La siguiente crónica pone ante nuestros ojos un viaje a Caborca, Sonora, y al imponente desierto. Narcoviolencia, literatura y experiencias psicodélicas se entremezclan para presentarnos uno de los rostros del norte de México.
No hay diferencia entre periodista, escritor y reportero. En mi caso las tres cosas se confunden en una sola. Para definir mi oficio, el calificativo que más me gusta es el de traductor. Pero no de una lengua a otra, sino de una cultura a otra.
—Ryzsard Kapuscinski
En la vieja taberna resuena Querida, la famosa canción del divo de Juárez. Una versión de lujo en high definition. Solo hay dos hombres bailando animadamente en la pista. Las luces de colores que refleja la bola de espejos parecen seguirles el paso. Algo en la atmósfera vibra de una forma especial. Una efervescencia invisible, un rumor extraño que a veces se mezcla en el aire caliente y desértico del norte. Estoy con un grupo de gente cuyo rostro ya no alcanzo a distinguir. Estamos medio borrachos y bajo el efecto de algún estimulante. Mencionamos a Cesárea Tinajero. Luego hablamos de lo ocurrido en Culiacán esa misma tarde —jueves 17 de octubre de 2019. Hablamos del Chapo. De Ovidio (¿Por qué le habrá puesto ese nombre? ¿Alguna relación con el poeta latino que escribió El arte de amar? —pregunta uno). Del desmadre con el ejército mexicano. De pronto, un puñetazo estalla sobre la barra y llama la atención de todos.
—¡Ya cállense, chingá! ¡No quiero oír nada más de ese tema!
Eso nos grita el viejo sombrerudo y panzón que estaba junto a nosotros. O por lo menos eso recordaba del sueño cuando desperté. El frío que soplaba el aire acondicionado era insoportable. Tenía los labios resecos y una jaqueca mortal. No había alcanzado a tomar mi habitual aspirina antes de dormir. Estaba en la habitación 219 del hotel El Camino, en Caborca, Sonora. Un baño de agua caliente y un vaso de agua fría eran lo más parecido a la redención.
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Llegué a Caborca tres días antes, en medio de una noche silenciosa. Eran casi las tres de la mañana y el rumor del viento, suave e irreductible, caía sobre la extensa planicie. Me habían invitado a la primera Feria del Libro del Desierto para dar un taller de crónica. Después de un trayecto de cuatro horas desde Hermosillo (incluyendo una minuciosa inspección de cuarenta y cinco minutos por parte de la policía sonorense), el autobús me dejó en una tiendita equipada de rocola y pinball. Entre cobijas y algunos sleepings, varios hombres dormían en el suelo pese a la intensa luz blanca, que pestañeaba de vez en cuando. Algunos eran jornaleros, otros querían pasar a Estados Unidos de mojados. En un rincón, dos hombres y una mujer bebían cerveza en torno a una mesa roja de plástico.
Bernie, uno de los encargados de la logística, pasó a buscarme en su troca blanca. Amablemente me explicó los detalles del día siguiente y me dejó en el hotel. Las palmeras ondeantes y el reflejo de la luna sobre la piscina eran un premio al vasto recorrido del día. Luego me dirigí a la habitación, ubicada en un largo edificio horizontal delante del estacionamiento. Dos pisos. Barandas blancas. Techo de zinc. Todo evocaba esos hoteles de paso inmortalizados en Easy rider, Breaking Bad o cualquier Road Trip movie con Peter Fonda o Marlon Brando.

Ilustración: Raquel Moreno
Justo al llegar a la escalera me encontré con CH, mi compañero de habitación: un editor independiente, anarquista y bravucón que era colombiano como yo (casualidad), venía de la misma ciudad (doble casualidad), y al que había conocido años antes, cuando transitaba uno de los vericuetos de ese laberíntico apocalipsis que es la Ciudad de México (triple casualidad y conclusión: las casualidades no existen, son una fácil explicación para un hecho cuya lógica social no somos capaces de entender).
—¿Qué hubo, perri? —me saludó CH.
—¿Cómo le baila, hermanito?
—Bien… cansado.
—¿Y eso? ¿mucha chamba?
—Más o menos —dijo, pero una traviesa sonrisa lo delató.—Voy llegando del motel.
