Sor Juana y los inventarios
Dos ediciones facsimilares de viejos catálogos del Museo Nacional hacen pensar bastante en el problema de la catalogación, inventario y registro del patrimonio cultural. Por una parte, el Inventario de las colecciones arqueológicas del Museo Nacional, 1907, que cuenta con sendos estudios preliminares de Bertina Olmedo y Miruna Achim. Por la otra, el Catálogo de la colección de antropología del Museo Nacional (1895), elaborado por Alfonso Luis Herrera y Ricardo E. Cicero, y con un estudio introductorio de Teresa Rojas Rabiela e Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba.1 Esto puede parecer un tema especializado en exceso, propio de eruditos que cuentan patas de mosca, pero tiene una dimensión política indudable. La catalogación, inventario o registro de las colecciones públicas es el fundamento de las políticas culturales del Estado en todos sus niveles. Cuando eso va mal, no pueden esperarse resultados en ningún ámbito.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Y no va bien. Como se ha mencionado antes en esta columna, la Auditoría Superior de la Federación lleva años señalando deficiencias y limitaciones en los inventarios y catálogos del patrimonio nacional. Aunque esta intervención de un organismo autónomo ha provocado una saludable actualización en algunas prácticas, amén de resultados indudables (que se reseñaron también aquí), todavía son más los acervos públicos que no han concluido o publicado el inventario, catálogo o registro de sus colecciones; o bien han cumplido esa tarea de manera parcial o deficiente.2
Los inventarios son indispensables por motivos de pulcritud administrativa. El “patrimonio cultural” —como otros rubros de la propiedad pública— no tiene existencia plena, para efectos legales, si no está organizado y registrado debidamente. Si por desgracia aparece un bien cultural mexicano en una casa de subastas en cualquier otro país, lo primero que debe presentar la embajada para recuperarlo es el registro del bien; entre otras cosas para constatar que fue sustraído del sitio en el que se encontraba legítimamente, pero sobre todo para acreditar el dominio del Estado mexicano sobre el objeto en cuestión. El asunto es más grave en lo que toca al patrimonio inmaterial, pues se trata de bienes intangibles para los que el correcto registro resulta mucho más importante.
Pero los inventarios no tienen sólo una utilidad administrativa. Lo entendió Sor Juana, cuando se imaginó que —iluminada por el Ave Fénix— quedaría relevada de cualquier laborioso trámite sucesorio, y mejor aún: con una sólida identidad asegurada por generaciones de sucesoras redivivas.
Lo que me ha dado más gusto,
es ver que, de aquí en adelante,
tengo solamente yo
de ser todo mi linaje
[…]
¿Que no he de hacer testamento,
ni cansarme en ítem máses
ni inventario, pues yo misma
he de volver a heredarme?3
Pero como en muchas otras cosas, la perspicacia de Sor Juana fue una excepción. Las humanidades mexicanas tienen una tradición aristocrática que desdeña las operaciones de organización, a las que suele negarles cualquier relevancia intelectual o moral. Los antropólogos, historiadores y sociólogos estamos para expresar ideas aladas sobre el bien, la forma ideal de gobierno, el destino de la nación o la política petrolera, no para andar tecleando miserables listas. Grave error, porque la organización de información es una tarea intelectualmente compleja, que se traslapa con disciplinas harto abstractas —con la lógica matemática, pero también con la ética. Por lo demás, el pensamiento jurídico postuló hace más de un siglo que el patrimonio no es solamente la suma de los pequeños bienes que pueda enlistar un propietario en un momento dado. Es por eso que Aubry y Rau, comentando el método de Karl Salomo Zachariae, definían al patrimonio como “un universal del derecho”, e iban más lejos: “El patrimonio tiene una naturaleza puramente intelectual y, por ende, los elementos que lo componen deben revestir el mismo carácter. Los objetos exteriores sobre los que se apoyan los derechos de una persona no forman parte integrante de su patrimonio en sí mismos, o en razón de su naturaleza constitutiva, sino en tanto que bienes, y en razón de la utilidad que pueden aportar”. Por ello, estos autores concebían al patrimonio como “una emanación de la personalidad” que, al mismo tiempo, caracterizaba a la persona como tal.4 Una concepción indudablemente burguesa y ferozmente idealista. Sin embargo, sus huellas son visibles en las distintas teorías que asocian el patrimonio con las identidades colectivas y los discursos públicos, para las que el patrimonio cultural es algo más que un conjunto de cacharros y tepalcates, pues los bienes que lo constituyen, constituyen también al colectivo y a cada uno de sus ciudadanos o habitantes. De esta manera, el patrimonio resulta indispensable para otorgarle una personalidad colectiva al “pueblo”, otro de los actores centrales de las doctrinas jurídicas decimonónicas y, en especial, de las ramas del positivismo jurídico que tuvieron ascendiente a través de la Revolución y en el México posrevolucionario.
