Barbie contra las idiosincrasias de plástico

La idea de Greta Gerwig haciendo una película millonaria que no adaptara una historia tan querida como Little Women y que se metiera de lleno a la enorme maquinaria de Hollywood para enfocarse en un personaje creado por la perversa compañía de juguetes Mattel, era poco creíble. De alguna manera, sin embargo, Gerwig imprime en esta película un sello tan personal de escritura y realización, de ideas políticas y de diversión irónica, que se vuelve inconfundible. Con mucho respeto y también mucha insolencia, Gerwig tomó al personaje de Barbie para hacer una locura colorida llena de matices, de lecturas, de inteligencia viva con una visión artística sincera.

Barbie es una película que no deja de burlarse de sí misma, que destruye todo lo que parece más preciado para desplazarse hacia otros puntos políticos. En su camino, deja un rastro de destrucción lleno de glitter y accesorios; un sendero autoconsciente y creativo que es puro punk rosa.

Barbie

Queriendo gustarles a todos y también ofenderlos, Barbie llega a un punto devastadoramente sencillo, íntimo y político que demuestra qué tan en control siempre estuvo Gerwig de una fantasía que .es una extensión de sus personajes de mumblecore, para un mundo cambiante y contra las figuras ideales que forjaron muchas infancias y que siguen viviendo, opresoras, como ideales torcidos de belleza y mérito.

I
Barbie Estereotípica (Margot Robbie) vive convencida de que no tiene nada que hacer más que vivir el mejor día de su vida. Hoy se repite el mismo día que ayer y que mañana. Todos son días perfectos. La historia del mundo ideal que crearon llegó a la plenitud: todo lo que tienen que hacer las Barbies es disfrutar.

Esta utopía matriarcal entre casas soñadas de plástico está apartada del mundo real: las Barbies no saben cómo es el universo en el que niñas juegan con ellas, pero imaginan que es un arremedo de este reino lógico.

En la escena inicial, Gerwig cuenta esta visión histórica. Burlándose de la mirada de violencia masculina evolutiva de Kubrick en 2001: A Space Odyssey, replica la escena de los changos que descubren las armas con la influencia del monolito. En un punto, las muñecas estuvieron hechas para adoctrinar a las niñas, prepararlas para ser mamás, lavar ropa, cambiar pañales, etcétera; hasta que apareció, como un monolito que cambiaría la cultura, la primera Barbie en su traje de baño blanco y negro, el pelo chino rubio y los lentes oscuros espigados.

A partir de ahí murieron las muñecas de bebés y nació una nueva era para las niñas del mundo. Ahora las muñecas representaban todo tipo de profesiones. Las niñas podían imaginarse astronautas, doctoras, laureadas del Nobel, diseñadoras de moda y demás. Gracias a Barbie, entonces, se hizo justicia. O, de nuevo, eso es lo que las Barbies creen mientras beben té disfrutando los frutos de su labor, sufriendo, de repente, la presencia algo banal y superflua de los kens que andan por ahí.

La utopía realizada del mundo de Barbie solamente existe porque los que controlan los accesos a su mundo son un grupo de hombres de negocios en el último piso del corporativo de Mattel. Para seguir produciendo el mismo tipo de consumo, estos ejecutivos separan con una barrera impenetrable al mundo ideal de Barbie del mundo real. Barbie vive plenamente su vida porque no sabe que el mundo real es misógino, injusto y patriarcal. El mundo real cada vez cree menos en Barbie porque se ha convertido en una fórmula anquilosada que, más que inspirar, oprime con sus ideales irreales impuestos a niñas reales.

El problema viene cuando estos mundos chocan. De pronto, Barbie Estereotípica tiene problemas para dormir, tiene pensamientos intrusivos de muerte, sus pies ya no están siempre erguidos, su vida perfecta comienza a derrumbarse y aparece, en sus piernas perfectas, el primer rastro de celulitis. Pronto, Barbie Estereotípica entiende que una niña le está transmitiendo su desesperación desde el mundo real. Si quiere recuperar la calma eterna en la que vivía ahora deberá viajar al mundo real para arreglar esta brecha entre universos.

