amigo de Claudio y autor del texto— era mucho más silenciosa que la de Calasso o Herralde, y si bien se inició en la “época dorada de la edición”, coincidiendo con ellos, no adquirió —ni buscó— esa figura de creador de catálogos: entendía que el editor debía trabajar para los autores, y no al revés.
Debo confesar que imaginar este texto me costó mucho trabajo. No lo había entendido hasta que leí el libro y descubrí, gracias a Echevarría, la figura del DJ. Creo que ser crítico literario (o reseñista) es algo que se escapa de mis capacidades intelectuales, incluso de mi personalidad. Apelar a mi autoridad, y más considerando lo joven que soy y lo poco que llevo en esto de hacer libros, es algo que me causa más inseguridad que vanidad. Quizá esa sea la inseguridad —bien intencionada o bien dirigida, depende del psicólogo que esté viendo— que me permite entender la edición, con el acento donde se le quiera poner, como un asunto de escuchar silencios y contener aturdimientos. El éditor o editór, el publishing o el DJ, el cuidador de manuscritos o editor de mesa; donde uno quiera colocarse debe permitirse escuchar todo lo que no está ahí y todo lo que sobra y contamina.

Para mí, editar ha sido un privilegio, y, al mismo tiempo, un suplicio. No tuve la fortuna que tuvo López Lamadrid de ingresar al mundo editorial de la manera en la que él lo hizo, pero tampoco lo quise así. Creí siempre que yo podía lograr, con el paso de muchísimos años y toda proporción guardada, ser un editor total. Como dirían algunos analistas de fútbol sobre aquellos planteles que desarrollaban un juego total, la literatura en español encontró en López Lamadrid lo que Sacchi con el Milán, Guardiola con el Barcelona y Klopp con el Liverpool: una editorial total comandada por un prescriptor único y adelantado a su tiempo. Y esa búsqueda me ha alejado, como a él lo alejó por razones burocráticas, de poder editar de la forma que me gustaría. Para sobrevivir uno tiene que atender la empresa desde distintos frentes, y estos suelen ser más urgentes en este nuevo panorama de la edición, como también se plantea en el libro.
Me causa gracia leer que Beatriz de Moura y Antonio López de Lamadrid no tenían idea de cómo llevar su sello editorial. Yo a veces tampoco tengo la menor idea de lo que estoy haciendo, y quien diga que sí, con menos de diez años de experiencia, sospecho que podría estar mintiendo. Uno siempre imagina que esos grandes editores nacieron sabiendo hacer lo que tan bien hacen, pero se nos olvida que la edición, como la carpintería, es un oficio que se aprende con los años. No hay una escuela, o quizá la haya sólo en la propia práctica. Desconozco si fue intencional o por falta de espacio, pero este libro de Echevarría en ningún momento apela a una búsqueda de Claudio por profesionalizar su oficio fuera del campo laboral. De hecho, menciona el aburrimiento que le causaban las clases —y me identifico ahí, porque también, como López Lamadrid, tengo dos carreras truncas. Quizá ese aburrimiento frente a la doctrina, esa lejanía que tiene con los profesores es lo que le permitió abrazar la libertad de la edición y lo autodidacta que podía ser. López Lamadrid se forjó en la mejor escuela, en Tusquets Editores cuando todavía era independiente, y talló madera como freelance por varios años antes de entrar a los consorcios. Se mantuvo en ellos a pesar de los cambios de dirigencia, inauguró al menos cuatro colecciones exitosas, y buscó desplegar una avanzada tecnológica. Quién hubiera pensado que alguien que se inició en el siglo pasado iba a entender mejor que muchos (que yo, por ejemplo) que la tecnología, más que un enemigo, podía ser una salvadora en medio de la vorágine moderna. Y aún más: era amigo de sus autores, les daba el trato que podrían haber tenido en los pequeños sellos, en los independientes.
Me gustaría escribirle una carta a López Lamadrid y llamarlo por su nombre de pila: Claudio. Y decirle que también en la edición independiente te da coraje que te roben autores; y que también a mí me hubiera encabronado que me llevaran a comer tacos en Barcelona; y que yo también creo que se deben publicar a más autoras y autores latinoamericanos en España; y que a Foster Wallace sin duda lo debería fichar otra vez; y que la FIL de Guadalajara también es mi favorita. Decirle que estoy intentando llevar esa editorial que publica todos los géneros aunque parezca ser una empresa imposible. Y darle las gracias.
Gracias a Claudio López Lamadrid, Random House Literatura lo tenía todo: dinero, cuidado editorial, atención y una visión mundial de lo que son los libros y el alcance que tiene el negocio. Por eso fue una editorial total bajo el mando del editor total, un DJ al que, si le cambiamos la J por la T, también funciona para darnos una idea plena de quién era, tal como Ignacio Echevarría hace en este libro.
• Ignacio Echevarría,Una vocación de editor. Un acercamiento personal a la figura y la labor editorial de Claudio López Lamadrid, lector y prescriptor entre dos siglos, prólogo de Emiliano Monge, México, Gris Tormenta, 2020, 136 p.
Nicolás Cuéllar Camarena
Director editorial en Dharma Books.