El día de la llegada del verano, 21 de junio, coincide con el natalicio de Joaquim Machado de Assis, uno de los escritores más importantes y singulares de las letras brasileñas. Para rememorarlo compartimos este ensayo que explora la enigmática presencia del autor y su propuesta literaria, analizando, principalmente, una aparente dicotomía: el carácter reservado y solemne del escritor y la conciencia burlona e irónica de su pluma.
En dos de las pocas fotografías que conservamos de su juventud, Joaquim Machado de Assis aparece sentado junto a su escritorio. Corre el año de 1864 y él, a sus veinticinco, se ha preparado para esta sesión: sus botas conservan el brillo del boleado reciente y su pelo ha sido peinado hacia atrás con cuidado. Un listón delgado rodea su cuello y forma un moño ligeramente chueco.

Podríamos imaginar los instantes que precedieron esa imagen: el joven Joaquim cruza una pierna (solemne, siempre solemne) y apoya un brazo sobre la mesa a su izquierda. Sus ojos trascienden al fotógrafo y se enfocan en algo a sus espaldas. La cámara lo deslumbra con su primer flash. De pronto, se le ocurre: ¿cómo le gustaría ser recordado? Toma uno de los libros sobre el escritorio y lo abre. Espalda recta, ojos abajo, labios ligeramente fruncidos y una ceja arqueada; el futuro gran escritor de Brasil finge leer con seriedad y espera a que el retratista vuelva a presionar el disparador.
Esa misma seriedad caracteriza el resto de sus fotografías, incluyendo las que decoran las paredes de la Academia Brasileña de Letras y las que, cada año, parecen evadir la mirada de miles de estudiantes de preparatoria desde las contraportadas de sus lecturas obligadas. Machado de Assis, escritor y tesoro nacional, aparece ahora bajo un imponente bigote, pero con el pelo todavía peinado hacia atrás, con la mirada todavía fija en una dirección distinta al lente que lo capturó.
Cuando, años después de su muerte, la ensayista Lucía Miguel Pereira conversó con quienes lo habían conocido en vida, se sorprendió de encontrar una impresión similar. Incluso sus antiguos amigos lo recordaban “dentro de un frac oscuro”, con “el gesto lento, la palabra rara” y una actitud “pulida y reservada”, en concordancia con su cargo como presidente de la Academia Brasileña de Letras. “Todo en él coincidía con la gravedad del hombre distinguido”, cuenta Pereira; “su aspecto era el de un hombre perfectamente bien hallado”. Se le recuerda visitando librerías, caminando por la calle, leyendo por placer en trabajos burocráticos y participando en las reuniones con más escucha que palabra. También se sabe que era un esposo atento, que evitaba la política y que rara vez se movía de Río de Janeiro. Todo él era un enigma que buscaba regresar al márgen cada vez que su talento lo ponía en el centro. “Tanto como su obra”, continúa Pereira, “su personalidad sugiere dudas e interrogaciones; cambia de aspecto según el ángulo desde el que se la contempla”. Su discreción era tal que, según un artículo de Benjamin Moser para The New Yorker, cuando Machado cumplió cuarenta años, un periodista declaró con demasiada seguridad que sería imposible escribir su biografía, diciendo: “No existe nadie más reservado en el asunto que él”.
Sin embargo, ahora abundan los estudios biográficos sobre Joaquim Maria Machado de Assis, nombrado Caballero de la Orden Imperial de la Rosa y conocido también como el “Brujo de Cosme Velho”, el barrio donde vivía. Este personaje nació el 21 de junio de 1839, diecisiete años después de la independencia de Brasil, y solo treinta y un años después de que se imprimiera el primer libro en Río de Janeiro. Su madre, originaria de Azores, Portugal, lavaba ropa; su padre, hijo de ex esclavos brasileños, pintaba casas. Por lo tanto, sus probabilidades de un día ascender a la alta sociedad de su tiempo eran pocas: Machado pertenecía a una familia obrera de lo que entonces se denominaba “raza mixta” y, aunado a esto, era epiléptico, asmático y tartamudo.
Nadie esperaba que, un día, el pequeño Machado se hiciera amigo de un sacerdote dispuesto a enseñarle latín y que, luego, se dispusiera a aprender también francés de un panadero inmigrante. Eso es lo que cuentan las leyendas y, hasta ahora, no se ha encontrado otra explicación para que, a los diecisiete años, estuviera ya trabajando en una imprenta y estableciendo contacto con los grandes intelectuales de su época. De hecho, Machado llegó a ser tipógrafo de la Imprenta Nacional y redactor de uno de los mejores periódicos de la Corte. No tardó en ser encargado de reseñar las sesiones del senado y, aunque en ocasiones no ganaba lo suficiente para poder comer más de una vez al día, pronto comenzó a publicar sus primeros poemas y relatos.
