A Rohit Mehta,
porque le gustan Frank Sinatra y Bob Dylan
Quisiera iniciar esta reseña con adjetivos grandilocuentes y sonoros. Escribir dichosamente que asistí a un concierto espectacular del viejo Robert Allen Zimmerman, de 81 años. Celebrar que se bautizó como Bob Dylan hace 60 años, el 2 de agosto de 1962, cuando tomaba clases en la Universidad de Minnesota, asombrado ante los versos del bardo galés Dylan Thomas, uno de sus poetas favoritos. Repetir los elogios unánimes de los poseedores de más de 125 millones de discos (entre ellos yo mismo) del cantautor nacido un 24 de mayo de Duluth, Minn.
Pero no.
* * *
Esta nota comienza en una reunión de sesenteros y setenteros a la que asistí hace aproximadamente un mes. Tras varias rondas televisivas de partidos de futbol soccer, americano, baloncesto, programas de comentarios, análisis, repeticiones de las jugadas más sobresalientes, etc. sugerí de manera sutil que escucháramos música. Rohit Mehta, el anfitrión, empezó a proyectar en su televisor, vía YouTube (esa biblioteca global) videos memorables. Apareció el hijo de George Harrison, acompañado de Eric Clapton, Tom Petty, Ringo Starr, Sir Paul McCartney, y muchos más, en un concierto homenaje al padre del joven George. Varias baterías al unísono, guitarras que se desgarraban, y sendos cantantes alternándose las estrofas del clásico “While my Guitar Gently Weeps” [“Mientras llora mi guitarra”]. Un enorme concierto. Después, en otro tono, la escena musical se trasladó hacia los 1950, en blanco y negro, y desfilaron ante nuestros oídos, Dean Martin, Nat King Cole (su favorito), Ella Fitzgerald y Frank Sinatra, entre muchos otros. La letra de las baladas de aquellos años, muchas de las que yo no conocía, era clara, casi transparente. Entonces Rohit señaló, refiriéndose a Sinatra: “Nobody like him. He enunciates every single word when he sings” [Nadie como él. Enuncia cada una de las palabras al cantar]. Y era cierto. Quien se jacte de hablar y entender la lengua imperial, escuche a Frank o a sus coetáneos y sentirá un placer orondo en los labios al seguir sus canciones sin mengua. Su calidad oral es inigualable. Un deleite para los estímulos del aprendiz.
* * *
Vuelvo a Bob. Por razones de tráfico tuve que transitar por la Avenida Telegraph en Oakland, después de varios años. De repente, miré con asombro en la marquesina del Fox Theater el nombre de Bob Dylan. Estacioné el auto y me encaminé hacia la taquilla para comprar unos tickets. “¿Qué más da?”, me dije. Serendipity. Sincronía surrealista. Para bajarme los humos, me recibieron unas rejas y una ventanilla cerrada. Nadie a la redonda.
Me convertí en ciudadano del siglo XXI: abrí el internet, compré unos boletos digitales —con un precio altísimo por el servicio— y a los pocos minutos me mandaron un código QR con las entradas. Un rollo sin magia y hasta con estrés por saber si la compañía era legítima. La realidad destruyó al azar objetivo de mi encuentro con Bob, mis alucinadas concordancias surrealistas.

Los trucos del chamán
Ese sábado llegamos al teatro con un par de horas de anticipación. En la banqueta lateral, unos fans de edad avanzada encendían sus boom-boxes con CDs tocando la música de Dylan. Algunos llevaban cervezas en bolsas de papel. La calle olía a mota, no la medicinal sino la recreativa. Era la pre-fiesta de preparación en plena acera. Calentar motores. Se gestaba un concierto callejero antes del concierto estelar. Alcancé a escuchar “The Times They Are A-Changin’”, aparecida en 1964. Me pregunté de qué tiempos estábamos hablando. De la chaviza de hoy en día o de la momiza, que fue la chaviza hace sesenta años. Más de medio siglo. Hoy estamos más lejos de los años 1960 que en los años 1960 de los “Roaring Twenties” que cumplen un siglo. Es verdad, los tiempos han cambiado.
