Bad Bunny o la redención de un conejo malo

Aquí nadie quiso irse
y quien se fue sueña con volver
LO QUE LE PASÓ A HAWAii

Hay una fotografía en la que aparece un niño de pie disfrazado de conejo color rosa. Tiene unas orejas artificiales hechas con algo que parece ser papel blanco sobre una diadema del mismo color. En sus manos, cubiertas por unos guantes del mismo tono rosa del traje, sostiene una canasta en la que lleva lo que sólo puedo adivinar son dulces o pan. Su expresión renuente, casi molesta, descifra su estado de ánimo: un conejo que no quiere serlo. Su cara está pintada con un círculo negro en la punta de la nariz y algunos bigotes, líneas horizontales imperfectas sobre sus mejillas. El niño parece estar acompañado por alguien —no se distingue si hombre o mujer— pero esa persona también lleva otra canasta igual; están en un terreno lleno de tierra —después me enteraría que se trata de Bayamón, Puerto Rico—, se vislumbra una rampa a espaldas de quienes posan y frente a quien captura el momento. La imagen se publicó en diciembre de 2018 en Instagram, pero su calidad deja ver que se trata de un recuerdo de varios años atrás; un instante que acaso marcaba el inicio de algo aún inimaginable.

No podría saber cuánto tiempo pasó entre la captura de aquella foto y el momento en que, aún siendo cajero de un supermercado puertorriqueño, un tal Bad Bunny empezó su carrera musical gracias a una cuenta en Soundcloud. De lo que sí tengo idea es del alcance que ha tenido ese conejo malo, desde que en 2016 DJ Luján y Mambo Kingz lo “descubrieron”.

Dime quién tú ere’

Cuando en 2018 lanzó X 100PRE, su primer álbum, varias de sus canciones pasaron a ser terreno común no sólo entre las personas de mi generación sino con otras más distantes. Éstas crearon un nuevo lenguaje dentro del reggaetón: Bad Bunny, aunque en esencia sigue haciendo el mismo tipo de música de principios de los 2000, introdujo el contexto revolucionario internacional a sus letras. Aunque lo habían hecho Residente (y otros) antes que él —basta pensar en “Latinoamérica” cuyos versos “Este pueblo no se ahoga con marullos / Y si se derrumba yo lo reconstruyo” le enchinan la piel a más de uno—, luchas que podían o no pertenecerle se sumaron a su estrategia comercial.

Por supuesto, no pasó mucho tiempo para que de Soundcloud saltara a los primeros lugares de las listas de reproducción. Y de ahí a ser uno de los artistas contemporáneos con más atención del mundo: entrevistas, videos, statements en redes sociales. Bien asesorado, Bad Bunny aprovechó el spotlight para posicionarse políticamente sobre los temas que le interesaban.

Primero, el 11 de julio de 2019, una serie de conversaciones privadas se hicieron públicas —889 páginas de mensajes en Telegram, resultado de un trabajo que realizó el Centro de Periodismo Investigativo de Puerto Rico—. En ellas, el entonces presidente de Puerto Rico, Ricardo Rosselló, discutía con su gabinete asuntos políticos utilizando un lenguaje misógino y homofóbico. Entre los muchos mensajes, por ejemplo, se podía leer al exjefe de Finanzas, Christian Sobrino diciéndole a Rosselló: “Estoy salivando para caerle a tiros”. Otro ejemplo: luego de que el exsecretario de Asuntos Públicos, Ramón Rosario, hubiera mandado una foto de una protesta el mismo Sobrino respondió: “Que la destruyan”. También, quizá lo más doloroso, es que dentro de las conversaciones se dejaban ver mensajes de burla hacia víctimas del huracán de 2017. Esto detonó que a partir del 13 de julio de 2019 los puertorriqueños salieran a las calles por días, exigiendo la renuncia de Rosselló y amistades, por medio de una consigna muy clara: “bebé, yo te boté y te boté, te di banda y te solté, yo te solté, pa’l carajo te mandé”. Dentro de los que lideraron las protestas estaban Ricky Martin, Residente, Bad Bunny y Ñengo Flow. Todos hicieron público su descontento con el gobierno y exigieron, incluso frente a un público internacional y una industria multimillonaria, que se dejara de abusar de la gente de Puerto Rico.

