Charles Simic (1938-2023),
contra los monstruos de la solemnidad

Uno podría componer una autobiografía con cada una de las comidas memorables de su existencia y acaso resultaría más interesante que las autobiografías habituales. Con toda honestidad, ¿qué preferiría usted leer: la descripción de un primer beso o la de una col rellena hecha a la perfección?
—Charles Simic

Tenía dos años viviendo en la Ciudad de México cuando, en 2014, asistí a un homenaje por el centenario del nacimiento de Octavio Paz en Bellas Artes. Se trataba de una lectura de poesía donde participaron amigos poetas del homenajeado. Estaban ahí Wole Soyinka, Derek Walcott, Valerio Magrelli, Lasse Söderberg, Ida Vitale, Pura López Colomé, José Luis Rivas, Fabio Morábito, el gran David Huerta, Rafael Vargas y Charles Simic.

Todavía hoy recuerdo mi entusiasmo. Se trataba de escritores a los que admiraba, y admiro todavía. Ante la consabida solemnidad de los mexicanos se impuso la poesía jocosa y las anécdotas vívidas de Söderberg y Simic. Yo, en otro tiempo, había leído a Simic con una alegría e ingenuidad que ya no me acompañan hoy. Para mí, verlo ahí, leyendo, significaba una especie de triunfo personal ante el mundo, una especie de batalla ganada dentro del campo de juego de la literatura, porque su poesía me ha parecido siempre esclarecedora, llena de pequeñas iluminaciones y una ironía que sólo son capaces de elaborar quienes han tenido que dejar su país natal para escribir desde el afuera, el de la patria y el de las modas al uso.

Me enteré de su muerte aquí en Madrid. La diferencia de horarios hizo que la noticia llegara con retraso, cuando varios usuarios habían compartido poemas de Simic en redes sociales, cuando la nota ya circulaba en los principales medios de comunicación. Al principio lo dejé pasar, como si se tratara de cualquier otro suceso. Pero en el transcurso de estos días, la muerte de Simic ha ido cobrando otro cariz, uno más cercano. He pensado en su poesía, en sus ensayos y textos biográficos, en lo que nos deja y lo que se lleva. Tal vez, por eso, ayer, en el vagón del metro, sentí que nos habíamos quedado un poco más solos que antes (disculpen por el lugar común, pero así fue). Por fortuna, de inmediato vino a mi memoria su lectura en Bellas Artes y un par de anécdotas sobre su relación con Paz, su infancia, la poesía y la literatura como un juego donde, ante todo, uno debe aprender a divertirse.

La primera anécdota ocurrió durante el mundial de 1994. Charles Simic estaba de visita en México y se vio con Octavio Paz en un restaurante. Durante la comida, el poeta mexicano entabló una conversación sobre Heidegger. La ciudad era un desierto, pues aquel día se enfrentaban Italia y México. A Simic, en principio, no le interesaba el futbol (o eso simulaba) y le costaba reconocer que en nuestro país hubiese alguien que no estuviera atento a aquel juego. Dice Simic en Confessions of a Soccer Addict:

Cuando nos estábamos enfrascando en una discusión sobre Heidegger, recuerdo los gritos ahogados de desesperación que nos llegaban de la multitud en la calle. Ávido de enterarme de cómo iba el partido, fui varias veces al baño para poder asomarme por la cocina donde los cocineros y los meseros estaban viéndolo. No recuerdo nada de lo que Octavio dijo aquella noche, y lo lamento sinceramente, porque él era uno de los hombres más ilustrados y elocuentes que he conocido en mi vida. Pero sí recuerdo el resultado del partido: México 1-Italia 1.