El fin de la historia era una mentira, entonces. Barbie Estereotípica de pronto entiende que la satisfacción con la que vivía era la de un ideal tramposo, creado por hombres con trajes, para vender los mismos sueños empaquetados e irrealizables. Barbie, en vez de ser una figura de inspiración, se convirtió en una figura aspiracional de la opresión. Todo porque creyó que el trabajo ya estaba hecho, que no había nada más por qué luchar, que lo que le vendieron como la última utopía no era más que el espejismo del diorama.

II
Barbie es tan grandilocuente, tan caricaturesca, que cualquier tipo de solemnidad cambiaría su punto y la convertiría en otro de esos regaños disfrazados de Hollywood (te estoy viendo a ti Everything Everywhere All at Once). La película es muy poco aleccionadora porque no deja de burlarse y destrozar los puntos que plantea. Esto crea una sensación de inestabilidad crítica.

Cuando Barbie se aventura al mundo real, se enfrenta a toda la maldad de una realidad compleja, cuyas capas, a diferencia de los hermosos dioramas, empeoran una tras otra.  Y, sin embargo, el mundo está habitado por personajes con profundidad propia y complejidad. Nadie es un héroe radical o un villano absoluto. Ni siquiera los hombres grises del corporativismo.

Un ejemplo claro de este humor está en una secuencia en la que Barbie se enfrenta a los piropos. Busca energía femenina y piensa que la va a encontrar en una construcción. Ahí, en vez de mujeres trabajando, encuentra a albañiles que le gritan toda clase de inferencias sexuales. Ella les explica que no entiende sus dobles sentidos, pero que, si el punto es sexualizarla, tendrían que saber que ella no tiene vagina y que Ken (Ryan Gosling), su acompañante, no tiene pene. Los trabajadores, muy propios, se disculpan y dicen que eso no les molesta en lo absoluto.

En vez de mostrar a los albañiles como hombres perversos con una mirada totalizadora, Gerwig plantea la posibilidad de que los obreros acepten también una experiencia de la transexualidad (porque no imaginan, claro, que hablan con muñecas). Su visión reducida, que objetiviza a Barbie casi como un reflejo, también se da el tiempo de entenderla.

El cinismo de algunos personajes masculinos del mundo real (como los empresarios) contrasta con el potencial crítico de muchos otros. Por ejemplo de Sasha (Ariana Greenblatt), la adolescente y de Gloria (una luminosa America Ferrera), su madre. Incluso del padre que entiende mal otras culturas con Duolingo. Gerwig no ve al mundo como algo perdido, sino el lugar de cambios constantes que, si puede reivindicar a una figura anacrónica como Barbie, también puede cambiar las formas más ridículas de sus horribles injusticias.

III
En el mundo real, Barbie se da cuenta entonces de que los hombres la sexualizan. Inmediatamente, empieza a sentir el dolor de ser autoconsciente, de ver su cuerpo en las pupilas de los otros, empieza a tener ansiedad y vergüenza. Ken, en cambio, se encuentra realizado. Se da cuenta que en este mundo los hombres mandan. En el mundo real, las mujeres lo respetan, lo desean y lo admiran. No importa si Barbie nunca lo quiso; en este mundo, él puede ser alguien.

Aunque no es tan fácil. Ken no sabe hacer nada más que “playear” (“to beach”; i.e. un juego hermoso de palabras con el muy misógino, “to bitch”). No logra que le den un puesto en una empresa, no lo dejan operar en un hospital, ni siquiera puede ser salvavidas. Entonces regresa al mundo de Barbie y lo transforma en su versión más caricaturesca y desquiciada del patriarcado. Las Barbies, al no tener ninguna defensa contra esta influencia maligna masculina, caen rendidas, complacientes ante los kens que ahora dominan el mundo ideal de Barbie Land.

Así nace el Kendom, una forma también caricaturesca del ideal masculino estadounidense. Un lugar de gloria física, deportes, vestimentas estúpidas, glam rock y baladas cursis, casas de fraternidad, cervezas y sumisión femenina. También hay muchos caballos, porque Ken siempre pensó que “patriarcado” quería decir el reino de los caballos.

