Carta a Belinda (O: Cómo aprendí a dejar de preocuparme sobre el fin de los intelectuales)

En esta misiva con guante blanco a una estrella del pop que se ha alineado con López Obrador, el autor reflexiona sobre la erosión del papel de los intelectuales en la vida pública mexicana y se pregunta sobre el futuro que nos deparan las “benditas redes sociales”.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Apreciada Belinda,

Encontramos en la red una foto que nos cautivó y creemos que funciona para hablar de forma concreta de varios temas que nos conciernen desde hace tiempo. Seguramente la habrás visto. En su momento circuló en las redes sociales y, tras ello, varios medios la retomaron. Al centro estás tú, ataviada con un vestido dorado strapless de corte sirena que tiene estampado unos ángeles de alas tricolor tocando la guitarra. Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato a la presidencia y hoy Presidente de México, vestido con traje negro, camisa blanca y sin corbata, te levanta la mano izquierda. Señal inconfundible de triunfo y, de paso, guiño al mundialmente conocido gesto de la izquierda. Alrededor de ustedes los fotógrafos levantan sus cámaras, capturando el momento. Algunos otros personajes, importantes políticos, se alcanzan a distinguir en un segundo plano. La más llamativa es Claudia Sheinbaum, pupila de Andrés Manuel y futura Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, quien sonríe y aplaude entusiastamente.

La fotografía fue tomada el 27 de junio de 2018, durante el cierre de la campaña presidencial de AMLO y su coalición “Juntos haremos historia”. Se le llamó el AMLOFEST y sucedió, como buen evento deportivo o de entretenimiento, en el Estadio Azteca. La política desarrollándose como espectáculo.

El AMLOFEST resultó un éxito. La programación fue interesante porque no olvidó la tradición folklorista de la izquierda mexicana. Participaron Susana Harp y la Banda de Tlaxiaco, Eugenia León y unos Jaraneros. Pero su momento realmente brillante se debe al hecho de haberte invitado a ti. Le diste un giro a esa tradición musical que tanto le gustaba a los jóvenes barbudos y de huaraches sesentayochistas que soñaban con hacer la Revolución. Tú, a diferencia de ellos, resististe la tentación de hablarle exclusivamente a unos pocos clasemedieros universitarios. Llegaste al pueblo. Algunos invitados VIP (políticos, empresarios, próximos miembros de gabinete), quienes estaban a nivel cancha, no sabían muy bien qué hacer mientras tú cantabas. Pero en las gradas, donde estaba el grueso de la gente, los gritos, cantos, aplausos y el baile no paraban. Era el júbilo de la revuelta popular.

No queda duda de que, en términos de espectáculo, tu intervención fue la mejor. Dado el contexto, iniciar proyectando un mensaje pidiendo un “México mejor, un México con futuro” fue una gran decisión. Fue un acierto, además, que interpretaras tus clásicos personales, como ‘Sapito’, pero también canciones mexicanas tradicionales. (Nuestra favorita: “México lindo y querido”). Sobre todo, fue una gran idea cambiar de atuendo prácticamente para cada canción. Chamarra metálica Philipp Plein con pantalones holgados y crop top negro para ‘Lento’. Impermeable gris Balenziaga para ‘Dopamina’. Vestido de dos piezas Dolce & Gabbana con estampados azul y blanco simulando los mosaicos sicilianos para ‘Luz sin gravedad’ y ‘En la oscuridad’. Chamarra Gucci azul con franjas rojas y pantalones blancos para ‘Egoísta’. Jérsey Gucci negro estilo marinero con cierre de franjas rojas y cristales para ‘Si no te quisiera’. Gabardina verde, blanca y roja estampada con un águila juarista y la frase “amor y paz” para el ‘Ni Freud ni tu mamá’.

Terminaste esta primera parte de tu show y vino un discurso de Claudia Sheinbaum. Era tarde. La gente estaba cansada. Aplausos dispersos y algunos chiflidos. En realidad, nadie quería escucharla. Cerró su corta intervención exclamando que era un honor poder presentar al próximo presidente de México. Pero antes de que AMLO subiera al escenario, te dieron el micrófono una vez más. Anunciaste que tenías una sorpresa. Interpretarías junto con Espinoza Paz una canción adicional. Tu voz y la de Paz retumbaron en los oídos de todos:

Con madurez me voy a retirar
Y por primera vez prometo no llorar
Y voy a sonreír
Para que pase desapercibida mi tristeza.
Que le digo a la ciudad
Por tu desaparición
Como puedo asimilar
Que si estuve ya no estoy
Dentro de tu corazón.

