En esta crónica al alimón los autores relatan algunos días de su roadtrip por Tijuana y su vida nocturna, por calles de Mexicali y Sonoyta, y carreteras del desierto que no parecen ser ni México ni Estados Unidos, sino otra cosa, una tercera realidad donde reina lo desconocido.
Lo único que brilla en la penumbra de la amplia avenida del centro histórico de Tijuana son los focos blancos y deslumbrantes de un puesto callejero donde M. y C. devoran con fruición una orden de tacos de tripa y cabeza. Entre bocado y bocado confirman los detalles para rentar un coche con el que planean realizar un viaje de más de mil kilómetros a lo largo de la frontera que separa a México de Estados Unidos.
Mientras pagan la cuenta, C. recuerda su anterior y única visita a la ciudad. Había venido a hacer un reportaje por restaurantes y bares de lujo en Baja California, pero sentía que su experiencia estaba desprovista de los colores de la vida local, pues su recorrido lo había llevado casi exclusivamente por lugares que sólo visitan los turistas adinerados. M., en cambio, había escrito un cuento que ocurría en Tijuana, y a pesar de nunca haberla visto en persona, la imaginaba como una especie de antro de la perdición, sórdido y decadente, y quería saber si su representación se acercaba cuando menos un poco a la realidad.
Esa primera noche, después de una ronda de tragos en el Dandy del Sur, una famosa taberna con paredes tapizadas de fotografías de estrellas de Hollywood y grandes figuras de la Revolución mexicana, C. y M. se aventuran por los callejones del centro. Recorren callejuelas estrechas con docenas de cantinas de mala muerte que se suceden unas a otras, y observan la fauna local. Ven desfilar a vendedores ambulantes, a mariachis solitarios hablando por teléfono, y a vagabundos que se arrastran por las calles con los rostros devorados por la metanfetamina. Caminan por calles donde se congregan prostitutas que le susurran a los pasantes su milenario llamado de cortejo (“tscht-tscht… hey… tscht-tscht”), y evitan las miradas inquisitivas de elementos de la guardia civil con armas largas y uniformes tácticos, que comparten las aceras con jubilados gringos en bermudas y camisas tropicales cuyos ojos lascivos persiguen las luces parpadeantes de los casinos y de las “casas de encuentro”.
M. observa el panorama con una sonrisa:
—La verdad, no es tan distinto de lo que me imaginaba.
—No sé si eso sea algo bueno, o malo —comenta C.
Entran a un bar de ficheras iluminado por tenues luces verdes y púrpura donde varios hombres regordetes y sudorosos al borde del infarto cocainómano se restriegan contra las piernas de las bailarinas como perros falderos, y en el que permea un penetrante olor que C. describe como “el perfume acre y corrosivo del esperma”. De ahí, se van a un salón de billar en el que juegan poco y mal; M. por efecto del alcohol y C. por una incompetencia natural para ese deporte. Se pasean por la calle Coahuila, donde M. fuma un cigarrillo tras otro y observa las filas interminables de prostitutas mientras C. se come un hot cake que le llena las barbas de una espesa mezcla de cajeta y lechera que se limpia con las manos. Hacia las dos de la mañana entran a un burdel casi vacío sobre la avenida Revolución. Sentado junto a la plataforma de pole dancing, C. platica con una chica joven de ojos tristes que le habla de su juventud en Oaxaca y de su hijo de siete años, mientras M. bebe whiskys dobles y mira con aburrimiento al conserje, que a esa hora de lunes ya trapea la pista de baile y le anuncia la última ronda de tragos a una clientela a todas luces inexistente.
* * *
A la mañana siguiente despiertan con la boca seca y un dolor de cabeza palpitante. Esa resaca, sospechan, es el precio del alcohol adulterado y los mensajes de texto que reciben como respuesta a sus inquietudes sobre el viaje no son alentadores:
“La neta el bordo está bien feo. No les recomiendo irse por ahí a menos que vayan a hacer un documental, o algo así.”
