La actriz Asta Nielsen falleció un día como hoy hace cincuenta años. Ricardo Bada rescata para nuestra lengua fragmentos de La musa muda, el libro de memorias de Nielsen, que con ellas demostró también ser una espléndida escritora. Un documento excepcional, agasajo de historiadores, de su encuentro con el Führer.
Muy desconocida en nuestras latitudes, la actriz danesa Asta Nielsen fue la estrella indiscutible del cine mudo alemán de entreguerras y hasta la llegada del cine sonoro: y a pesar de que su voz le acreditaba un futuro en ese nuevo cine, tan sólo rodó un film sonoro, en 1932, antes de retirarse de una manera definitiva de la pantalla. Sólo regresaría brevemente ante y tras las cámaras para dirigir en persona un film autobiográfico, en 1968.
Su carrera incluye 82 títulos que son una muestra clarísima de su versatilidad: desde la Elena de La Ronda, de Schnitzler, pasando por Mata Hari, la Natacha Barachkova de El idiota, de Dostoievski; la señorita Julia de Strindberg; la Lulú de Wedekind; María Magdalena; la Teresa de La casa junto al mar, de Stefan Zweig; la Hedda Gabbler de Ibsen, y la Maria Lechner de Bajo la máscara del placer, compartiendo cabecera de cartel con Greta Garbo, hasta su revolucionario Hamlet, para cuya filmación tuvo que crear su propia productora, nadie quería correr un riesgo tan grande como el que significaba ese rodaje, donde Hamlet era una mujer educada como varón.
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Asta Nielsen solía veranear en Hiddensee, una idílica isla alemana en el mar Báltico, donde su casa se ha convertido entretanto en un museo dedicado a su memoria. Esa isla es famosa en los anales de la literatura alemana porque en ella pasaban sus vacaciones grandes nombres de la misma, como por ejemplo los premios Nobel Gerhart Hauptmann y Thomas Mann, para nombrar sólo a dos del mayor renombre. Con todos hizo amistad Asta Nielsen, quien años después escribió sus memorias gracias a la insistencia de otro Nobel, su compatriota Johannes Vilhelm Jansen, y éste las saludaría diciendo: “Si no hubiera sido usted una gran actriz, habría sido una gran escritora”. Y cualquiera que lea esas memorias no podrá sino refrendar la opinión del Nobel danés.

En esas memorias, tituladas Den tinde Muse [La musa muda], quiero rescatar aquí el episodio de su único encuentro con Adolf Hitler, inédito que yo sepa en nuestra lengua, y que retrata de cuerpo entero a la musa del cine mudo. 1933: los nazis se aúpan al poder y quieren incluir en su desfile del triunfo a toda la intelectualidad alemana aria, incluyendo el carro de Tespis, cuya auriga indiscutible era Asta Nielsen. El flamante ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, cinéfilo a carta cabal, invita a la estrella danesa para un té de gala en su ministerio, y al cual acudirá el Führer. La invitación fue por teléfono, y al preguntar ella por qué por esa vía, se le contestó lacónicamente porque querían evitar la afrenta del rechazo de una invitación escrita. Asta, cuyas ideas acerca de los nazis estaban claramente en contra, aceptó la invitación y un cuarto de hora después comparecieron en su domicilio dos jóvenes de uniforme negro, saludo brazo en alto y mensajeros de la invitación escrita. Volvieron a saludar brazo en alto antes de despedirse, y Asta comenta: “Este saludo siempre me produjo la impresión de que andaban repartiendo bofetadas”. Y aquí le cedo ya la palabra a ella:
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“El día señalado acudí al ministerio de Propaganda. A la entrada me encontré con rostros conocidos del cine y el teatro. Nos repartieron pequeños billetes con nuestros nombres y un número. Yo recibí el número 1, lo que significaba que me tocaba el puesto más destacado, a la derecha del Führer.
“Los Goebbels nos recibieron a la puerta de una amplia sala con mesas ya puestas —numeradas como en un restaurante— y a cuyo alrededor numerosos colegas hablaban en susurros, como si se tratase de un velatorio. El anfitrión me saludó frío y reservado, mientras que su esposa me estrechó ambas manos con gran cordialidad y me aseguró que se alegraba especialmente por mi llegada, una falta de educación irremediable frente al resto de los invitados.
“Cuando ya estábamos todos reunidos se produjo una pequeña pausa, las puertas se abrieron como si las empujaran unas manos invisibles y entró el Führer, en apariencia pequeño y nada llamativo, pero rodeado por el aura de un silencio expectante. Naturalmente saludó con el acostumbrado ritual nazi, lo que dio lugar a un momento cómico: aquellos invitados que no estaban afectados por la situación se consultaron mudamente con los ojos y elevaron sus manos al aire como si fueran pingüinos que sacudiesen sus alas.
“Hitler le dio la mano a todos. Al hacerlo miraba fijamente a los ojos del otro y comprendí que podía ser peligroso para quienes no fueran tan resistentes como yo. Porque no puede negarse que sus ojos tenían una fuerza sugestiva que —combinada con su éxito— le capacitaba para hacer presas fáciles entre las almas débiles.