Este nuevo fin de la historia, el del patriarcado más estúpido, menos sutil (y por eso menos peligroso) de Ken, es una contraparte grotesca del ideal de Barbie. Y no es menos irreal. Con la intromisión de Kendom, Gerwig deja en claro que el mundo plástico de la teoría está muy lejos del mundo real de la práctica. Ese idealismo plástico, manufacturado en Los Ángeles, es exactamente el feminismo de paquete, codificación rosa fácil, que pretende vender una y otra vez Hollywood como un compromiso, de dientes hacia afuera, contra la crítica a su imperante misoginia.

Es decir que, no importa el significado que Barbie Estereotípica siempre creyó producir, el mundo real es el que interpreta los símbolos, los crea y los transforma. No importaba entonces que Barbie creyera que había construido un mundo ideal, este ideal estaba manipulado por el corporativismo. Por eso, Mattel empieza a vender juguetes de la bro-house de Ken cuando cae Barbie Land. Por eso, cuando Barbie regresa a su mundo, derrotada, Mattel aprovecha para vender la Barbie Deprimida (que ve obsesivamente Pride and Prejudice en la tele y se adicta a criticar la vida perfecta de su amiga que se casó en Instagram).

Gerwig subraya la artificialidad de este lugar plastificado de las proyecciones fantásticas, de los ideales caricaturescos, de las luchas fabricadas, del matriarcado ideal y del patriarcado más malvado, evidente y estúpido. La subraya con los colores explotados de la paleta de un Jacques Demy masticado por el ideal playero de Barbie. La subraya, también, a través de juegos físicos en la plasticidad de los personajes y su interacción con la enorme voz en off de Helen Mirren; personajes que nunca usan las escaleras (porque nadie que juega con muñecas usa puertas y escaleras), que nunca mueven los volantes porque los coches no tienen motores, que se caen de lado si están sentados, o que terminan boca abajo cuando nadie los levanta. Finalmente, lo subraya a través de los chistes más directos, agresivos y caricaturescos de las más estúpidas costumbres patriarcales de nuestro mundo. Este humor es verdaderamente irreverente porque es superficial, porque es apenas un bocadillo, porque muestran lo evidente y no lo sistémico. Los chistes culturales constantes del guión de Gerwig y Baumbach que, para mayor placer, se mofan perfectamente del deseo masculino de explicar la épica producción de la primera parte de El Padrino no son el centro de la crítica sino solamente la parte plástica de la crítica.

El reverso del mundo ideal de Barbie en el mundo real, es el mundo corporativo de Mattel en Los Ángeles. A través del histrionismo de Will Farrell, sabemos que este mundo no es menos caricaturesco. Y ahí están los planos de evidente artificialidad en las oficinas de Mattel; esos planos que recuerdan los momentos más kafkianos de la burocracia modernista metafísica en Fighting for Your Life de Brooks, A Matter of Life and Death de Powell y Pressburger, o, por supuesto, la burla de la eficiencia en Playtime de Tati.

El mundo de Sacha, donde una niña de 12 años le dice “fascista” a la pobre Barbie Estereotípica vestida de vaquera, es también una caricatura de la depresión adolescente en un universo autorregulado de secundaria. Los recuerdos de Gloria, su madre y verdadera razón de los pensamientos suicidas de Barbie, son también un juego con las imágenes de luminosidad difuminada de los melodramas de Hallmark.

Todo en la película, entonces, es un degradado de caricaturas. Desde la más ostentosamente filmada caricatura en los juegos físicos de actores pretendiendo ser muñecos en un universo irreal y plástico, sin líquidos o elemento naturales; hasta la más desgastada artificialidad de los melodramas familiares en la realidad. En este degradado que va desde el rosa chillón hasta el gris más triste, todo exuda fabricación.

IV
En el camino de este Pinocho femenino, la muñeca más icónica de la historia se mofa de todos los idealismos, de la estupidez masculina, de la cultura misógina empresarial de Estados Unidos, de la idea omnipresente y mal entendida del patriarcado, de la venta rosa de feminismos de ocasión. 

Pero la verdadera crítica de Barbie no está en su ironía, ni en su sarcasmo, ni en sus pequeños chistes culturales. No, la crítica de Gerwig, como la realidad a la que aspira, están en otra parte.

