Back to the Future: tecnología y futuro

En una seria reflexión sobre el tiempo, San Agustín se preguntaba sobre cómo fincar la existencia del mismo, pues el pasado ya no es, el futuro no es aún y el presente no es siempre: ¿en dónde está el tiempo? Fue esto lo que llevó al africano a asegurar que lejos de poder hablar separadamente de estos tres escenarios del tiempo, lo que tenemos es un presente del pasado, presente del presente y presente del futuro. Todos existen sólo a razón del cobro de consciencia en un presente, tanto de lo que fue, de lo que está sucediendo y de lo que se puede esperar.

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El tiempo ha sido uno de los grandes temas de la filosofía y de la ciencia, pero también del mundo ordinario que está alejado de planteamientos abstractos. Mi primer acercamiento con el tema fue a partir de la película que en 1985 cambiaría, para toda una generación, el referente de lo que la ciencia es capaz de construir. Back to the Future puso al tiempo en línea recta e hizo fantasear con viajes, que sólo a través del estudio de la Física teórica podrían sortearse. El aprendizaje que obtuve después de ver la primera de las cintas tuvo que ver con lo que, después sabría, se llama causalidad.  Comprendí que el mundo es un lugar que guarda un orden: lo que existe hoy es producto de una serie de consecuencias derivadas de una primera causa. Lo aprendí cuando Marty McFly, al regresar al pasado, había cambiado sin querer el curso temporal impidiendo que sus padres se enamoraran. El presente y el futuro importan sólo a razón del discurso pasado.

Luego llegó la secuela, que lejos de ser una mala continuación (como ahora se acostumbra),  quebró a la audiencia de los noventa con el tema del futuro. Un alertado doctor Emmett Brown regresaba por Marty para viajar al futuro. La fecha del destino ya todos la conocemos, era (es) el 21 de Octubre del 2015.

En el primer minuto, Doc prendía el DeLorean para deleitarnos con una maravillosa idea: los coches vuelan en el futuro. La primera parte de la secuela es pura pulsión escópica. El vistazo al futuro era y sigue siendo prometedor: además de los autos voladores, hay gafas con una especie de realidad virtual, ropa Nike autoajustable, cine holográfico en 3D, pizza Hut deshidratada, una cafetería atendida con televisores, un preciso sistema meteorológico, patinetas voladoras, sistemas automatizados en el hogar, tratamientos de rejuvenecimiento, papel repelente al polvo, guarderías animadas para perros, y más.  Nadie ha dibujado un mejor futuro que Robert Zemeckis, Bob Gale y Rick Carter. O, por lo menos, nadie lo ha hecho tan esperanzador. Back to the Future II es un acontecimiento en el cine futurista, no sólo por los objetivos que postula, sino porque quizá sea la última película optimista con relación al futuro.

Back to the Future II, apareció entre una oleada de películas que anunciaban un nuevo rumbo en el cine de Hollywood: el apocalíptico. Desde entonces, por lo menos en el séptimo arte, el futuro dejó de ser un punto al cual querer llegar y esa segunda entrega es el vestigio de una ideología, de una generación que aún tenía esperanza en el porvenir. El cine ha acogido los remanentes de la Guerra Fría y ahora el futuro sólo es posible desde la tragedia y, la tecnología, lejos de significar una mejora, deviene en el peligro de la humanidad. En los ochenta y noventa el futuro era una fantasía, había una confianza en la tecnología como promesa de progreso que al parecer se ha extinguido. El encuentro con la fecha que servía de pretexto para imaginar un futuro en 1989 ha servido para replantear el momento histórico. Hoy vivimos en el futuro.

Estamos rodeados por tecnología inimaginable en 1989 (el internet y el Smartphone son una pequeña prueba), y sin embargo no existe la percepción generalizada de estar en el futuro, de estar afectados por la nobleza tecnológica. Ésta se ha vuelto una promesa inalcanzada. Ontológicamente, la tecnología es progreso, mejora, funcionalidad, algo infalible, y lo que tenemos son trozos de aquello que se ha pensado en gran estima. Basta con ver renders y después las construcciones reales, menciona el filósofo José Luis Barrios en una charla titulada “La tecnología no existe”. El iPhone, por ejemplo, se volvió una promesa que a pesar de sus grandes ventas, ha generado bromas por el poco cambió entre cada uno de sus modelos: “sólo una cosa cambió: todo”, reza el slogan del iPhone 6s. Lo que persiste es la promesa, de que algún día se realizará verdaderamente un cambio que nos hará sentir en el futuro.