“Es un viaje que no haces ni siendo de Tijuana, vato. Cuatro días de carretera viendo puro polvo y gente con fierros…”
“Más allá de Mexicali es tierra de nadie… Nogales, Sonoyta, Caborca… pura desgracia y malas noticias llegan de ahí…”
Pese a las advertencias, recogen un Nissan rojo en una agencia de renta de autos con aspecto clandestino y se embarcan hacia el oeste por La Rumorosa, carretera que une Tijuana con Mexicali y que, según las reseñas, es una de las autopistas más bellas y peligrosas del país. Esperan ver retenes militares, policías corruptos y camionetas con vidrios polarizados patrullando el territorio, pero lo que encuentran es algo distinto: una autopista desolada y majestuosa que serpentea a través de un paisaje lunar formado por enormes peñascos de rocas ocres y esféricas, en la cual transitan camiones de carga que transportan mercancía a lo largo de la línea fronteriza y donde el único sonido es el siseo del viento.
Sobre esta ruta, menciona C. leyendo un artículo en su celular, el periodista Jaime Maussan alegaba haber visto a los extraterrestres que detonaron su pasión por la ufología. No resulta sorprendente, pues la carretera parece recorrer el delgado filo entre dos mundos: este y el otro. Es un espacio en el que abundan las dicotomías relativas a la otredad y lo extranjero: México / Estados Unidos, Coyote / agente fronterizo, Aliens / locals. Ideas similares, pero contrapuestas por el gran muro que divide el paisaje a lo largo de 1123 kilómetros, formando una barrera continua desde las playas de Tijuana hasta más allá de Ciudad Juárez, en el estado de Chihuahua.
Al llegar a Mexicali, a M. le sorprende ver la misma fila ininterrumpida de astas metálicas incrustadas en el paisaje de un extremo al otro de la ciudad. Opina que esa ominosa presencia crea una división irreconciliable entre dos poblaciones que, de otra forma, podrían tener una estrecha colaboración. C. argumenta que son espacios de separación, pero también de intercambio, y la frontera es la tierra aparte, intermedia, en la que sucede esa división y conexión simultánea.
Después de registrarse en un hotel de paso que parece salido de un episodio de Breaking Bad, se dirigen a uno de los principales atractivos culinarios de la ciudad: un buffet de comida china. Sentados frente a sendos platos de arrachera Shanghai, arroz frito con chorizo y una orden de tacos de pato, C. lee sobre la población china en Mexicali.
—Parece que los chinos son la comunidad de extranjeros más grande de Mexicali… Hay casi tantos chinos como gringos en esta ciudad.
—¿Te das cuenta? Chinos que viven en México, pegados a la frontera de Estados Unidos. Eso sí es vivir en el cruce entre varios mundos.
—Así es. Son los aliens de los aliens…
—Los auténticos habitantes de la Twilight Zone.
* * *
Al día siguiente, toman la autopista Mexicali-Sonoyta con la intención de acampar en el Gran Desierto de Altar. Han cruzado la línea estatal a Sonora y el calor no hace más que arreciar. Cada vez que baja la ventana para fumar, M. siente en la cara una patada de aire caliente que no tarda en invadir el coche. Se están adentrando en la tierra de nadie de la que tanto los han prevenido. Pasan un retén del Ejército a cargo de un soldado encapuchado que les ordena detenerse. Por la parte visible de su rostro C. supone que es joven y advierte su desgano durante la breve inspección del Nissan March.
—Deben tener cosas más importantes entre las manos que un par de periodistas —sugiere C. mientras gira el volante para conducir de vuelta a la autopista.
Lo siguiente que les llama la atención en el panorama es el muro, que bordean durante casi una hora. De vez en cuando, M. vislumbra a través de sus rendijas el mismo paisaje árido y desértico extendiéndose al otro lado de la frontera. Cincuenta kilómetros más allá de San Luis Río Colorado buscan una entrada a la reserva natural, y al no encontrarla, C. decide doblar hacia el primer rancherío que ve para pedir información. M. baja del coche, y se acerca al rústico portón que da al terreno: dos casonas de madera y un pequeño cobertizo con un Rotoplas en el techo, cercados por un alambre de púas del que cuelga un letrero despintado en el que apenas se leen las palabras: “Servicio Mecánico”. Nadie acude a su llamado. Vuelve a subir al auto, y ambos acuerdan rodear el desierto con dirección a la entrada sur, la única transitable según la página oficial del parque, pero C. no avanza ni tres metros cuando el automóvil se atasca en la arena. C. mete reversa y acelera varias veces, pero es inútil. La llanta chilla y emite una humareda blanca. Están varados.
