Ben Vautier: animar la vida y la muerte

En 1958, se estrenó Du coté de la côte de Agnès Varda, documental dedicado a la Costa Azul en el que se mostraban sus playas, famosas en Europa desde la Antigua Roma. La región gozaba entonces de un apogeo turístico; sobre todo la ciudad de Niza, que concentró una gran afluencia de visitantes en la época. En el filme vemos restaurantes, hoteles y bahías repletas de gente. La idea detrás del documental era mostrar con un toque de humor las distintas facetas de un Edén históricamente destinado a recibir extranjeros, sin dejar de promocionarlo como sitio de veraneo.

Lejos de insertarse en aquel idilio de las costas francesas, casi como si hubiera ocurrido en una Niza alternativa que se revelaba ante su imagen, en 1958 también abrió sus puertas una modesta tienda de discos de vinil, con una fachada tapizada de carteles manuscritos con leyendas como “Tout est art” (“Todo es arte”) y “Pas d’art” (“Nada de arte”). Desde su entrada y hasta llegar al fondo del local se exhibían toda clase de objetos intervenidos: fotos, engranajes, herramientas, utensilios de cocina, que formaban una especie de collage en tres dimensiones.

Ese espacio pronto se convertiría en la galería Laboratoire 32, donde se consolidó una importante red de artistas, varios de ellos conocidos años después como la Escuela de Niza.  Aunque no articularon un programa compartido, pues trataban de mantener un espíritu de innovación y polémica, quienes expusieron ahí centraron sus prácticas artísticas en la vida diaria, a partir de la línea que trazó el ready-made de Marcel Duchamp. Uno de los movimientos con mayor resonancia en este escenario fue el Nuevo Realismo, cuyo ideólogo era el crítico Pierre Restany, y sus más reconocidos exponentes, Yves Klein y Jean Tinguely, que se plantearon mostrar nuevas percepciones de lo real como afrenta al abstraccionismo pictórico importado de Estados Unidos.

Ben Vautier, CC BY-SA 4.0. Wikimedia Commons
Ben Vautier, CC BY-SA 4.0. Wikimedia Commons

La energía concentrada en el pequeño local convirtió a la ciudad en un centro de experimentación artística contrastante con el paisaje ameno que se había pintado de ella. El sitio, además, operó como una especie de manifiesto: mostraba una predilección por la cotidianidad, el humor y la economía de artificios. Su dueño y fundador se llamaba Ben Vautier. Por la contundencia de sus obras –la mayoría acumuladas en su famosa tienda– podría elegir para el artista montones de epítetos: coleccionista del día a día, encumbrador del cartel o caminante entre la vida y la obra. En 1974, Laboratoire 32fue trasladado como pieza artística al Centre Pompidou de París por todo el peso que su existencia tuvo en el arte contemporáneo.

Cincuenta años después, el 5 de junio de 2024, Ben, como sencillamente se le conocía, falleció en la Niza que revolucionó durante medio siglo.

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Una fotografía en blanco y negro de 1963 en la Promenade des Anglais, la calle más famosa de Niza. La imagen muestra un marco de cartón, del tamaño de un espejo de pie, pintado de negro. En la parte superior se leen unas letras blancas y manuscritas: “Je signe la vie” ( “Yo firmo la vida”). Dos flechas en los laterales del marco apuntan hacia su centro, al agujero. “Entrez” (“Entre”), dice en la parte baja. Se ve a un joven que sostiene el artefacto y a varias personas al fondo que parecen observarlo con curiosidad.