En vez de ir de lo particular a una generalización, en vez de partir de un personaje o una crisis para dar una gran lección sobre el feminismo o sobre la representación de la mujer en la cultura pop, Gerwig parte de una utopía matriarcal de plástico para llegar a la expresión primera de un cuerpo que se entiende políticamente en el mundo. Nada más, pero nada menos. La última frase de una Barbie encarnada que toma el nombre de su creadora (Ruth Handler) lo dice todo: el verdadero acto político es existir en este lugar lleno de matices y de horrores. Barbie no necesitó nunca ir al espacio. La consecuencia de decir esto es enorme, porque la realidad del personaje de Barbie se voltea y la meritocracia de su ideal se derrumba.

La irrealidad fantástica de la forma cinematográfica, con sus cámaras coreográficas y el montaje perfecto de coreografías, cumple una función: es el preludio para la idea que explota en la última frase de la película. Una realidad que cae con todo el peso concreto de una evidencia. El cine abre las puertas al mundo. Todo lo que viene antes, en este guión tan sobreescrito, aterriza en una sola palabra. Un anticlímax de verdadera intención formal y política que va del más al menos, de lo irreal a lo real, de la burla grandilocuente de lo político a lo íntimamente político, de The Red Shoes a Hannah Takes the Stairs.

La película de Gerwig traslada la teoría a la práctica y la suscribe al reino de lo inmediato posible del cuerpo. Utiliza todas las formas fílmicas del plástico, del color, del juego físico de los actores para hacer, finalmente, una defensa de la normalidad, de la lucha del cuerpo, de la maternidad y de la belleza de existir políticamente como una afirmación en un mundo horrible. Las otras luchas pueden existir, claro, pero hay que entender cuando, en la discusión cultural, se convierten en una caricatura de sí mismas, en un sueño plástico, proyectado, de enemigos irreales y peligros inexistentes. Cuándo son el ballet coordinado del desembarco de Normandía o los bailes más perversos de Grease y cuando están verdaderamente luchando por algo concreto.

Gerwig no quiere hacer un espectáculo a partir de una anécdota, no quiere aleccionar ni quiere magnificar su punto político con el colorido de sus imágenes.  Barbie es una película tan poderosa porque entiende, con una creación imaginativa, única y encauzada, que para demostrar que lo personal es político, no se necesita un realismo a rajatabla. El recurso de la caricatura irónica puede hacer una tabula rasa para la teoría puesta en práctica.

V
En 1953, Roland Barthes hablaba de un cambio radical en el uso de los juguetes. Cada vez había menos juguetes creativos: a partir de una cierta revolución en el pensamiento después de la Segunda Guerra Mundial y con el triunfo del American Way of Life, los juguetes parecían haberse convertido en una preparación del niño para la vida adulta. Nada más pequeño-burgués: todo era una reproducción de los campos laborales adultos. Los niños jugaban a ser doctores, obreros, cocineros, soldados, porque les correspondía; las niñas jugaban a ser madre, a cuidar a un bebé, alimentar, bañar y dormir, porque les correspondía.

¿Cómo retomar el tema de Barbie sin caer en el anacronismo nostálgico? ¿En el juego corporativo? ¿En la completa inocencia política? El reto de la cinta de Gerwig no era menor.

El verdadero interés de la película estriba, entonces, más allá de la caricatura, en la división de los dos reinos plásticos que la componen (Los Ángeles y Barbie Land). En ninguno de los reinos (el que manufactura y descontinúa sueños y el que vive en ilusiones ideológicas caducas) existe un verdadero campo de acción. Entonces, el campo de acción se desplaza.

El reino de la acción, político, deBarbie, radica en su reinterpretación como una persona cualquiera, que vive materialmente las relaciones sociales, los dolores y placeres físicos, la incomodidad, la realización, la vergüenza, la frustración y el miedo. Barbie no representa algo, Barbie no tiene que ser nada. Barbie, ahora es, como todos nosotros. Y a partir de encontrarse como una elección, es cuerpo político, es vida, deja de ser interpretable para crear significados. Frente a nosotros, un personaje se encarna, rompe el velo y decide vivir. Liberarse de su caja es, mucho más allá de lo que imaginamos, romper un molde que sigue existiendo, perverso, entre las ficciones de las películas más gigantescas de Hollywood y las que se tejen en los más inocentes juegos de muñecas.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y crítico de cine
@Pez_out

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Publicado en: Cine