Calle Este-Oeste: historia de un legado a la humanidad

¿Hay lugar para el olvido cuando el incendio de crímenes, guerras y calamidades, el fuego de la barbarie, lo han arrasado todo? Esa pregunta guía la siguiente reflexión que se extiende por la obra magistral de Phillippe Sands y recupera a tres personajes que tiempo y espacio hacen coincidir. Uno de ellos es un jurista nazi artífice de las Leyes de Núremberg. Los otros dos merecen el mayor homenaje que una memoria escrita puede rendir: un libro como el de Sands. Sus nombres son Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, creadores del concepto de genocidio y del de crimen de lesa humanidad. Devolverles importancia y profundidad humana a las biografías de ambos es también actualizar un debate sobre derecho internacional de primera importancia ante los embates del autoritarismo en varios rincones del mundo contemporáneo.

A Rafael Lozoya Varela, In memoriam

Pregunta el poeta Rainer Maria Rilke en uno de sus sonetos: “¿Somos de verdad tan angustiosamente frágiles como el destino nos quiere hacer ver?”. A un cuestionamiento así, en tiempo de crisis, la contestación ha sido “¡no!”.

Hace unas cuantas semanas terminé de leer un libro extraordinario, de esos que troquelan la vida para siempre, de los que hoja a hoja se recorren por la fascinación en la que te envuelven, por la indagatoria viva y personal que coronó el autor para encontrar su sitio en el universo y ayudar en la faena propia de los otros por hallarlo. También por la nostalgia que despierta una ciudad desconocida pero que se nos revela como la propia y más íntima, por la tragedia humana hecha de dolor innumerable, por acercarnos a la comprensión de la barbarie y a la enorme aventura del pensamiento liberador que se da en la bruma provocada por una demencia bestial que creció durante las grandes disputas que generaron, a un tiempo, guerras nunca antes vistas y que, a contrapelo, fertilizan la pasta humana que genera luces de esperanza en medio del desaliento que se advierte insuperable, pero que a la postre no lo es. Siempre habrá un “sin embargo” para continuar adelante.

Aquí lo frágil es lo que no existe y el destino se abre su propia meta para dejar de ser la fatalidad, la sentencia irrevocable dictada a veces por personas y otras por dioses tiranos. Hablo del autor Philippe Sands y de su obra Calle Este-Oeste (Anagrama, 2017), a mi juicio un legado brillante y generoso para las generaciones de ahora y las que vienen. Publicada en Londres en 2016, originalmente en inglés y en español al año siguiente, la crítica la recibió con un estruendoso aplauso y como una “obra fundacional” que si bien es difícil de clasificar en los anaqueles tradicionales de los géneros, es sin duda muchas obras en una sola, muchos libros en los confines de un solo empastado.

Sands busca recabar la historia de su abuelo paterno, Leon Buchholz y al aventurarse en la tarea va descubriendo pequeños universos que nos describen la vida humana en una región de Europa en la que los estados se imponen con su dominio y pretensiones de hegemonía, de tal manera que la dimensión humana, individual o gregaria, no vale nada y se le puede atropellar sin más. La historia transcurre en la región de Galitzia, enclavada en lo que fue, hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, el Imperio austrohúngaro, último bastión de los Habsburgo, el imperio perdido que magistralmente relató el mexicano José María Pérez Gay, gran almacén de culturas, lenguas, etnias, literaturas que fueron centrifugadas por y durante el periodo de entreguerras y escenario posterior de todo tipo de excesos totalitarios: de los nazis primero y luego de los soviéticos. Galitzia y sus ciudades fueron zonas de fricción, donde las hegemonías chocaron y disputaron territorios y poblaciones. Una región en la que todo era frontera provisional, siempre mutable.

