
I.
Cuando Gabriela Mistral llegó a México en 1922, la Constitución cumplía cinco años. A manos de José Vasconcelos, el Estado levantaba una cultura nacional, y también se diría quizá que, tras el inmenso ciclo de violencia recíproca, a través de la cultura, el Estado se levantaba a sí mismo.
A Mistral la recibirían Jaime Torres Bodet y Palma Guillén por orden directa de Vasconcelos. “A mí, que era una muchacha presumida –recordaría Guillén–, me pareció mal vestida, mal fajada, con sus faldas demasiado largas, sus zapatos bajos y sus cabellos recogidos en un nudo bajo”. Según la mexicana, Mistral llegaba a puerto trayendo el “alma de su provincia”, notablemente en sus ojos que se coloreaban con el chileno “verde de sus mares embravecidos”. Los años harían de la cosmopolita Palma la compañera más noble y leal de la provincial Gabriela; con devoción se cuidarían los pasos, juntas criarían un hijo, y ambas serían las primeras diplomáticas de sus respectivas repúblicas.
Pero Mistral, desde entonces, cargaría consigo algo más que el corazón de Palma Guillén. México dotaría un elemento prolífico y excesivo a la imagen pública y a la representación política de la poeta chilena. Fue en tierras mexicanas que Gabriela Mistral encontró el estilo particular de su internacionalismo. Licia Fiol-Matta describe en A Queer Mother for the Nation: The State and Gabriela Mistral (2002) cómo la experiencia mexicana le permitió transformar su representación pública de gran maestra de las mujeres (limitada en su acción por el bloqueo y rechazo de las élites blancas chilenas) a “la madre nacional de un pueblo de niños mestizos”. Madre, hay que destacar, de una nación no delimitada por las fronteras del país que la recibía, sino abarcadora de todo el continente.
Empujada por el proceso cultural vasconcelista, la poeta chilena escribirá, fundará bibliotecas, dará múltiples conferencias. Sin embargo, el momento crucial de su travesía será una actividad más umbría y azarosa. En 1924 (según la fecha de impresión) o en 1923 (según la firma de la editora), el Departamento Editorial de la Secretaría de Educación publicó Lectura para mujeres, una recopilación de textos reunidos por la escritora. A pesar de la amplitud del título, la colección confesaba una audiencia más bien acotada: las niñas de la recién inaugurada Escuela Hogar Gabriela Mistral, noble e incómodo honor concedido por Vasconcelos a la poeta. Esta tarea editorial (si no pedagógica) contiene el signo, al mismo tiempo, opaco y productivo de una intelectual que comenzaba a interactuar de manera consistente con la escena internacional. Y convertía su literatura en una acción diplomática.
No me refiero a la noción más tradicional de diplomacia. Siguiendo a Paul Sharp, entiendo que la diplomacia es una actividad social más general, derivada de la condición plural de los seres humanos que viven en grupos diferenciados, y quienes llevan sus relaciones entre grupos de manera distinta que las relaciones al interior de su propio grupo. Por ejemplo, muchas personas tienen un sentido de conexión más intenso con sus connacionales que frente a ciudadanos de otras naciones. La diplomacia descansa en una variación al asumir las condiciones de separación entre distintos grupos humanos, y considerar más valiosa la mantención de tales relaciones por sobre su contenido específico.
Mistral hará de la mantención de los vínculos el horizonte de su literatura; o bien, honrando la fuerza de su gesto, la literatura se convertirá en la plataforma sobre la que toda relación con grupos distintos al suyo, la vastísima extensión de lo que no es Chile, se podría pensar, construir y sostener. Y el primer gran grupo, señalado por la compañía espectral de Palma Guillén, pero también en la orientación diplomática de su poesía y su prosa, fue México.
II.