Al aproximarnos a la entrada, notamos que en la marquesina no aparecía el nombre de Bob Dylan. Aparecía “Rough and Rowdy Ways”, el apelativo del tour y de su nuevo álbum. “Sold Out”. Ningún registro de su pasaje por Oakland, Ca. Primer truco del chamán. Al entrar, nos pidieron los teléfonos para pasar la banda metálica, como en los aeropuertos. Colocaron el aparato en un recipiente de tela que nos regresaron al cruzar al otro lado. La sorpresa nos desubicó. La bolsita estaba sellada: “It´s a phoneless concert” aclaró un educado joven. El mago Dylan nos jugó la segunda broma. Si alguien había pensado que iba a documentar el privilegio de haber estado allí, esa templada noche de junio de 2022, se equivocaba. No chance para montar una selfie en Facebook, mandar un snapchat, colgar una foto instantánea en Instagram, compartir con el mundo los 15 segundos de fama que otorgan los medios sociales contemporáneos. “No photos, man. No taping, man. No nothing, man. Just Bob”, comentó alguien mientras subíamos la escalera.
Observé mi supuesto boleto. Un pequeño papel cuadrado, sin ninguna información sobre el concierto, sin fecha, sin especificaciones, salido de cualquier impresora. Escrito a mano, con letra manuscrita: Sección, balcón, fila Z, asiento 13. Mis pretensiones fetichistas de guardar el preciado souvenir como un talismán para el recuerdo se desvanecieron. Tercer artilugio del hechicero octogenario y la industria musical que organiza estos eventos. Descubrí que la dichosa compañía nos instalaba hasta gayola. No obstante, el Teatro Fox es un antiguo cine que, abierto en 1928, proyectó películas hasta 1970. Ahora funge como sala de conciertos. Se ve bien de todos lados.

Concierto “a la Dylan”
Una excelente banda abre con un virtuoso 12-bar blues de casi diez minutos, rítmico y acompasado. El escenario es sencillo y enigmático. Una tenue luz beige ilumina la parte posterior del proscenio y el piso de neón, a cuadros amarillos y blancos, enciende a los músicos. El resultado (otro truco de Bob) es que sólo se ven sombras. Todo a contraluz. Dylan, uniformado con un traje negro, sombrero y lentes oscuros, es casi una pálida sombra. Una silueta incierta que gesticula detrás de un piano, desde donde a partir de la segunda rola, empieza a cantar y a enunciar unos acordes. En pocas palabras, no quiere que se le vea o que se le distinga bien. Ni fotografías ni videos ni nada. El concierto no existe o es un concierto opaco y misterioso. Otro de los ardides del roquero.
Media hora más tarde, después de unas cinco tandas (Dylan es extenso en sus composiciones), me doy cuenta de que yo, al menos, no he reconocido ninguna canción. Además, no entiendo nada de lo que Bob masculla. Su voz pastosa, de tenor demorado, inigualable, es extranjera para mi oído. Es digno de alabanza que no se vale de coros secundarios ni jóvenes cantantes que lo apoyen desde atrás. Será la lejanía, será la altura, la emoción. Yo, no puedo hilar sus palabras. Cuestiono a uno de los del grupo, sentado junto a mí. Declara lo mismo: él no entiende nada. Me culpo a mí mismo: “Debe ser mi inglés. No soy nativo. De lejos, pierdo las sutilezas de la lengua”. Maybe.
Otra media hora pasa y, finalmente, logro captar tres líneas: “It may be the Devil / It may be the Lord / But you’re gonna have to serve somebody”. ¡Ah!, respiro. Slow Train Coming (1979), su primer disco espiritual y probablemente el último que yo adquirí de Dylan. El que los críticos llamaron el primero de su madurez. Paul Williams señaló que esa rola era “la pieza que debía ser escuchada una y otra y otra vez, inagotable, esencial”. Jann Wenner, fundador y editor de Rolling Stone, la llamó “nada menos que las canción más madura y profunda de Dylan sobre América”.
En ese momento pienso que se inicia la tanda que esperamos, una sinuosa navegación hacia el pasado. De nuevo, no. Unos quince minutos más tarde, alcanzo a distinguir una pieza llamada “Key West”, ya que Dylan dice algo como down in Key West después de cada espeso monólogo. Según mi sentido de audición, habla sobre una prostituta con la que lo obligaron a casarse a los doce años y que todavía sigue siendo su amiga, down in Key West. Más tarde lo corroboré en YouTube. Unos muchachos, sentados junto a nosotros, líricos y nerviosos, salen y entran de la fila, disculpándose y lanzándose por más cerveza. “It´s the sixth time I see Dylan”. La sexta vez que asisten a uno de sus conciertos, me presume uno de ellos. Y probablemente la sexta cerveza que han deglutido en menos de una hora.