El sitio —todo un microcosmos, diría Claudio Magris— en la obra de Sands es una vieja ciudad de raíces medievales y exuberante por su cultura y sus magníficas edificaciones, hoy aún en pie a pesar de sendas guerras mundiales. Fue patria de polacos, judíos, alemanes, austriacos, ucranianos, rusos. La ciudad, un personaje en sí mismo en el libro, a lo largo del tiempo histórico ha tenido muchos nombres, pero es un solo lugar, a pesar de los filosos cuchillos imperiales: en tiempos latinos y remotos fue Leópolis (Ciudad de Leones); Lemberg, germánico, de la longeva dinastía habsbúrgica, de la que fue parte “nuestro” Maximiliano; Lwów para los polacos, después de la primera conflagración; Lvóv para los soviéticos; y hoy, que es de Ucrania, Lviv. Son las denominaciones de un mismo lugar, nos enfatiza el autor; su composición y la nacionalidad han cambiado, pero la ciudad se mantiene acumulando años aunque con un aire de permanencia histórica notable. Ese lugar es el corazón de la obra, sus calles, plazas, cafés, templos, oficinas, universidades que corren del este al oeste desde su diseño ancestral, al igual que otros de la Galitzia histórica que también juegan un papel central en la obra que comento, la antes llamada Żółkiew y ahora Zhovkva, por ejemplo.

Vemos cómo los imperios y sus guerras atroces, para vencer mediante la fuerza, cambian hasta las denominaciones para imponer su demencial sello, afortunadamente no indeleble ni eterno, gracias al juego que recrea, defiende y preserva el patrimonio cultural de la humanidad.

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De alguna manera el libro refleja a la generación de la que formo parte en época invernal, la cual está marcada por el fin de la Segunda Guerra Mundial y la aniquilación parcial del totalitarismo, en especial el de Adolfo Hitler y su pandilla de matones. Quiero decir, en anticipación a aquello que no me ocupará, que otros balances son fecundos, en especial el que hace el autor de la propia historia familiar y que se rescata en el texto en la perspectiva de entender lo que fue un abuelo adusto como Leon Buchholz, casado con Regina Landers en 1937, matrimonio que procreó a Ruth, la madre del notable Philippe. Esa narración por sí sola es memorable, pero de ninguna manera, a mi juicio, supera a las tres figuras centrales del libro, tres hombres en los que sí me detendré por su importancia histórica y las lecciones que nos dejan. Son personajes, al igual que todos los otros, históricos, pero con un particular relieve que destaca la obra: que existieron, fueron de carne y hueso, y en momentos significativos de sus vidas recorrieron las calles de la legendaria y herida ciudad que cobra vida en la pluma del autor, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres y hombre activo en importantes juicios internacionales, como el de Pinochet, o los que tienen que ver con las guerras en Yugoslavia, Irak, el genocidio de Ruanda, los presos de Estados Unidos en Guantánamo y más.

Los personajes de la obra son dos juristas: Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, artífices del nuevo derecho internacional que opera todavía hoy en temas de enorme significación. Aquí aparece Hans Frank, abogado de Hitler, representante personal del Führer en Polonia, criminal en la Galitzia que usurpó desde Cracovia, donde humilló a los polacos instalando como sede de su terror el antiguo Palacio de los Reyes. Frank fue el reverso de la medalla de los dos abogados: contribuyó a la elaboración de las Leyes de Núremberg, piezas clave del antisemitismo que despojó a los judíos de su ciudadanía y prohibió uniones de pareja que significaran mezcla racial con los germanos. En 1935, en un congreso internacional de penalistas expuso todo lo que sería contradicción con los trabajos de Lauterpacht y Lemkin; en otras palabras, expuso el derecho penal hitleriano que abandonó la garantía de la “tipicidad” y con líneas muy claras de una “profilaxis” racial, castración de “delincuentes morales”, detención preventiva de opositores, elevación a paradigma de la “comunidad nacional”, deportación de “indeseables”, criminalización de la homosexualidad y, por encima de todo, abandonar el principio de humanidad labrado por la Ilustración. Pieza clave de todo esto fue su defensa de la no interferencia en asuntos internos de los estados por extranjeros o agentes internacionales.

En un momento de su gobierno intervencionista visitó Lemberg en 1942 y ahí pronunció discursos en la misma línea, afirmando que todavía había judíos “por aquí, pero nos encargaremos de ellos”, llamándolos “escoria” y expresando que con la ocupación alemana llegaba la civilización. Frank fue un nazi que aceptó la culpabilidad de sus crímenes en los Juicios en Núremberg, se convirtió al catolicismo, el papa Pío XII abogó por él y finalmente se hizo acreedor a la pena capital, no sin antes intentar suicidarse. Son tres vidas —las de Hersch Lauterpacht, Rafael Lemkin y Hans Frank— que se cruzaron durante su existencia, que se encontraron en sus calles sin conocerse, pero sobre las que, para colocarlos en su exacta dimensión, se escribió la obra que comento.