Después de tu dueto con Espinoza Paz, el estadio entero estaba en éxtasis. El ambiente estaba preparado para el momento catártico, para la intervención de AMLO. El candidato subió al escenario de forma parsimoniosa, deteniéndose a saludar. Te dio un beso y, en seguida, te subió la mano izquierda. Voltearon a ver al público que los aclamaba con furor frenético. La fotografía captura ese momento.

El discurso de AMLO fue largo. Enlistó lo que haría como presidente. Y también lo que no haría. Le dio magnitud histórica a su proyecto político: declaró que iniciaría la “Cuarta Transformación” del país (las anteriores, como todos sabemos a estas alturas, fueron la Independencia, la Reforma y la Revolución). Afirmó que su sexenio cumpliría los sueños de muchos mexicanos de ahora y de antes. Trazó una genealogía clara. Lo que haría venía de lejos, pero se había fraguado gracias a las luchas previas. Reconoció a quienes participaron en movimientos anteriores: a los jóvenes del 68 y a distintos líderes sociales. Y, para cerrar, reconoció a los intelectuales: “Lo alcanzado en los últimos tiempos se lo debemos a muchos mexicanos de todas las regiones, culturas y clases sociales del país. En este día memorable recuerdo con cariño a José María Perez Gay, Arnaldo Cordova, Luis Javier Garrido, Hugo Gutiérrez Vega, Julio Scherer Garcia, Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, y celebro que sigan con vida y con el ánimo siempre joven Elenita Poniatowska, Fernando del Paso y Carlos Payán”.

Aunque AMLO los recordara con cariño, lo cierto es que los intelectuales no ocuparon un lugar preponderante aquel día de cierre de campaña —que, visto de otra forma, fue el día que inició su régimen—. No asistieron ni Poniatowska, ni del Paso, ni Payán, ni tampoco Luiselli, Villoro, Cuarón, Aguilar Gil, Luna, Volpi o Jauregui. Ningún intelectual fue la figura legitimadora o articuladora que abrió el espacio simbólico para que la palabra de AMLO emergiera. La figura legitimadora y articuladora fuiste tú, Belinda.

AMLO se percató de que le servía más tu espectáculo que una sesuda intervención de alguna o algún reputado intelectual. No se trató simplemente de una cuestión cuantitativa, aunque es obvio que tú le llegarías (y, en su defecto, atraerías) a más personas que cualquier académica o cineasta —sería absurdo comparar la penetración de tus redes sociales y de tus apariciones en los medios tradicionales con la de la escritora o el escritor más afamado—. No, se trató de un problema simbólico y discursivo. AMLO se dio cuenta de que, en el mundo que vivimos, no necesitaba de intelectuales ni para legitimar, ni para articular, ni para comunicar, ni para diseminar el discurso de su movimiento. En nuestros días ya no son las escritoras, los académicos o los muralistas quienes poseen el capital simbólico necesario para generar consenso ideológico en torno a un discurso. Quienes pueden hacerlo mejor que nadie son personas como tú: influencers de una especie u otra: youtubers, tiktokers, instagramers, tuiteros, etcétera. Hoy en día la función que cumplían los intelectuales (la generación de hegemonía, la construcción de un consenso ideológico), puede ser realizada con mayor efectividad por las celebridades de las redes sociales.

La fotografía de AMLO alzando tu brazo resultó premonitoria. A lo largo de lo que va de su mandato, el gesto de colocarte a ti en el centro de su cierre de campaña se nos ha revelado como un símbolo de un proceso social, cultural y político. Durante su sexenio, AMLO no ha recurrido a los intelectuales para legitimar y articular su discurso. Él mismo, de lunes a viernes, a las siete de la mañana y durante casi tres horas, se para frente a los medios de comunicación para configurar y comunicar su ideología. Él mismo sube videos caseros a sus cuentas de redes sociales (¿conoces, querida Belinda, la cuenta de Instagram @el_peje_comiendo, que recopila fotos en las que el Primer Mandatario aparece disfrutando de sus santos alimentos?). Él mismo escribe libros y textos en los que explica sus ideas. Él mismo se ha convertido en su propio intelectual-influencer. No ha visto la necesidad de construir vínculos con los viejos intelectuales, ni tampoco de formar otros nuevos. Antes los intelectuales mexicanos dialogaban con el poder político. AMLO, con un evidente dejo de antiintelectualismo, no escucha a ninguno.

