En memoria del poeta Charles Kenneth Williams (1936-2015), presentamos la siguiente revisión biográfica y una muestra breve de su voz poética, singular por las resonancias dramáticas, urbanas y evocativas que la habitan.
El pasado 20 de septiembre murió en su casa en Hopewell, Nueva Jersey, el poeta norteamericano Charles Kenneth Williams, mejor conocido entre los lectores como C. K. Williams. No fue un poeta muy difundido en México, pero algunos de sus poemas aparecieron traducidos en revistas como Crítica, de la Universidad Autónoma de Puebla, y Biblioteca de México.
Curiosamente, México fue para Williams un país importantísimo en su vida. Una tarde, en Tlaquepaque, mientras platicaba de poesía con un amigo, se dio cuenta de que la poesía era su camino.
Williams nació el 4 de noviembre de 1936 en Newark, Nueva Jersey, en mitad de la Gran Depresión económica que asoló a los Estados Unidos desde 1929 hasta finales de los años treinta.
Sus padres, Paul Bernard Williams y Dossie Kasdin, tuvieron que hacer grandes esfuerzos para sacar adelante a la familia en una época de severas limitaciones, no sólo económicas, sino también raciales —sus padres eran de ascendencia judía. Williams recuerda los años de su crianza en Misgivings: My Mother, My Father, Myself, un ensayo autobiográfico publicado en el 2001 con el que trata de entender esa “conspiración que me convirtió en lo que soy”.
El niño que adoraba los caballos y quería ser vaquero creció hasta alcanzar casi dos metros de estatura y se convirtió en un excelente jugador de baloncesto —juego al que tal vez podría haberse dedicado profesionalmente. Su vida giraba en torno al deporte ráfaga y a un remolino de muchachas hasta que, por una de ellas, la poesía ocupó el primer plano de su atención.
A los diecinueve años de edad, mientras estudiaba en Bucknell University, en Filadelfia, se enamoró de una compañera a la que le gustaba leer poesía. Una tarde se le ocurrió escribir un poema de amor para cortejarla. La sensación que le produjo redactarlo le hizo darse cuenta de que esa era la actividad que de veras le interesaba —cuarenta y cinco años más tarde él mismo definiría esa sensación al responder qué es lo que le gusta de escribir poesía: “es una maravillosa especie de fusión de voluntad, sumisión e inspiración que, en los mejores momentos, parece ocurrir a través de ti en vez de que tú la hagas ocurrir. Hay muy pocas cosas así en el mundo… tu conciencia se transforma en la conciencia de algo más”.
(Williams señaló que antes de esos versos primerizos la poesía no había tenido un sitio especial en su vida, pero es indudable que los poemas que su padre le leía cuando era niño —y le alentaba a aprender de memoria— contribuyeron a sensibilizarlo y a prepararlo para esa especie de revelación. Por ello, resulta curioso que Williams haya declarado en repetidas ocasiones que su encuentro con la poesía se produjo tardíamente.)
La energía que dedicó a leer y escribir poemas a partir de esa experiencia transformó su manera de pensar y de sentir en un plazo relativamente corto.
En 1963, siete años después de aquel intento de poema romántico, releyó en voz alta una de las Elegías de Duino, de Rainer María Rilke —uno de sus autores tutelares— y se conmovió hasta las lágrimas. Así se dio cuenta de la importancia que la poesía adquirió en su vida. Interpretó el hecho como la confirmación de su vocación poética.1
Al año siguiente, mientras redactaba una carta dirigida al editor de una revista para comentar un reportaje sobre la discriminación racial y señalar que la situación de los negros norteamericanos no era tan mala como la presentaba el autor del artículo —en todo caso, pensaba Williams, nunca tan mala como había sido la de los judíos en la Segunda Guerra Mundial— no sólo se percató de su ingenuidad y del error que cometía al presumir tal cosa sino que descubrió una manera de abordar dialécticamente los más diversos asuntos éticos, algo que tendrá importantes consecuencias en la redacción de sus poemas.