Se trataba de una frase sencilla escrita sobre una manualidad —“Yo firmo la vida. Entre”— que invitaba a participar en una acción artística con tan sólo un paso. Al mismo tiempo, con esas palabras, el artista estaba enmarcando la vida, en un estilo casi infantil, para llamarla obra y adjudicarse su autoría. Por un lado se encumbraba como un dios creador, y por otro se presentaba ante el público como un farsante. Al atravesar el marco, los transeúntes cruzaban un portal hacia un mismo lugar. Apenas se trasladaban porque el movimiento era mínimo; pero se mantenían en un espacio casi idéntico y a la vez distinto, porque esa acción era un ritual que encendía su existencia y exacerbaba su cualidad vital —¡cuántas veces no podría sernos útil el ejercicio de construir un acceso así en la cotidianidad! Esta acción artística también se registró en video.

El programa artístico de Vautier detrás de Je signe la vie difuminó las fronteras entre arte y vida, y fue resultado de una energía vanguardista, la misma que se dispersó entre los creadores interesados en Fluxus. Este movimiento, iniciado por George Maciunas y secundado por John Cage, nació en 1961 y se extendió por Norteamérica y Europa con toda su fuerza hasta la década de los 70. Los artistas que se sumaron a la iniciativa no formaron una agrupación cerrada que pueda rastrearse, más bien se impusieron la consigna de construir un arte total y vivo mediante estrategias materiales y conceptuales de la más diversa índole. En general, la mayoría se suscribió de manera explícita. En un impreso de 1963, por ejemplo, Ben escribió: “Art = Ben. Art total”.

La forma más explorada por Ben a lo largo de su trayectoria fue la de un cartel blanco con frases en una caligrafía negra, reconocible como suya. Era la misma que había utilizado en Yo firmo la vida. El cartel fue su formato predilecto y lo tradujo al óleo sobre lienzo, a la impresión en libros y panfletos, a la intervención de objetos y a un sinfín de posibilidades. Cada pieza puede leerse como un gesto poético. Una de las acciones más elocuentes de su proyecto poético y performativo fue Regardez-moi cela suffit (“Mírame con eso basta”) de 1960, en la que el artista se sentó por una hora, otra vez en la calle Promenade des Anglais, con un cartel que mostraba esa frase. Esta misma acción se reactivó varias veces a lo largo de los años. En un mismo día, Vautier le quitó a la literatura el monopolio de las palabras y las trasladó a las calles, las animó.

Hace unos días, la familia de Ben anunció que la esposa del artista, Annie Vautier, falleció tras un accidente cerebrovascular. Ante su pérdida, Ben decidió quitarse la vida. Resulta inevitable pensar en sus obras dedicadas a la muerte, al suicidio y al ego: como “La muerte no existe”, una obra que dio título a su exposición en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM (MUAC); o las piezas To change art destroy ego(“Para cambiar el arte destruye al ego”), La mort est éternelle  (“La muerte es eterna”) y Mourir est une oeuvre d’art (“Morir es una obra de arte”). Todasnos permiten atisbar cuánto lo obsesionaban problemas existenciales como la destrucción del “yo” y el fin de la vida, pero sin la solemnidad que suelen cargar estos temas. Sus carteles encierran también aquella otra capa de la vivacidad que colinda con la fatalidad de la muerte.

En mi cabeza, su partida no ocurrió en un arrebato ni en un tormento, sino en una acción luminosa, como él, de andar ligero y calar hondo, de animar la vida y la muerte. Me imagino a Vautier cruzando un umbral como el que creó en 1963. Esta vez no era de cartón, sino un arco de triunfo, colocado en ese punto arbitrario que simboliza el imperceptible paso de un estado a otro. Pienso que se deslizó con facilidad hacia la transparencia del centro, con dirección al mismo lugar imaginario que habían sido sus días. Dejó latiendo un último fragmento suyo a manera de despedida, el mismo que dedicó en su texto “Ben en México”a los espectadores de su retrospectiva en el MUAC: “Hasta la vida”.

El pasaje de Yo firmo la vida se convirtió en un tránsito a la eternidad.

 

Fernanda Marín: Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se dedica a la investigación sobre arte, curaduría y gestión de exposiciones.

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Publicado en: Curadero, Resurrectorio