Lauterpacht fue un destacado jurista, su formación la recibió inicialmente de maestros de la ciudad insignia; la vida le brindó la oportunidad de codearse con grandes filósofos y teóricos del derecho, como el austriaco Hans Kelsen, autor de la Constitución de Austria entre las dos grandes guerras y titular de un tribunal constitucional que se podía mover a impulso del individuo frente al Estado. Veo a Lauterpacht formar parte de esos juristas que produjo lo más notable del liberalismo, y su obra posterior, ubicada en el derecho público, se acendró en la vasta problemática del derecho internacional en el convulso mundo del siglo XX de entreguerras. Su punto de partida es que “el ser humano individual […] es la unidad última de todo el derecho”. Se trata de un individualismo carente de visiones estrechas o egoístas y lo toma como un elemento a partir del cual ofrece una dimensión universal de los derechos del ser humano frente a las ambiciones monstruosas de los Estados de cualquier índole, pero en especial los totalitarios. Es el creador, nada menos, de lo que ahora conceptualizamos como “crímenes contra la humanidad”, es el heredero de grandes pensadores como Martin Buber y autor de innumerables obras imprescindibles de entre las cuales sobresalen An international Bill of the Rights of Man y The Function of Law in the International Community.

A su vez, y como jugando el rol de vida paralela, encontramos a Rafael Lemkin. Se trata de un hombre menos reposado, con disminuidas cualidades propias de la urbanidad convencional, más atormentado por la barbarie que se mostró ante sus ojos y el sufrimiento, pero de esos seres dados a la minuciosidad a través de la cual van encontrando las claves de fenómenos sumamente complejos para los cuales hallan una respuesta que, como se demostró al cabo del tiempo, marcaron al derecho internacional que llega, poderoso, hasta nuestros días. Frente a las atrocidades de los nazis contra los judíos, pero no sólo, sino también contra los gitanos, los homosexuales, las personas con discapacidad y otras minorías, él fue coleccionando, decreto tras decreto, orden tras orden, de las no pocas que dictaban con facultades omnímodas Adolfo Hitler y sus representantes. De su agudo análisis e interpretación surgió la obra El dominio del Eje en la Europa ocupada, en la cual bosquejó el perfil del delito de “genocidio”, que explicó al mundo y a los líderes principales, como al presidente Franklin D. Roosevelt, y que la buena prensa posicionó en la opinión pública mundial.

Empezó a distinguir que en esos documentos había muchas constantes y propósitos invariables que hacían del exterminio grupal una línea a la que se le podía poner un común denominador en la pretendida supremacía étnica pregonada por el Tercer Reich y la decisión de acabar, principalmente, con los hebreos, como sobrevino infernalmente luego de los acuerdos de la Conferencia de Wannsee, que concluyó en los innumerables campos de concentración y exterminio, como el de Auschwitz, el de mayor fama en tierras de Polonia —o el de Buchenwald, único que he conocido en persona y aún me estremece. Para Lemkin la base inicial no era el individuo, su postulado esencial es que “los ataques a grupos nacionales, religiosos y étnicos (raciales) deberían pasar a constituir delitos internacionales”. Es el creador del concepto y del delito conocido como “genocidio” y trabajó con tenacidad para lograr su reconocimiento. Su estilo personal de trabajo muchas veces le cerró puertas, pero su tenacidad, a la postre, logró abrirlas. Mientras Lauterpacht con sus sutiles habilidades, muy al estilo inglés de la época, abría ministerios y ocupaba un lugar encumbrado en las relaciones con los Estados y sus altos líderes, Lemkin batallaba, y aun, a mi juicio, sufría menosprecios que a otros los habría llevado a la depresión y el abandono de la gran tarea de la que sin duda salió igualmente victorioso.