El advertir la fragilidad de mis convicciones, por más sinceras que éstas pudieran ser, el aprender a confrontarlas y a ser más riguroso, más honesto […], me permitió ubicar mis poemas en una situación central con relación a mi experiencia, a mi manera de luchar para ser plenamente humano. 2
Al cobrar conciencia de la complejidad de los problemas sociales y morales que se viven en Estados Unidos —y que reiteradamente habrá de tratar en sus poemas— Williams sintió que, por primera vez, “era capaz de escribir los poemas que quería escribir de una manera que me satisfacía, y que se hacía soportable mi lucha con la forma y el contenido y, lo más importante, cargada de sentido”.3
No obstante, pasaron otros seis años antes de que se sintiera capaz de asumirse como poeta y se decidiera a publicar lo que escribía. Sólo por la insistencia de Anne Sexton —a quien conoció a través de uno de los talleres de poesía que Robert Lowell impartía en la Universidad de Boston— se animó a entregar su primer libro, Lies, a la editorial Houghton Mifflin, bajo cuyo sello apareció en 1969.
La crítica ha dicho —con razón— que los dos primeros libros de Williams (el segundo, I Am the Bitter Name, se publicó en 1972), son parte de la construcción de su voz, que comienza a definirse con el tercero, With Ignorance (1977), en el cual utiliza por primera vez esos largos versos de veinte sílabas o más que, como bien señala su compatriota y colega Charles Simic, desafían el principio de que la concisión es el alma de la poesía.
Es un verso libre muy singular, que se apoya —cito a Simic— “en la aliteración, la repetición y los cortes en el verso para crear su propia cadencia”.4 Pero también hay cierta regularidad en la acentuación que es fácil advertir cuando se leen los poemas de Williams en voz alta, algo necesario para apreciar cabalmente su calidad dramática —en algunos casos tan notoria que podrían ser adaptados como monólogos teatrales.
De hecho, a partir de ese tercer libro la poesía de Williams podría caracterizarse como un “teatro de la conciencia”. En él, sentimientos, emociones, deseos e ideas son exhibidos a través de recuerdos y escenas cotidianas que se presentan como experiencias personales pero se transforman en una especie de emblemas de la vida en el mundo de hoy.
Cada poema abunda en datos y percepciones que suscitan toda suerte de resonancias en una conciencia que asevera, vacila y se autocuestiona. El hablante —y el lector que lo escucha y se identifica con él— quiere descubrir y comprender los resortes de sus actos, leer la sombra que ellos proyectan. A la manera de los moralistas franceses —en especial La Rochefoucauld, quien sabía que muchas cosas altas, buenas y nobles nacen de la ambición, la vanidad y la codicia—, duda de la sinceridad de lo que decimos, sabe que hay un doble o triple fondo en las palabras que usamos, y que con frecuencia nuestra percepción del mundo se encuentra distorsionada.
Naturalmente, Williams es un poeta preocupado por numerosos problemas éticos, que lo llevan a poner en tela de juicio los fundamentos de la sociedad contemporánea y muchas de sus expresiones.
Valga subrayar, de paso, que su poesía es eminentemente urbana.
Para él, la naturaleza —a pesar de que en ella suceden cosas que nos parecen crueles— es hermosa y fascinante. Nuestras sociedades son desastrosas. Pero, aunque la voz de Williams en muchos momentos es manifiestamente reprobatoria de la ceguera y autodestructividad del género humano, no conlleva ira ni resentimiento, y más bien suele mostrar ternura, afecto, compasión —o miedo porque ninguno de estos sentimientos sirva para superar la tupida trama de prejuicios, convenciones y estupidez en que nos debatimos.
Los largos versos de Williams son la expresión de un hombre que quiere comprender la sociedad en la que vive, y quiere ver —ver en verdad— a sus semejantes. No se siente ajeno ni superior a ellos, pero tampoco finge mirarse en un espejo y no puede deja de expresar su extrañeza o su pesar ante muchos de los personajes que sus versos dibujan.
Al leer sus poemas se tiene la impresión de escuchar a un amigo que trata de ordenar sus ideas en medio del ruido y la información que fluye al azar en torno suyo. Su cabeza está llena de cosas, demasiadas para decirlas con pocas palabras. Se entiende entonces por qué Williams no puede seguir el dictum de la concision al que suelen apegarse sus colegas. Ni siquiera el uso más virtuoso de la elipsis bastaría para sintetizar lo que él se propone registrar en su poesía.
Sin embargo, no sería acertado calificar sus poemas como textos narrativos. Sus poemas no son pequeñas ni largas historias. Más bien, lo que Williams solía hacer era dialogar consigo mismo, “analizar una situación recordando o imaginando su desarrollo con gran detalle”, como lo observó su colega Lynn Keller.5
Quería (lo dijo varias veces en entrevistas y lo escribió en más de un ensayo) que sus poemas tuvieran la misma tensión lírica que los poemas breves a los que los lectores están acostumbrados, pero sabía que necesitaba más espacio y flexibilidad para las estructuras que le interesaba desarrollar.
