Ceniza roja: en los claroscuros del duelo

El nuevo libro de Socorro Venegas es un elogio de la compasión, de la comprensión mutua ante el dolor, ante el incendio de pérdidas compartidas, como nos muestra esta reseña.

Nos une la pérdida. Aunque la vulnerabilidad esté distribuida de forma diferenciada en todo el mundo, hay algo en la pérdida que nos acerca a todos. Eso dice Judith Butler en algún texto sobre el duelo, y yo también lo creo; ahora que leo Ceniza roja, el diario de pérdida de Socorro Venegas, lo recuerdo con particular contundencia.

Ceniza roja es un libro que se originó hace más de dos décadas, cuando Alan, la pareja de la autora, murió de forma súbita, dejándola viuda con apenas 27 años. Para lidiar con su muerte, la escritora comenzó un proceso terapéutico con un psicoanalista que le prescribió la escritura como ejercicio de duelo. Fue entonces cuando sin saberlo Socorro comenzó el diario que muchos años después daría forma a la obra ahora publicada en la editorial Páginas de Espuma con ilustraciones de Gabriel Pacheco.

¿Por qué prescribir la escritura para atravesar un proceso de duelo? Para intentar perimetrar un estado que nos desborda, probablemente. Para incitarnos a enunciar lo que nos atormenta y no parece tener nombre. Para encontrar un punto de toque con el mundo que la pérdida nos ha hecho dejar atrás. Tal vez, para ilusionarnos con una bien conocida artimaña, que parece ayudarnos a sacar de nuestros cuerpos el sufrimiento y sosegarlo en otro lado. Puede que incluso sea un artificio ingenuo que propicie el reencuentro imposible. A lo mejor no es nada de lo anterior. A lo mejor es únicamente para sentirnos menos solos ante nuestra indefensión. Si es así, la escritura es entonces un guiño de esperanza. Además de todo esto, al leer Ceniza roja me pregunto ¿cómo se le escribe a quien ya no está? ¿Cómo escribe una misma cuando ha dejado de ser, sin quererlo, la que era hasta hace nada? ¿Cómo escribe una sobre sí misma cuando parece otra? Como sea necesario, como sea posible, parece responder Socorro Venegas, al presentarnos un libro que se desdobla en entradas de diario, listas, cartas, soliloquios o planas, para dar espacio a lo que ha cambiado, a lo que ya no está, a lo que duele.

En esta obra, Venegas muestra la modificación que hay en la percepción del tiempo para quien ha sufrido una pérdida: de pronto la utopía  se afirma en el pasado y el futuro se evidencia como negación. La muerte trae consigo también el resquebrajamiento de un “yo” que ya no se reconoce, un “yo” despersonalizado que impone distancia consigo mismo:

Mi tercera persona y el pretérito
¿Vivir?
Cerró las tapas del cuaderno despacio, ausente. Unos meses después de que él muriera empezó un diario, agotada y con una ceguera que la hacía desvariar. Esas letras. Hubiera sido necesario quemarlas, que ardieran vivas, brujas perversas: para todo había un nombre, un tiempo, una conjugación. Y sin embargo, la llama que se ha apagado, ¿por qué parece inexpresable? Tantas maneras de decir nunca más, pero la ausencia queda intacta.
Hace falta un momento de claridad para ver qué tan cerca se ha estado de la orilla. A punto de abismarse con el amado.

Con la muerte comienza la tiranía de la memoria, donde toda formulación sobre la persona que ahora falta se enuncia en pretérito, y a su nombre ya nadie responde; es como invocar un hechizo que ha quedado sin efecto. Se deja traslucir entonces la paradójica presencia de la ausencia, y lo poco razonable que pueden resultar los deseos, cuando en momentos se descubre con la esperanza de lo inalcanzable: el regreso de quien ha muerto. “Lo que hace falta es dejar de sentir esperanza”, anota la autora en una entrada sin fecha, sin tiempo.
Socorro Venegas discurre sobre el enojo, la desposesión y la traición que se revelan ante la muerte; también sobre el cuerpo como archivo de afectos que ya no encuentra el mismo refugio tras la partida de quien ha ayudado a moldearlo: “Mis manos, esas manos ciegas. Tantas madrugadas buscando a tientas la espalda de A”, escribe Socorro sólo algunas páginas después de hacer una lista que parece buscar el reconocimiento del propio cuerpo; como si se tratara de enseñarle anatomía a un niño, la autora escribe: “Mis muslos. Mis caderas. Mis senos. Mi espalda. Mis brazos. Mi nuca. Mis rodillas. Mi vientre”.  Este cuerpo también debe renovar su capacidad para aprender a habitar espacios en soledad que fueron construidos para compartirse.
En las páginas de Ceniza roja conviven la claustrofobia y el ensimismamiento del dolor con la vulnerabilidad de la intemperie y su feroz demostración de nuestra propia fragilidad. Además, se evidencia lo endebles que somos ante la idea de lo incomprensible y lo irreversible. Hay algo enigmático en la pérdida que desata todo tipo de preguntas sobre nuestro lugar en la Tierra y sobre la impenetrabilidad de las personas: ¿qué de uno mismo se ha perdido con lo perdido? y ¿quién verdaderamente era la persona que se fue? “Cuánto ha perdido quien pierde un regazo”, escribe Venegas.