Así, la era en la que los presidentes mexicanos tenían cerca  a los intelectuales llegó a su fin. AMLO primero dejó de consentirlos, de darles prebendas y apoyos. En un segundo momento, pasó a una ofensiva directa. Se burló de ellos, los atacó y los descalificó. Sin embargo, lo que tendría un mayor efecto es que desmanteló el aparato estatal encargado de mediar (varios dirían cooptar o controlar) la relación con los intelectuales. Este aparato nació a principios del siglo XX, siguiendo el diseño de José Vasconcelos, y funcionó hasta el 2018. Esto no quiere decir que los variopintos gobiernos que se valieron de él no hayan tenido que apuntalarlo en varios momentos. Tres ejemplos conocidos. Uno: la universidad como jaula que ahoga la crítica. Como respuesta a las subversiones estudiantiles y a la proliferación de guerrillas urbanas conformadas por jóvenes de clase media, Luis Echeverria reforzó el aparato cultural del estado con la creación de un robusto sistema universitario. Dos: el maiceo globalista. Con el objetivo de generar consenso en el contexto de una serie de reformas radicales, Carlos Salinas de Gortari lo reforzó con la creación del Conaculta, la construcción del CENART, la organización de múltiples esplendorosas exposiciones itinerantes y no pocos viajes todo pagados. Tres: la falsa sensación de importancia o la eterna alimentación del ego. Tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y diversas acusaciones de corrupción, Enrique Peña Nieto reforzó con la creación de la Secretaría de Cultura, con lo cual dio al aparato el estatus de ministerio.

Pero AMLO, querida Belinda, desarticuló con firmeza y velocidad el aparato estatal cultural. Reorientó el presupuesto cultural a un (único) proyecto prioritario: Chapultepec. Trastocó la producción estatal de libros, que había sido uno de los pilares del aparato desde la creación del Fondo de Cultura Económica y que mantenía a flote a buena parte de las editoriales privadas del país. Cambió la cara del FONCA, el organismo dedicado a dar becas a los “Creadores”. Redujo radicalmente el gasto en publicidad, del cual dependían la enorme mayoría de la prensa del país. Ahorcó con jugarretas legales a publicaciones que le resultaban incómodas o con las cuales tenía históricas rencillas. Y así sucesivamente. El punto al que queremos llegar, Belinda, es simple: durante el sexenio de AMLO el aparato cultural del Estado mexicano fundado formalmente en 1921 fue destruido. La fotografía sobre la que venimos discutiendo es el primer gran monumento a esa histórica destrucción.

En su momento, algunos se sorprendieron de que el desmantelamiento del aparato cultural (y con ello la creciente precarización de los artistas mexicanos) sucediera durante un gobierno que se autodefinía como de izquierda y que llegó al poder gracias a una revuelta popular  en las urnas. No se daban cuenta, querida Belinda, de que ese amplio apoyo popular fue precisamente uno de los elementos que le permitió al nuevo régimen golpear al aparato cultural. AMLO decidió que, para apuntalar su proyecto político, no usaría a los intelectuales y sus viejas formas. Se decantaría por los influencers —él mismo convirtiéndose en uno— y sus prácticas en lo que él mismo denominó “las benditas redes sociales”.

Este, Belinda querida, es quizás el punto central que nos recuerda la fotografía: las redes sociales, que funcionan en el marco de los principios del espectáculo, la celebridad y el escándalo, han terminado por volver inoperante la figura del intelectual. Este es el tiempo de “los influencers”, de las figuras post-letradas. Las compañías más grandes del mundo lo saben desde hace tiempo y han extraído volúmenes de valor inconcebibles de esta nueva economía de la atención. Los políticos tampoco tardaron en darse cuenta. Si bien no fue el primero en descubrir esto (¿te acuerdas del sketch que hizo Peña Nieto con Chumel Torres pocas semanas antes de dejar la presidencia?), AMLO fue el primero que explotó al máximo el potencial de esta nueva era. La fotografía contigo es testigo de esto.

