
Si las reseñas se escriben para que una película sea más vista, un libro sea más leído o una exposición sea más visitada, ésta es una anti-reseña. Es casi seguro que no lograremos que vaya más gente a la exposición Germinal de Carlos Amorales en el Museo Tamayo sencillamente porque fue desmontada el pasado domingo, después de cuatro meses de haber estado en exhibición. No se espera generar un deseo por visitar la exposición, sino una desilusión por no haberlo hecho. Esta reflexión busca, más que fomentar la curiosidad, provocar decepción y coraje. ¿Con qué propósito? Que la desilusión por no haber visitado esta exposición de Amorales termine por cristalizar en un nuevo deseo: conocer más a fondo su trabajo.
Germinal, curada por Magnolia de la Garza, estaba compuesta por doce obras, todas de reciente creación y varias de ellas realizadas especialmente para esta ocasión. Bajo una aparente pluralidad derivada de los temas hurgados y de las disciplinas artísticas empleadas, una misma reflexión articulaba el conjunto de las obras: ¿qué sucede cuando el lenguaje es utilizado y llega a su límite? En este sentido, la selección del trabajo de Amorales, el cual ya forma parte de las principales colecciones del mundo (Tate Modern, MoMA, Daros Latinamerica, Jumex), realizada para esta exposición daba cuenta no solamente de una coherencia artística sino de una clara propuesta curatorial.
Es cierto que la reflexión en torno al uso y el límite del lenguaje no es nueva. Durante todo el siglo XX varios de los pensadores más significativos se dedicaron a ella (Saussure, Wittgenstein, Derrida) e incluso se habla de un “giro lingüístico” en la filosofía y las humanidades, esto es, un giro hacia los temas relacionados con el lenguaje. Amorales retomó estos temas y propuso una manera creativa y novedosa mediante la cual enfrentarlos por medio de un proyecto artístico en el cual lleva trabajando ya varias décadas.
Desde 1998, Amorales comenzó a reunir una serie de imágenes, símbolos y signos provenientes de las más diversas fuentes, desde las mitologías de la Antigüedad hasta caricaturas como Félix el gato. Cada uno de los elementos recogidos lo convirtió en un gráfico vectorial (una imagen digital compuesta por figuras geométricas simples determinadas matemáticamente), lo cual permite aumentar o disminuir cada una de las imágenes sin que su forma sea alterada. Este trabajo de recopilación, casi podríamos decir de pepenador, duró más de diez años y dio lugar al –hasta ahora– más ambicioso proyecto artístico de Amorales: Archivo Líquido, una base de datos digital conformada por todos los gráficos vectoriales reunidos.
El nombre de este proyecto es preciso solamente si tenemos en mente que los archivos no son espacios arrojados hacia el pasado sino más bien hacia el futuro. El archivo, al igual que la cárcel, nace en la Edad Moderna encarnando la promesa redentora de que archivar servirá para construir una mejor sociedad, una con más conocimiento o con menos criminales. El Archivo Líquido nace de esta misma lógica: no es un repositorio muerto sino vivo, creado no tanto para guardar imágenes utilizadas, como para que las contenidas puedan ser combinadas o manipuladas para generar nuevas. Cuando se crean nuevas imágenes, se muestra la verdadera cualidad de esta obra y el por qué se trata de una reflexión sobre el lenguaje: Amorales inventa un lenguaje visual al comprimir y despedazar el contenido de su Archivo Líquido.
Este lenguaje visual es usado por Amorales para generar una serie de obras de la más diversa naturaleza. Germinal reúne una serie de piezas que son muestras de este proceso creativo. Van tres ejemplos. Vagabundo en Francia y Bélgica “traduce” un cuento de Roberto Bolaño utilizando gráficos del Archivo Líquido como si fueran pictogramas alfabéticos. La Lengua de los Muertos (Gruesonovela) es una fotonovela que, usando estos mismos gráficos y las imágenes de la prensa amarillista de cadáveres, fantasea en torno a lo que los muertos dirían al morir. Por último, Guión para Ámsterdam es un guión cinematográfico creado con una mezcla de los gráficos realizada en una fotocopiadora. Más allá de la diversidad de temas que exploran cada una, todas son en última instancia parte de la misma reflexión de Amorales en torno al lenguaje. Toca al espectador tropezar con ella, hacerla propia, y con ello iniciar su propia reflexión.
La más reciente exposición de Amolares ya terminó, nadie más irá a ella. Lo que tal vez sí suceda es que un par se mortifiquen por no haberla visto y se interesen por el trabajo de este artista mexicano. Espero así sea.
Vale la pena revisar de vez en cuando la página de su galería para estar al tanto de sus exposiciones y proyectos.
@lconcheiro
Nadie debió de haberse perdido esta excelente exposición.Concreta tu «anti-reseña», excelente narración sucinta.
Bajo esta misma línea de pensamiento, la exposición lleva el nombre de la pieza central: Germinal y El peor día (2012), un periódico que incluye textos anarquistas e imágenes del terremoto de 1985 en la Ciudad de México. La obra propone una reflexión sobre el movimiento ciudadano generado a raíz de una catástrofe natural. Para Amorales, tras el sismo se generó una especie de anarquía que influyó en el proceso de transformación de la sociedad mexicana. Lo que desaparece en el orden social y las reacciones posteriores pueden ser vistas en paralelo con lo que sucede al no poder hacer uso de un lenguaje verbal.
Excelente texto. Concuerdo con lo que escribe sobre la creación llevada a cabo por Amorales de un nuevo lenguaje. La gran instalación que recibe al usuario es claro ejemplo (al igual que toda la muestra) de esto; «Veremos como todo reverbera» es la búsqueda de interpretar un lenguaje sonoro de la autoría del mismo visitante.
Me parece que Amorales también indagó (de uno u otro modo) en la creación de una nueva manera de comunicar con «Black Cloud», la hermosa instalación de polillas. Aún intento darle explicación a esto.
De nueva cuenta, felicidades por tan prudente (y muy bien redactado) texto.
Anti-reseńa muy lograda. El Museo Tamayo publicó catálogo?
Y el mercado rápidamente vio la oportunidad de aquellos retratos que, a modo de radiografía de la sensibilidad del momento traducían al lenguaje del arte tanto la atmósfera del nuevo cine británico, con Kean Loach a la cabeza, como el olor grasiento que comenzaban a desprender los reality shows de la televisión. Era el ingrediente social de los Young British Artists coleccionados por Saatchi, cuya difusión no dejó de crecer a partir de la exposición Sensation en 1997. Cuatro años después, Richard Billingham fue incluido entre los finalistas del prestigioso premio Turner y llevó a la Bienal de Venecia el vídeo Playstation, en el que una vez más su hermano se prestó como modelo de la actitud frenética de esos adolescentes que consumen sus horas jugando ante la pantalla y han olvidado las correrías callejeras. Todavía en su última serie, Billingham sigue contestando a esa generación posterior al rememorar las sensaciones de su propia infancia a través de paisajes urbanos.
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