Antes de dormir, y empezar a soñar con cactáceas, coyotes y largas noches azules, le pregunto a CH sobre dos temas esenciales: el bufo y la Feria del Libro. El bufo Alvarius, conocido también como Sapo o Anaxyrus Mexicanus, es un tipo de anfibio endémico y alucinógeno de uso ritual en ceremonias chamánicas que mi hermano biólogo me había recomendado buscar durante mi estancia. CH me dice que no sabía nada al respecto. En cambio, me describe la dinámica de la Feria al detalle: la amabilidad de los demás editores, talleristas y escritores; el espíritu comunitario de la ciudad; y la acogida del público —reflejada en ventas de libros, colegiales corriendo por todas partes y señoras de una burguesía untada de narco pretendiendo pulir su erudición. Agregó que todo era bastante caro en Caborca, contra lo que un chilango podía esperar de cualquier lugar que no fuera la capital.
—Lo único barato aquí es la coca —cerró CH, pocos segundos antes de empezar a roncar.
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Según Carmelita Guzmán, cronista del municipio, la palabra Caborca viene de la lengua nativa O’Otham [gente del desierto] y quiere decir “cerrito”. Se refiere al Cerro Prieto, una pequeña montaña rocosa ubicada a 90 kilómetros de distancia al noroeste de la ciudad, muy cerca de Nogales y la frontera con Estados Unidos. En Las misiones de Sonora y Arizona, el famoso misionero y explorador austríaco-italiano Eusebio Francisco Kino asegura que Caborca es un derivado de “Cabota”, una canasta tejida con las escasas y recias ramas que pueden hallarse en la aridez del desierto. Tanto así que el pueblo pápago [derivado del O’Otham, que traduce “comedor de frijoles”] la usaba también como olla. ¿Canasta o cerro? No importa. De todas formas, una canasta volteada parece un cerro.
—¿Quieres una concoyota? —me pregunta Carmelita mientras conduce del hotel al Museo Histórico y Etnográfico de la ciudad, lugar donde se desarrolla la feria.
—¿Qué es eso? —pregunto. Imagino que se trata de un exótico destilado de agave pero Carmelita me aclara.
—Es una delicia de aquí, de Caborca. ¿Te gusta la nieve de vainilla?
La historia de Caborca, como gran parte de la historia de la humanidad, se perfila como una sucesión de ocupaciones, guerras —territoriales, religiosas— y catástrofes naturales. Poco se sabe sobre la vida de los antiguos pobladores —los pueblos nativos pápagos—, pero la llegada de una compañía de misioneros jesuitas en 1692 marcó la fundación de la ciudad. A pesar de las constantes riñas con los indígenas rebeldes (varios evangelizadores murieron o fueron expulsados a punta de flecha y fuego), el terreno fue cediendo a la influencia monástica.
—Te traje una de vainilla y zarzamora —me dice Carmelita y me extiende un pastel de hojaldre rodeado de azúcar morena y relleno de helado. Agradezco y lo recibo contento, como colegial al salir de la escuela. Voy devorando esa maravilla mientras retomamos el camino.
Durante los siglos XVII y XVIII, Caborca vio a los jesuitas erigir decenas de templos, algunos de los cuales fueron saqueados, incendiados y afectados debido al conflicto territorial. Ya en 1768, los franciscanos tomaron el relevo y recomendaron construir en otra parte del municipio, en un suelo más firme, un lugar que no corriera el peligro de un eventual desborde del río Asunción o sus afluentes. Así pues, a lo largo del siglo XIX y XX Caborca se fue dividiendo entre el Pueblo Viejo (epicentro cultural e histórico) y el resto de la aglomeración (edificios residenciales y comerciales).
Cuando llegamos al museo, en un rincón de la vasta plaza de Nuestra Señora de la Concepción, tengo un inevitable déjà vu. Las arcadas blancas, los faroles, las macetas colgantes tejiendo un cerco volante en torno a una pequeña catedral. Mi inevitable manía por lo kitsch me lleva a pensar en El Zorro, en los paisajes decimonónicos que retratan un espacio imaginario donde confluyen Baja California y San Luis Potosí, pero que también se encuentra en Sonora. Recuerdo Los Detectives Salvajes, a Roberto Bolaño escarchando la mitología de esta fascinante región: “Aquí ya nadie usa sombrero charro. Aquí solo hay desiertos y pueblos que parecen espejismos y montes pelados”. Pienso en Cesárea Tinajero, esa poeta, esa mujer envalentonada y sacerdotisa perdida que fundó una revista literaria con el nombre de Caborca. Me alegro de estar en el norte. Mi taller comienza en cinco minutos. Estoy un poco nervioso pero alegre.
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Que la crónica tiene la intención serena y la condensación del haikú; que la crónica es un híbrido a medio camino entre el cuento, el poema en prosa, el ensayo, el diario de viaje y la nota periodística; que la imparcialidad es imposible pero no hay que dejarse enceguecer por el objeto de la crónica. Después de una agradable charla que comienza en Heródoto, pasa por la crónica de Indias y desemboca en el valle florido de García Márquez y Leila Guerrero, concluimos que la crónica es “literatura bajo presión”, como dijo Juan Villoro.