Noto que la mayoría de la gente del público es blanca. Hay gente mayor, adolescentes y hasta niños. Las familias fueron a ver al cantante, tal vez por última vez. Who knows? Los afroamericanos y los Latinx brillan por su ausencia. A ellos les gusta el hip hop, el rap, la música de banda o los (narco)corridos. Ambos grupos celebran el reggaetón. Dylan pertenece a una entidad que ellos no reconocen: los anglos que muchas veces son sus enemigos. Sin embargo, alega mi conciencia, visitemos “Subterranean Homesick Blues”, de 1965, para encontrar un ejemplo magistral, precursor de los malabarismos lingüísiticos de hoy:
Johnny’s in the basement
Mixing up the medicine
I’m on the pavement
Thinking about the government…
Uno de los primeros videos musicales que se produjo (con Allen Ginsberg in the back, me parece). Inigualable balada del mejor rap de la época.
Esa noche me doy cuenta de que hacía muchos años que yo le había perdido la pista a Dylan. Lo había congelado entre los años 1960 y 80 y me quedé con rolas como “It Ain´t Me Babe”, “Mr. Tambourine”, “Don´t Think Twice, It´s All Right”, “My Back Pages”, “Like a Rolling Stone”, “Just Like a Woman”, “Don’t Fall Apart on Me Tonight”, “Not Dark Yet”, and so on. Sus viejos clásicos. Los que siguen tocando en la radio y yo sigo cantando y admirando.
La última rola que tocan Dylan y su banda está teñida de alegres acordes de piano y unos instantes de armónica. La gente se prende. Las líneas finales decían algo como “And I hope I get some sleep / Tonight”.
Y así fue. Al terminar la canción, Dylan se levantó del teclado horizontal y presentó a la banda. Salieron juntos del escenario haciendo caravanas y, a pesar de varios minutos de aplausos y encores, no se les volvió a ver el pelo. Como ha sido su costumbre por décadas, acaba y se va. Decía que necesitaba dormir esa noche y, para cuando salimos del teatro, probablemente él y su banda ya estaban en el hotel donde pasaron esa noche en la que, como Dylan sentenció en su última línea, necesitaba dormir. Y ya.

Sobremesa nocturna
La sobremesa en el bar al que nos dirigimos después de la función fue una experiencia enriquecedora. La noche era fresca y el aire limpio. Tiritaban las estrellas. Se podía respirar, sin cubrebocas. Yo necesitaba que alguien me explicara qué había pasado. En hora y media de “dylanazo”, no capté más de diez líneas y reconocí el ronroneo de una sola canción, y a medias. Se me dijo que Dylan recrea sus composiciones musicales de una manera distinta cada vez que las interpreta. “Ah, pensé. Eso explica por qué nadie cantó al unísono las rolas que el mago entonaba”. Al menos, yo no miré ni escuché a ningún fan seguir una pieza o tararearla o pararse a bailar o cualquier gesto de reconocimiento e inclusión. También se comentó que se trataba de “Spoken Word Poetry”, una especie de recital de poesía con el Nobel del 2016.
Confieso, de manera sacrílega, que no fui partidario de que a Dylan se le diera el Nobel. Sobre todo, cuando seguían vivos sus mayores: Ernesto Cardenal, Nicanor Parra, Saadi Yousef (agregue el lector y la lectora a los poetas de su predilección que merecían el premio de más de un millón de dólares tanto como el cantautor gabacho). El mismo Dylan casi no se la creyó y comentó que era similar a que estuviera parado en la luna. Así lo expresó: “If someone had ever told me that I had the slightest chance of winning the Nobel Prize, I would have to think that I’d have about the same odds as standing on the moon”. Tal vez la emoción le provocó crear esa alegoría cósmica. Sin embargo, no fue a Suecia y el premio lo recibió la embajadora de EE. UU.
Tampoco me molestó demasiado su designación. Un amigo roquero que festejó el premio me dio una razón histórica:
—Dylan le enseñó a toda su generación que se podían componer mejores rolas que “She Loves You, Yeah, Yeah Yeah” o “I Wanna Hold Your Hand” o “I Can´t Get No Satisfaction”, etc. —Además, agregó mi amigo—, Dylan les dio su primer toque de mota a Los Beatles y los llevó a otra dimensión de la creatividad musical.
—De acuerdo, —le contesté. Recordé que Lennon sí aprendió la lección de Dylan. Regresó a Londres y compuso “I Am The Walrus”, un monólogo surrealista, pachequísimo, que toca las esferas de la poesía.
Todo esto se comentó en la sobremesa para justificar a Bob. Tal vez me convencieron. Cometí otro sacrilegio, esta vez de corte académico:
—A Dylan debieron haberle dado el primer Premio Nobel de Oralitura, es decir de la narrativa que intenta transcribir los discursos de la lengua hablada.
