Sobre Kafka ya se ha dicho todo. Sí, pero como es inagotable también volverse a decir: por ejemplo, que era vegetariano, que tenía una extraña fascinación por los animales, algunos de los cuales configuran el siguiente bestiario.
Cuando se cumpla el centenario de la muerte de Kafka en 2024, es probable que esté en cartelera el biopic que prepara la cineasta polaca Agniezka Holland. Ya hay, claro, películas sobre Franz Kafka, como la de Steven Soderberg, de 1991. A pesar de sí mismo, de su íntima inseguridad, Kafka resultó ser un artista inagotable. Esto lo logró, quizá, gracias a la abismal ambigüedad con que trató sus temas. Fiel al misterio, sus escritos son un terreno indeterminado en el que cualquier acto al prolongarse, por ejemplo la risa, termina por ser insoportable. Tengo una imagen, que rescato de un sueño de mi madre, que me ayuda a entender la ambigüedad absurda de Kafka, su vértigo. Ella sube por una escalera para encontrarse con su padre, peldaño a peldaño se agota, la pendiente no se acaba; al llegar a la cima voltea para ver el camino recorrido, pero la escalera desapareció; cerca del cielo, el vacío.
Tengo otra imagen, esta es para el inicio de la película de Agniezka (if you need me, call me!). Aclaro: soy poco original y probablemente inverosímil. Kafka está en un acuario de Berlín, según la anécdota conocida. No es turbio como el de La dama de Shanghái (1947), de Orson Welles, que en otro filme adaptó a Kafka, sino el escenario de una epifanía. Franz contempla los peces, siente piedad por ellos, piensa que la libertad en la pecera es una ficción que, a lo mejor, vale la pena; Kakfa, que decide que no volverá a comer estos animales, imagina, y nosotros con él, que los vidrios del acuario se quiebran; fuera del agua, observa sus angustiosas branquias dolorosas. Una experiencia intolerable, como dice Borges para hablar de lo kafkiano.
Hijo de un carnicero kosher, Kafka era vegetariano. Hay que recordar su delgadez y el color de sus ojos espantados sobre los que, como los de Ema Bovary, no hay consenso. Seguramente la comparación le gustaría a él, que admiraba a Flaubert. Siempre me pareció que Kafka, de quien se dice que era un judío guapo de piel morena, un hombre diferente en su contexto, tiene un aire de murciélago. Según las fotos, su cara es angulosa con orejas puntiagudas que parecen alas, las cejas espesas en cuyo centro baja la larga nariz que se ensancha en las fosas, labios de horizonte elegante, ligeramente marcados, que forman un triángulo con la barbilla. Incluso puedo imaginarlo de cabeza en su habitación, colgado de una viga, mirando su cama. El primer hombre-murciélago. Seguramente a Kafka le gustaría parecerse a un animal porque acudió muchas veces a la animalidad para escribir. En lugar de pensar si nos parecemos a papá o mamá, deberíamos preguntarnos a qué animal nos asemejamos. Yo quisiera ser un pez, como dice la canción, pero dicen que parezco un castor.

Hay un bestiario sobre Kafka, que en 2000 publicó Anagrama. Sobre Kafka ya hay todo, qué le vamos a hacer. Ahora en el Centro Cultural Helénico se presenta una obra de teatro sobre Kafka que funciona por partida doble: es una monografía que presenta al autor en su dimensión histórica y también ahonda en la fauna que habita su obra y que Clarissa Malheiros y Juliana Faesler (cuya compañía La Máquina de Teatro presenta la Serie de Encarnaciones Filosóficas, que acude a Artaud, Kafka y Pessoa) rescatan para montar un parque kafkásico y no kafkiano, lo digo así porque la pieza tiende a la compilación clara y no al enredo.
Ya que Kafka, un vegetariano del hambre, es inagotable, aquí un efímero viaje no exhaustivo por las criaturas animales de sus cuentos que sostienen el andamiaje filosófico de sus relatos.
