Los usos del vacío
Treinta radios
convergen en el centro de la rueda.
Donde la rueda no está
es donde encuentra su utilidad.
Ahuecando la arcilla
se hace una vasija.
Donde la vasija no está
es donde encuentra su utilidad.
Abriendo puertas y ventanas
se hace una habitación.
Donde la habitación no está
hay espacio para ti.
Por eso, la utilidad de lo que es
está en el uso de lo que no es.
– Lao Tse

Centrar la cerámica en un torno es el proceso fundamental en la alfarería, donde se trabaja la arcilla con las manos para lograr una forma equilibrada y simétrica. Para realizar esta acción, hay que colocar un trozo de barro sobre la cabeza giratoria de la máquina y aplicar presión con los dedos mientras el torno gira. Este proceso es esencial para la creación de piezas estables y estéticamente proporcionadas. Centrar. En cerámica, en poesía y en la persona de la poeta, ceramista, maestra y escritora estadounidense Mary Caroline Richards toma el acto de centrar como metáfora para pensar la práctica poética y el desarrollo personal.
Me encontré con este libro en una de esas tardes de invierno en las que me preguntaba por qué decidí estudiar literatura; si realmente es posible vivir de las humanidades o si debía dirigir mis esfuerzos a un área mejor remunerada como el marketing digital o la publicidad. Apabullada por la endeble economía freelance que no me promete ningún tipo de seguridad social o económica, inicié mi lectura de los ensayos de M. C. Richards. Mientras fui atravesando su propuesta poética fui saboreando muchas de las respuestas que este libro me arrojaba. Me gustó descubrir que este libro no surgió de un impulso individual de la autora, sino que fue solicitado por un editor de Wesleyan University Press con la idea de ampliar el repertorio de trabajos interdisciplinarios de la universidad. Richards entrelazó su experiencia como doctora en Letras con su práctica en cerámica para escribir reflexiones poéticas, filosóficas y hasta espirituales dedicadas a un grupo de alfareros desalentados con su oficio. En el ensayo, las figuras del alfarero, el torno y el movimiento de la arcilla se convierten en metáforas para pensar en el diálogo del cuerpo con la materia, de la poesía con la vida, de los actos de creación y su incidencia en la transformación de las personas.
En el proceso de centrar la arcilla se tiene que generar un hueco dentro, algo que contenga espacio; por eso cuando Richards habla de la importancia de ser una persona centrada se refiere a tener el espacio para llevar el futuro dentro. Una vasija contiene el vacío y lo que se desee guardar en ella, su contenido entra y sale por su boca: un cuenco siempre será una figura abierta. Nosotros, los humanos, contenemos dentro de nuestras paredes toda la potencia de la vida.
A lo largo de los ensayos las ideas dan vueltas como la arcilla, giran en espiral. Parten del torno como metáfora y aterrizan en distintas preocupaciones de la autora, como el arte, la música, la pedagogía, la ecología. Reflexiona sobre qué es la sabiduría, el gusto o la verdad. Los temas son tan variados como la imaginación de la autora, pero en cada digresión construye puentes vinculantes entre los temas y huecos por donde la mente del lector se puede adentrar para seguir pensando con ella. Por eso en este libro las ideas dan cabida a las contradicciones y las diferencias.
Aunque el libro está dividido en seis apartados, temáticamente está compuesto por tres ejes, tal como lo anuncia el título: cerámica, poesía y persona. El último texto es un poema de largo aliento que recapitula esas tres aristas de forma lúcida. Sin embargo, es en la escritura ensayística donde surgen las reflexiones más enriquecedoras de las intersecciones entre cerámica, poesía y persona.
El cuarto ensayo titulado “Pedagogía” logra entretejer los ejes principales del libro para repensar qué es aprender, qué está fallando en nuestros sistemas educativos y cómo la pedagogía constituye a la persona y al mundo. M. C. Richards arroja sus dudas, pero también su luz al respecto. Atraviesa el problema de la enseñanza no sólo con preguntas y respuestas, sino también con su testimonio personal como profesora. Retoma figuras como la de Rudolf Steiner, fundador de la antroposofía, quien a su vez estuvo influenciado por las teorías científicas y poéticas de Goethe. El epígrafe que inaugura el libro pertenece al poeta alemán: “Sólo entonces pensamos, cuando, aquello en que estamos pensando, no puede siquiera pensarse”. El romanticismo sigue atravesando las discusiones contemporáneas sobre el ser humano y la naturaleza.
