Iniciamos esta correspondencia de cuatro entregas entre dos escritoras mexicanas. Un intercambio cercano y personal para abrir otros horizontes en tiempos del confinamiento y emergencia sanitaria. Dos testimonios tan necesarios como el resto de la información.
Ciudad de México, 21 de marzo de 2020 “Año del coronavirus”
Querida Karla:
¿Cómo te sientes en este mundo? Desde antes, yo no conseguía adaptarme; ahora entiendo que hicimos lo posible, como especie, para expulsarnos del planeta. Debido a que la expulsión no puede darse de verdad, a falta de presupuesto para cohetes y porque la conquista del espacio está en su primera edad, hemos alcanzado la situación actual: nos expulsamos mutuamente hacia nuestras propias viviendas.
Nacimos en el mismo año. Lo supe apenas o, quizá, lo habíamos hablado aquella vez que nos encontramos en un festival de poesía en el centro de la ciudad, pero tengo una memoria deficiente. Me dijiste entonces que eras del signo de Virgo, eso sí que lo recuerdo. Yo soy Cáncer y nací una Noche de San Juan. Me da cierta licencia para sentirme bastante bruja. ¿Tú sabes detalles de tu nacimiento? También sé, porque mi madre me lo contaba a menudo, que nací boca arriba: “cara al Sol”, le llaman —o eso decía mi mamá. Parece que el parto fue normal, pero si te enseñara mi fotografía de recién nacida te llevarías un buen susto.
Apenas nos conocemos, entonces, pero a través de estas cartas sabremos más una de la otra. Te cuento que estoy escribiendo un libro sobre Clarice Lispector. Revisando su correspondencia, vi que ella habla de los imprevistos en una carta a su recién conocida amiga Olga Borelli; yo pienso que estar escribiéndonos ahora forma parte del imprevisto universal.
No creo que podamos eludir el tema que ocupa al mundo: el confinamiento en nuestras casas a causa de la propagación de un virus gripal tan feroz que… las bolsas de valores también se enfermaron. ¿O habrá sido al revés? ¿Qué fue primero: el huevo del dinero o la gallina en cuarentena? ¡Vaya a saber! A mí esto me da horror, me produce angustia, como a millones de personas, creo. Es del todo posible que el mundo sea distinto cuando atravesemos el umbral de los contagios internacionales y casi cósmicos. ¿Cómo será después?
Desde Sevilla me llegó un video de mi amiga Beatriz con su hija, Olivia, de dos años. Beatriz está preparando galletas y le dice a Olivia que no pueden ir al parque. ¿Por qué no podemos ir al parque? Continúa mi amiga: Porque está cerrado, dice la pequeña Olivia y sigue: y la carnicería está cerrada y el (inaudible) está cerrado y…
El mundo parece ahora una cárcel inmensa. Llegamos hasta aquí sabiendo que nuestras casas son guaridas, pero ahora son también celdas.

Ilustración de Marco Colín
Nada volverá a ser como era, Karla. ¿Tú piensas eso también? Me pasa que no consigo enunciar mi asombro. Jamás habría imaginado, tampoco, vivir algo así, pensaba que si ocurriría sería cuando fuera más vieja. Hoy estoy mejor, mi ánimo ha oscilado de la angustia al agotamiento. Hoy es un día distinto a los anteriores. Leí un artículo y me horroricé un poco más, pero luego pensé que tal vez podamos hallar la manera de escapar del futuro inmediato. Para eso ¡tendríamos que conseguir fugarnos del presente! Yo no quiero que jamás venga un dron a decirme que debo resguardarme obligadamente en mi casa. ¡Espero que nunca me ocurra!
Si quisiéramos representar por medio de la escritura lo que acontece en este momento alrededor del mundo, tendríamos que contar con varias manos cada uno de nosotros. Tal vez por eso, ahora que estamos escribiéndonos a cuatro manos, encontremos mayor sentido a lo que pasa. La escritura, más que nunca, es un asunto común o no es escritura. No puede entrar la esterilización o la higiene en ella, no puede tratarse de una escritura de la asepsia: espero que no sea eso lo que va a suceder. Prefiero escribir de manera impuntual y sucia y hacerlo con otros. La escritura debe ser contaminante; debe permitirnos recordar que somos animales indefensos y, a la vez, crueles. La escritura no es el arma que sostiene el soldado. Se trata de quebrar las nociones cotidianas para traducirlas en una nueva forma de decir que enfrente la circularidad trágica en la que hemos caído. ¡Sálvese quien pueda! Diría Escritura hoy, si la entrevistaran. ¡Estamos en el Más Allá!, gritaría otra vez con los ojos inyectados de pavor.
Las horas tienen otra temporalidad distinta en estos días en que la ciudad se ha vaciado de personas. Las horas son casi animales domésticos y empiezan a acostumbrarse a la novísima condición del mundo: la velocidad se ha reducido y los aviones son bombas biológicas estacionadas en los aeropuertos.