Con muy pocas excepciones —como la “Villanela de la madre de la suicida”—, emplearía ese largo verso para redactar los poemas de sus siguientes cuatro libros: Tar (1983); Flesh and Blood (1987); A Dream of Mind (1992) y The Vigil (1997) pero, aunque ese verso era ya su sello distintivo, después de la publicación de Repair (1999), volvió a escribir de vez en cuando poemas breves, empleando versos más cortos, acaso para demostrar que, así como supo construir su propia forma, también sabía desenvolverse en otras.
Es evidente que hay una buena dosis de prosaísmo en la poesía de Williams, y que su tono —como el de tantos otros poetas norteamericanos contemporáneos— es eminentemente conversacional. Pero su vocabulario, amplio y lleno de matices, se distingue de la llaneza característica de la poesía coloquial, lo mismo que su empleo de la sintaxis, gracias al cual lograba entretejer diferentes planos lógicos y temporales para simular la manera en que fluye el pensamiento, con sus interpolaciones, digresiones e insopechadas formas de relacionar.
La obra de Williams es una exploración poética de gran intensidad psicológica, pero también, desde sus inicios, una crónica social, una meditación filosófica y un observatorio de los acontecimientos políticos, lo cual es casi natural, ya que su vida como poeta estuvo enmarcada por dos guerras —hace más de cuarenta años condenó en sus versos la invasión de Vietnam; luego la invasión contra Irak y la repugnante actuación de Bush—, y entre ambas fue testigo de horrores y crímenes que encontraron eco en muchos de sus poemas, en especial, el sacrificio de los débiles y los pobres en favor de la brutal concentración de la riqueza.
En 1973 Williams conoció en el aeropuerto Kennedy a quien fue su esposa durante cuarentaidós años: Catherine Mauger, una francesa dedicada a la joyería, cuando ambos se disponían a viajar a Holanda. Desde entonces, pasaba una parte del año en París y otra en Princeton, en cuya universidad era profesor de composición literaria desde 1995. (Williams fue profesor en diversas universidades norteamericanas, lo que le llevó a vivir tanto en California como en Nueva York, entre muchos otros lugares, con el consiguiente enriquecimiento de su visión de los Estados Unidos).
A propósito de enriquecimientos debe señalarse también que su obra, como la de muchos poetas contemporáneos que leen dos o más idiomas, incluye la traducción de autores no sólo de otros idiomas sino de otras épocas. De manera paralela a la composición de sus propios libros, Williams hizo versiones modernas de dos clásicos griegos, Las bacantes, de Sófocles, y Traquinias, de Eurípides. Asimismo, vertió al inglés una antología de poemas de Francis Ponge y un libro del poeta polaco Adam Zagajewski (Canvas).
Aunque en los últimos años Williams pasó más tiempo en Europa que en su país (siete meses por año) siempre estuvo atento a lo que ocurría en él. Y la distancia le permitió comprenderlo desde otra perspectiva, más crítica por mejor informada.
Después de casi cinco décadas dedicadas a escribir, los últimos años fueron pródigos en reconocimientos para su obra poética. Como si un premio condujera al siguiente, desde que en 1997 su libro The Vigil fuera galardonado por partida doble con el Premio del Circulo Nacional de Críticos del Libro (en Estados Unidos) y el Premio de Poesía Forward (en Inglaterra), Williams recibió media docena de importantes distinciones —las dos más destacadas: el Premio Pulitzer correspondiente a poesía en el año 2000 y, en el 2005, el Premio de Poesía Ruth Lilly, dotado de cien mil dólares, con el que se honra a un poeta por el conjunto de su trayectoria.
Naturalmente, ningún reconocimiento es mejor para un poeta que la lectura de su obra.
EL PASADO
La existencia del pasado no depende de nosotros, existe por derecho propio
HENRY STEELE COMMAGER
Sin duda ha estado siempre allí, esperándonos, aguardando a recibirnos,
no para transformarse,
tremolando en la pantalla de la mente, en otra sombra siempre,
siempre potencialmente ilusoria,
sino más allá, donde le corresponde estar, accesible, rescatable, recuperable,
no mediante las redes de la imaginación
sino por virtud de su ser, de su simple existencia, aguardándonos con paciencia
como un suceso poco concurrido,
como un hecho difícilmente previsible o imposible de prever —como ocurre con
cualquier acontecimiento…
Lo único que el proyecto requiere es paciencia, astucia, como la que empleamos
para burlar a la muerte…
No me refiero al pasado como “historia”, sino al aroma, el sonido, la vista, el dato sensual,
los hechos y los seres, los héroes,
lo hórrido y lo sagrado, ya sin mediación, para que trabajemos en ellos
no como se trabaja en un mapa, sino como se cultiva la tierra.