Así se estableció, inicialmente, como escritor de romances para y sobre las mujeres de la élite brasileña. Por eso, las dos primeras colecciones de sus textos presentan todos los recursos característicos de la ficción decimonónica: abundan los vestidos y las fiestas de lujo, las miradas significativas dentro de carruajes, y la frivolidad de los conflictos amorosos por herencias fatídicas. Los problemas a los que se enfrentan los personajes de estas obras rayan en lo ridículo; pero, al fin y al cabo, “el ridículo es una especie de lastre que trae el alma cuando entra al mar de la vida”, escribe Machado; “algunos llevan a cabo toda la travesía sin otro tipo de carga”. Es claro que este autor solía presentarse ante la alta sociedad con un espejo y una risa disimulada, mientras ensalzaba a personajes ficticios ilustres como la hermosa y fugitiva Miss Dollar. “[Pero] la Miss Dollar del relato”, escribe Machado, “no es la niña romántica ni la mujer robusta, ni la vieja literata, ni la brasileña rica. Falla esta vez la proverbial perspicacia de los lectores: Miss Dollar es una perrita galga”.
Con esta facilidad para narrar y divertir, Machado pronto se convirtió en uno de los autores favoritos de la Corte. De ahí que, hasta ahora, no se sepa a ciencia cierta qué fue lo que sucedió en 1879. Se ha especulado que un fuerte y prolongado episodio epiléptico le recordó su propia fragilidad; que lo cerca que estuvo de perder la vista transformó su manera de sentir y habitar el mundo; que la “Gran Sequía” que afectaba entonces a Brasil lo motivó a hacer algo distinto con su arte. Lo cierto es que, a partir de ese año, su propuesta literaria cambió por completo y el gentil romántico de su juventud dio paso a un irónico sin miramientos. Los cuestionamientos filosóficos y la sátira política y social adquirieron fuerza en su escritura.
Así que, en el país católico más grande del mundo, Machado se atrevió a publicar una historia en la que “el Diablo, cierto día, tuvo la idea de fundar una iglesia” y hasta “se acordó de ir a ver a Dios para comunicarle la idea”, sólo para desconcertarse ante las contradicciones desvergonzadas de sus mejores “apóstoles”. En otro cuento, “El diccionario”, un dictador, calvo desde la juventud, decreta que todos sus súbditos también deben afeitar sus cabezas, argumentando que “la unidad moral del Estado” depende de que todas las cabezas se vean iguales. Su novela más famosa, las Memorias póstumas de Blas Cubas, está narrada desde la perspectiva de un ex aristócrata con aires de grandeza que rememora cómicamente sus fracasos después de muerto y que, lejos de seguir la tradición de dedicarle su escritura a su mecenas, prefiere dedicársela, “con recuerdo añorante”, al “gusano que royó primero las frías carnes de su cadáver”.
“Machado de Assis es ligero y divertido de una manera que rara vez se espera de los autores que terminan como estatuas”, escribe Benjamin Moser. Mucho de lo que lo hace tan gracioso es la tranquilidad con la que se atreve a escribir exactamente lo contrario de lo que piensa, bajo una falsa impresión de rigidez. Por eso, una constante en el estilo de Machado de Assis es la tensión entre su compostura escultural y la locura que describe en sus textos, una irreverencia disfrazada de severidad y elegancia que lo acompaña desde sus primeras fotografías.
En especial, “Machado se deleitaba en mostrar la débil cordura de la gente respetable”, reza el artículo de Benjamin Moser. En “El alienista”, por ejemplo, un prestigioso doctor arriba al pueblo de Itaguaí e inaugura una suerte de institución psiquiátrica, sólo para darse cuenta de que quizá el loco es él, o quizá “loco” está el mundo entero. “Aquellos cuyo equilibrio mental es inalterado”, señala con humor el narrador, “deben ser tratados en adelante como probablemente patológicos”. Él mismo concluye que la locura más peligrosa no es la que se muestra, sino la que se oculta como una doble cara en las esferas más recatadas de la sociedad.