—No mames que nos enterramos— dice M. con angustia en la voz.
Bajan para comprobar los daños. Las ruedas delanteras del coche están hundidas en un banco de arena suave y perlada.
—¡Mierda! —grita M.— a ver si no pasamos aquí toda la noche.
—Hay que llamar a una grúa.
—Vas. Voy a buscar alguna piedra o un palo para apoyar las llantas.
Con el coche detenido y sin aire acondicionado, el calor es sofocante. Mientras M. deambula frenéticamente por los alrededores del terreno, C. marca al azar los números de Urge grúa, Grúas Express y otras compañías que le aparecen en Google.
—¿Cómo? —farfulla C., atontado por el calor— ¿ustedes están en Tijuana?
—¡No les llames a los de Tijuana, eso está a trescientos kilómetros! ¡Llama a los de San Luis Río Colorado!
Ambos tropiezan de un lado a otro del coche, desorientados y cubiertos de sudor, vociferando por el teléfono y cargando piedras y pedazos de llanta para sacar el Nissan de la arena. Como último recurso, M. se arrodilla junto a una de las llantas y se pone a escarbar en la arena hirviente con las manos desnudas. C., desesperado, se adentra en el rancherío, donde grita varias veces como un huérfano desamparado hasta que, de un lado del Rotoplas, aparece una silueta encorvada.
—¿Es suyo el coche? ¿No me dan un aventón?
C. intenta superar su sobresalto para responder sin que le tiemble la voz:
—Es que nos quedamos enterrados, patrón… ¿nos puede ayudar?
Desde la casona de madera retumba un bramido lejano:
—¿Qué está pasando allá afuera?
El primer hombre examina a C. adormilado y echa un vistazo furtivo hacia M., que sigue tratando de desenterrar la llanta.
—A estos dos chilangos se les quedó varado el carro en la arena.
—¡Ah! —responde el hombre de la casona, antes de darse media vuelta y volver a entrar.
A C. le preocupa la posibilidad de que el tipo haya entrado a buscar una escopeta con la intención de dejarlos en calzones a un costado de la carretera. Su alivio es inmediato al verlo cruzar el umbral de la puerta cargado de una pala y dos tablones de madera.
—Al tiro los zafamos, güero.
El hombre de la pala es alto y esbelto. Lleva un trapo sucio amarrado sobre la frente y su camiseta sin mangas descubre dos brazos delgados. Su piel correosa y cuarteada delata toda una vida bajo el sol inclemente del desierto, piensa C. El otro es un poco mayor, tiene un sombrero de paja, viste pantalones vaqueros y una faja de trabajo, y al admirar el desastroso cuadro frente a él, esboza una sonrisa desdentada. Los hombres se agachan frente al coche y se ponen manos a la obra. El del trapo palea la arena a un ritmo firme y cadencioso, mientras el viejo hace lo mismo con los tablones de madera del lado izquierdo.
C. y M. los observan atentamente. Con cierta vergüenza, C. entiende que los dos desconocidos que le provocaron una ola inicial de desconfianza los están sacando de aprietos como a un típico par de capitalinos inútiles. En pocos minutos las ruedas están libres y basta un empujón para que C. saque el coche de la zanja en reversa.
—Fierro —dice el viejo—, ¿ora sí me dan aventón?
—¿A dónde va, jefe? —le pregunta M.
—Voy pa’ Hermosillo… ¿cómo ven? ¿Está muy lejos?
—¡A la verga, guey! —le grita su amigo— ¡Está lejísimos! Mejor espérate al Lucho, que sale pa’ Guaymas esta noche.