Está claro entonces que, más allá de su indudable utilidad para el turismo y distintos proyectos de colonización interna, la necesidad de inventariar los patrimonios culturales tiene orígenes bastante abstractos. Puede caracterizarse como una “necesidad ideológica”, pero no en el terreno retórico habitual: el de los discursos inaugurales, las introducciones de los libros conmemorativos o las cédulas de las fastuosas exhibiciones estatales. Para entender la importancia de los inventarios hay que adentrarse en abstrusas teorías jurídicas y en el pensamiento de autores que quisieran ver en el recuento de los bienes una necesidad lógica.
Los dioses sin cabeza
Los dos catálogos porfirianos recién reeditados parecen haberse originado en sendas ocasiones conmemorativas. Derivado del impulso diplomático para participar en las celebraciones del IV centenario del descubrimiento de América, el gobierno mexicano consiguió que el XI Congreso de Americanistas se llevara a cabo en la ciudad de México en 1895. Para la ocasión, como lo explican Teresa Rojas Rabiela e Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba, se pusieron en orden numerosos catálogos del Museo Nacional, que iba a ser la sede del importante encuentro académico, y se determinó montar una exposición. Pero ocurre hasta la fecha lo que pasó en 1895: el catálogo y la exposición de antropología quedaron a cargo de dos personas muy jóvenes: el futuro biólogo Alfonso Luis Herrera y el médico Ricardo E. Cicero, que con el tiempo se convertiría en uno de los más acreditados profesores de dermatología. Antes de analizar el contenido del catálogo, vale la pena detenerse un poco en las condiciones del encargo, que sorprendió bastante a los propios autores, quienes se sinceraron: “Escasos nuestros conocimientos en el ramo; pero justamente agradecidos a la distinción que se nos hacía”.5 Hasta la fecha ocurre que las tareas de organización de las colecciones se encarguen a personas ajenas o periféricas al sistema. El Museo Nacional era ya una institución consolidada, pero la organización para el Congreso de Americanistas rebasó a una estructura que no estaba diseñada para concluir ese cometido. La pertenencia a una élite social y la juventud son factores que pesan bastante para el encargo, pues probablemente se haya llegado a la conclusión de que el personal del museo no concluiría a tiempo la tarea.
Recordemos que el Museo Nacional tenía aún las colecciones biológicas, cuyo catálogo también se encargó a un muy joven Alfonso L. Herrera, farmacéutico e hijo del farmacéutico del mismo nombre. No sorprende encontrar en el texto de aquellos jóvenes científicos un evolucionismo tajante y discriminatorio:
El indio mexicano es todavía idólatra; está muy distante de conocer la existencia de un Dios único e incorpóreo: para él no hay Dios sin cabeza, brazos y piernas; para él todos los santos católicos son igualmente fuertes y poderosos […] tiene una preferencia marcada por las imágenes deformes, y parece que recuerda todavía aquellos ídolos de su antigüedad.6
El pensamiento de Herrera cambiaría bastante con el tiempo, para convertirse en uno de los pocos interlocutores mexicanos de Alexander I. Oparin en las discusiones acerca del origen de la vida.7 Según los historiadores de la biología, Herrera fue el fundador de esa disciplina en nuestro país (pues fue el primer catedrático de la materia, en 1902, en la Escuela Normal).8 Algo que recuerda al futuro Alfonso L. Herrera puede verse en el Catálogo de la colección de antropología: un curioso intento de Cicero, de convertir las categorías raciales de los famosos cuadros de castas del siglo XVIII en un diagrama científico, “dispuesto conforme al sistema de Broca”, en el que brindan incluso una notación matemática semejante a la de la tabla periódica de los elementos. Esas analogías entre la química y la vida acabarían caracterizando al futuro teórico sobre el origen de la vida.
Pero ¿qué tenía la “colección de antropología”? Además de algunos esqueletos y armaduras, tenía fotografías. Muchas de ellas son tomas ligadas a distintos proyectos antropológicos, pero también hay entre ellas “tipos mexicanos”; fotografías familiares tomadas en estudios famosos, como el de Cruces y Campa; e incluso algunas tomas que rondan el territorio de la tarjeta postal. En las tres planas de tipos criminales poblanos hay un tímido intento de poner en práctica los preceptos de Alphonse Bertillon, que promovía la toma de fotografías estandarizadas (“de frente y de perfil”) para la correcta identificación de los delincuentes.9 Herrera y Cicero, conscientes de sus limitaciones como antropólogos, alegan en la introducción que se han limitado a transcribir las descripciones de las mismas imágenes que le atribuyen al afamado historiador Francisco del Paso y Troncoso.