FRACASO
Acaso no sea tan terrible como nos gusta creer: nada que ver con arrebatos
melodramáticos ni golpes de pecho; nada es tan sutil
como las fantasías de la conciencia cuando fragua irrefrenables rigores
y admoniciones autoflagelatorias.
Menos amor, sí, pero qué era el amor: una gana febril, constante, fastidiosa
de seguir poseyendo
lo que de todas maneras uno no estaba cien por ciento seguro de que valía la pena
querer, y si bien la reserva de esperanza se ha agotado,
tampoco hay expectativas de herencia que interfieran con estas profundas
meditaciones sobre la fragilidad de la suerte.
Acaso todo lo que falta sea una cierta resonancia; la voz girando en la oscuridad
en un cuarto vacío.
La recompensa es saber que por fin te has librado de las ajenas previsiones
que te condicionaban
a querer ser lo que jamás serías, y héte aquí, lejos todavía del “fin”.
DINERO
¿Cómo fue que el dinero se nos metió en el alma; cómo fue que el
dólar y sus centavos remontaron el fango
para abrirse paso hasta lo más hondo de la conciencia, y —uno
diría— hasta la carne misma ?
Apetitos sin objeto, necesidades infinitas cual bacterias que
producen fiebres y dolor,
variados virus que carcomen las neuronas e infectan incluso los
santuarios del altruismo y la autoestima.
Quisimos que el alma fuese grande, sensible, sagaz, omnisciente,
que todo lo abarcara, pero no esto,
no el dinero bramando, con batallones armados de signos de más
y menos levantando campamentos de beneficios y pérdidas,
no la alegría convertida en cálculo, la vida haciendo cuentas,
computando intereses con un puñado de guijarros:
no este sentimiento de desdicha, esta herida dolorosa e irrestañable,
esta afrenta que debe ser vengada a toda costa.
Codicia, corrupción y descomposición; esta enfermedad, esta
compraventa miserable;
alma contra alma, garras de tungsteno cáustico: ¿qué es lo que nos
han hecho, qué es lo que hemos hecho?
LA CAMA
Camas que chillan, rechinan, se acallan; camas que saltan, se plantan
inmóviles cual montañas;
camas anchas como una pradera, estrechas como un desfiladero, tan estrechas
como la plancha por la que desfilaban los condenados en un barco.
Chillé y rechiné, arremetí y salté; me cubrí los ojos y salté
desde la plancha.
Camas orgullosas, camas inmaculadas, camas tímidas y tensas; camas subyugadas
que sólo desean ser subyugadas;
pequeñas camas atildadas, perfumadas apenas y sin huellas, camas tan poco usadas
que hay que darles una patada para que funcionen.
Admiré, canté alabanzas, halagué y adoré; suspiré y me sometí,
me solacé, me consolé y acepté la patada.
Lechos de Procusto dueños de conciencias tan afiladas como las navajas
que cortan la oscuridad sobre tu cabeza;
lechos como los trabajos de Hércules, establos y serpientes; Sansón, hundido en la ceguera,
y Noé, llenó de terror.
Cegada por el deseo, desperté horrorizada, atada, fatigada,
la conciencia hecha jirones.
Camas que sollozan, camas que se afligen y suplican, camas pesarosas con historias
que amplifican la tuya,
de manera que caíste de hinojos entre sus dolorosos ecos como en las profundidades
de tu propia locura.
me arrodillé, sollocé y me arrepentí, vendé mis muñecas,
suspiré por el embrión perdido.
Un país entero de camas, un cosmos, y entonces, cómo es que aun así pudo pasar,
la cama en el fin del mundo,
tan acogedora como el mundo, arca, fortaleza, luz y delicia, las otras camas
olvidadas, y propensas al olvido.
Una cama que cantó enmedio de la oscuridad y despertó cantando
como si el mundo mismo hubiese despertado;
dos camas unidas como una, lecho de llegada, aceptación, paciencia,
lecho de infatigable ardor.
EL TREN
Llevamos una hora detenidos junto a una hilera de fábricas cubiertas de graffiti.
Todo este tiempo la persona a mi lado no ha hecho otra cosa que hablar por su celular;
Me exaspera escuchar cada una de sus palabras, es imposible pensar en otra cosa.