Lectura para mujeres compendía diversas voces, muchas de tradición hispanoamericana como Juana de Ibarbourou, José Martí, María Enriqueta Caramillo, y más en traducción, como Tagore, Victor Hugo, Ada Negri, Máximo Gorki, y un grandísimo etcétera. De este modo, la arquitectura general del libro se divide en cinco grandes secciones: “Hogar”, “México y la América española”, “Trabajo”, “Motivos espirituales” y “Naturaleza”.
Mistral explica con detalle los principios de su compilación en un prólogo que titula “Palabras de la extranjera”. La presión que tenía la poeta en un momento de realce nacionalista la ponía en un difícil impasse con los maestros mexicanos. No sólo accedía a instancias de poder difíciles de alcanzar para un modesto docente de escuela pública; el Estado le concedía el monumental privilegio de inmortalizar un establecimiento de la capital con su nombre. Pero es desde este nombre que ella justifica sus “pequeños derechos” para guiar la composición de un texto que “corresponde hacerlo a los maestros nacionales y no a una extranjera”.
Mistral llega a México con la esperanza de que la singularidad de un pueblo, una lengua o una personalidad podía servir de plataforma internacional para instalar a su propia poesía y a su tierra natal en el concierto mundial. Las guerras europeas harán indeseables para la poeta el contenido nacionalista del italiano y –en menor medida– del occitano. Sin embargo, las interrogantes que le propusieron a la chilena perseverarán con la fortaleza de una renovación mexicana. Decía el crítico Jaime Concha, en su libro Gabriela Mistral (1987), que “su entrega al proyecto mexicano fue cabal. Y de esa experiencia resultará, en beneficio suyo, un extraordinario ensanchamiento de su visión, que es posible condensar bajo tres inmensas categorías: americanismo, campesinado, indigenismo”
Este nuevo contenido hemisférico y regional tendrá que lidiar con el emergente nacionalismo del México en reconstrucción. De ahí que despliegue de manera estratégica su nombre en Lectura para mujeres, en un gesto que se convertirá en un movimiento emblemático, Mistral dirá sin decir, o dirá a medias. Su nombre le daba derechos, pero se niega a inscribirlo de forma explícita en el texto. El título del prólogo expresa que las “palabras” son de “la extranjera” y no de Gabriela Mistral, y está firmado con su contingente oficio: “La Recopiladora”. De esta manera, evita reactivar la crítica de que bauticen una escuela mexicana con el nombre de una extranjera. Borra el nombre, preserva el evento y deja que nosotros, los lectores de la posteridad, reconstruyamos documentalmente el vínculo.
La poeta realiza un acto semejante al afirmar con rotundidad que el texto “no se trata de una antología”, porque de las obras escogidas no se puede decir que “están todas las valiosas”. La señal de que lo que Mistral ha escogido no es una antología la pone en un lugar social que es, al mismo tiempo, un antologador que predica las virtudes eternas de sus elecciones contingentes. El de la recopiladora es un lugar menor porque no estarían las obras más señeras, ni del español ni de los sistemas literarios de los textos traducidos. Escoger algo que no es una antología posicionaba a Mistral en el lugar de la maestra y ese es un lugar mayor porque son textos para enseñar. Pero, ¿qué lección debían desprender de este libro las muchachas de la Escuela Hogar?
III.
Una primera lectura de Lectura para mujeres da la impresión de que el contenido didáctico está cruzado de moralismo. Si consideramos que era un tiempo de sufragistas y soldaderas, un vocabulario conservador parece cubrir la intervención de Mistral, sobre todo en la taxativa identificación de las niñas como futuras madres. “Para mí, la forma del patriotismo femenino es la maternidad perfecta”, dice. Una glosa que le imponga las expectativas contemporáneas a estas líneas, vería en Mistral a una precursora incómoda. Sin embargo, la trayectoria vital de la poeta muestra lo anacrónica que resultaría esta interpretación. Mistral nunca abandonó la defensa de la maternidad; al mismo tiempo, no fue madre biológica, crió un niño entre familias conformadas sólo por mujeres, logró habitar sin ambages el poder masculino de la diplomacia y terminó su vida en Estados Unidos, sin hablar inglés y emparejada con una aristocrática mujer neoyorquina. La contradicción entre el discurso mistraliano y su trayectoria sólo aparece desde los lenguajes políticos del presente; no, en cambio, para Mistral.