La confesión es divertida y no carece del reconocimiento hacia su igual, pero sobre todo nos regala la instantánea de un Charles Simic que reconoce en el despojo de lo ceremonial —porque prefiere conocer el marcador del partido al igual que meseros y cocineros— un acto liberador que nos anima, que nos salva de las angustias existenciales heideggerianas y en el cual también podemos recrearnos gozosos. Esto mismo sucede con cierta poesía, y en especial con la suya, lúdica pero no elusiva, antisolemne pero no burda y grosera, alegre sin ingenuidades.  “Lo mejor de la poesía es que molesta mucho a los maestros, predicadores y dictadores, y a todos los demás nos alegra”, apunta en El flautista en el pozo. Ensayos escogidos (1972-2003) (Cal y Arena, 2013)     

Esta actitud del poeta que está lejos de los podios es una lucha contra la mistificación de la poesía y la del mundo. Para Simic el poema verdadero estaba atravesado por el estricto contacto con la realidad y la experiencia que deriva de la misma, como leemos en “Diciembre”:

Diciembre
Nieva
y los vagabundos todavía
van
cargando con sus pancartas–

una proclama
el fin del mundo
la otra
los precios de una barbería local.

Ilustración: Adrián Pérez
Ilustración: Adrián Pérez

O en este otro ejemplo, todavía más tragicómico:

El amante
Cuando yo vivía en una granja, escribía cartas de amor
para los pollos que picoteaban en el patio,
o me sentaba en la letrina escribiendo a una araña
que enmendaba su tela sobre mi cabeza.
Fue cuando mi esposa se largó con el cartero.
Los vecinos se marcharon, también.
Su cerda y sus lechones chillaban
mientras corrían detrás del camión de la mudanza,
como lo hizo aquel espantapájaros que una vez até a un árbol
para que tuviera que escucharme.

Tal vez, por ello, Seamus Haney, amigo y contemporáneo de Simic, decía que éste era un poeta “surrealista, y por tanto cómico”. Un poeta que da muestras de una “inmensa confianza creativa, bufo­nesca y elegante, pero a la vez sus ideaciones tienen una gravedad específica capaz de sortear la infracción surrealista de la ligereza. Sus metamorfosis y puestas en escena se someten siempre al fac­tor del sufrimiento humano. Si mantiene la danza mágica es para mantener la calamidad a raya”. Todo esto transparece no sólo en sus versos sino también en su prosa con una gran congruencia, como toda persona que se toma el humor en serio. Por ejemplo, cuando rememora su infancia en Serbia en El monstruo ama su laberinto (Vaso Roto, 2015) escribe:

Comíamos melón bajo un enjambre de aviones que volaban a gran altura. Mientras comíamos, las bombas caían sobre Belgrado. Veíamos el humo alzarse a lo lejos. El calor del jardín nos sofocaba y pedimos permiso para quitarnos la camisa. Cada vez que mi madre cortaba un trozo con un cuchillo de cocina, el melón hacía un ruido tierno, como un chasquido. También oíamos lo que nos parecían truenos, pero cuando alzábamos la vista el cielo azul estaba despejado.

La atrocidad de la guerra frente a un cielo azul y despejado, el ruido de los aviones contra el chasquido del cuchillo amoroso de la madre cortando un melón. Es ese contrapunto el que habitan los poemas de Charles Simic, porque para el autor de El mundo no se acaba (libro que le mereció el Pulitzer en 1990): “La poesía se alimenta de tales contradicciones. […] La poesía es el momento, la experiencia del momento desnudo”.

Ahora, mientras termino de redactar estas líneas, pienso en la posibilidad del poema (y la literatura en general) como una lucha contra la solemnidad del mundo, contra mi propia solemnidad autoimpuesta al momento de escribir, porque Charles Simic nos acerca a lo antisolemne del poema para darle la vuelta al dolor de una realidad que, muchas veces, puede resultarnos atroz. Leerlo es como darse un golpe de frente contra una puerta de vidrio que no vemos, sólo para que, con el impacto todavía palpitando en nuestro rostro, nos doblemos de risa, maldiciendo, divertidos, por nuestra estupidez. Aun cuando el vidrio sea una guerra monstruosa.

 

José Pulido
Poeta y ensayista

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Publicado en: Resurrectorio