“A mí, desde el primer momento y todo el tiempo que duró nuestro encuentro, me pareció un soldado del Ejército de Salvación. A ello contribuían no poco sus ojos: ya había visto yo algunos como los suyos, en alguien que en una esquina de Dinamarca peroraba un discurso fanático.
“Nos repartimos por las mesitas y, como dije, tuve a Hitler como cabecera de la mía —si es que así se puede decir tratándose de una mesita para el té—. […] Jóvenes uniformados de negro sirvieron el té. Por lo demás se lucían junto a las puertas y miraban sin rebozo y con un interés indisimulable a la gente de la farándula.
“Siempre se ha hablado del torrente verbal de Hitler, que no permitía que nadie le interrumpiese, pero al parecer todavía no era así, al menos en esta sociedad. La conversación fluyó tranquila y recíproca, y mi primera pregunta fue acerca de qué se proponía hacer ahora.
—Quiero convertir a Berlín en la ciudad de Europa con las más grandes y hermosas plazas —me respondió.
[Ello sucedió al cabo, porque tras de los bombardeos las plazas berlinesas fueron las más grandes, pero ¿hermosas?]
“Cambié de conversación para hablar de los judíos y mencioné que mis mejores amigos lo eran, nombré algunos grandes artistas judíos a quienes admiraba especialmente, y dije que a la prensa alemana, en gran parte en manos de judíos, se debía que mi lucha porque el cine fuera elevado a la categoría de Arte hubiese sido fomentada de manera incomparable. También el teatro bueno de verdad le debía mucho a los judíos, a ambos lados del telón.
“A ello respondió que todo lo que yo argumentaba también habría funcionado con toda seguridad si se hubiese permitido a los arios hacerse cargo de ello. El tono de su voz traicionó que se abría un abismo ante nosotros.
“Cambió de tema y me dijo, a propósito de que me había retirado años ha del cine y sólo actuaba en el teatro:
—Sí, ha llegado la hora de que volvemos a necesitar a los grandes artistas del cine.
—Eso poco puede afectarme, —le contesté—, no pertenezco a ningún partido político y nunca estaría dispuesta a trabajar en películas políticas.
—Tampoco necesitaría hacerlo. La cosa es así: yo puedo decir dos mil palabras, sin que nadie las entienda, pero un sólo movimiento suyo lo entiende todo el mundo.
—¿Dice usted este movimiento? —le pregunté alzando el brazo para el saludo nazi. Me pareció que carecía del sentido del humor, respondió a mi gesto con un fiero fruncimiento de su frente. Sentí que el abismo entre nosotros se hacía más profundo.
“Una joven actriz al otro lado de la mesa trató de entrometerse y dijo con ojos de dormitorio:
—¡Ah, mi Führer, a mí sólo me interesa el movimiento, ya no más el teatro!
—Eso es tonto por su parte —le dije adelantándome a Hitler.
—¿Por qué? — preguntó él—: Todos deberían interesarse por la política.
—Quizás —le respondí—, si se entiende algo de ella, pero es raro que los artistas lo hagan. Del mismo modo que todavía no he conocido a un político que entendiese algo de Arte.
“El abismo entre nosotros fue total.
“Lo que no significa que mis palabras demostrasen coraje. No sospechaba yo que antes había querido ser pintor, sólo sabía que había pintado y empapelado paredes.
“Pronto nos levantamos de las mesas y formamos grupos. […] Aseguré que tenía otra cita y me volví hacia Hitler, que singularmente se encontraba solo por completo, al fondo de la sala. Había cruzado las manos y tenía un aspecto como ausente. Fue una despedida fría y extremadamente formal”.
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En 1935 (otras fuentes hablan de 1936) Asta Nielsen regresó a Dinamarca, que en 1940 fue invadida por Alemania. Los años de la ocupación de su país fueron para ella tan desagradables como para los demás daneses. Pero es interesante saber que Berlín emprendió un intento de reacercamiento a ella, pese a que durante su diálogo con Hitler se había comportado, según el ministerio de Goebbels, de una manera “irrespetuosa”.
Un día, el comandante supremo de la Wehrmacht en Dinamarca, el general Leonhard von Kaupisch, la visitó para comunicarle que “desde la posición más alta” se deseaba que volviese a Alemania para reanudar su carrera cinematográfica. Ella le recordó su desencuentro con Hitler, y von Kaupisch le respondió de un modo bastante primitivo:
—Pero querida señora Nielsen, hace tiempo que el Führer ya la ha perdonado.
Y ella:
—Pero yo no he perdonado al Führer.
Von Kaupisch continuó su visita un par de minutos más, volviendo a asegurarle que en Alemania no había nada contra ella, a lo cual Asta le contestó:
—Pero ¿acaso no sabe usted todo lo que hay contra Alemania, general?
Y así fue como concluyó el último contacto de la gran Asta Nielsen con la cúpula nazi, por dicha sin fatales consecuencias para ella.
Asta Nielsen: desde que la descubrí y leí sus memorias, una santa en mis altares laicos. Como diría Unamuno (quien aprendió danés para leer a su compatriota Kierkegaard): “Nada menos que toda una mujer”.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.
Que interesante vida la de Asta Nielsen y que valiente para haberse enfrentado a Hitler