Algo así como el Romancero de la Edad Media o el género testimonial contemporáneo. En realidad, Dylan es un juglar, un rolling stone. Su poesía tiene que ser cantada, escuchada. Es oral más que escrita. Brilla más cuando se oye que en el papel. Me parece. La verdad, todos siguieron tomando su cerveza y no me hicieron mucho caso.
En otro momento de la sabrosa plática, hice una observación más atrevida diciendo que, si le concedieron el Nobel a Dylan, también se lo merecería Joan Manuel Serrat, por lo que hizo con Machado, con Miguel Hernández, con Joan Salvat Papasseit, y mucho más. Otro gran cantautor. No se inmutaron demasiado. Sin embargo, la propuesta no pareció tan descabellada. Finalmente, alguien dijo que era uno de los peores conciertos a los que había asistido. Otro asistente cerró la discusión y la noche: “No creo que pueda haber algo mejor que haber escuchado a Dylan. Fue una maravilla” Y, como calabazas, nos fuimos a dormir pasando la medianoche.
Reflexiones a posteriori
Llevo tres semanas pensando en el mentado concierto. O Dylan es un genio o es un embustero. O un embustero genial. Chamán o charlatán. Lo he estado escuchando en el Internet para comprender su evolución. Me doy cuenta de que sí entiendo sus rolas. No sé qué pasó esa noche. O Dylan ya está muy viejo o yo estoy chocheando y ya no oigo bien. Declaro que, en un momento dado, desde la soledad central de mi butaca, cerré los ojos, hice un caracol en la oreja con la mano, incliné la cabeza hacia adelante y traté, con toda voluntad y brío, de escuchar la vibración del viento y seguir alguna de sus canciones. Lo repetí varias veces durante su performance. La voz de Dylan y yo ya no somos compatibles. Non ho capito niente.
Sin embargo, en mi recorrido dylanesco por la red, me congracié con él. Le gusta mucho escandalizar a sus seguidores. Yo lo tenía enterrado en mi olvido. Me impuse la tarea de regresar a su magisterio. Encontré un concierto al alimón con Eric Clapton, el 30 de junio de 1999, en el Madison Square Garden de Nueva York. Quien dude de la habilidad de Dylan para requintear con y como los mejores, visite esa noche. Es excelente.
Todo se le perdona a ese “ser alado, ligero y sagrado”, como nombró Platón a quienes reciben el don de la poesía.
Asimismo, capté su calidad de formidable iconoclasta. Escuché algunas de sus versiones de la obra de Frank Sinatra. ¡Oh sorpresa! La verdad, qué manera de destazarlo. Sólo Dylan y Sid Vicious, el de los Sex Pistols, en “My Way”, han logrado destruir de tal manera al artífice de la música de los 50, al divo mayor, al inigualable galán italoamericano, el señor de la voz melodiosa y cristalina, sin desdoro hasta el final de sus días. Quien no lo crea, cheque en el internet las versiones de “Stay With Me”, o el video musical “The Night We Call It A Day”, en el que Dylan actúa y superpone su presencia cinematográfica. Escuchen, también, su participación en los ochenta años de Frank, en 1995, cuando Dylan (des)entonó en su honor una de sus memorables rolas sesenteras “Restless Farewell”, que termina con las siguientes palabras: “So I make my stand / And remain what I am / And I bid farewell / And not give a damn” Algo así como: “Mantengo mi posición /y sigo siendo el que soy/ y me despido / y me importa un carajo”.
La cámara sólo se acerca una vez al rostro de Sinatra quien, desde su asiento, muestra un aspecto azorado, lleno de extrañeza y tal vez de incomprensión absoluta. Parecida a la que producen hoy en día (al menos en mí) las destrezas de Bad Bunny o Pitbull o Camilla Cabello. Escena difícil de interpretar. Dylan y Sinatra, dos generaciones que se alejaron a 180 grados de distancia. Ni más ni menos, sin posibilidad de retorno. Sigo tratando de atar los cabos, si es que se pueden enlazar. No lo he logrado.
Coda final
Me desdigo. Hace algunas noches prendí el televisor. Proyectaban un programa especial sobre la música de los 1950. La anunciaban como “eterna”, “prodigiosa”, “los clásicos de siempre”. Me pedían $251 dólares para apoyar a la televisión pública, en doce mensualidades, para recibir siete CDs que grabarían de manera imborrable en mi corazón el concierto celebrado en el Trump Taj Mahal de Atlantic City, en New Jersey. Sucedió en el año 2004. Aparecieron célebres cantantes —ellos y ellas— de la época, con sus tuxedos, sus vestidos policromados, sus corbatas de pajarita, sus joyas preciosas, sus movimientos laterales sincronizados, sus orquestas armoniosas y sus coros perfectos. Desfilaron ante mis pupilas The Four Aces, Patti Page, Johnny Horton, Pat Boone, The Platters, etc. You name it. No reconocí a ninguna de esas superestrellas musicales.