Después, en YHLQMDLG (Yo Hago Lo Que Me Dé La Gana) (2020) —el segundo álbum de estudio del conejo malo y, me permito la hipérbole, quizá uno de los mejores que se hayan hecho en la historia del reggaetón—, la canción “Yo perreo sola” es una reivindicación del cuerpo de la mujer, según Bad Bunny. En ella hay una serie de elementos que sorprenden en tanto pueden pasar por feministas: el título de la canción está escrito en primera persona del femenino, una mujer de nombre Nesi, es la que abre la primera estrofa y su voz no deja de escucharse en todo el coro; al tiempo escuchamos a Bad Bunny cantar “que ningún baboso se le pegue” o “te llama si te necesita, pero por ahora está solita” haciendo referencia a que las mujeres pueden bailar (no bailar, perrear) como se les dé la gana. Pero no sólo fue la letra de la canción, sino que en el video musical de la misma, Bad Bunny aparece vestido de mujer.

Finalmente, cuando en una visita a The Tonight Show de Jimmy Fallon para platicar sobre YHLQMDLG, Bad Bunny se presentó portando una playera con la leyenda “Mataron a Alexa, no a un hombre con falda”. La elección no fue al azar, en ese momento —apenas unos meses antes de que la pandemia llegara a América Latina— Puerto Rico atravesaba un trauma importante: una mujer trans de 28 años entró al baño de mujeres en un McDonald’s de Toa Baja, lo que suscitó una ola de fotos y denuncias en redes sociales que hacían un llamado a atentar contra “el hombre disfrazado.” Al día siguiente, aunque pudieron ser horas después, Neulisa Alexa Luciano Ruiz apareció acribillada a balazos en un terreno baldío. Tanto Bad Bunny como la mayoría de los puertorriqueños sabían que las redes habían desempeñado un papel importante, si no es que esencial, en la transfobia que habilitó ese asesinato.

Quizá no fuera activismo pero aquella forma de poner sobre la mesa cuestiones políticas importantes para el mundo, planteó en ese momento una subversión de las formas tradicionales de manifestación pues, aunque el reggaetón ha evidenciado que la música producida en zonas marginales puede ocupar un lugar dominante en el entretenimiento global, lo cierto es que Bad Bunny aprovechó la atención para pedir la renuncia de un gobernador, vestirse de mujer en un video en aras de hacer un statement a favor de los derechos de las mujeres o para denunciar la muerte de una mujer trans en un late show estadunidense. Y esta forma de hacer política quedó impregnada en las redes y los medios como la más elemental; no, más bien, la única esperada, para un artista con alcance planetario.

Bad Bunny no e’ alcalde

Pero un evento llevaría a Bad Bunny por otro camino: el asesinato de George Floyd en Minnesota en mayo de 2020 a manos de un policía blanco desató, no sólo en Estados Unidos sino también en América Latina, la exacerbación de un racismo que nunca se ha ido del todo. El conejo malo, a pesar de haberse creído el papel de defensor de ciertos derechos humanos, en esta ocasión se quedó en silencio.

Benito Antonio Martínez Ocasio, persona y artista antes que activista, tuvo que pedir perdón por su omisión, por lo que no dijo ni hizo, a través de un poema que publicó la revista TIME. Bad Bunny explicó que su silencio se debía a que se había desconectado de su celular. La ausencia de ruido para Bad Bunny no estaba permitida.

Para un artista que canceló un tour para unirse en Puerto Rico a las protestas anti-corrupción, anti-machismo, anti-homofobia, que derivaron en la renuncia del ahora exgobernador Ricardo Rosselló; para quien se vistió de mujer en un video en el que defendía su derecho a apoyar el movimiento feminista y para quien se ha autodenominado un aliado ferviente de la comunidad LGBTQ+, el silencio frente a la discriminación racial, aún manifiesto en su poema, podría ser al menos dos cosas: una conveniencia o un reacomodo ideológico. Si se inclinaba por la primera, quería decir que defendía lo que defendía sólo para crear ruido, likes y engagement. Por el contrario, si se trataba de la segunda, entonces revelaría que no le importaba tanto ser activista como estar de cierto lado de la historia (a menudo, el poderoso).

Pero al margen de estas dos, se asoma una pregunta quizá básica para todos los que vemos y comentamos, sin consecuencias, el actuar de ciertas personas con poder, ¿por qué tendríamos que esperar que un artista —Bad Bunny en primera instancia, pero podría tratarse de cualquiera con millones de seguidores— se pronuncie ante todos los problemas del mundo? ¿Acaso pensamos genuinamente que, con esa acción, todo lo que nos aqueja desaparece? Yo misma me he cuestionado un sinfín de ocasiones por qué alguien del tamaño del conejo malo no hace más, pero es que ¿qué más puede hacer?