¿Cuál es ese potencial? Por un lado, la dinámica de las redes sociales le ha permitido a AMLO afianzar y diseminar el discurso presidencial. Por otro, también sirve para mermar la legitimidad de los intelectuales tradicionales. El presidente ha aprovechado el encono y la virulencia de las redes, propiciandola generación de antagonismos insalvables, de burbujas que no se comunican entre sí y que funcionan como sectas beligerantes e intolerantes. De esta forma, las formas tradicionales de censura dejaron de ser necesarias. Basta con lanzar una avalancha de descalificaciones e insultos para neutralizar a una persona y disipar la fuerza de sus ideas.

No leas esta carta como una recriminación, Belinda. Tenemos presente que tu participación en el AMLOFEST no fue el producto de decisiones individuales, sino de transformaciones de verdad. Tú, mejor que nosotros, sabes bien el poco margen de acción que da el río de la celebridad cuando se entra en él. (Visto en retrospectiva, ¿no ha sido todo un flujo incesante sin control desde Amigos x siempre?). No queremos insinuar que seas la culpable de suprimir la injerencia de los intelectuales. Sabemos que tú sólo aprovechaste las condiciones existentes. Eso es lo que refleja la fotografía: la infinita jovialidad de dos sujetos —y su séquito— que lograron entender el funcionamiento de las dinámicas discursivas del presente.

Para más de uno, en particular para los aspirantes-a-intelectual, la imagen debe causar una mezcla intensa de sentimientos. Los nostálgicos deben sentir ira y melancolía, porque ven en ella la imposibilidad de convertirse en aquello que desde niños habían soñado: prominentes intelectuales, con una obra canónica y, a la vez, con influencia sobre los poderosos. Los cínicos deben sentir envidia y ansiedad, porque ven en ella evidencia de que jamás podrán ser tan colmilludos, glamourosos y brillantes como las estrellas de verdad: como tú, Belinda. A ambos grupos los compadecemos. Deberían, dejando de lado sus pulsiones y su ego, entender la fotografía como un simple documento histórico que registra con gracia la contemporaneidad política y cultural.

En repetidas ocasiones AMLO ha señalado que a su gobierno y a su movimiento tan sólo lo apoyan diez intelectuales. De entrada, resulta singular observar que entre esos diez que él tiene en mente la gran mayoría son actores y caricaturistas. También es sorprendente que lo afirme tranquilamente, sin ningún tipo de remordimiento o melancolía. Pero, lo más importante, es que él mismo se ha dado cuenta de que su combate contra los intelectuales tradicionales ha tenido éxito. Se quedó solo. Él es su único intelectual-influencer. (¿Qué mejor prueba que el triste gesto de intentar combatir supuestas noticias falsas durante las Mañaneras?).

Viendo la fotografía una última vez, nos increpa con otro tipo de preguntas que desbordan el panorama político mexicano actual. ¿Se puede influir ahora que el viejo modelo de intelectualismo está vedado y rigen las figuras post-letradas? ¿Es posible crear obras vitales sin ser un intelectual? ¿Desde dónde (y cómo) podemos articular propuestas intelectuales vanguardistas? La pregunta es, por supuesto, estética, política, existencial y formal, pero también material. ¿Cómo podemos mantenernos (literalmente: comer, pagar la renta, comprar libros y tomar un trago de vez en cuando) y dedicarnos a la creación intelectual-artística sin vernos forzados a convertirnos en estrellas de las redes sociales y sin avasallarnos a la vorágine del espectáculo?

Por favor dinos, Belinda, tú que has logrado romper toda barrera, lo que piensas al respecto. Quedamos ansiosos por conocer tus ideas. Estamos seguros que tú, como uno de los más reputados miembros de nuestra generación, podrás arrojar luz sobre nuestras dudas.

Un abrazo con admiración para ti, y otro para Christian.

 

Arturo Hernández.
Filólogo

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Publicado en: Con guante blanco

Un comentario en “Carta a Belinda (O: Cómo aprendí a dejar de preocuparme sobre el fin de los intelectuales)

  1. Siempre he estado convencida que el gabinete del gobierno debe de estar conformado de los mejores Doctores en educación de las diferentes ramas de trabajo que requiere el gobierno y que ellos asesoren al Presidente en todo momento, pues son ellos los que tienen más experiencia en su diferente rama y área de trabajo y así le sacaría el Presidente mucho más jugo a cada área pues se podrían hacer hasta investigaciones educativas bien fundamentadas y conocer realmente la problemática que requieren.

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