Esta característica del Catálogo de 1895 me parece muy importante de señalar: es un catálogo de fotografías que pretende ser un catálogo de personas. Los registros describen a los sujetos fotografiados sin reparar en los fotógrafos, el tamaño de las impresiones, la técnica empleada para las mismas u otros datos técnicos relativos a los objetos. El catálogo, así concebido, aspira a convertirse en una taxonomía biológica. En lo que toca a la historia de la catalogación, aquí aparece una de las mayores dificultades del arte, pues es muy frecuente que se haga el inventario de objetos que representan otros objetos o, como en este caso, a personas y grupos sociales. Así sucede cuando una colección de estampas se compone sobre todo de copias de los cuadros de los famosos maestros del Renacimiento, cuando se tiene una bodega llena de réplicas de yeso de antigüedades romanas, o bien cuando lo que se cataloga es una colección de fotografías relativas a zonas arqueológicas e iglesias coloniales. Esto exige una doble sistematización: la de los objetos, propiamente hablando, y la de aquello que representan. Es en este punto donde el trabajo de edición de Rojas Rabiela y Gutiérrez Ruvalcaba hace una aportación indudable, desde el refinamiento de su erudición, pues lograron rastrear, identificar y publicar un número muy sustancial de las fotografías consideradas por Herrera y Cicero hace más de cien años, y que naturalmente no se habían publicado en 1895. El facsímil tiene además un estudio introductorio muy sistemático que aporta bastante a la historia de las ideas raciales mexicanas al final del porfiriato.
El códice y el mecanuscrito
Las condiciones de la encomienda, en 1907, de un nuevo inventario de las colecciones arqueológicas del Museo Nacional al destacado filólogo y lingüista alemán Edward Seler son quizás un poco más claras. Fue un encargo directo de Genaro García, recién nombrado director del museo. La gestión ameritó una solicitud al gobierno de Alemania, para que Seler pudiera gozar de una licencia en el Museo Real de Etnología de Berlín que le permitiera realizar las tareas que requería la institución mexicana, según informa Bertina Olmedo en uno de los estudios introductorios.10 Aunque Olmedo hace notar que García veía en las explicaciones de Seler una herramienta pedagógica para las cédulas del museo, me atrevo a complementar esa explicación con una hipótesis. García encabezó poco después la comisión que organizó las celebraciones por el Centenario de la Independencia, y es posible conjeturar que la iniciativa del inventario se hiciera ya pensando en la fastuosa conmemoración de 1910.11 Nuevamente se busca a un académico que no forma parte, propiamente hablando, de la estructura del museo, aunque esta vez se va al extremo opuesto: se hacen gestiones diplomáticas para que el inventario lo lleve a cabo un especialista europeo. La edición facsimilar incluye, en la introducción, algunas cartas a este respecto.
Claro que, en lo que toca a las colecciones de arqueología, el inventario de Seler no era el primero. Miruna Achim hace en la introducción una historia puntual de los distintos esfuerzos para sistematizar las colecciones del museo, el más reciente hasta entonces por Jesús Galindo y Villa. Parece, sin embargo, que Genaro García no quedó satisfecho con los registros entregados por el sabio alemán, pues aunque le había dado indicaciones bastante precisas de lo que pretendía (entre otras cosas, le pidió agrupar los objetos por “civilización”), el historiador mexicano terminó quejándose con Justo Sierra de que Seler “no se ajustó a las bases escritas”. El texto, escrito a máquina, tiene algunos dibujos ilustrativos además de una buena cantidad de correcciones y juicios negativos, presumiblemente a cargo de funcionarios que echaron en falta la ausencia, en muchas de las entradas, de información relativa al origen o a la civilización. Aparentemente, se consideró que Leopoldo Batres corrigiera o elaborara de nuevo el trabajo de Seler. De esta manera, el Inventario… inicia una larga tradición de las instituciones culturales mexicanas. Con todo y sus limitaciones, insuficiencias o errores, el mecanuscrito es un verdadero despliegue de competencia profesional realizado en un tiempo muy limitado, lo que lleva a Achim a calificarlo de “vertiginoso”. Pero las intrigas gremiales y el verticalismo autoritario de las estructuras hicieron que la lista de Seler fuera archivada más de un siglo. Y le fue bien, porque el inventario que probablemento hizo Batres para corregirlo no puede encontrarse y las editoras no están seguras de que realmente se haya llevado a cabo.12