Luego de una serie de eventos que lo alejaron aún más de su origen —presentarse en el medio tiempo del Súper Bowl, aventar el celular de una fan que sólo quería una foto, ser novio de la modelo y socialité estadounidense Kendall Jenner (un simbolismo que no pasó de largo)—, parece que Bad Bunny ha vuelto a su hogar. Y no resulta sorpresa, sobre todo, porque en la primera canción del álbum nadie lo que va a pasar mañana (2023), el conejo malo ya anunciaba una suerte de disculpa y queja: “Ey, la gente tiene que dejar de ser tan estúpida y pensar / Que conocen la vida de lo’ famoso’ […] Creo que maduré, espero que no sea tarde / A mí no me exija’, Bad Bunny no e’ alcalde”.

Yo soy de P fuckin’ R

Aunque ya se había visto algo en Un verano sin ti (2022), cuando en los primeros días de enero de 2025 se lanzó DeBÍ TiRAR MáS FOToS, más allá de las conversaciones que surgieron a raíz del “rescate” de ciertos elementos puertorriqueños como la salsa, la plena o el pitorro de coco (bebida que, de forma sorprendente, sigue siendo ilegal en la isla), hubo algo que resalta: la crítica a la turistificación de Puerto Rico. La referencia más clara está en “LO QUE LE PASÓ A HAWAii”, la canción en la que habla fuerte y claro sobre los peligros que conlleva la gentrificación en la isla. Dice: “Se oye al jíbaro llorando, otro más que se marchó / No quería irse pa’ Orlando, pero el corrupto lo echó”. En otra canción, “DtMF” que le da nombre al álbum, habla desde una nostalgia que sólo viene cuando alguien se ha ido de casa. Dice: “Debí tirar más fotos de cuando te tuve / Debí darte más besos y abrazos las veces que pude / Ojalá que lo’ mío’ nunca se muden”.

Hay otras cosas que merodean la salida del álbum y consagran a Bad Bunny, por fin, como un artista político en sus propios términos, sin deberle algo a alguien. Por ejemplo, bajo una residencia titulada No me quiero ir de aquí, el conejo malo anunció al menos 30 fechas exclusivas para el Coliseo —o “el Choliseo”— de Puerto Rico, del 11 de julio al 14 de septiembre. Para esta residencia, la primera hecha en el recinto desde la despedida de Wisin & Yandel, la preventa se pensó, primero, sólo para habitantes de Puerto Rico y, después, para turistas extranjeros. Esto quiere decir que las primeras nueve fechas sólo las podrán disfrutar los puertorriqueños.

No obstante, la más importante de aquellas cosas es que, en sus videos, cuenta la historia de despojo, colonización y gentrificación de Puerto Rico —su casa, dicho incluso desde “NADIE SABE”: “Yo puedo mudarme de PR / Pero PR de mi alma nunca se podrá mudar”—. Pero tampoco pasa desapercibido el short film (de 12 minutos de duración) con el mismo nombre del disco: en él, un adulto mayor se lamenta con su amigo Concho por no haber tomado más fotos de la vida en aquella isla antes de que llegaran los gringos. Lo vemos entrar en uno de los restaurantes más viejos de la zona para encontrarse con una renovación agringada: un ambiente sin pago en efectivo, una cajera que sólo habla inglés (una lucha muy propia de Bad Bunny que se ha rehusado a hablar un inglés perfecto incluso en entrevistas, y no le importa que cierta gente no pueda entenderle), y por si fuera poco: comida tradicional modificada para complacer a un montón de extranjeros que más que preocuparse por la situación de la isla, sólo buscan aprovechar lo barata y divertida que es (Bad Bunny habla de un quesito sin queso, algo parecido a lo que pasa con las salsas que no pican).

La idea de volver a casa se vuelve atractiva no sólo porque apela a una nostalgia que todos hemos sentido cuando tenemos que salir de algún lugar al que llamamos hogar para poder alcanzar las cosas que queremos, sean sueños, objetivos o metas. Pero más allá de eso, quizá el valor de DeBÍ TiRAR MáS FOToS es que Bad Bunny, como todos nosotros, también se ha equivocado y ha buscado reivindicarse no ante los ojos no de una industria multimillonaria sino ante la comunidad que lo vio crecer y que ahora, de cierta forma, espera ya no una salvación sino aunque sea un guiño.

Si este ensayo se hubiera terminado el mismo año en que se empezó a escribir —que fue en 2020—, quizá la opinión de ese Bad Bunny hubiera terminado por sepultarlo como a muchos otros artistas que, una vez que tocan el poder se pierden entre sus ramas; sin embargo, como el tiempo es bondadoso y esclarece incluso lo que no podemos ver, hoy con las transformaciones que atraviesa no sólo la industria sino también nuestra propia percepción de lo que esperamos de los artistas, ese conejo malo no parece serlo tanto.

Mariana Ortiz

Ensayista y editora en nexos.

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Publicado en: Música