Boyhood, en busca del tiempo que nos pierde

¿Puede haber hoy en día algo mas atípico dentro de la industria cinematográfica que tomarse 12 años para filmar una película? No  sólo se trata del proceso de germinación y lento desarrollo de una idea, sino literalmente el de ir conformando secuencias de forma gradual y sostenida a lo largo de mas de una década. El pretexto para el norteamericano Richard Linklater es la siempre conflictiva transición de la niñez a la adolescencia-juventud. Así, podemos atestiguar el paso de la vida no solo en Mason, el protagonista, sino también en su hermana y, aún más, en los padres interpretados por Patricia Arquette y Ethan Hawke. Si el niño se estira y adquiere barba, a los mayores las canas y las arrugas no los perdonan. El envejecimiento no es aquí un producto del departamento de maquillaje sino evidencia de nuestra fugacidad que solemos menospreciar.

Si bien en múltiples series televisivas hemos visto a los pequeños transformarse en los adultos llenos de conflictos que casi todos somos (recordemos tan solo a Meadow de Los Soprano o a Sally  de Mad men), ese recorrido es infrecuente en un medio en donde las exigencias apremian y las vitrinas son impacientes. En este coming-of-age no sólo la paciencia, sino también las elecciones, resultan peculiares: el director rehúye de los momentos fáciles y prefiere emparentarse con la esquiva y caprichosa memoria para presentar instantes cuya significación o trascendencia pueden ser nulos pero que van tejiendo eso que a final de cuentas nos constituye. Los ejemplos abundan, pero pensemos en el hoy tan presente tema del bullying. En una escena, Mason lo padece al llegar a una nueva escuela; dos chicos lo empujan y amedrentan en el baño, pero nada sabemos después sobre ello. En una más, él y otro par de pubertos son constreñidos a beber y a presumir sus conquistas por dos universitarios;  aunque Mason opta por transigir, uno de ellos se resiste y les hace frente. Si Mason ha perdido o no una batalla poco importa, pues le espera una prolongada guerra consigo mismo y con su entorno. Ambos episodios, sin efectos inmediatos en la trama, son apenas dos piezas de un rompecabezas cuya conformación vamos presenciando a lo largo de las tres horas de la cinta.

Este rompecabezas, ganador ya de múltiples premios y muy oscareable, algo tiene de particular. Da la impresión de que las piezas bien pueden ser otras pero que en manos del director, la estampa final subsistiría. Lo más relevante no es la historia que se cuenta; prima, en cambio, la sensación. Es por ello que la película puede parecer ociosa, pero no lo es: lejos estamos de los habituales dramas de adolescencia y cerca de lo inefable.

No es la primera vez que Linklater se vale de herramientas inusuales para su ejercicio cinematográfico. Conviene recordar Waking life, una especie de disquisición filosófica animada, así como su trilogía Before… en donde cada film representa un día, jornadas espaciadas por varios años que nos permiten atestiguar el surgimiento del fenómeno amoroso, su ascenso y su caída en lo anodino. Esa búsqueda de la forma capaz de reflejar los dictados del reloj alcanza en Boyhood su pináculo. En cientos de hojas, Proust dilató frases y párrafos con el ánimo de fijar lo inaprensible. El cineasta, por su parte, aspira con su cámara a atrapar lo pasajero. La empresa es colosal pero sale bien librado. Pocos son los artistas capaces de capturar nuestra tirante relación con el tiempo y él es uno de ellos. Otro botón de muestra: hace unas semanas pude ver en un museo de cine que tras el diorama, el mutoscopio, el zootropo o la cámara mitchell, el iphone 3g (el primero de esa marca en contar con videocámara y que yo aún usaba el año pasado) formaba parte ya de esa alineación. Nuestra arqueología tecnológica se mide, no ya en siglos ni décadas, sino a lo largo del crecimiento de un joven que, como Mason, ve pasar en su corta vida videojuegos, celulares o gadgets que nos dan la impresión de nunca estar al día.

¿Qué nos queda luego de la criba del tiempo? Antes de la partida de Mason a la universidad, su madre se sincera: “Este es el peor día de mi vida. ¿Qué sigue, mi propio funeral? Solo pensé que podría haber sido mejor”. A su vida ha sumado posgrados, clases, casas, parejas, separaciones, unos hijos con acceso a la educación. A pesar de ello parece saber que todos nuestros afanes, todo aquello con lo que tapamos los vacíos de las horas, se ha de desvanecer. Mientras los adultos voltean hacia atrás para constatarlo, adolescentes como el protagonista miran hacia adelante oteando un horizonte que habrá de convertirse en ocaso. “¿Cuál es el punto?” se pregunta el muchacho. La pregunta, como una espada de Damocles, pende sobre nuestras cabezas. Igual que el tiempo.

@eLoseRR

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Publicado en: Cine