Entre los interlocutores que asisten al taller se encuentra el cuentista Omar Quintana, el poeta Ingmar Sau (sí, como el legendario director sueco) y el artista Ramsés Omar. La química de la conversación, esa inexplicable empatía, se expande a lo largo de la sala. Entonces recuerdo que el mejor indicador para saber si un taller o una clase tuvo éxito es la sensación de satisfacción que queda en el pecho al terminar.
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Ya en el patio central del museo conozco al resto de los participantes y simpatizo con todos: Paco, un librero animoso y barbón; Ema, una teatrera alta y sonriente; Kaely, una maestra que siempre está de buen humor; Luis, un escritor y promotor de lectura al que llaman “el gringo” por su parecido con Steve McQueen; y O, un chilango que se enamoró de Caborca, funge como director cultural y es el responsable de todo este desorden.
Entretanto, converso con CH y me entero de que hay desazón en el ambiente. Y no es para menos. Un día antes de mi llegada, el grupo de invitados de la Feria del Libro había salido hacia una ranchería del municipio con la intención de montar a caballo. Un par de artistas argentinas, un escritor chileno, CH y la cuadrilla de jóvenes poetas sonorenses arrancaron por la carretera departamental en una troca. Bernie iba al volante y O de copiloto. Al llegar a un cruce en las afueras de Caborca, una camioneta negra con vidrios polarizados los adelantó y se puso delante de ellos, obligándolos a disminuir la velocidad y a detenerse. De la camioneta salieron dos hombres altos, fornidos, vestidos de pantalón, camisa negra y lentes de sol. Se parecían tanto físicamente que todos creyeron que eran gemelos; incluso lucían el mismo tatuaje tribal en un brazo. Uno de ellos, probablemente el copiloto, se acercó a la troca donde iba la mitad de la Feria del Libro. El hombre cargaba un sofisticado rifle con mira telescópica que parecía salido de una película de Star Wars y por supuesto intimidó a todo el mundo.
—¿Qué están haciendo aquí? ¿Para dónde van?
Entonces O tomó la palabra. Se presentó como encargado de Cultura de la ciudad y bajó del coche (probablemente bastante atemorizado). Pasaron unos minutos eternos en los que nadie se atrevió a hablar. El hombre del rifle observaba cuidadosamente la troca mientras su gemelo y O, a unos metros, hacían una llamada telefónica. El gemelo le pasa el teléfono a O, que sostiene una corta conversación y luego se lo devuelve. El gemelo le hace una señal al hombre del rifle, que regresa con él a la camioneta negra. Al parecer alguien ha dado su permiso de paso y la excursión puede continuar. Los gemelos se ofrecen a montar a algunos artistas en su camioneta para que no vayan tan apretados, los artistas se niegan educadamente. El grupo sigue su camino y el trauma los acompaña como un inquietante fantasma. Un par de kilómetros más adelante, la troca se vuelve a parar. Uno de los invitados, al parecer el argentino, sale y vomita todo el miedo sobre la arena. El realismo visceral en la perla del desierto.
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Los días que siguieron fueron pasando como una rutina siempre agradable y con algunas sorpresas. Las mañanas en la piscina del hotel, junto a una sala de convenciones donde se organizaba una serie de coloquios de la Universidad de Sonora. La comida con los colegas de la Feria: una dieta abundante en carne deliciosa (incluso para un vegetariano como yo, que no pudo negarse a semejantes ricuras), fundidos, sopas de queso y tortillas de harina más grandes que un plato. Me impresionó escuchar que hay gente que viene a Sonora exclusivamente a comprar filetes de carne que transportan en “maletas refrigerantes” para llevar en el avión. Ya en las tardes, asistía a los eventos de la Feria: presentaciones de libro, una exposición de fotografías de la revolución mexicana y conciertos nocturnos.
Fue mucha mi sorpresa al saber que existían petroglifos, esos grabados sobre las rocas montañosas que tallaron los pueblos ancestrales durante el neolítico. Carmelita fue a buscarme al hotel y a las tres de la tarde emprendimos camino en su 4×4, pues el viento refrescaba mejor a esa hora. Nuestra conversación fluctuó entre la trayectoria profesional de Carmelita en la función pública y la vida cotidiana en Caborca, hasta desembocar en las limitaciones de una pequeña ciudad donde casi nada ocurría sin permiso del narco. De antiguos edificios con arcadas, catedrales antiquísimas y remodeladas, pasamos a ver casas modernas de tonos pálidos, enrejadas y sin mucha gracia que ocupaban los alrededores.