Hay otro asunto valioso que sugiere el libro. Quien ha sufrido un duelo sabe que no es una tarea a superar y a olvidar. No es una lucha por restablecer un orden anterior. Su tránsito no suele ser lineal; el dolor ondula, a ratos se esconde y se acalla, pero vuelve a emerger a la menor provocación; y en esos momentos el lenguaje resulta urgente y limitado. Sin embargo, puede ser que algo en él ayude a aceptar lo inaceptable. “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”, escribe Rilke. Aceptar la pérdida y aprender a convivir con ella es tal vez lo único posible, como en esta otra entrada:

Ya sé, le dije antes de marcharme definitivamente del consultorio.
Ya sé que A está muerto. Pero no lo entiendo.
Cuánto me pesa no amarte igual.
Ya no puedes volver. Ya no es lo que dejaste.
He querido comprender lo triste que estabas.
Y tal vez nunca voy a comprenderte. Tal vez sólo debo retenerte
como pueda, abrazar la huida interminable.
Por eso traigo tus rasgos sobre los míos, para no inventarme un nuevo rostro cada día.
Ando a cuestas con tu vida en la mía.
Fantasma, ánima sola, llevo en mí tu máscara mortuoria, para vivir.

A pesar de que el libro de Socorro es breve, de entradas cortas que flotan aisladas en medio de páginas amarillentas, pequeñas y cuadradas, casi como el cuerpo que se duele, tuve que leerlas con calma, en los momentos en los que me sentía con una disposición especial para ellas: con el arrojo de ser vulnerable; porque la escritura de su pérdida desemboca en mis propias pérdidas; como el dolor de otros ha desembocado también en las líneas de Socorro.

Las personas que acaban de perder a alguien tienen una mirada que quizás sólo reconozcan los que han visto esa mirada en su propio rostro. Yo la he visto en mí y ahora la veo en otros. Es una mirada de extrema vulnerabilidad, desnudez y sinceridad. Es la mirada de quien sale de la consulta del oftalmólogo con las pupilas dilatadas a la radiante luz del día o la de quien suele llevar gafas y de repente le obligan a quitárselas. Las personas que han perdido a alguien parecen desnudas porque ellas mismas se creen invisibles. Yo misma me sentí invisible durante un tiempo, incorpórea.

Este extracto pertenece a El año del pensamiento mágico de Joan Didion, y es recuperado por Socorro en la dedicatoria de Ceniza roja, en donde puede leerse “A quienes se les han dilatado las pupilas con la pérdida. La luz volverá”. Sin la última oración, esa breve línea podría parecer un brazo de la Estigia que advierte una frontera y da la bienvenida a quienes nos hemos sumido en las tinieblas de la pérdida, para después abandonarnos al testimonio del sufrimiento.

Pero no es así; antes de adentrarnos en la cotidianidad del duelo que Socorro está por compartirnos, la autora enciende un fósforo y nos promete que, a pesar de la pena, la luz regresará. Esa luz, que en ocasiones es como la de un faro, hace que el libro no sea un compendio meramente desolador, resguarda pequeñas lumbreras de belleza común para cumplir con lo prometido. Esas pupilas agigantadas de oscuridad no son un mero reflejo de la opacidad que observan en el mundo, son una muestra de esperanza, se agrandan en busca de la luz, como si se desplazaran a tientas incluso en las tinieblas más profundas y, a ratos, lograran sentir los centelleos de un mundo que sigue siendo asombroso.
En su discurso de recepción del Nobel, Olga Tokarczuk menciona la ternura como una extraordinaria capacidad de la literatura.

La ternura es espontánea y desinteresada; va mucho más allá del sentimiento de empatía. En cambio, es el compartir consciente, aunque quizás un poco melancólico, del destino común. La ternura es una profunda preocupación emocional por otro ser, su fragilidad, su naturaleza única y su falta de inmunidad al sufrimiento y los efectos del tiempo. La ternura percibe los lazos que nos conectan, las similitudes y la similitud entre nosotros. Es una forma de mirar que muestra al mundo como vivo, interconectado, cooperando y codependiente de sí mismo.

El libro de Venegas me parece, ante todo, un gesto de ternura. Lo que comenzó como un proceso de duelo a solas con una pluma y un cuaderno, se abre ahora para com-padecer, para acompañarnos en el padecimiento de lo que nos une: la pérdida. Y si eso es posible, si con algunas palabras podemos acompañarnos en nuestro dolor y nuestro destino común, entonces la luz volverá a nuestras pupilas dilatadas.

 

• Socorro Venegas, Ceniza roja. Madrid, Páginas de Espuma, 2022, 104 p.

 

Valeria Villalobos Guízar
Maestra en Filosofía de la Historia por la Universidad Autónoma de Madrid

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña