Breve histeria del silbato

A partir de su regreso al suburbano con el descenso la pandemia, el patidifuso metronauta de este texto se encuentra ante una pregunta insólita, mexicanamente filosófica.

En enero de 2019, 132 millones de personas usamos el metro en la Ciudad de México. Para abril de 2020 la cifra bajó en más del 60%, a los 41 millones. Fui parte de esa población disminuyente: creo que entre 2020 y ahora, en parte por la selectiva paranoia inmunológica que se volvió normal, usé el metro solamente dos ocasiones.

Me relacioné tarde con el metro de la ciudad, hasta mi adolescencia. Recuerdo que en aquella época, a finales de los noventa, acompañé a un amigo a la estación de Camarones, pero no recuerdo para qué. En cambio recuerdo que me preguntó: “¿a poco eres de esos a los que todavía les asombra el metro?”. Fue una pregunta un poco injusta, me temo: era la primera vez que visitaba esa estación, la más profunda del sistema, y sus escaleras, con ese aire de colmena, son impresionantes (cuando se ven por primera vez). Lo recuerdo ahora pues estos dos años sin visitar el metro, o de visitarlo poco, ya me pasaron factura: ¡ha vuelto a asombrarme! La llanta de la bicicleta ponchada y la gasolina tan cara me orillaron de nuevo a mi vieja ruta en el subsuelo (que iba de Zapata a Mixcoac, y de ahí a Tacubaya; aunque ahora la línea 12 no sirve… así que debo tomar un camión a Mixcoac). La cuestión es que dos años han sido suficientes para que vea con nuevos ojos el metro. Como todo mundo sabe, con el asombro viene la pregunta filosófica. Y aquí tienen que por primera vez en mi vida de pasajero subterráneo me hice esta pregunta: ¿por qué en ciertas estaciones, cada que llega un tren, los policías deciden usar sus silbatos?

La verdad es que me sorprendió más la pregunta, o sea, su aparición, que su contenido. Es como si se hubiera abierto un nuevo claro en el bosque del pensamiento. El redescubrimiento, a mis casi cuarenta años, de la curiosidad. El gusto no me duró tanto pero quise sacarle jugo. En lugar de ir a Twitter a preguntarle a todos y a nadie por qué los policías usan su silbato cuando llegan los trenes del metro, me guardé la pregunta, codicioso. La rumié a solas unos pasos. ¡Mi preciosa pregunta! Pero luego, ambicioso, pensé que igual hasta podría sacarle un ensayo a la cuestión. Lo que hice entonces fue ir y preguntarle a un oficial por qué usaban sus silbatos cada que llegaba el tren. ¿No es maravilloso el periodismo de investigación?

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Ya esto tenía algo más de carnita. Todo sucedió en la estación de Tacubaya, como a las dos de la tarde. Lo digo para que se ubiquen. De tal manera que, rumbo a mi trasbordo hacia la línea rosa, decidí interrumpir a un oficial (estaba platicando con un compañero que terminaba su turno) y le pregunté:

—Oficial, buenas tardes, oiga, una preguntita, ¿por qué cuando llegan los trenes del metro usan sus silbatos?

Ahí estaba esa expresión conocida, creo que bastante común en los policías: la mezcla de alivio por no enfrentarse con un civil agresivo, pero también el profundo desdén a las preguntas pendejas. Muy amable, el policía me contestó:

—Tómalo como un acto de presencia, para que sepan…

—…que hay seguridad —le ayudé a terminar el trámite—. Muchas gracias oficial, buena tarde.

Me quedé pensando en que me gustó y asustó la expresión “tómalo como”. Para empezar, era un imperativo. Y no era exactamente una explicación sino una manera de decir que puede ser eso pero también otra cosa. La seguridad está bien pero como saben las compañías de “seguridad privada”, hay ocasiones en que la seguridad misma nos priva de la seguridad. Uno puede ir muy tranquilo, en la baba, en el metro, y de pronto un estridente pitido nos recuerda que la policía está presente. Y por eso la gente baja del vagón rápidamente y mira al suelo y camina en silencio, alejándose del lugar donde está presente la seguridad. “La policía siempre vigila”, me repetía mi padre, cuando yo era niño, con una voz afectada y dramática: más tarde comprendí que citaba la radionovela del mismo nombre que, entre 1951 y 1969, conducía el comandante Luis Pérez Cervantes (con una “voz memorablemente radiofónica”, como escribió Manuel Ajenjo para El economista).

En esta ciudad se escuchan ruidos alarmantes a cada rato: cláxones, gritos, pitidos… la alarma de los bancos, de los coches, de los sismos. Y distante, sobre todo ello, el rugido de las turbinas de los aviones, que a los neuróticos les recuerda que, si le echaran más ganitas, podrían vivir en otro lado. Recuerdo, con susto, una época de profunda neurosis en la que tuve la impresión de que podía escuchar cómo un vecino se cortaba las uñas. Ahora, que oscilo entre la neurosis y la tranquilidad mental, sé que no es tanto de echarle ganitas como de saber a qué prestarle atención.

Hace unos doce años, no sé si recuerden, el Gobierno de la Ciudad de México (entonces encabezado por Miguel Ángel Mancera) intentó hacer, de cara al acoso sexual que viven las mujeres a diario en la ciudad, a policías a cada uno de nosotros. En lugar de enfrentarse a las denuncias y a la impunidad, se repartieron silbatos anti-acoso. La idea —que casi me obliga a titular este texto como “El pito y el poder”— era que si una mujer era acosada, o si uno se percataba de acoso, el silbato ayudaría a prevenir el delito. Para colmo, se repartieron silbatos en dos colores: rosa para las mujeres, negro o azul para los hombres. Eran unos 15 mil silbatos los que se pretendían distribuir, fabricados por la marca Acme, y con un costo en total de 1.2 millones. Mancera aseguraba, en ese entonces (cuando cerca del 35% de las denuncias por acoso ocurrían en el metro), que las burlas en las redes sociales dieron a conocer aún mejor la medida que defendía (se viralizó en Twitter la etiqueta #ElPitoDeMancera, y ahí sigue para el registro); lo cual era verdad, pero se ocultaba, a conveniencia, que hay cosas que se vuelven notorias por ser infames.

Estoy seguro que muchas personas virtuosas asocian principalmente al silbato con el deporte (ya sea porque lo practican o lo ven en la tele), pero desde que yo tengo memoria, el silbato y el policía han sido uno mismo. Fantasmal, se escuchaba a lo lejos el silbato del policía de la cuadra, cuando le soplaba con esfuerzo en la noche (era de los últimos sonidos que yo escuchaba de niño antes de dormir). Al mismo tiempo, recuerdo el silbato sonando en películas, acompañando imágenes de niebla y luz de gas, o neón y lluvia: el descubrimiento de un crimen, la persecución. Me puse a googlear y ya me salió que la historia del silbato como apoyo a la vigilancia se remonta a la antigua China. Típico. Y que también se usaban las matracas (que, en cambio, yo curiosamente siempre he asociado con fiestas populares o con el espectáculo deportivo). También, lamentablemente, se me ocurrió volver a ver las imágenes, los videos, de lo que ocurrió en el estadio la Corregidora —en Querétaro— a inicios de mes. Y en ellos, curioso, se escuchan gritos, chiflidos, pero no silbatos.

 

Guillermo Núñez
Escritor, filósofo y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.

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Publicado en: Corresponsal