El Inventario… mismo es un objeto de gran interés y parece estrechamente ligado a las salas del museo, pues se presenta como “inventario de los objetos exhibidos en los Departamentos de Arqueología”. Por eso, su primera entrada es el llamado Calendario azteca, al que siguen la Estatua colosal de Coatlicue y otras piezas semejantes, que figuran hasta la fecha en los lugares más prominentes del recorrido del Museo Nacional de Antropología. Además de los datos ya mencionados (la civilización que los elaboró, el lugar de origen del objeto), las entradas del inventario incluyen diferentes operaciones de descripción, tanto en los títulos como en las breves interpretaciones, que son escuetas y directas, como podría esperarse de un profesor alemán. Las explicaciones casi siempre se refieren a la funcionalidad del objeto o a los glifos que contiene. Es notorio que el interés principal del investigador eran los símbolos, la iconografía y la escritura; por eso no sorprende que le dedique entradas muy extensas a los códices, cuya descripción es minuciosa en lo que toca a las imágenes, pero parca o nula en el aspecto material.13
La reproducción fotográfica de la lista de Seler, corregida con anotaciones a lápiz y con manchas de papel carbón, la convierte en una especie de códice nuevo: el de los antropólogos del Centenario. Valdría la pena hacer una historia general de los catálogos e inventarios del patrimonio cultural mexicano, que seguramente ayudaría a corregir y completar los esfuerzos presentes, apreciables pero muy insuficientes. Lo que más llama la atención de las dos ediciones facsimilares es que, en contextos institucionales un poco diferentes, parezcan haberse concebido como algo adicional a las tareas habituales del Museo Nacional. El problema existe hasta la fecha. ¿Cuáles podrían ser las actividades normales de un museo, si el inventario o el catálogo no tuvieran la mayor jerarquía dentro de las mismas? Hacen falta nuevas investigaciones de historia institucional para entender por qué las instituciones mexicanas buscan medios extraordinarios para llevar a cabo sus actividades obligatorias y cotidianas.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Es miembro de la Academia de Artes.
1 Seler. E. Inventario de las colecciones arqueológicas del Museo Nacional, 1907, eds. Bertina Olmedo Vera, Miruna Achim, y María Teresa Solana, primera edición, Arqueología, Secretaría de Cultura, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Museo Nacional de Antropolgía, México, Ciudad de México, 2018. Herrera, A. L., y Cicero, R. E. Catálogo de la colección de antropología del Museo Nacional (1895), eds. Teresa Rojas Rabiela e Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba, edición facsimilar conmemorativa, Instituto Nacional de Antropología e Historia, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Ciudad de México, 2018.
2 González Mello, R. “Las imágenes costosas”, nexos, Cultura y vida cotidiana, 1 de julio de 2021.
3 De la Cruz, J. I. Obras completas. Lírica personal, ed. Alfonso Méndez Plancarte, 1.ª ed., vol. 1, Biblioteca Americana 18, Instituto Mexiquense de Cultura, Fondo de Cultura Económica, México, 1988, pp. 146–47. “Ítem más” era la expresión que se utilizaba para indicar un nuevo elemento en una lista.
4 Aubry, C., y otros. Cours de droit civil français d’après la méthode de Zachariae , Marchal et Billard, París, 1897, VI, pp. 229–30. Sobre la extravagante trayectoria del código napoleónico, explicado en alemán por Zachariae, a su vez comentado en francés por Aubry y Rau, ver López Jacoiste, J. J. “La vigencia del Código Civil francés en Alemania: el método de Zachariae”, Anales de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, núm. 30, 2000, pp. 297–310.
5 Herrera y Cicero, ob. cit., p. 15.
6 Ibid.
7 Antonio Lazcano ha sido infatigable en llamar la atención sobre la importancia de esta figura relativamente olvidada; véase James Cleaves, H., y otros. Herrera’s “Plasmogenia” and Other Collected Works. Early Writings on the Experimental Study of the Origin of Life, Springer, Nueva York, 2014, p. 3.
8 Ledesma-Mateos, I., y Barahona, A. “The Institutionalization of Biology in Mexico in the Early 20th Century. The Conflict between Alfonso Luis Herrera (1868-1942) and Isaac Ochoterena (1885-1950)”, Journal of the History of Biology 36, núm. 2, 2003, p. 290. Ledesma-Mateos, I. De Balderas a la Casa del Lago. La institucionalización de la biología en México, Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, D. F., 2007, pp. 108–43.
9 Sobre las limitaciones e inconsistencias del uso del método de Bertillon en México, ver Medina, C. “¿Identidad o identificación? La fotografía y la distinción de las personas. Un caso oaxaqueño”, en Arte, historia e identidad en América: Visiones Comparativas. XVII Coloquio Internacional de Historia del Arte, eds. Juana Gutiérrez Haces, Gustavo Curiel Méndez, y Renato González Mello, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, México, 1994, II, pp. 577–97.
10 Seler, ob. cit., p. 59.
11 Ramos Escandón, C. “Genaro García, historiador feminista de fin de siglo”, Signos Históricos 3, núm. 5, 2001, pp. 87–107.
12 Ver la introducción de Bertina Olmedo, en Seler, ob. cit., pp. 78–80.
13 Seler, ob. cit., pp. 263 y ss.