No hay que olvidar que lo que intenta la poeta es dar una palabra (en el sentido de regalarles un consejo, pero también entregarles la posibilidad de hablar) a las niñas de la Escuela Hogar desde su seudónimo, el nombre legitimado de la escritora. Los materiales escolares disponibles en ese momento, sin embargo, no estaban a la altura de esta promesa. Se queja Mistral que en los libros de lectura destinados a la enseñanza primaria “siempre se sacrifica en la elección de trozos la parte destinada a la mujer”. Además, genera una crítica a la literatura en español que “ha sido generosa para la mujer en el aspecto que llamaríamos galante, y extrañamente mezquina para la madre y aún para el niño”. Desde la perspectiva de la recopiladora, la literatura hispana habría reducido a la mujer a un objeto amoroso; enriquecer esta pobre imagen requería una difícil estrategia donde se mezclan libertades y cadenas, en el confuso precipicio de la política cultural mexicana a inicios del siglo XX.
A través de la maternidad, Mistral incluye una autorrepresentación de las mujeres en la enseñanza literaria desde la autoridad de una institución social aceptada. De hecho, la última fuente de autoridad admisible. Porque, tras la violencia generalizada, ¿qué queda en pie sino el regresivo solaz de una madre? Un mural anarquista en Santiago de Chile declara “contra toda autoridad… menos mi mamá”, un grafiti mistraliano a fin de cuentas, cuya posibilidad se origina en el México posrevolucionario. Gabriela Mistral entiende que tras la caída de un orden no hay sólo caos sino otro orden. Una vez que todo se incendia y las murallas civilizatorias se parten en pedazos, aparecen las columnas elementales de la experiencia colectiva. En México –Freud diría en Occidente–, eso que persiste es la madre.
Pero esta maternidad para Mistral no es una realidad física o biológica. Las nociones tradicionales siempre entrarán en su discurso pedagógico y literario con algún desplazamiento sutil que empuje las fronteras rígidas de la costumbre. Afirma a las niñas que “su única razón de ser sobre el mundo es la maternidad”, pero agrega “la material y la espiritual juntas, o la última en las mujeres que no tenemos hijos”. Al lado del hecho físico de procrear, Mistral postula una maternidad espiritual, desprendida de las determinaciones con las que concebimos nuestras circunstancias materiales. Madre no sería, por tanto, la progenitora; más bien, Mistral representa la maternidad como una función social específica. Dirá en un texto posterior sobre la organización del trabajo “la mujer no tiene colocación natural —y cuando digo natural, digo estética— , sino cerca del niño o la criatura sufriente, que también es infancia, por desvalimiento”. Madre es la cuidadora, o el cuidador, ya sea una persona, una comunidad o un Estado; en fin, quienquiera que esté frente a “la criatura sufriente”, y sostenga el límite frágil entre la vida cultural y su completa destrucción. La madre, según la espesa e inestable construcción mistraliana, es una palabra que describe una lógica de sobrevivencia.
El ámbito de la maternidad adquiere en Mistral, ya desde esta época mexicana, una gravedad política no sólo en términos de imagen propagandística, sino mucho más, en la voz de la poeta, como fuente de derechos. Evocando en forma de modelo a “las madres hebreas y las madres romanas”, madres de sociedades belicosas y en asedio, de patrias sañudas y trabajosas, les habla Mistral a las madres mexicanas (horizonte espectral de las niñas de la escuela): “Reclama para tu hijo, vigorosamente, lo que la existencia debe a los seres que nacen sin que pidieran nacer. Por él tienes derecho a las grandes solicitaciones”. Enlista, entonces, la serie de derechos que desde la trama de la maternidad impulsan a la mujer a la política mediada por el infante: “Pide para él la escuela soleada y limpia; pide los alegres parques; pide las fiestas de las imágenes, en el libro y en el cinema educador; exige colaborar en las leyes, pero cuando se trate de las cosas que os manchan u os empequeñecen la vida, puedes pedir leyes que limpien de vergüenza al hijo ilegítimo y le hacen nacer paria y vivir paria en medio de los otros hijos, y leyes que reglamenten vuestro trabajo y el de los niños, que se agotan en la faena brutal de las fábricas”.