En esta actualidad, una idea que apremia tratar sobre el tiempo es la de la relación con la catástrofe. Se trata de un tema trabajado por el filósofo alemán Günther Anders, y que Jean Pierre Dupuy, resume en las siguientes líneas:  “En agosto de 1945, entramos en la época de la ‘congelación’ y de la ‘segunda muerte’ de todo lo que existía: si el significado del pasado depende de actos futuros, la obsolescencia del futuro, su final programado, no significa que el pasado no tenga ya significado, sino que nunca lo tuvo”. Aquí hay dos ideas que relacionar con la trilogía. La primera es la relación inherente entre los estadios de la tríada temporal que ya señalaba San Agustín. Cuando en la segunda película Marty regresa a un 1985 en que su padre ha muerto y su madre está casada con Biff Tanen, vemos el momento señalado por Anders. Si el padre ha muerto, todo lo que ha hecho (el pasado) no tuvo sentido. Por supuesto, la ventaja que tiene nuestro héroe es la posibilidad de regresar en el tiempo con la esperanza de un futuro mejor. La segunda va sobre el papel que juega la tecnología al interior de las sociedades. En la exposición que Dupuy hace sobre Anders vemos que a aquello lo que nos enfrentamos actualmente es al dispositivo creado por el hombre para exterminar a otros hombres: la tecnología al servicio de la razón en su lado más siniestro. Recordemos aquí el momento en que Marty, en el 2015 decide comprar el Almanaque Deportivo (que compila los resultados del 1950 al 2000). Piensa que si lo lleva de regreso a 1985 podrá apostar y ganarse una buena suma de dinero. Cuando Doc lo descubre, inmediatamente le señala lo perverso de su plan: “¡no inventé la máquina del tiempo para obtener ganancias financieras! Sino para obtener una percepción más clara de la humanidad”. Doc es un purista de la ciencia. Un científico que quizá ha despilfarrado la fortuna familiar persiguiendo sus sueños, pero que nunca errará el camino de la tecnología. Un romántico, sin duda.

Pero si el pensamiento apocalíptico ha cobrado vigencia en los medios (el fin del mundo, los zombis y la tragedia se han vuelto temas con grandes audiencias), es porque el futuro se ha profetizado obsoleto. No hay fe en éste porque en cierto sentido la catástrofe ya está aquí; llegó en 1945 cuando el hombre mató a otros hombres servido de la tecnología. La producción de Back to the Future estaba consiente de esto. Por ello lo que vemos en su futuro son a las grandes marcas detrás de la tecnología. Pero esto se ha salido de control. La sociedad actual –el futuro– se ha convertido en un pueblo desolado: el hombre como proyecto egoísta, hijo también de la Guerra Fría, se ha erigido. Ya no necesitamos bombas nucleares para matar a los otros, pues el mismo sistema se encarga de esto.

Por ello, esta trilogía resulta esperanzadora y en particular la segunda entrega. En un escenario desesperanzador, nos recuerda que la ventaja del futuro es que todavía no es.  Frente a toda la tragedia que pregona el cine y las series televisivas, hace falta un ruptura que permita recobrar los grandes temas que han sido capaces de despertar a generaciones y hacernos mantener la calma.  Si el tiempo actual y el futuro son poco esperanzadores, lo que se necesita es la utopía: una emergencia del pensamiento capaz de pensar la imposibilidad. Recordando las palabras de Philippe Petite (sobre quien Zemeckis acaba de filmar The Walk): “Es imposible, eso es seguro. Entonces, empecemos a trabajar”. Hoy es cierto que estamos en el futuro, pero aún hay otro que construir.

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Publicado en: Cine