El lado siniestro lo puso con creces Hans Frank, que también ocupa un lugar central en la obra. Nazi con todos los títulos para serlo, fue un hombre —como ya he mencionado— de mucha confianza para Hitler, con el que trabajaría como abogado personal, a grado de que lo nombró su representante en la Polonia invadida y era una especie de gobernador general de los Territorios Polacos ocupados de los que se adueñaron con sus divisiones Panzer. Desde épocas tempranas sesgó la visión del derecho para enclavarlo en el totalitarismo y el racismo. Lo dijo en un discurso: “La comunidad tiene prioridad sobre las atomizadas tendencias individualistas y liberalistas del egoísmo del individuo”. Aquí está la miga esencial de la visión de una totalidad que aniquila no sólo al individuo, sino a los conjuntos que estos puedan formar cuando la misma comunidad aria se autoasume, “racialistamente”, con una superioridad como la postulada por el nazismo en sus ambiciones de dominar Europa y el mundo en nombre de una raza y de una perspectiva que la ciencia de la biología se ha encargado de desmentir de un extremo a otro. Hans Frank fue ahorcado, luego de un debido proceso, en Núremberg, y años después uno de sus hijos rompió con la tradición que imponía a los sucesores de estos criminales buscar la disculpa de sus padres. Es el caso de Frank, que fue detestado por uno de sus hijos sobrevivientes, quien terminó colaborando con Sands para enaltecer el gran valor de reconciliarse con la verdad. Frank había caminado por la misma ciudad, entonces nombrada Lemberg por los invasores.

Desde las postrimerías de la guerra, tanto Lauterpacht como Lemkin buscaron que en el juicio de Núremberg prevalecieran las tesis a las que habían consagrado sus afanes y grandes investigaciones. Es patente que el primero sí veía con cierto desdén al segundo y disputaba por ser el orientador fundamental de este histórico debate que corrió en paralelo de la vida de ambos juristas. Lauterpacht llevaba una ventaja política: las potencias capitalistas vencedoras que tenían dominios coloniales o practicaban el segregacionismo racial, veían con simpatía sus enfoques y no así la idea del genocidio que, advertían, tenía un poderoso filo en contra de ellos. Tengo para mí que gigantes como ellos dos no se arredran ante estas cosas, que al final suelen ser pequeñas. No desvían de sus metas, ni rivalidad alguna los desalienta o envanece.

Lemkin salió decepcionado a la hora final de los Juicios de Núremberg, precisamente cuando se dictó la sentencia a los criminales de guerra del nazismo, que fueron, como se sabe, sólo una pequeña parte de los matones de Hitler. La construcción del reglamento del tribunal marcó el destino que bifurcó los caminos de ambos abogados. Lauterpacht salió victorioso porque le había encontrado un lugar al individuo frente a los atropellos del Estado y había obtenido la marca de su divisa bajo la denominación de los “crímenes contra la humanidad”. Nunca más el Estado lo fue todo frente al individuo. En apariencia, aunque Lemkin había dado algunos pasos, no logró que el genocidio fuera considerado el tipo delictivo que él configuró en las históricas sentencias que ha jugado un papel esencial en la configuración y fundación del derecho penal internacional. Escuchó la sentencia en una cama de hospital donde atendía su salud.

Pero un corte de caja se impone y Sands lo realiza de manera magistral en su libro: en la resolución 95 de la naciente ONU, en los hechos Lauterpacht logró conquistar que en el orden internacional se le debía buscar un lugar al individuo, acorde a la visión liberal que he mencionado. Pero, acto seguido, en la resolución 96 se estableció la proscripción del genocidio, en la visión de que los grupos —la referencia étnica es obvia— tienen derecho a existir, precisamente como grupos humanos enteros frente a la barbarie exterminadora de los Estados. Esto significa que Lemkin llegó más allá de la sentencia de Núremberg. Se puede sostener incluso que ambos perdieron como impulsores de una visión del complejo y dramático problema, pero es mejor reconocer y concluir que en realidad ambos ganaron. Con posterioridad, a finales de 1948, la ONU emitió la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. Para entonces Lemkin tuvo la oportunidad de promover la aceptación de la misma por varios estados; muere en 1959 y de alguna manera en el olvido (combatido por Sands en su obra).