Así, la madre proporcionaría un espacio innegable de voz pública para las mujeres, o al menos para esta mujer que fue Mistral, que no era y no fue nunca madre. En ese vórtice incómodo de las fatigadas estructuras tradicionales, Mistral esculpió un discurso de libertad y fortaleza con las materias mismas de la opresión. Transformaba todos los elementos que habían lanzado a las mujeres fuera del foro público en la justificación de la centralidad de su participación moderna en el poder.
El objetivo de este inspirado procedimiento, como dijimos, era lograr autorizar su voz extranjera, una operación diplomática en medio de un proceso social nacionalista. Porque Mistral habrá sido de otro país, pero ningún maestro mexicano habría estado dispuesto a negar que tenía (o afirmar que tenía poca) madre.
IV.
Lo singular de México y sus palabras, también mexicanas, como venidas por ráfagas del “soplo de Quetzalcoatl” enseñarán a Mistral a hablar, por fin, sobre el final de su vida de lo singular de Chile, tierra natal suya a la que bautizará –con justicia tras infinitos dolores de cabeza– “país de ausencia”. Con bastante precisión se podría decir que es este aprendizaje ejercitado en México el que, a su vez, quiere dejarle a las niñas de la Escuela Hogar. La maestra obsequiaba a las estudiantes (que no serían sus estudiantes) una lección de diplomacia. Poema de Chile, publicado de forma póstuma, terminará el ciclo de grandes poemarios mistralianos. El gran viaje literario de Gabriela Mistral terminaba en su patria. Pero no podríamos darle a este trayecto un único origen chileno. Leemos a Mistral sobre su experiencia mexicana: “…viví con mi norma y mi verdad en esa tierra y no se me impuso otra norma; enseñando tuve siempre la señoría de mí misma; dije con gozo mi coincidencia con el ambiente, muchas veces, pero dije otras mi diversidad. No se me impuso forma de trabajo: tuve la gracia de elegirlo; cuidaron de no darme fatiga, tal vez porque me vieron interiormente rendida; nada de la patria me faltó, y si la patria fuese protección pudorosa, delicadísima, México fuera patria mía también”.
Si hubo un final chileno es porque hubo un comienzo mexicano. Chile acabaría para Mistral convertido puramente en literatura, escribiéndole su más extenso poema en sus días finales en un hospital de Nueva York. La literatura había transformado a la maestra chilena en la dislocada ciudadana de un mundo cruzado por inmensos proyectos emancipatorios, democracias en crisis, autocracias emergentes, genocidios, guerras y revoluciones. Sin embargo, en ese mundo iluminado por el fuego (¿de D’Annunzio?), ella escogió sus zonas más oscuras, los claros que se abren una vez que se ha disipado el humo, los enormes paisajes vacíos después de que se han soltado los fusiles, las habitaciones arruinadas donde residen las madres olvidadas, los huérfanos de los conflictos, las mujeres silenciadas, los pueblos vencidos, los refugiados, los destruidos, los que están interiormente rendidos, todos en esa tierra ulterior, consecutiva a la violencia, susurrando a media voz sus esperanzas de paz.
El país al que llegaba en 1922 había entrado y salido de la violencia; Mistral llegó a sembrar vida en medio de sus secuelas. México le entregó una escuela y, con la dulce restitución de quien agradece, ella les regaló la literatura, que no sería sino otro nombre para la diplomacia de los nombres. Por eso, al partir, el país de las jícaras, las puertas coloniales y Sor Juana se había vuelto su tierra natal, patria suya también.
Rodrigo Del Río Joglar
Investigador, escritor y educador.