En menos de veinte minutos nos adentramos en el desierto, en sus montes calvos y su arenal interminable. A la zona de los petroglifos la rodeaban cientos de cactus gigantes, arbustos secos y varios senderos de maguey. La luz del sol se reflejaba en finas piedritas brillantes, de tonos perlados de azul magenta y rosa. Estacionamos junto al montículo más elevado. Sus lajas finas y potentes formaban una escultura natural. Un hombre se asomó metros más adelante y levantó la mano. Carmelita le devolvió el saludo.
—¿Es el dueño? —pregunté.
—Sí, estas haciendas son de su familia.
No pude dejar de pensar que era triste ver una maravilla de semejantes condiciones sin ningún tipo de protección o indicaciones. Luego aparté mis costumbres de turista arqueológico y seguí a Carmelita. No hablamos durante un buen rato. Me concentré en observar al detalle los petroglifos. Eran dibujos similares a seres humanos pero también figuras extraterrestres, aliens. Recordé mis clases de filosofía: “alien” significa otro. El Otro.
Después continuamos hacia el Cerro. Cuando estábamos en la cima, junto a los petroglifos, Carmelita y yo hablamos alternando silencios, como solo puede ocurrir en el desierto: “un silencio ondulado por donde resbalan ecos y valles, y que inclina las frentes hacia el suelo”,1 canta García Lorca en su geografía sentimental del desierto Andaluz. Me enteré de que tenía la misma edad de mi madre y un hijo de mi edad. También me contó que conocía el bufo. Luego puso a sonar en su teléfono una música tribal, llena de vientos y melodías exóticas que evocaban el viaje, la fuga, la tranquilidad.
—Quiero tener esa experiencia.
—¿Quieres probar el sapito?
—Sí. De eso hablaba con mi familia antes de venir a Sonora. Los indígenas la usan en rituales y ahora se aplica en terapias. Leí que Mike Tyson dejó el alcohol gracias a un chamán de por aquí…
—…
—Creo que podría aprender algo, creo que a eso vine…
Carmelita me miró a los ojos. Su mirada cómplice y serena me hizo sonreír. El sol empezaba a esconderse cuando nos plantamos frente a la roca más grande. La llamaban “el mural” por su larga superficie y en él se representaban las prácticas de cacería y devoción a los astros de los primeros habitantes. Un petroglifo alucinante.
Antes de regresar a la ciudad pasamos por el cementerio. Había varias familias agrupadas en torno a tumbas, lápidas y mausoleos. Algunas venían a hacer algo muy parecido a un picnic junto a sus difuntos. Se asaba carne, se bebía cerveza, los niños jugaban en el pasto. Supuse que muchos de esos cadáveres los había puesto la violencia del narco.
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Al día siguiente, CH y yo nos embarcamos muy temprano hacia el desierto para tomar el bufo. Vamos a bordo de una vieja camioneta Ford sin placas que funciona de milagro. Nuestro piloto y guía es M, un caborquense treintañero que amablemente se ofreció a llevarnos y darnos a probar el renacuajo mágico en ese lugar sagrado. CH se lo encontró dos noches antes, durante el Cartoncito Fest, un aquelarre comunitario del que ambos salimos emparejados y contentos. Mientras nos dirigimos hacia el lugar indicado, M nos pregunta si ayunamos como nos recomendó y luego hace una sucinta introducción al bufo: nos dice que es un tipo de DMT (Dimetiltriptamina) extraída de la glándula del sapo en cuestión; que provoca profundas alucinaciones; que el efecto fuerte dura entre diez y veinte minutos; que después la sensación de cambio y transformación embarga, por lo general, a los practicantes del rito. Recuerdo algo que vi durante el paseo por los petroglifos con Carmelita: las escamas de una víbora que mudó su piel y dejó su escultura natural de color negro y canela.
Ya estoy sentado en el lugar, sin zapatos, junto a una manta que M dispuso para el ritual. Me sudan las manos (¡en ese lugar de resequedad extrema!) y tengo ganas de ir a orinar aunque fui hace cinco minutos. Me tranquilizo pensando que la experiencia es menos intensa y duradera que la de la Ayahuasca, que tuve la suerte de probar varias veces con chamanes, familiares y amigos. M me extiende la pipa, acciona el encendedor y me pide que aspire largo y tendido tres veces, para que todos mis canales se llenen y pueda entrar de lleno a esa recóndita dimensión. Obedezco lo mejor que puedo. Caigo suavemente sobre la manta mientras siento un temblor que se va incrementando y mis ojos se cubren de noche. A lo lejos escucho una percusión y entiendo que esa es la conexión que M establece conmigo, el hilo musical que me ata a este mundo pero me anima a explorar ese otro.