A su vez, las ideas de Lauterpacht inspiraron la Declaración Universal de los Derechos Humanos del 10 de diciembre de 1948, e inició el reconocimiento de los delitos contra la humanidad. Hubo que lamentar que ese importante e inspirador texto no fuera vinculante para los Estados al momento de su adopción, pero con el paso del tiempo fue adquiriendo fuerza al grado que hoy no se discute su obligatoriedad a nivel mundial. A partir de ese momento a la persona se le reconoce subjetividad internacional y se ha ido creando una maquinaria que permite plantear denuncias ante instancias internacionales y obtener resultados contra el Estado. Al final ganó la humanidad entera, ganamos todos.

Es la vida de hombres que trabajaron en la sombra, a quienes poco importó el protagonismo, esos gigantes ahora ni siquiera gozan de la gran fama que se merecen y que quizás nunca les interesó. Hoy brillan apellidos como Roosevelt, Churchill, y hasta el de dictadores sanguinarios como Iosif Stalin, mientras que aquellos están en libros y archivos de algunas universidades, hemerotecas y registros oficiales —por desgracia no en las que están necesariamente a nuestro alcance—. Fue, nos dice el autor, la vida de “dos jóvenes que vivían en Lemberg y Lwów, [y cuyas] ideas han tenido una resonancia global; su legado llegaría a todas partes. Los conceptos de genocidio y de crímenes contra la humanidad han evolucionado de la mano, en una relación que vincula al individuo y el grupo”.

Esa herencia ha tenido otros capítulos estelares como la creación del derecho penal internacional que ha sometido a su jurisdicción a criminales como Augusto Pinochet y Slobodan Milošević, hechos tan importantes como los de Serbia y sentencias que han sido dictadas en contra de varios genocidas, criminales de guerra y personas que han ofendido a la humanidad, porque hay que reconocer que el carácter absoluto de estos para hacer y deshacer dentro de sus territorios es una historia que ha estado presente y deseamos que concluya al influjo de las ideas de un par de personas de singular y altísima estatura, como lo son (me niego a hablar en pasado) Lauterpacht y Lemkin.

No está de más recordar las repercusiones de la obra de Lauterpacht y Lemkin en el constitucionalismo mexicano. Hoy, el artículo 21 de nuestra Carta Magna dispone: “El Ejecutivo federal podrá, con la aprobación del Senado en cada caso, reconocer la jurisdicción de la Corte Penal Internacional”. Es una reforma que viene de la época de Vicente Fox y que si bien constituye un paso muy importante, no es definitivo, porque aún se le da intervención, discrecional y política, al Senado de la República. Es una recepción del derecho internacional, pero lamentablemente condicionada. No se dio el paso en la magnitud que debía por la oposición que entonces tuvo el PRI contra una reforma honda y progresiva. Ahora, en el gobierno de López Obrador, justo al momento de crearse la Guardia Nacional, Morena pretendió consagrar en su amplia magnitud esta gran innovación retirando el carácter potestativo y condicionado a la aprobación del Senado, pero hubo una vergonzosa retractación, impuesta por las Fuerzas Armadas que siguen con una visión obtusa del derecho y aceptada por las huestes morenistas y sus aliados en el Congreso.

Con tres o cuatro temas quiero concluir este texto. En los días que corren, en la ciudad alemana de Coblenza se lleva a cabo un juicio por crímenes contra la humanidad seguido en contra de dos mandos militares del régimen de Bachar al-Asad, de Siria, porque un individuo, en el aporte legado por Lauterpacht, logró identificar a un agresor localizado en Berlín en 2014, asesino de 58 personas y torturador de 4 mil, hechos que se están acreditando ante la fiscalía alemana y que a la hora de que se dicte sentencia, será contra un perpetrador de un Estado que hoy forma parte de un engranaje de dictadura militar y geopolítica perversa. Antes esto era impensable.

Trump está convertido ahora, junto con una caterva de jefes de Estado dictatoriales y populistas, en el enemigo número uno de las fecundas ideas de Lauterpacht y Lemkin, y de los instrumentos que se prohijaron a partir de sus obras, sea porque constituyan delitos contra la humanidad o genocidios indiscutibles. El catálogo de estas agresiones del presidente norteamericano es grande: sacó a Estados Unidos del Consejo de Derechos Humanos y de la UNESCO, ha recortado el financiamiento a diversos organismos internacionales, retiró a su país del Tratado de París sobre cambio climático y en plena pandemia de covid encabeza una ofensiva contra la OMS. Para efectos de este texto, resultan especialmente deleznable las sanciones impuestas al personal de la Corte Penal Internacional con el objetivo de favorecer la impunidad de sus connacionales. Este mensaje de Trump hoy sólo es saludado por los miles de criminales internacionales que aún rondan en el mundo y por algunos que otros gobernantes.