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Piojos y otros insectos
Minúscula y por ello importante, la alusión de “Ante la ley” es primordial. “Como en la atención que durante años ha dedicado al guardián ha llegado a distinguir hasta los piojos que tiene en su cuello de piel, también pide a los piojos que lo ayuden y persuadan al guardián”, dice el narrador de la fábula sobre el hombre que, sin que nada se lo impida, es incapaz de entrar en la ley, según la traducción de Francisco Zanutigh Núñez. Esta condena inefable, en la que el protagonista espera hasta quebrar su fragilidad, que no es privativa de los seres humanos, también está en “La metamorfosis”. ¿Cuántas patas tenía Gregorio Samsa cuando se despertó convertido en un insecto? De haber sido encontrado por un hombre cruel, el hombrecito-bicho pudo haber sufrido la extirpación calculada y minuciosa de sus extremidades, un exterminio de miembros, amputación de su derecho a desplazarse, a pesar de estar en la cama.
Aves y rapaces
La situación de inmovilidad escala en “El buitre”, relato en el que un ave rapaz le picotea los pies a un indefenso al que se le pide que espere media hora para que un extraño consiga el arma para matar al buitre. En “El cazador Gracchus” también aparece un ave, una paloma “grande como un gallo” que anuncia la llegada de un cazador muerto.
El simio emancipado
“Tras las tablas comienza la selva”, anotó Kafka en sus fragmentos para “El informe para una academia”, relato en el que un chimpancé, cautivo en una caja, arroja la simiedad en cinco años y cruza de un galope toda la evolución de la humanidad. Sobre su evolución, que consiste en imitar a los humanos para buscar una salida, el simio dice que ni se queja ni está satisfecho. ¿Una salida a qué? Además de la caja, el mono, que alcanza la instrucción media de un europeo, asegura que evadió el jardín zoológico, al que considera una nueva jaula. La emancipación del chimpancé, que se interna en la espesura de la selva, ya de arbustos raquíticos, ocurre porque no tiene otro camino (“siempre partiendo de la base de que no se podía elegir la libertad”).
Perros filósofos
En “Investigaciones de un perro”, que se cree que es su último cuento, un perro cuenta sus pesquisas sobre varios temas, entre ellos el hambre. En nuestra lengua se dice que donde no hay pan, hasta los perros se van. Kafka, por su lado, anota: “Trago la comida pero sin demorarme en disquisiciones económicas”. También: “Andan por el mundo muchos perros mal alimentados y si se puede se les quita de la boca el más miserable alimento, frecuentemente no por voracidad, sino casi siempre por principio”. Y sigue:
Las hermosas visiones [del perro] desaparecieron al agravarse el hambre; no pasó mucho tiempo y luego de la apresurada dispersión de todas las fantasías y de toda la emoción, me sentí en completa soledad con el hambre que quemaba mis entrañas. “Esto es el hambre”, me dije infinidad de veces, como queriendo hacerme creer que el hambre y yo éramos todavía dos cosas diferentes y como si uno se la pudiese sacar de encima como a un pretendiente molesto; pero en realidad éramos una unidad extremadamente dolorosa; y si yo me declaraba “esto es el hambre”, en realidad hablaba el hambre, burlándose de mí.
Ya más cerca del final, sentencia Kafka: “El entusiasmo juvenil no existe ya; desapareció en aquel entonces en medio del hambre”.
La presencia de los animales en la obra de Kafka, cuya efe en medio de su nombre aliterado tiene la imagen de una jirafa triste y flaca, retoma la fábula que le permite enunciar con extrañeza y potencia, desplazando a los seres humanos como personajes principales, creando un efecto de distancia, una filosa crítica filosófica. Sus animales están llenos de preguntas, cuestionan, tienen dudas. Dice César Aira que Kafka introduce elementos extraños o diferentes en las menos extrañas de las situaciones. Como humanos, subir una escalera, despertar de un sueño, esperar, aguantar lo insoportable, intentar emanciparse o reflexionar son situaciones comunes; como bestias, paradójicamente, se convierten en enormes problemas de la enjuta humanidad.
• Kakfa. Donde estás, están todos los mundos se presentará el sábado 28 de mayo en el Centro Cultural Helénico. 19 h.
Carlos Rodríguez
Periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Escribe en la revista argentina Otra Parte y es uno de los traductores de Las mariposas beben las lágrimas de la soledad (Anne Genest, 2022), que publicará Ediciones del Lirio. Twitter:@comalalaland