—Ah, bueno —responde el otro, y sonríe de nuevo—. Y qué, ¿ustedes pa’ onde jalan, o qué?
—Queremos acampar en el Desierto de Altar. —responde M.
—N’ombre —suelta el hombre del trapo—, con este carrito se van a quedar atorados a la primera. Si quieren acampar mejor vayan al Golfo de Santa Clara, está como a dos horas hacia el sur.
La idea de volver a quedarse varados en la arena, esta vez en un desierto calcinante, sin una pala ni un alma en cien kilómetros a la redonda, es suficiente para convencerlos de cambiar sus planes.
—¿Cuánto les debemos? —les pregunta M.
—Ahí lo que quieran dar —responde el hombre del trapo.
C. le extiende un billete de doscientos pesos.
—Muchas gracias, patrón.
— Sale, pues. Ahí se cuidan… Síganse derecho y no se anden parando por ahí, que luego la raza se quiere aprovechar. Y con sus caras de lelos, no vaya a ser la de malas…

* * *
Llegan al Golfo de Santa Clara con el atardecer. Un camino de terracería que se adentra entre dos casonas los conduce a la playa, donde se instalan. Ponen sus mochilas sobre una colina por encima de una playa que se extiende casi doscientos metros con la marea baja. Un riachuelo salado que desemboca en el mar brilla ante su mirada llena de emoción.
—Mira lo que tengo aquí —dice M. exhibiendo una bolsa con un par de gomitas de cannabis en forma de aro.
—¡En serio! ¿De dónde las sacaste?
—Se las compré a una morra de rastas ahí en Tijuana mientras tú le entrabas a tus hot cakes. Me dijo que no están tan fuertes, que nos comiéramos una y luego viéramos.
Cada uno se come una gomita y ponen la tienda de acampar. Un atardecer teñido de rojo refulge entre la espesa línea de mar y las playas del oeste. Aprovechando que los teléfonos captan bien la señal en ese lugar, llaman a sus respectivas parejas. Recogen delgados trozos de madera de los pocos arbustos que encuentran en la playa y arman una fogata con la que calientan dos tazas de té.
Para la caída de la noche es evidente que el efecto implacable y vertiginoso de las gomitas está fuera de su control. En el cielo se vislumbran estelas de luz; son las perseidas, dice M., una lluvia de estrellas que ilumina el cielo como si alguien estuviera encendiendo docenas de fósforos sobre la bóveda celeste. Cada tanto se escuchan a la distancia detonaciones que ambos se esfuerzan en atribuirle a estallidos de cohetes, aunque con toda certeza se trata de disparos.
—Nos están dando la bienvenida —suelta C. con una sonrisa cínica.
A M. no le hace ninguna gracia. Empieza a abrumarlo la paranoia y su atención se focaliza durante largos minutos en una pequeña luz blanca que parpadea junto a la playa.
—¿Qué crees que sea eso?
C. observa el fulgor, y lo piensa.
—No lo sé, ¿una lancha?
—Está demasiado cerca. Y no se mueve como una lancha. Parece que está corriendo…
—Quizás es una persona con una linterna —dice C. —, tal vez un militar.
—No es una linterna. No proyecta ningún haz de luz.
—Es cierto. De hecho, si lo miras bien, parece que está bailando…
Observan la luz por un rato. Sienten una honda angustia en el pecho; la impresión de que aquella presencia lejana les hace señas e intenta comunicarse con ellos. Cuando le ponen atención, se estremece en una especie de danza exótica, y parece que se acerca, aunque nunca llega al campamento. Si al contrario, la ignoran, el destello se aleja de nuevo, y a veces incluso se sumerge en el agua, emitiendo un brillo tenue antes de volver a emerger a la superficie. Tanto M. como C. sienten que han establecido una conexión telepática con el extraño ente cuya silueta luminosa ondula y flota por los aires en patrones impredecibles.
—¿Qué coños es eso?
—Te voy a decir la verdad —declara C. —. No tengo ni la más remota idea…
Cuando el encuentro con la luz es inminente, optan por desviar la mirada e ignorarla hasta que ésta empieza a alejarse de la costa y se esfuma por completo en las profundidades del mar.