Teniendo esto en cuenta, quizá Machado coincidiría con la famosa pregunta de Vladimir Jankélévitch: “¿qué es la ironía, sino la conciencia —una buena conciencia burlona— con la que se distingue de la hipocresía?”. Además, la ironía, por definición, cuestiona y, al cuestionar, libera. Esto le interesaba particularmente a Machado: él sabía que la liberación de la mente radicaba en la formación de una conciencia abierta al aprendizaje y al cambio. No en vano advierte el difunto autor de las Memorias póstumas: “Dios te libre, lector, de una idea fija; antes una paja, antes una viga en el ojo”.
De hecho, pocos escritores de ficción han pensado tan cariñosamente sobre las ideas, como si se tratara de personas reales capaces de moverse, de crecer, de perder su camino y quedar prendadas de otras. Y es que, para Machado, los contornos de nuestro mundo no están solamente determinados por nuestras circunstancias, sino también por aquello a lo que solemos prestarle atención, por nuestra manera de leer y desentrañar los misterios del ser humano y del mundo que habitamos. Por eso, sus textos parecen configurarse mediante diversas capas de sentido, como si se tratara de una cebolla; a partir de un interés especial (un compromiso, quizá) suscita o cataliza reflexiones, para constantemente retar a quien lee a mirar más allá de lo escrito: ¿qué hay detrás de las bromas despreocupadas de sus narradores? ¿Qué paradojas ponen en juego y qué revelan estas de nuestras propias contradicciones? ¿Exactamente de qué se ríe Machado?
Podríamos hacernos esta misma pregunta frente a una de las últimas fotografías del autor, tomada en 1906, dos años antes de su muerte. En ella, se han reunido varios intelectuales y miembros de la Academia Brasileña de Letras en un lindo patio, junto a una fuente. A primera vista, la expresión de Machado parece grave, pero esa seriedad desaparece conforme agrandamos la imagen. Así visualizo yo el momento previo: el gran Machado de Assis camina hacia una de las esquinas y se coloca al lado de dos célebres amigos suyos, Joaquim Nabuco y Francisco Pereira Passos. Esconde parcialmente sus dedos bajo la tela de su saco (solemne, siempre solemne). Se endereza. De pronto, se le ocurre que de esta forma será recordado dentro de unos (quizá muchos) años, cuando ya no pueda posar más frente a una cámara; así que, antes del flash, Machado se acerca un poco más a sus amigos y, como en secreto, como diseñando un chiste privado con el futuro, sonríe levemente bajo sus bigotes.

Obras citadas
Bousoño, Carlos. Teoría de la expresión poética. Vol. 2, 7a ed., Gredos, 1999.
Garcia Teixeira, Cristiane. “Imprensa portuguesa, presença assídua na leitura juvenil de Machado de Assis”. Journalismo e Historia, Universidade Federal de Santa Catarina, 5 de febrero de 2021
Machado de Assis, Joaquim. “El alienista”. Cuentos, selección y prólogo de Alfredo Bosi, cronología Neusa Pinsard Caccese, traducción de Margara Russotto, Biblioteca Ayacucho, 1978.
—. “El diccionario”. Revista Montaje, Traducción de Sebastián Novajas, 11 de mayo de 2022.
—. “La iglesia del Diablo”. Cuentos, selección y prólogo de Alfredo Bosi, cronología Neusa Pinsard Caccese, traducción de Margara Russotto, Biblioteca Ayacucho, 1978.
—. Memorias póstumas de Blas Cubas. Traducción de Antonio Alatorre, introducción de Lucía Miguel Pereira, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1951.
—. “Miss Dollar”. Cuentos, selección y prólogo de Alfredo Bosi, cronología Neusa Pinsard Caccese, traducción de Margara Russotto, Biblioteca Ayacucho, 1978.
“[Machado de Assis aos 67 anos] [Iconográfico]”. Biblioteca Nacional de Brasil, Acervo Digital.
Moser, Benjamin. “He’s One of Brazil’s Greatest Writers. Why Isn’t Machado de Assis More Widely Read?”. The New Yorker, julio 9 y 16, 2018. The New Yorker, 2 de julio de 2018.
Jankélévitch, Vladimir. La ironía. Edición digital, Penguin Random House, 2020.
Pereira, Lucía Miguel. “Introducción”. Memorias póstumas de Blas Cubas, de Joaquim Machado de Assis, traducción de Antonio Alatorre, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1951.
“Retratos de Joaquim Maria Machado de Assis”. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
Ribeiro, Milton. “A amizade peculiar entre Joaquim Nabuco e Machado de Assis é tema de palestra na BPE”, Guía 21, 28 de octubre de 2016.
Siham El Khoury Caviedes
Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana. Su trabajo de obtención de grado fue sobre Machado de Assis.