Hay un debate abierto que sigue las mismas líneas trazadas por estos dos grandes juristas. Produce dudas, convergencias, divergencias y contradicciones. Se tiende a estimar como más eficaz privilegiar la visión de la humanidad por encima del grupo, se piensa que a partir de éste y de la vertebración del genocidio como un delito en la perspectiva de la convención emitida por la ONU, se propicia que las rencillas y los odios tiendan a acentuarse, porque siempre el genocidio va a implicar que un grupo, de la índole que sea, racial, religioso, nacional o lingüístico, tendrá un antagonista que se preservará en sus odios y rencores cuando los alcance el brazo de la justicia por condenarlos por los hechos deleznables que cometieron, se ve en esto la vieja empresa de Sísifo. No se puede pensar en el Shoá u Holocausto sin ver de un lado a los alemanes y del otro a los judíos, los gitanos, los rumanos, los polacos, los republicanos españoles, los homosexuales, las personas con discapacidad, en fin. Y quién podría dejar de pensar en esta coordenada entre los judíos y los palestinos de hoy. Es el difícil trazo de una polémica historia que tarde o temprano se va a dilucidar, aunque ahora la tierra está abonada para dar sus mejores frutos. La obra de Philippe Sands me lo dice.

Al reflexionar sobre esto, en el epílogo del libro (“Hacia el bosque”), Sands narra cómo se propuso el rescate para la memoria de los juristas Lauterpacht y Lemkin en su propia tierra, que los vio vivir, y ha buscado que la actual y diferente Lviv ucraniana les dé un lugar en sus calles —de Este a Oeste— para un recuerdo imperecedero. Se valió de un recorrido por esas avenidas evocando la poesía de Józef Wittlin, que le cantó a su ciudad como pocos lo han hecho por un lugar en el mundo en su obra de melancolías Mi Lvov donde recrea la ciudad vieja, culta, de rabinos, de penumbras y callejones pequeños y tristes; la ciudad de los cafés, iglesias, sinagogas, jardines floridos desde la primavera y de una estatuaria que es testigo de un tiempo congelado y a la vez en constante devenir. Sands se guió con el poético mapa de Wittlin para regresar, ahora sí, a su “edén subvertido”, para emplear la metáfora lópezvelardiana. Por algo la poesía siempre da el camino para expresar y sugerir lo recóndito y lo inexpresable con una hondura extrema, convulsiva y altamente gratificante, como no lo hace ni la ciencia frecuentemente.

Caminaron y al llegar al bosque de los sacrificios Sands recordó a sus mártires, a sus mártires individuales y de su familia, a los de ambos juristas y otras víctimas (unas 3500) precisamente a la sombra del bosque y el reflejo lacustre en el que seguramente estaban los restos humanos, sus huesos, no sólo de esos hombres y mujeres en concreto, sino también de aquellos que por pertenecer a un grupo yacían en ese lugar, sepultados. Un bosque donde acontecieron crímenes demenciales. Al narrarlos, Sands demuestra que el olvido no existe.

La obra termina con la clave de un destino que está en lo individual y lo gregario; son sólo siete palabras pensadas en el escenario de ese bosque al que llegaron después del recorrido urbano, en que el que un día hubo crímenes contra la humanidad y genocidio: “Justo allí, durante un breve instante, comprendí”.

• Philippe Sands, Calle Este-Oeste, traducción de Francisco J. Ramos Mena, Barcelona, Anagrama, septiembre de 2017, 601 p.

 

Jaime García Chávez
Abogado, activista político y social, analista del fenómeno de la corrupción gubernamental y periodista chihuahuense. Autor de: Chihuahua, fuegos bajo el agua; La afición a la maldad; y Apostar el resto, entre otros libros.

 

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Publicado en: Ciudad de libros