Richards centra al lector con preguntas contundentes:
Quiero saber por qué se envía a un niño a la escuela. Por qué a una edad y no a otra. Por qué se le imparte una asignatura ahora y otra después. Y no quiero que me digan que es para seguirle el paso a un enemigo, o que es una obligación legal, o que es lo que recomienda un experto. Quiero saber cómo se llega a eso, en la mente del enemigo, de la ley o del experto. […] Quiero saber por qué tantos adultos que son inteligentes en la escuela se vuelan la cabeza en la mediana edad o dependen de los ansiolíticos. Quiero la historia completa de principio a fin. Hay respuestas a estas preguntas.
A lo largo del ensayo, la autora articula algunas de las respuestas que ella misma ha encontrado en su propia carrera. Uno de sus ejemplos clave es su experiencia como parte del cuerpo docente del legendario Black Mountain College. Richards menciona que en el colegio los salarios eran simbólicos; el ascenso, imposible; y la seguridad, poética. Era un sitio en donde trascendían los roles tradicionales cuando, por ejemplo, los profesores asistían a las clases de sus colegas; o bien, cuando formaban parte de los trabajos de mantenimiento, como lavar platos, cosechar hortalizas o construir caminos. Asimismo, si algún alumno tenía un saber que compartir, lo hacía y era, por tanto, profesor. Richards recapitula su paso por Black Mountain College como un rito de iniciación.
Es a partir de este tipo de experiencias que la autora va acertando en su práctica ensayística; logra devolverle el sentido (que a veces parece evaporarse) a la dedicación por las artes, los oficios manuales y la docencia:
En nuestra cultura hay pocas razones para hacer cerámica, muebles, telas o joyas a mano, salvo por un sentido intuitivo del propio ser y del ser de los demás, y por amor al trabajo. Ciertamente no hay ninguna razón social o económica: ni estatus, ni mucho dinero, ni seguridad. El artesano autónomo trabaja sobre su propia naturaleza y sus fibras y minerales con un realismo distintivo. La sociedad necesita el espíritu del artesano en todos sus procedimientos. Porque la prosperidad material y el éxito profesional, que tanto se pregonan, a menudo no satisfacen a la persona tanto como se le había hecho creer.
Richards ahonda con lucidez en lo que es un oficio, en la necesidad de una práctica, en el escrutinio hacia todo lo que no representa un acto de amor y cuidado por la vida. A mi generación nos está reventando en la cara el modelo imperialista y capitalista basado en las energías de combustibles fósiles. Hoy, repensar los oficios artesanales así como las pedagogías es indispensable para la creación de alternativas. En palabras de Richards la ciudadanía consiste en “la capacidad de imaginar otras formas de vivir diferentes a la propia. Ciertas experiencias solo se pueden conocer a través de la imaginación”. Necesitamos que las instituciones educativas, como la universidad, no reduzcan a las personas a la fuerza laboral, a empleados llenos de miedos y preocupaciones que les impidan actuar en favor de ideales renovados.
Las prácticas artesanales, los talleres, los oficios creativos, pueden ser sitios para esbozar caminos posibles para lograr una nueva forma de habitar el mundo. Pueden ser el lugar en donde se generen nuevas comunidades y nuevos anhelos. La cerámica es y ha sido una práctica que permite pensar metafóricamente en la creación de los seres, del universo, del espacio y del tiempo. Libros como El camino de la práctica. Yoga, barro y movimiento (Casa Atma, 2020) editado por Andrea Reed-Leal y escrito por historiadores, poetas, maestros y artistas, se suman a la tradición de Centrar… porque buscan reflexionar sobre las prácticas artísticas y espirituales desde la poesía, el ensayo, las imágenes y el trabajo interdisciplinario. En ambos libros hay una clara influencia de la filosofía y la espiritualidad oriental. El pensamiento articulado desde las filosofías no occidentales es parte de las respuestas que necesitamos para enfrentar nuestras prácticas cotidianas.
Centrar. En cerámica, en poesía y en la persona cierra con imágenes de distintas piezas cerámicas de M. C. Richards, como Vasija de la persona-corazón (Heart Person Vessel, 1976), en la que el color del barro ahumado, la técnica de quemado en aserrín y las formas cóncavas que terminan al centro formando un corazón, dialogan con la poética del libro. La mezcla entre fotografías de cerámica, escritura poética y ensayística hace recordar la importancia de cruzar fronteras entre disciplinas para ampliar los marcos de pensamiento y proponer, sino algo nuevo, algo enriquecedor.
M.C. Richards. Centrar. En cerámica, en poesía y en la persona. Traducción de Eva Cruz Yáñez. México: Editorial Alias, 2023, p. 222
Carla Cohen de Villafranca: Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas. Actualmente es investigadora en la División de Humanidades de la Universidad Iberoamericana.
Excelente comentario y apreciación del contenido del libro, muy iluminador. Felcidades.