Me siento atrapado. Asomo por la ventanilla y miro una liebre entre los ennegrecidos matorrales.
Justo en el momento en que la veo, se vuelve a mirarnos y se paraliza, sobresaltada.
Limpia, lustrosa, la carne firme bajo el fino pelaje, es adorable,
Me hace pensar en los niñitos que pasan por nuestra calle rumbo a la escuela
Con su inconsciente encanto, y lo mucho que uno querría volver a tener esa belleza.
Fantaseo entonces con la idea de volver a un estadio más salvaje
Para que la criatura se entere de mi admiración y a su vez me reconozca.
Todo este rato he sentido unas terribles ganas de estar junto a ella,
Como si ella fuese la encarnación de un misterio, una imagen de lo sagrado.
Pero si acaso advierte mi presencia no le importa, y cuando comenzamos a movernos
Permanece inmóvil en la grava negra —orejas y bigotes alertas—
Para cerciorarse de que nos hemos marchado antes de continuar su camino.
El tren empieza a cobrar velocidad, los pueblos se difuminan, la voz a mis espaldas martillea,
El calor en el vagón es sofocante pero en los campos los pastos están cubiertos de escarcha.
Imagínate estar allá afuera, solo, transido por el miedo y el frío,
Ante ti los bruñidos rieles, a tu alrededor un silencio colosal, inmenso,
Que sólo ahora comienza a menguar, a causa de una ráfaga de viento, del ensordecedor crujido de una
rama.
EN EL METRO
En el Metro me veo obligado a pedirle a una muchacha que mueva las bolsas que
lleva a su lado para hacerme un espacio.
Va leyendo, un pie apoyado en el asiento que tiene enfrente, y apenas levanta la vista
para acomodarlas a su costado.
Me siento. Saco mi propio libro —Cioran, La tentación de existir— y advierto que
aparta la mirada del suyo
Para mirar el título del mío. En ese momento, ella —diría Gombrowicz— “se afirma
físicamente”, es decir,
Se hace presente de una manera en que no lo había estado: aunque no se ha movido,
se ha permitido
Destacar de una manera más nítida, más accesible a mi percepción sensorial,
de modo que no puedo sino
Advertir su impresionante figura y su muy bronceada piel (las muchachas se ven literalmente
doradas al final del verano).
Echa el cuerpo hacia atrás, y cuando el tren se bambolea y su brazo roza el mío
no lo retira;
Parece permitir que nuestras superficies se unan: los vellos de nuestros antebrazos,
sensibles, vivos
—dolorosamente vivos—, informan que se ha tocado a otro ser, que ese otro ser ha sido
percibido y, así, reconocido.
Comprendo que ella de ninguna manera ofrecerá más que esto,
y en realidad no deseo más,
Me basta con ser asaltado por una oleada de calidez que luego se convierte
en algo casi opuesto:
el recuerdo de una muchacha por la que suspiraba desde lejos; estaba sentada
al otro lado de la mesa en la biblioteca de la escuela,
Creí que nuestros pies se habían tocado, y luego habían vuelto a tocarse, y entonces,
con todo lo que deseaba que significara ese contacto,
Me di cuenta de que no era su carne lo que mi carne en ese rutilante instante había tocado,
sino una pata de la mesa.
La joven mujer de hoy retira el brazo, se levanta, se opone a la inercia del tren
que se detiene
(Gombrowicz otra vez), avanza rápidamente hacia la puerta del vagón y desciende,
sin volverse a mirar ni una vez
(para mi alivio) y me concedo el pensamiento de que, a pesar de que debo
haber sido para ella
tan impasible como esa mesa de mi juventud, tan de madera, tan indiferente, quizás
por un momento no lo fui.
1 Williams relata esta experiencia en el ensayo rememorativo “Un día, en México”, que forma parte de la colección de ensayos breves titulada “First Loves”, publicada en el otoño de 1998 en la revista virtual de la Poetry Society of America. (www.poetrysociety.org/ journal/articles/firstloves98.html).
2 C. K. Williams, “Beginnings”, en Poetry and Consciousness, p. 82, Michigan University Press, 1998
3 Ibid.
4 Charles Simic, “Difference in Similarity”, The New York Review of Books, vol. 51, núm. 4, 11 de marzo, 2004.
5 Lynn Keller, “An Interview with C. K. Williams”, Contemporary Literature, vol. XXIX, núm. 2, verano de 1988, p. 157.