A 33 años de la tragedia sísmica de 1985, y a un año de su inesperada repetición, la vida en uno de los proyectos urbanos surgido de los escombros sigue siendo la misma. Lo que por un instante fue un indicio de esperanza — un nuevo hogar donde empezar de nuevo— terminó siendo la pesadilla acostumbrada: el calvario cotidiano donde las mínimas necesidades son atropelladas por la violencia y la pobreza, siempre omnipresentes, como una nube gris y pertinaz.