* * *

Al día siguiente los despierta un golpe de sol y la humedad del aire marino. Están exhaustos, aún bajo el potente efecto de la marihuana. Salen de la tienda de acampar casi arrastrándose, y tratan de huir del sofocante calor. Entre tropiezos desarman el campamento, se meten al coche y van hasta unas palapas sobre la playa, donde piden un par de cervezas y un plato de almejas que se comen como dos renacidos que salen recién de las profundidades de una tumba.
—¿Qué fue eso que vimos ayer? —pregunta M., incrédulo.
—Creo que estaban muy fuertes esas gomitas.
—Pero no alucinamos… ¿estás de acuerdo?
—No, no alucinamos.
—¿Sabes qué? Yo creo que era un extraterrestre. ¿Qué más podía ser?
—Yo también lo pensé. Pero no me atrevía a decirlo.
Esa tarde, mientras manejan hacia la frontera con Estados Unidos, apenas pronuncian palabra. Llegan a Sonoyta, una pequeña ciudad en el desierto que muchos de sus contactos les pintaron como peligrosa e inhóspita, pero una vez ahí, les resulta poco amenazante. Se sientan a comer burritos con salsa macha en un local atendido por una señora de sonrisa plácida que les explica que este es el último puesto de comida en el país; del otro lado de la frontera no encontrarán su tan esperado diner americano sino hasta Gila Bend, a 150 kilómetros. Ahora entienden mejor por qué toda esa gente les dijo que Sonoyta es una “tierra de nadie”: ninguno de ellos ha estado ahí. Su diagnóstico es resultado del miedo que provoca lo desconocido.
M. conduce cuando se integran en la fila de coches que esperan para cruzar el puesto fronterizo. La agente aduanal, de apellido “Mercado”, revisa sus pasaportes, teclea en su computadora y procede a una inspección minuciosa. Su mirada transmite la típica desconfianza que se le tiene al extranjero. Ahora, ellos son los extraterrestres, esa presencia que provoca fascinación cuando está lejos y repulsión en cuanto se acerca. Esa misma extrañeza les habían provocado las luces que vislumbraron en la playa la noche anterior; la habían sentido también ante los gringos en bermudas, los habitantes de la noche de Tijuana, y los chinos de Mexicali, todos ellos habitantes de un umbral entre universos dispares. Ambos sospechan que la parte más memorable del viaje ha llegado a su fin; del otro lado de la frontera no los esperan más que millas y millas de carretera a través de pequeños poblados del Far West norteamericano, de los que lo único que destaca es su nombre: lugares como Why, Ajo, Dateland y Jacumba.
De camino a Organ Pipe Cactus National Park, el primer campamento del lado estadounidense, C. y M. hablan de sus últimos días recorriendo la frontera, ese espacio liminal entre dos mundos, un territorio aparte que no es México ni Estados Unidos, sino un tercer país donde la extrañeza y la sensación de otredad lo permea todo. Tienen la inevitable impresión de que el lado gringo parece, en cierta medida, menos salvaje, más amaestrado quizás, pero en realidad ambos lados del muro son en esencia lo mismo: una tierra media, una especie de purgatorio por el que miles de almas al año transitan en busca de su próxima vida. Conforme se aventuran a ingresar en ese agreste y precioso limbo donde convergen las dunas de arena y los paisajes dominados por saguaros y cholas, sienten que se han transformado en almas errantes, condenadas ellas también a atravesar irremediablemente por la Twilight Zone, esa dimensión intermedia, hogar de todos los miedos y las esperanzas que alberga lo desconocido.
Camilo Rodríguez
Escritor y traductor colombiano entusiasta de las microsiestas y la bicicleta. Vive entre Ciudad de México y Houston, donde estudia un doctorado de escritura creativa y trata de descubrir nuevos food trucks.
Mateo García Elizondo
Escritor y guionista mexicano, vendedor de humo, y teórico de la conspiración. Escribió Una cita con la Lady. Vive en Ciudad de México con su pareja y un gato negro llamado Tito.