De repente, una dama cantaba al unísono con Patti Page, y lloraba de emoción. Luego un caballero, de pelo plateado y arrugas en las arrugas, entonó otra pieza, casi elevándose de su asiento y con lágrimas en los ojos. Una elegante cursilada. Patético. No acabé de ver el programa. Como en el túnel del tiempo, con el control en la mano, cambié de canal, navegué hacia las aguas de otra época. “Basta de viejos más viejos que yo”.
Entonces me cayó un rayo luminoso en el cráneo. Tal vez me explicó todo. Ese sábado mágico del 11 de junio de 2022, Bob Dylan me había salvado de convertirme en un ruco patético y cursi, entonando en mi asiento, con lágrimas en los ojos, las rolas que me conmovieron —a mí y a toda mi generación—, en aquella juventud de hace más de cincuenta años. Sí, hace medio siglo, o más. Simplemente me instaló en un antiguo cine, en una butaca de gayola, sin teléfono, sin internet, sin pantallas, sin coros ni nostalgias, sin grandes aspavientos, para oír a una banda tocando su música, y un auditorio concentrado sólo en eso y nada más. Como se hacía en el siglo XX. Cada concierto era irrepetible, inigualable. Para bien o para mal, así fue esta presentación de Bob Dylan. No quedó ningún documento para la posteridad. Sólo en la memoria de los asistentes.
Agradecí al chamán Dylan, por haberse ubicado a contraluz, detrás de un piano, un sombrero y unos lentes oscuros, en esa especie de caverna platónica, donde no se sabía si los seres que veíamos eran de verdad, o sólo sombras de otros seres humanos que se movían tras el fuego. Oscuros y sombríos como los que los veíamos, como somos todos los entes que transitamos en este planeta. Sombras de otras sombras. Y Bob recitó, cantó, poetizó, tocó la armónica y el piano, como cuando era joven. En pocas palabras, hizo lo que le dio la gana. Y se fue.
Yo, al fin, comprendí que fui a rendirle pleitesía a uno de mis ídolos mayores, a darle mi tributo —es el concierto más caro al que he asistido— por haberme enseñado a tocar guitarra entonando sus rolas, por no dejarme caer en la cursilería y el patetismo de una generación que se había destazado en la Segunda Guerra Mundial, en Corea, y le pedía lo mismo a sus hijos en Vietnam. Una generación que vestía con fastuosa elegancia, tomaba martinis y güisquis, y le cantaba al amor correspondido o no, de las muchachas más níveas del planeta. Y ellas les contestaban, ataviadas con joyas espléndidos y todo el glamour de la época. A la vez, construían y tiraban bombas de napalm en los campos de arroz del sureste asiático.
Bob Dylan cantó contra la guerra, y alguna vez les espetó “Masters of War” a los mismos que lo premiaban, los creadores de la industria musical, adoradores de sus gélidos y gráciles cantantes. Desgarró su garganta y emitió gorjeos gangosos e incomprensibles contra las voces de almíbar de sus ancestros musicales. Entonó himnos contra la hipocresía que en aquellos lejanos tiempos lo —nos— rodeaba. Y tal vez todavía nos rodea. Yo, le doy las gracias por lo que me enseñó, por su desparpajo y su valentía, poque nos prendió el escorpión de la conciencia a través de la música. Quizás no debió haberlo hecho. La ignorancia es más feliz, como creía Unamuno. Gracias, maextro Bob Dylan: te odio con ternura.
* * *
Seguiré elucubrando durante mucho tiempo sobre esa noche memorable de junio, esa velada dylanesca. ¿Me gustó el concierto? ¿No me gustó? No lo sé. Antes pensaba que tenía buena intuición y seguía mis corazonadas. La vida me sacó las muelas del juicio. Ya no tengo ídolos. Sólo puedo afirmar, como en la primera canción que le conocí a Bob Dylan, con la cual se hizo famoso y millonario, que “la respuesta está en el viento”.
—Oakland, Ca., verano del 2022
Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.
… que se bautizó como Bob Dylan hace 60 años, el 2 de agosto de 1962, cuando tomaba clases en la Universidad de Minnesota, asombrado ante los versos del bardo galés Dylan Thomas … Eso es falso. El artículo esta interesante, pero para qué poner sosas que no son ciertas
Eso es falso. El artículo esta interesante, pero para qué poner cosas que no son ciertas