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Lo difícil en la producción de la bufotenina es encontrar el Anaxyrus Mexicanus.Oriundo de los deteriorados bosques templados, ríos y desiertos bajos del norte, el anfibio se encuentra en peligro de extinción debido a los perjuicios de su hábitat. Por lo demás es un animal manso, nada agresivo. Una vez entre sus manos, los chamanes lo acarician y masajean su cuerpo rechoncho para tranquilizarlo –al final de la extracción lo dejarán libre. Mientras tanto, un asistente sitúa un cristal del tamaño de un libro promedio sobre el animal. Llegado el momento sus glándulas laterales, ubicadas detrás de los ojos, ceden a la presión de los dedos de manera que el veneno lechoso salpica el cristal. Usada desde tiempos ancestrales por las comunidades Seris y Yaquis, los antiguos ponían a secar la bufotenina y la enfriaban en un espacio ahuecado y aislado hasta obtener el polvo que fumaban en sus rituales mistéricos.
En mi paso por “el ojo de Dios” atravieso un plano de inmanencia donde las caricias del viento me aligeran y poco a poco mi cuerpo se desmorona. Me maravilla el color de la arena limpia, que domina mi visión. Creo haber comprendido que el ego es una ilusión, que solo somos vibraciones yendo y viniendo, que podemos hablar desde el silencio por más contradictorio o ingenuo que parezca. Me aferro a una reflexión que para mí es también un mantra y en ese momento la siento dentro de mí, sin raciocinio, como vivencia y flujo puro:
Una persona no es una entidad acabada e inmutable, sino un proceso que fluye a cada momento. No hay ningún ser real, sino un caudal en marcha, un proceso continuo de devenir. La realidad externa es una realidad, pero nada más que superficial; en un nivel más profundo la verdad es que todo el universo, animado o inanimado, es un estado constante de devenir, de surgir y desaparecer…2
No sé cuanto tiempo pasa, aunque sospecho que poco. De cualquier forma de momento la temporalidad ha perdido relevancia. Siguiendo el ritmo de la percusión advierto mi regreso inminente y siento un ansia incontenible de vomitar. Me giro y expulso un poco de agua y saliva. La observo fijamente y entre las pequeñas burbujas de espuma advierto un parecido geométrico entre la piel de serpiente y ese charquito de saliva que crece y se encoge rápidamente hasta acabar absorbido en la arena. La primera era, entonces, un presagio. A pesar de su fuerza, el fulgor del sol me resulta amable. Me reincorporo, me calzo y siento una extraña ligereza, unas ganas de abrazar a M, cosa que hago inmediatamente. Le agradezco por su medicina y su guía. Me acerco a CH, lo tranquilizo con una sonrisa y un apretón de manos. Le deseo un buen viaje. No doy fe a mis ojos por ese lugar hermoso y prehistórico, lleno de cactáceas, cerros y glifos milenarios. Hasta la vieja Ford, ese armatoste destartalado, se me antoja encantadora.
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Esa misma tarde emprendemos el regreso a la Ciudad de México. Entre la conmoción y la metafísica de la experiencia, CH y yo hablamos poco en el autobús, y aún menos en el avión. La inmensidad de la zona metropolitana que se despliega en el descenso nos parece más abrumadora que nunca. Hemos pasado una semana de emociones álgidas y sinceras reflexiones. Reímos a más no poder, lloramos con serenidad (la experiencia del sapo siempre trae un eco de llanto catártico) y cantamos en la ebriedad. Sin embargo, la nostalgia del regreso es irreductible. Siempre llega, en un momento u otro. A fin de cuentas, el balance es más que bueno. El norte fue generoso con nosotros, abrió su cáscara y nos entregó su perla.
Camilo Rodríguez
Lector, traductor, escritor. Profesor de la Universidad La Salle México
1 “Oye, hijo mío, el silencio”, poema de la Sirigüiya Gitana en Poema del Cante Jondo, 1921-2.
2 William Haart recopiló las enseñanzas de Goenka, el legendario maestro de meditación que transmitió las enseñanzas del budismo zen y especialmente la técnica Vipassana, de origen birmano. HAART, William, La Vipassana: el arte de la meditación, Edaf, Madrid, 2011, p. 48.
¿…donde confluyen Baja California y San Luis Potosí?, ¿no será San Luis Río Colorado?