Un abrazo pandémico,
Daniela
§
24 de marzo 2020
Lispector a Borelli. Freud a Fliess. Río de Janeiro. Viena. Ciudad de México. Yo a ti desde un espacio cerrado, me desespera, descoloca, devora, y la cuarentena apenas empieza. Voy de vuelta al desamparo originario, a un estado muy primario que me aterra. Tecleo en una cueva o en un búnker blindado, aquí no puedo escuchar al mundo, shhh, nadie dice nada, ningún grito, no suenan los motores de los coches o las motos, quizás un pájaro silbe o el ladrido de un perro de cuando en cuando. Así vivo el encierro y ya no sé con quién dialogo en voz alta, con nadie, con él, conmigo misma, la muda de esta casa, la loca de la cárcel. El silencio es una bestia salvaje y feroz, no se le oye venir, pero su zancada está maldita y me persigue sin tregua. Viajo a la nostalgia, el cuerpo me estorba más de lo normal. Quiero darle prisa al tiempo, que vaya rápido, o volver hacia atrás y ponerle pausa. Los minutos se derriten o congelan, casi no ha llovido y las jacarandas florean allá afuera; nunca antes fueron menos vistas.
En la pandemia mis paranoias crecen, me acechan. Se disfrazan de astronauta o de alguien proveniente de un futuro distópico cubierto con un traje blanco como el profesional sanitario que vino a hacerme la prueba del Coronavirus hace apenas unos días. El hisopo llegó hasta el cerebro, luego a las entrañas, me removió por dentro, sangré, y al fondo de un tubo de ensayo (con etiqueta COVID-19) quedaron mis genes, mi herencia, trozos de ADN, fragmentos de mí. Deliro, desvarío, estoy contaminada, contagio con tan solo mirar. Soy plaga y veneno. No logro confinarme y entonces yo tengo la culpa de que otros cien enfermen. Por otro lado, mis fantasías de estar sana: sobrevivo, salgo a la calle y grito con fuerza cualquier palabra que me nombre y me regrese la existencia.
“El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”, menciona Camus en La peste, y tú me preguntas cómo será todo después. No lo sé, Daniela, no sé ni cómo soy yo ahora mismo, pero nuestra correspondencia me alivia de la angustia que a ratos me sofoca. Así me siento hoy en el mundo. Aislada. Sola.
Dime, ¿y tú a quién extrañas?
Y nos topamos, un encuentro virtual años después de aquella fiesta dedicada a celebrar la poesía. Era primavera también, de noche, un domingo. La pequeña plaza atiborrada de poetas recitando versos al unísono, tú y yo sentadas en dos banquitos platicando de novelas o leyendas o de nada porque el escándalo no permitía escucharnos bien. Poca luz y un montón de barullo, a diferencia de estos días. Quería oírte (siempre he preferido prestar oídos a hablar). Una mujer extranjera tocaba la guitarra, otra canturreaba en un idioma incompresible, un camarero ofrecía vino o agua de limón. Alguien repartía lápices y hojas de papel para anotar ideas. O algo así sucedió. Mi capacidad para recordar es mucho peor, querida, por eso cuando no me acuerdo del pasado me da por inventar historias. Lo que sí pasó, y eso prueba tu buena memoria, es que ambas habíamos nacido en el 75 y ninguna de las dos podíamos darle punto final a un libro en proceso. Me confesaste tus brujerías y tu signo zodiacal, y te cuento que fui concebida en La Paz, Baja California, arriba del Trópico de Cáncer, en el Año del Conejo; no sé si hubo luna, pero fue un miércoles sin ceniza en la canícula de agosto, bajo el signo de Virgo. Nací con los ojos abiertos, asegura mi madre.
Te cuestionas, lo sé, si en el año del Coronavirus dejará de existir la ciencia ficción. Estoy con Asimov y Fundación. Ahí son cinco extensos relatos, acá serán cuatro breves entregas, una por semana. No creo, como plantea la novela, que llegue la hora de descubrir todo acerca del ser humano. Estamos en época de aprendizaje y necesitamos de los otros, de su palabra y su mirada, aunque sea a la distancia. Me encuentro llena de incertidumbres, como tú, como todos. Sin embargo, escribir hace que aparezca la esperanza y se extinga la anestesia.
No sé si sigue siendo hoy o si es mañana, pero cuando leas esta carta tal vez ya sepa si fui contagiada o no.
Te mando un abrazo de lejos que se sienta cerca,
karla zárate
Daniela Tarazona
Escritora. Es autora de: El animal sobre la piedra, entre otros títulos.
Karla Zárate
Escritora. Su novela más reciente es: Llegada la hora.
Marco Colín
Dibujante, fotógrafo y publicista. Es director general creativo de la agencia AVIÓN.
Me encantaron las dos cartas te envío un beso muy grande Karlita como siempre te he nombrado. La amistad que tenemos con Mena y Luis a quien todavía llevo en mi corazón y recuerdos también me hicieron amar a sus hijos. Tienes un talento impresionante y no me extraña pues conozco el de tu mamá aunque en otras áreas. Vamos a pasar este bache en nuestro camino y tendremos la oportunidad de volver a vernos.