Hay personas que no pueden leer si hay ruido a su alrededor. Otras necesitan de un espacio específico. Hay quienes leen y subrayan al mismo tiempo. También, cuando el tiempo apremia, hay quienes logran leer en el metro, en el salón de clases, o los más aventurados que lo consiguen mientras caminan. Sin importar el tipo de lector, esta actividad suele estar acompañada de pequeños rituales que pasan desapercibidos. Cuando la mirada recorre el negro y blanco de las letras, los ojos también perciben el color amarillento de las hojas. En ocasiones, uno se encuentra con el icónico olor a material maduro y con el polvo que da cuenta del paso del tiempo en ese universo de ideas. Los libros más viejos no sólo recrean mundos sino también invitan al lector a ser testigo de las batallas que las hojas han tenido que librar contra las polillas.
A esta esfera casi nunca advertida le sigue también la del coleccionismo, pues el acto de la lectura implica necesariamente el acto de la recopilación. Cuando se lee no sólo se archivan ideas sino que también se compilan los soportes en los que estas se hallan. Así, la preservación de un libro, uno de los pocos objetos que en la actualidad no es desechable, implica la esperanza, certidumbre o quizá sólo la promesa, de que algún día se regresará a él. Esta creencia es la principal razón de la existencia de las bibliotecas, desde las más grandes donde se guardan los acervos nacionales hasta las de los lectores amateurs, seguramente las más interesantes. Sin importar el tipo, tamaño, localización o uso que se le pretenda dar, todas ellas comparten, como señala Georges Perec, dos problemas: el del espacio y el de la clasificación.
En una biblioteca personal, el primero de estos temas está sujeto casi por antonomasia a los designios del azar. Cuando el espacio destinado a albergar los libros es insuficiente se improvisan estantes arriba de las ventanas, detrás de las puertas, o en su defecto, se inaugura una segunda sección de la biblioteca debajo de la cama. Cuando el espacio se ha convertido en una complicación seria, se viola el segundo de los problemas apuntados por Perec: el de la clasificación. Así, el orden alfabético, el lugar de la edición, el formato o el color del empastado, la fecha de publicación o el género de la obra, dejan de ser claves de ordenación. Lo que reina más bien es una combinación de todos estos sistemas de catalogación. De esta manera, el criterio metodológico que supone un cierto orden se fragmenta y se vuelve variable. Se reencuentra con un desorden que sólo es comprensible desde la experiencia íntima que tiene el coleccionista con sus libros.
Desde hace un par de décadas, junto con la supuesta muerte del libro, también se ha vaticinado la gradual desaparición de este extraño ritual coleccionista. Una de las pruebas más tangibles de ello es la reciente inauguración de la primera biblioteca sin libros, un proyecto impulsado por la Universidad Politécnica de Florida a cargo del arquitecto español Santiago Calatrava y que tiene por objetivo proveer a sus estudiantes con más de 135.000 libros en formato digital.

Con la apertura de este espacio, que seguramente no será el primero ni el último, se busca hacerle frente a los dos problemas señalados por Perec. El problema del espacio, antes sujeto al número de metros cuadrados que podían albergar una determinada cantidad de estantes, ahora se ha traducido al número de terabytes que un dispositivo puede almacenar. De la misma manera, el criterio de clasificación renuncia al supuesto desorden impuesto por los rituales del lector-coleccionista y ahora se somete al gobierno del click. Sólo basta con pulsar un botón para que el acervo se pueda ordenar y reordenar en un par de segundos bajo cualquiera de los criterios de clasificación.
Al momento de conquistar los terrenos del espacio y la clasificación gracias a la eficacia de las plataformas digitales, se han olvidado muchos de los rituales que hacen de la lectura una experiencia holística. Leer no sólo implica el uso del sentido de la vista, también se sirve del olfato, el tacto y el oído. La mayoría de estas actividades pasan tan desapercibidas que se ha llegado a pensar que pueden ser prescindibles. ¿Será? Por el momento tendremos que esperar un par de décadas para saber si en el futuro contaremos con anticuarios que sigan disfrutando de estos placeres o si el color amarillento de las hojas, el olor añejo, el polvo, las polillas y el juego del orden-desorden sólo comprendido por el coleccionista-lector se vaya a convertir solamente en un tema narrado por los eBooks destinados a hablar sobre antigüedades ajenas a las bibliotecas sin libros.
Arraigada en los rituales de la lectura impresa, seducida por ese contacto con la hojas -sean de libros, revistas o periódicos-, el olor de la tinta, la visión de una página entera (difícil de ver en dispositivos digitales en tamaño legible)… Dicho lo cual, la lectura digital facilita cambiarse de ciudad y país sin abandonar la biblioteca, no pagar exceso de equipaje al viajar y sin duda, encontrar lo que se busca en segundos. Aún así, conservo una enorme biblioteca en casa y mis búsquedas de fin de semana en verano en las ventas de garage, siempre buscan tesoros impresos.